Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Charlotte

Las órdenes han sido claras: «Detened a Setenta y uno», ha dictado el walkie ; y mi deber ha sido obedecerle de forma leal desde hace veintidós años.

Además, prefiero ser yo quien la pille, que no cualquiera de mis compañeros. Todos tenemos prohibido por igual mostrar la mínima empatía, pero yo me las he estado apañando para conseguir el favoritismo de la gente en Exilio.

Al fin y al cabo, no dejan de ser personas, por muchos poderes que tengan.

—Está en el Área H, Pasillo 7 —nos indican desde el intercomunicador.

—Acaba de girar, en dirección al Área 9, id yendo para poder pillarla por sorpresa —informa otro colega.

Yo quiero estar ahí cuando la atrapen, y ella va a necesitar algo —o alguien— a quien aferrarse. Según he visto por las cámaras, está asustada. Cosa que podría haber predicho perfectamente sin necesidad de imagen alguna.

A veces a mí también me asusta un poco Roiman, sobre todo cuando…

El fugaz pasar de un guardia con ritmo avivado me devuelve el foco en lo mío.

Comienzo a emprender una apresurada marcha hacia los pasillos de la Zona 9. Cuando me quiero dar cuenta, estoy corriendo todo lo que mi físico de cuarentona avanzada me lo permite.

Estoy a la altura del Pasillo 8 cuando mi cuerpo me recuerda que ha olvidado la última vez que corrió.

Por ello paro, para recuperar el aliento.

De nada le seré útil a Astrid si tengo peor aspecto que ella; aunque, sobre todo, de nada le serviré a los de arriba si se dan cuenta de que poco a poco Exilio también está haciendo mella en mí, y ablandándome lo suficiente como para jugarme el físico por una cría.

Pasan unos segundos hasta que recobro el aliento; y escucho unos pasos.

Veloces y ligeros, pero a la vez tratan de huir del peso de un mundo entero.

Sigo el rastro de su decadencia, y me encuentro con una figura sollozante; arrodillada en el suelo y al borde del colapso.

Por lo visto, ningún tipo de razón quiere acudir a ella.

Entre temblores, no me ve. Está muy ocupada derrumbándose.

—Set… Astrid —mi voz sale en forma de susurro. Si se enteraran de lo que la acabo de llamar, acabaría vetada de Exilio para toda la eternidad.

Pero es que ahora mismo, ella es una muñeca de cristal, amenazada por la avalancha de su propia ansiedad.

Es demasiado joven para todo esto.

Me aproximo hacia ella con cautela, como si fuese un animalillo que, a pesar de estar asustado, podría recurrir a sus instintos de un momento a otro.

—Charlotte —sofoca entre jadeos una sonrisita sufrida cuando alza la cabeza para verme encaminarme hacia donde está.

—Respira —le indico, suavizando el tono.

Me gustaría ponerle una mano en el hombro y decirle que no se preocupe; sin embargo, en un lugar donde se graba hasta el último movimiento, soy bastante lista como para reprimirme.

—Charlotte… No… No puedo… —solloza.

—Te voy a preguntar algo, ¿de acuerdo? Y quiero que me seas honesta.

La chica no se opone, por lo que continúo:

—¿De qué color crees que son mis ojos? —le planteo con cierta autoridad.

—No tie… no tiene gracia —rebate.

—Te he hecho una pregunta. Te he pedido una respuesta.

Pone los ojos en blanco y se toma un momento para mirarme a la cara.

—Ma… Marrón.

—¿Estás segura?

Deja escapar un suspiro exasperado, pero eso significa que por lo menos ha sido capaz de inhalarlo.

—Bueno… ¿Avellana?

—Eso está mejor —asiento—. ¿Y los tuyos? ¿De qué color son?

Me dedica un vistazo que bien expresa un «¿me estás tomando el pelo?».

—Grises —me suelta, casi tan ofendida como si le hubiese dicho que tiene cinco años—. ¿Pero a qué viene esto?

Sonrío con un poco de picardía. Ese tipo de sonrisa que me ha enseñado el crío de Sesenta y ocho.

—Pues a que parecía que te ibas a desmayar, bonita.

Procesa lo que acabo de hacer y, al arquear las cejas, deja claro que le ha pillado por sorpresa descubrirse con la respiración recobrada y el temblor de las manos mucho más atenuado.

Boquea un par de veces, como para decir algo, mientras se le atrancan las palabras en la garganta, el murmullo de unas pisadas nos hace ajenas a todo lo que pudiese estar sucediendo ahora mismo.

Dos de mis compañeros llegan.

—Bien hecho —dice Christian, a la par que Dave se aproxima a Astrid, quien por puro shock ni siquiera se defiende. Me está mirando con dolor. Dolor en la mirada.

Siente que el refugio que había encontrado arde en llamas.

Y yo soy ese refugio, pero ella me interpreta también como la cerilla culpable de que ahora mismo la inmovilicen contra el suelo.

Le haría alguna señal para que sepa que esto me llega de improviso igual que a ella, pero no me permitiré ese gesto. Todavía no.

El tiempo para aclararlo existe.

El espacio, también.

Por lo que lo máximo que puedo hacer es observar cómo, en contra de su voluntad, la presionan contra el frío azulejo; cargando sobre ella más peso del que probablemente puede soportar.

—Iré avisando al comando B para que dejen de buscar… —Es la excusa perfecta para no seguir presenciando este maltrato que me cuesta tolerar, pero al que debo ser expuesta día tras día.

Lo peor de todo es que no puedo renunciar a ello.

Me dirijo al despacho de Roiman y le doy la espalda al miedo y la angustia personificados.

A los quejidos de una Diferente. Que, a pesar de la ironía, suenan humanos.

Olvídalo. No es nada nuevo. No es tu problema, Charlie.