Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Astrid

Siento una presión abrumadora: en los brazos, por culpa de los indeseables que me arrastran hacia no sé dónde; y en el pecho porque… En fin. Al final, Marc va a tener razón con eso de que en Exilio no te puedes fiar de nadie.

Aquí no existe la palabra «amigos».

Me retuerzo una vez más, a pesar de que sé que será en vano, pero lo último que voy a perder va a ser la dignidad. Si es que me queda algo.

Los guardias bloquean el ataque con un infalible rodillazo en la corva.

—Oye, un poquito de cuidado, ¿no? —les desafío.

Me ignoran.

Bajamos las escaleras, culpables de que vuelva a estar pasando por ellas, y me recibe una señal que ya me he hartado de ver en las semanas que llevo aquí.

Zona de tratamiento. Prohibida la entrada a personal no autorizado.

Recorremos el pasillo más allá de lo que me han llevado nunca; y a medida que avanzamos cada vez más metros, el nudo en mi estómago se vuelve más apretado de forma simultánea.

Observo el inquietante y monótono desfile de puertas ante mí, y cómo las voy dejando atrás mientras me acerco al final de un pasillo que jamás he llegado a recorrer entero, y en el cuál he perdido repentinamente el interés en hacerlo.

Esto parece infinito, el despliegue no termina. ¿De veras el edificio es tan grande? He visto alguna que otra vez el exterior de Exilio aparecer en las noticias o periódicos; sin embargo, nunca me llegó a parecer que pudiese albergar extensiones de semejante magnitud.

Un par de minutos —o lo que yo supongo que son un par de minutos.

Tratándose de Exilio, ya me creo que ni siquiera el tiempo dote de sentido alguno.

O quizás me esté volviendo lo suficientemente loca como para perder la noción de este— después, por fin diviso a una cierta distancia la pared blanca que finiquita el corredor.

Siguiendo la secuencia, hay dos puertas.

Una a la derecha. Otra a la izquierda. No obstante, me percato de que estas son más grandes. Y grises, de un material más rígido; como si lo que albergasen tuviese que ser contenido a toda costa.

Trago saliva, el compañero del hombre que me está sujetando desengancha un manojo de llaves del cinturón de su uniforme. Introduce una, y no corresponde. Está dispuesto a probar un segundo intento con una distinta, pero no tiene la oportunidad, ya que la puerta se abre.

O, mejor dicho; la abren. Del interior asoman otros dos centinelas: un hombre y una de las mujeres que antes me encontré bajando las escaleras mientras corría.

Esta le lanza a su colega una mirada que refleja condescendencia; tornándose a desprecio cuando su vista se posa en mí.

Por el hueco de la puerta, diviso una sala amplia, oscura y vacía… Salvo por dos sillas, sucias y de una tosca madera; que se encuentran enfrentadas por el respaldo. Para mi sorpresa, una de ellas está ya ocupada.

Unos ojos verdes se encuentran con los míos.

Luego Marc frunce el ceño y aparta la mirada. ¿Qué he hecho mal yo ahora?

No me pasa desapercibido el rastro de sangre a medio secar que le baja de la nariz; ni en los mechones azabache pegados a la frente por culpa de una mezcla de lo que parece sudor…

Y un fluido escarlata que supongo será sangre, y que provoca que un escalofrío recorra toda mi espalda; de arriba abajo, como una serpiente a punto de ahogar a su víctima.

Me hacen pasar sin cuidado alguno a la estancia; a lo que en respuesta replico con una mirada de odio que parecen no ver, no sentir. ¿A quién le va a importar lo que opine un Diferente de él?

Inicialmente, me opongo un poco cuando me sientan en la silla que parecía llevar mi nombre asignado, con una tinta invisible que solo la conciencia puede percibir.

No obstante, ni siquiera gasto mis energías en luchar cuando me atan las muñecas y los tobillos a los reposabrazos y las patas de fuste.

En contraste con la lúgubre temperatura del lugar, percibo sutilmente la calidez de la cabeza de Marc contra la mía. Un poquito de calor humano…

Por culpa de la inmovilización de los grilletes, mi vista no puede ser otra que las paredes con humedades que nos rodean. Si giro mucho el cuello, alcanzo a ver el resquicio de la puerta, a la cual se están encaminando los seguratas.

A continuación, un portazo me indica que se han ido. No estoy segura de si todos, pero el silencio, solo interrumpido por la respiración silenciosa de Marc, y la mía —no tan silenciosa— parece apuntar a que sí.

—¿Se han marchado? —me aventuro a preguntar a pesar del riesgo de que no lo hayan hecho al completo.

—¿Tú qué crees? —me responde cortante y, como no, sarcástico.

Aunque no hace falta que sea adivina para diferir ese sarcasmo del que empleaba esta mañana en la mesa del desayuno.

—Eh, pues no lo sé… Por eso te pregunto —replico—. Por si no te has dado cuenta, estoy atada de manos y pies y no veo nada más que unas paredes que no sé muy bien cuándo pasaron la última inspección sani…

—No eres la única atada aquí, ¿sabes?

Bufo. E intuyo que sabe que pongo los ojos en blanco.

—Tío, ¿se puede saber qué te pasa?

—Ah, nada. Simplemente me han atado a una silla manchada de, prefiero no saber qué mierda, tengo la nariz y la frente goteando sangre por culpa del capullo del director y me van a hacer cualquier cosa menos cosquillas —escupe, más borde de lo que jamás le he oído.

—Ya, bueno, pero esto no es mi culpa; así que cálmate.

—Ah, ¿no? ¿No lo es? ¿No fuiste tú la que se encaprichó de visitar un área restringida para buscar unos documentos que probasen el objetivo de tu maldita desesperación; y que, por cierto, no encontramos? ¿Tampoco fuiste tú la que me arrastró en ese estúpido plan contigo?

Sus gélidas palabras me hacen cerrar la boca por unos segundos. Luego, un sentimiento que siempre ha formado parte de mis defectos provoca que me arda el pecho, impulsándome a responder:

—Fuiste tú el que aceptaste venir conmigo.

—¡Porque me amenazaste; maldita sea, Astrid!

—Amenazar es una palabra un poquito fuerte, ¿no crees? —Me encojo de hombros en la medida de lo posible.

—Me clavaste un tenedor

—No te lo llegué a clavar, ¡exagerado!

—Técnicamente, hubo sangre —replica. Esta situación está rozando la absurdez.

—Sí, bueno… Pero yo no… No fue… —balbuceo—. Exagerado —acabo refunfuñando—. Déjate de tecnicismos, quejica.

—Mocosa.

—¿Siempre tienes que tener la última palabra?

—Déjame en paz. —Pone punto final a la discusión, con un marcado resoplido.

—Idiota —murmuro para mis adentros. Porque siempre he llevado muy mal no tener la última palabra. Madre mía, Astrid, qué madura. Realmente debería quitarme esa manía, pero ahora mismo ese es el menor de mis problemas.

Pasa el tiempo, no sé cuánto. Tampoco me puedo hacer una idea; aquí no hay ventanas, solo una oscuridad abrumadora que mantiene nuestros sentidos en alerta.

Se escucha un estruendo momentáneo, como si alguien acabase de golpear una de las paredes, y mi pulso se dispara. Se supone que no hay nadie, nos dejaron a solas hace un rato.

El tiempo se hace aún más insoportable cuando lo pasas con la anticipación bullendo en tus venas.

—Tú también lo has oído, ¿verdad? —trato de confirmar.

Marc no dice nada, pero siento el movimiento de su cabeza en forma de asentimiento.

Genial, todavía no he perdido los estribos.

A continuación, un eco cercano y claro me hiela la sangre.

Alguien acaba de cargar una pistola. O eso supongo, porque he visto suficientes pelis de acción para reconocerlo aún a oscuras.

El chico contra mí también lo oye, porque se endereza contra mi espalda.

—¿Marc? —susurro, vergonzosamente temblorosa

—¿Qué quieres? —me devuelve el murmullo.

—Creo que no estamos solos.

No me responde. Recurre a un silencio que me llena de dudas. ¿Me lo estaré imaginando todo? ¿Estará él igual de tenso que yo? ¿Qué está pasando?...

¡Pum!

Un disparo.

Me olvido de respirar, mi corazón se acelera como loco, y no me importa admitir que tengo miedo.

Me estremezco.

Aprieto los ojos como si eso pudiera parar cualquier bala. Y… ¿Lo hace? No, qué locura.

Me dispongo a palparme con las manos, para confirmar que no estoy herida; pero los grilletes me detienen, haciéndome recordar que estoy atrapada.

El nudo en mi estómago se aprieta todavía más. Creo que voy a vomitar.

De pronto me acuerdo de que no estoy sola; lo que significa que si la bala no me ha dado a mí…

—¿Marc? —susurro apresurada—. ¿Estás muerto?

Percibo la fricción de su cabello contra el mío en negación.

La ausencia de ruido vuelve a cernirse sobre la sala, manteniéndonos en tensión. Hasta que…

¡Pum! ¡Pum!

Me estremezco y el chico a mi espalda ahoga un gemido.

—Por favor, ¡para! —me encuentro gritándole a la nada, a la oscuridad absoluta, a ese depredador que nos quiere dar caza.

Pero solo soy correspondida con otro disparo. Esta vez un sollozo abandona mi garganta también.

—¿Te ha dado? —Escucho susurrar a Marc junto a mi oído.

Sacudo la cabeza, incapaz de articular palabra. Al menos sé que él tampoco está muerto. De momento.

Vuelve a haber un cuarto fogonazo, y un quinto; dándome la sensación de que cada bala pasa más y más próxima a mi silueta.

—¡Ya! ¡Ya vale! —suplico.

—Déjalo, no servirá de nada… Disfrutan de tu sufrimiento —masculla Marc, aunque también es notable la tensión en cada palabra que abandona sus labios.

Es en el sexto cuando comienzo a sentir la calidez de las lágrimas descender por mis mejillas, ¿o es sangre? Ahora mismo no puedo diferenciar una de otra.

Es horrible, tortuoso, saber que en cualquier momento todo puede acabarse y a la vez desear que ese momento llegue sin más angustiantes preámbulos.

Hay una pausa y tengo la intuición de que esto ha terminado, aunque prefiero no convencerme de que mis sospechas son certeras, solo por si acaso.

Estoy temblando, de pies a cabeza, y los hombros todavía se me sacuden a causa del gimoteo, que no me termina de abandonar.

Me siento tan vulnerable.

Sin voz.

Patética.

Asustadiza.

Ridícula.

Expuesta como nunca lo había estado.

Tan, tan…

De pronto, se hace la luz, sobresaltándonos.

Es una simple bombilla; titila un poco, pero ilumina lo suficiente como para poder ver las paredes, más cercanas de lo que me había parecido ver antes. De alguna forma, mis músculos se permiten dejar de apretarse contra la madera de la silla, que entretanto se me estaba clavando.

Tanto mi acompañante como yo aún tenemos la respiración acelerada. Mi mente se toma unos segundos para recapitular lo que acaba de suceder: el sonido de los disparos, la incertidumbre, la oscuridad devoradora…

Repentinamente, Marc emite un sonido ahogado, encogiéndose.

—¿Marc?