Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Astrid

Edgar y yo intercambiamos una mirada de desconcierto. Él no dice nada en voz alta, pero la forma en que su rodilla bota bajo la mesa me deja entrever su preocupación.

—Eh… Estará bien —susurro apoyando una mano sobre su hombro. Al principio se encoge ante el contacto, pero luego parece destensar un poco la postura.

Cuando ha pasado el tiempo de margen que nos dan para ingerir el desayuno, todos sabemos lo que debemos hacer. Enfilamos hacia la puerta —custodiada por dos hombres— sumidos en un silencio abrumador, pero al que creo que, muy en contra de mi voluntad, ya me estoy acostumbrando.

Avanzamos de uno en uno, vigilados por cuatro ojos que nos perforan con tal intensidad que a veces temo que puedan leer nuestros pensamientos.

Pasa la mujer frente a mí —la misma sobre cuyo pelo bromeábamos hace un rato—; y, cuando llega mi turno, percibo cómo la mirada del hombre a mi derecha se posa en mi muñeca. En mi marca.

Se me encoge el estómago cuando sus ojos imponentes se posan en los míos. Y es peor aún cuando le veo asentir hacia su compañero, que me agarra del brazo con una fuerza a la que creo que nunca me haré familiar.

Esta vez soy lista y me callo; he aprendido que es lo mejor que puedo hacer con esta gente.

—Llévala al despacho —ordena el más alto de los dos. Su compañero asiente y me empuja para que comience a caminar.

¿Al despacho? Supongo que se refieren al de Moor.

Comienzo a cavilar y barajar mis opciones: esto pueden ser tanto buenas noticias como malas. En el mejor de los casos, está relacionado con el hecho de que mi registro de Diferente no estuviese en su sitio; en el peor, es que tienen conocimiento de que sé que mi registro no está.

Cruzo los dedos —mentalmente, eso sí— para que no se trate de la segunda posibilidad.

Me atrevería a decir que preferiría que se tratase de que me van a someter a tratamiento antes de que me hayan descubierto. No es que crea que sea agradable; es solo que, como nadie habla jamás sobre los castigos en Exilio, prefiero no averiguarlo en carne propia.

★ ☆ ★

—Setenta y uno… —Moor se mece altivo desde su asiento encuerado.

Yo estoy sentada en la cutre silla frente a su escritorio, con la espalda recta como si me hubieran pegado a un palo.

—Mi padre solía decir que las de apariencia más inocente siempre resultan ser las más víboras —murmura, jugueteando a meter y sacar una pluma de su tintero.

Se incorpora y dirige la vista hacia mí, apoyando la barbilla sobre su mano, la cual se ha emborronado sutilmente de tinta—. Parece ser que tenía razón. —Sonríe.

—¿Disculpa? —rebato con tono ofendido, a pesar de que sus palabras no me hayan herido ni un mínimo.

—Me has oído. No te lo voy a repetir, sabes que no me gusta desperdiciar mis palabras en causas perdidas.

Frunzo el ceño.

—Impaciente chiquilla, ¿verdad? No te preocupes, ninguno de los dos quiere que pases aquí más rato del necesario…

Por unos segundos dejo de escuchar sus ególatras palabras; pero no sin motivo. Capta mi atención una cosa que no me encaja en el pulcro ambiente de la habitación: una pequeña mancha de sangre en la pared tras él.

Puede que en verdad lleve años ahí, y que él sea lo suficientemente viejo y cegato como para no haberla visto; pero hasta a mí me suena demasiado poco creíble.

Además, la forma que tiene de deslizarse sutilmente pared abajo me revela que la sangre es fresca, lo que significa…

Marc.

Bueno, no tiene por qué ser suya. Puede ser de cualquiera de los Diferentes que se han llevado hoy del comedor; además, ¿por qué le doy tanta importancia?, no es como si los que estamos aquí no sangráramos regularmente.

Me hago consciente de que acabo de disociar y me obligo a centrarme —no por respeto a Moor, sino por curiosidad propia de averiguar por qué me han traído aquí—. El egocéntrico director no parece haberse percatado:

—…aprender tu lugar; ya que parece que lo has olvidado en algún momento, ¿me equivoco? —termina su discursito, aunque eso último sí que me hace incorporarme un poco más si cabe.

Arqueo una ceja.

—Vamos… Los dos sabemos perfectamente de qué hablo. ¿Crees que una aventurita así no dejaría registro? — Mierda—. ¿Crees que tus imprudencias quedarían impunes?

Me recorre un escalofrío que me esfuerzo por ocultar al tiempo que trato de distraer mis manos, cuyas uñas se estaban clavando en mis palmas, recorriendo el bajo de mi camiseta.

De pronto, su gesto se torna condescendiente y amable. Tan falsamente amable que resulta asqueroso.

—Vamos, Setenta y uno. Sé una buena cría y admítelo. Has hecho algo que está mal, simplemente debes aprender a no cometer un error como ese nunca más; y nosotros te vamos a ayudar en ello.

Tuerzo la cabeza y entrecierro los ojos, desafiante.

—Yo no he hecho nada. —Resulta cómico mentir tan descaradamente.

—Claro, y tu amiguito tampoco —reprocha.

Dejo de respirar por un segundo. Sí que sabe, no va de farol. Pero prefiero proporcionarme la ventaja de la incertidumbre, no sé cuánta información tiene de lo que hicimos aquella noche.

—¿Mi amiguito? —continúo interpretando mi papel lo mejor que puedo; y he de decir que no se me da del todo mal esto de actuar.

—Te recomiendo que abandones tu mentira, Setenta y uno. Yo voy un paso por delante, por lo que no te servirá de nada. Además, tu familia no te crio para que fueras una embustera.

Aprieto los puños alrededor del tejido de mi ropa, ¿por qué narices mete a mi familia en esto?

—Cierto es —prosigue, como si de un monólogo se tratara y yo fuera su simple espectadora— que estás acostumbrada a esto del engaño. Dime, ¿cómo se mantiene una relación de dos años en secreto? Si la gente supiese lo que en verdad eres, se llevarían tal decepción…

—¿Cómo diablos sabes eso? —bufo, levantándome bruscamente de la silla. Lo que hace reaccionar a un guardia de cuya presencia no me había percatado hasta ahora. Moor le hace un gesto para que no intervenga.

—Te lo he dicho, pequeña impertinente; yo siempre estaré un paso por delante de la gente como tú. Es inevitable.

—Ah, ¿sí? Si tan por encima de nosotros estás, ¿por qué tu vida se reduce a estar rodeado de nosotros? Nos ves en todas partes, siempre lo harás, es inevitable —me encaro, con frialdad pintando mi voz.

El director no parece mostrar ninguna reacción, o seguramente solo la esté ocultando muy bien, ¿este tío tiene sentimientos? De cualquier forma, su falta de respuesta me hace sentir un tanto apocopada, cosa que no es común en mí; y creo que eso es lo que más me asusta de esta situación.

No tardo en descubrir a qué se debía tanta repentina serenidad: el hombre de atrás empuña una jeringa.

Oh, no. No otra vez.

Mi cuerpo actúa por instinto y me dirijo con agilidad a la puerta de salida. Apenas estoy rozando el pomo con la yema de mis dedos cuando el fornido avanza en mi dirección.

Me doblo con una gracilidad de cuya existencia desconocía, esquivo su atrape las suficientes veces como para empezar a hacerle perder la paciencia.

El subidón de adrenalina al verme tan escurridiza me sirve como combustible para cometer un gran error:

—¿Qué pasa? ¿No eres capaz de contener a una adolescente rebelde? —Suelto una carcajada desquiciada que hasta a mí me sorprende.

Y entonces, comprendo dos cosas: una, que los agentes de Exilio, por lo visto, sí tienen sentimientos —aunque muy, muy, muy enterrados—; y dos, que soy una experta en exasperar a la gente, especialmente a los hombres.

Moor observa desde su silla y sin inmutarse cómo su empleado me propina una patada que me hace sobrecogerme de puro dolor. Ha aprovechado la ventaja de altura y ha ido directo al pecho.

Toso y le lanzo una mirada rencorosa a mi agresor, pero otra cargada de mero odio visceral al sádico director, que continúa en su posición de evidente indiferencia.

Eso deja suficiente tiempo de margen a mi contrincante para sacar provecho de mi actual vulnerabilidad, reduciéndome hasta que mis forcejeos le permiten introducir la jeringuilla en el hueco entre el final de mi mandíbula y mi cuello.

Pero tengo un último as bajo la manga; o, mejor dicho, unos reflejos formidables. Mi padre solía decirme que soy una tozuda, y hago honor a su palabra rodando en el suelo, justo cuando iba a ser inyectada.

La aguja se dobla al chocar contra el firme.

¡Sí!

Me levanto con tal ímpetu que por poco me voy al suelo otra vez. Me abalanzo sobre la puerta y, cuando consigo abrirla —al segundo intento, con las manos temblando—, salgo al pasillo y echo a correr a toda prisa.

No tengo ni que pensarlo, mis piernas se mueven solas; mis pasos se oyen en coordinación con mis frenéticos latidos.

Miro atrás. Aún no estoy a salvo. Astrid, estás en Exilio, nunca lo estarás, por lo que giro esquinas, tuerzo hacia pasillos de cuya existencia desconocía —o puede que ya los haya recorrido y que, como todo en este lugar es igual, no difiera uno de otro—; pero, sobre todo:

No.

Me.

Paro.

Con cada bocanada de aire que inspiro, un pinchazo me recorre cerca del esternón, apuesto a que me saldrá un moretón. El cuerpo me pide que baje el nivel, que pare; no obstante, mi cerebro toma el control.

Me dispongo hacia las escaleras de subida, de no ser porque dos mujeres las están bajando, a la par que reciben órdenes de «detener a Setenta y uno» por el walkie-talkie que llevan colgado del cinturón.

Cambio de dirección.

Los seguratas y yo pasamos unos minutos más en esta especie de juego del gato y el ratón; hasta que, entre sofocos, encuentro un rincón que parece desierto. Las blancas paredes del pasillo nos reciben a mis jadeos y a mí, a la vez que me incitan para apoyarme en ellas a descansar.

El trepidar de mis rodillas también me anima a darme una pausa; pero más que nada cedo porque, aunque he parado, me falta el aliento.

El tiempo parece parar de transcurrir, porque se lleva mi respiración a su paso. Me ahogo.

Y, por si fuera poco, las lágrimas amenazan con abrirse camino justo ahora.

En la lejanía escucho pasos —¿o es el desenfrenado tamborileo dentro de mi pecho?—, cosa que no ayuda en mis intentos de aferrarme a la calma.

Muévete, Astrid, no es momento de ponerse a llorar.

Aprieto los ojos, poniendo mis manos sobre la pared para encontrar el equilibrio que me abandona.

Venga, no te quedes parada, ¡se acercan!

Mas mis piernas no quieren colaborar. Tampoco mi nariz, que parece haber olvidado su función de meter el oxígeno que necesito para pensar con claridad. Ni mi boca.

Boqueo, en una llamada desesperada a los instintos que tanto me han ayudado antes.

Oigo los pasos más cerca, más deprisa, más ansiosos.

Vamos, por favor, ponte en marcha, Astrid.

Intento respirar.

Me ahogo.

¡Muévete!

Mis fuerzas ceden y me deslizo poco a poco hasta que estoy de rodillas en el suelo.

Saboreo el regusto salado de mis lágrimas. ¿En qué momento empecé a llorar?

Astrid Wilson tendida sobre el suelo de una estúpida cárcel y asfixiándose ella solita mientras llora cual niña pequeña.

Qué patético.

Qué patética.

Cuando siento mi cabeza y mi corazón compitiendo por ver quién estallará antes, alcanzo a ver por el rabillo del ojo una silueta oscura. ¿Será la muerte? ¿Me va a llevar ya o prefiere esperar y regodearse un poco más en mi agonía?