Capítulo 26
Marc
—¿Marc? —susurra. Pero no la escucho.
Estoy quieto, inmóvil, paralizado. Mierda, no, no, no, joder. Por favor.
—¿Marc? —insiste ella, girándose lo suficiente como para poder verme hundido en el asiento, con la vista fija en la bombilla. O, mejor dicho; con la vista puesta en la araña que desciende de ella.
Parece tardar unos segundos en comprender, y hasta entonces sus ojos desfilan de mi cara a la lamparita. Cuando divisa a la diminuta pero condenada alimaña; escucho un suspiro cómico.
—Una araña, ¿en serio?
—No tiene ni puta gracia —murmuro, sin apartar el foco de la amenaza que se cierne sobre mí, literalmente—. Odio las arañas.
—Ya, por lo que sea me he dado cuenta.
Emito un gemido ahogado cuando la criatura desciende un par de centímetros y se posa en mi hombro. Se me acelera la respiración.
—Quítamela —indico con un hilo de voz.
—Si no estuviese atada, quizás lo haría…
Mi garganta suelta un quejido; esa cosa me está recorriendo el cuello, y se pierde en mi negra camiseta. La incertidumbre de no saber dónde puñetas está me hace tensarme al máximo.
—Cálmate, te va a dar algo. Solo es una araña —intenta restarle importancia.
—No, voy en serio.
Pero tiene razón: tengo que calmarme. Seguro que ya se ha ido, seguro que ahora corre por el suelo con sus patitas, su cuerpo diminuto y sus ojos… Un escalofrío me recorre de arriba abajo. ¿O es la maldita araña, que sigue sobre mi piel?
Lo cierto es que me debo ver bastante ridículo en esta situación, pero el orgullo no importa cuando la vida está en juego.
—No pienses en… —Sus palabras mueren antes de ser pronunciadas.
Por fin cierra el pico.
Aunque deseo que no lo hubiese hecho al descubrir el motivo.
Decenas; no, centenas, de diminutos arácnidos corretean por el suelo.
Se me ponen los pelos de punta.
—Y una mierda… —escupo tembloroso mientras intento luchar contra los grilletes para encogerme. Malditos sean.
A mi espalda escucho la voz de Astrid emitir un gruñido agudo; que deja entrever que ya no es solo una araña a lo que nos enfrentamos.
—¿Son venenosas? —pregunta apresurada.
—¡Y yo qué sé!
Aunque ojalá lo fueran, así por lo menos dejaría de…
No, Marc. Eso es lo que quieren conseguir.
—Cabrones —jadeo, viendo a tientas cómo un grupito de los bichos se me sube por las piernas.
—Siento decírtelo, pero no creo que insultarlas vaya a hacerlas retroceder.
Su comentario me arranca una carcajada ronca y frenética; que lejos queda del término diversión.
—¡No lo digo por las arañas! —Me doy cuenta de que estoy gritando. No me había percatado con el estruendo del corazón golpeándome contra las costillas.
Apenas noto la madera clavándoseme en la espalda ni el metal de las cadenas que me hiere al forcejear.
Solo puedo concentrarme en las diminutas arañas que trepan por mi cuerpo. Noto un cosquilleo en el abdomen y me entra una arcada.
Me muevo, inquieto; mientras me obligo a cerrar la boca, porque sé que, si no, se me meterán y… Suelto un grito que me rasga la garganta.
Cualquier sentido común que quedará en mí se ha ido.
Ahora solo soy capaz de concentrarme en el cosquilleo de las centenas de patitas que me recorren. Mientras tanto, rezo silenciosamente a no sé muy bien quién, para que mis lágrimas las ahoguen.