Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Marc

Espalda recta.

Barbilla alta.

Y cabeza levantada como si por dentro no estuviese sintiendo nada.

No me pasa desapercibido el hecho de que esta semana seamos cuatro, y no tres, los Diferentes que serán sometidos a tratamiento —o más bien, a tortura— . Como tampoco me pasa desapercibido que yo soy el único al que no se llevan escaleras abajo.

Por eso le dirijo una mirada de reproche y curiosidad a la guardia que me ha esposado al salir del comedor. Sé que es en vano, pero conservo mi dignidad y, sobre todo, un resto de orgullo —que, a decir verdad, creo que me ha pegado «la Mocosilla»—.

Comenzamos a caminar, con pasos monótonos, regulares y fríos; como cada maldito detalle de este lugar.

No tardamos en llegar a un lugar que odio, con una placa que cada vez que leo, no puedo evitar sentir déjà vú :

«Despacho de Dirección – Roiman Moor».

—¿Qué quiere ahora ese amargado? —mascullo entre dientes.

La mujer que me sujeta ni siquiera se molesta en contestarme, ¿por qué iba a desperdiciar su voz en alguien como yo?

Juraría que la puerta se abre sola, si no fuese por la suposición de que ya tendrá Roiman a un esbirro bajo el título de «centinela» que se encargue de ello.

—Tranquilo, Sesenta y ocho. Este «amargado» solo quiere tener una pequeña charla. ¿Tanto te extraña? —la petulante voz del director inunda el espacio—. Me ofenden las pocas ganas con las que me visitas, teniendo en cuenta las repetidas oportunidades que hemos tenido de vernos las caras…

Me está tanteando, lo sé. Soy perfectamente consciente de que le encantaría verme perder los papeles; tener algún pretexto para hacerme pasar un peor rato del necesario.

Pero voy un paso por delante; sin darse cuenta, él mismo me ha vuelto inmune a sus tratos, sus humillaciones… O eso me repito, al tiempo que las cicatrices que sus anteriores «charlas» han dejado en mí palpitan al compás de mis latidos.

Me hace una indicación con la mano para que tome asiento, y yo no me muevo. Tuerce el gesto y la guardia tras de mí me empuja para que me aproxime a su jefe. Después, nos deja solos, cerrando con un portazo.

—¿Roiman? —Alzo una ceja, mientras me acerco a la silla cual buitre a su presa. Pero él me corta el paripé, con un tono de amenaza que creo que solo unos pocos y yo hemos tenido el «honor» de oír.

—Cinco años y todavía no has aprendido cómo dirigirte a mí… Eso no puede ser —comienza a reprenderme, con un tono lo bastante políticamente correcto como para resultar perverso.

Se levanta de su silla:

—Pero supongo que eso será algo que trataremos más adelante; al fin y al cabo, te he hecho llamar con un propósito —continúa, cruzándose de brazos y apoyándose en el borde de su escritorio.

Yo inclino la cabeza y arqueo una ceja, con fingido desinterés. Podría hasta reírme de la situación, hay tantas cosas por las que podría haberme hecho venir: la Perdura, el puñetazo que le di a uno de sus hombres la semana pasada… Mi visita a los Archivos.

Mierda. Disimulo el escalofrío que me recorre la espalda.

—Nunca has sido el tipo de chico que se ciñe a las reglas.

Eso lo sabemos ambos —suelta una risita sofocada, expresando suficiencia—.

He tratado de corregir eso múltiples veces, pero pareces un joven bastante rebelde.

Siempre dispuesto a… llevar la contraria, nadar a contracorriente. Pero se te olvidan un par de detalles…

Estoy demasiado ocupado sosteniéndole la mirada a Moor como para percatarme de que alguien acaba de entrar a la sala.

—El primero: que tú eres Diferente, y yo soy Normal —prosigue altivo.

Espero a que continúe enumerando los motivos por los que yo no debería ni siquiera existir, pero hace una pausa.

Y yo sé que es deliberada. Lo que me desconcertaría, de no ser porque apenas tengo tiempo para ello: unos fuertes brazos me envuelven, y me incapacitan el detener la aguja que tan diligentemente se hunde en mi cuello.

Me maldigo a mí mismo por no haberme percatado, por haber estado demasiado cegado por mi rencor hacia Moor como para no recordar que debo estar en modo supervivencia siempre.

No tengo miedo de lo que me hayan podido inyectar, probablemente se trate de un somnífero lo bastante potente como para acallar al niñato imprudente que soy por un rato. Lo peor de todo es saber que durante no sé cuánto tiempo van a tener el placer y la ventaja de verme debilitado.

No es la primera vez que lo hacen, pero nunca me voy a acostumbrar.

Juraría que el encargado de retenerme se ha ido —y que volvemos a quedar solos Moor y yo—, pero es que comienzo a escucharlo todo amortiguado.

A partir de este preciso instante he dejado de poder confiar en mis propios sentidos.

Es por ello que, lejana, oigo la voz del director de Exilio cuando continúa su discurso:

—Criaturas como vosotros… Desastres imperfectos que la naturaleza ha tenido la diligencia de cometer.

—Cállate.

—No lo entiendes. Tú no estás por encima de mí. Todos vosotros sois solo desdichas, accidentes.

Deseo para mis ahora torpes adentros que quede algún registro de eso que acaba de decir. Si la Perdura pudiera tener la confirmación que necesitan de lo que sucede entre estas cuatro paredes…

Mientras tanto, este hombre sigue enfocado en sus palabras de desdén, intentando hundirme.

Pero yo ya estoy en la mierda. Y lo bueno de estar tocando fondo es que no puedo estar más hundido ya.

—No me extraña que tu padre se largara. Yo tampoco soportaría tener un hijo como tú. Lo que no entiendo es cómo la borracha de tu madre aceptó hacerse cargo de ti; sin duda era una auténtica estúpida.

Hasta aquí hemos llegado. Este amargado puede insultarme, puede humillarme, puede recordarme mis verdades más vergonzosas… Pero manchar de esa manera la memoria de la única persona que, a pesar de todo, se quedó; eso es otra cosa, y no voy a tolerarlo.

—Sácate el nombre de mi madre de tu asquerosa boca —balbuceo.

No beneficia mucho a mi imagen que la anestesia esté surtiendo efecto.

—¿Qué pasa, Sesenta y ocho? ¿No puedes aceptar las cosas como son? Apuesto a que esa perra acabó aferrándose a las botellas para poder olvidarse de ti. Y si de verdad tienes razón, y ella te quiso a pesar de todo… Entonces la muerte nos hizo un favor a todos.

Por unos segundos todo se congela.

Después.

Veo.

Rojo.

Combato el adormecimiento que siento en las piernas para empujar a este imbécil contra la pared más cercana. Mas él juega con ventaja; me voltea, cambiamos posiciones, y ahora soy yo el que está presionado contra el frío muro.

Sin embargo, no me rindo tan fácilmente, y le propino un rodillazo en el estómago, que le hace emitir un gruñido gutural. Ha sido un movimiento torpe, pero efectivo.

La maldita sustancia que corre por mis venas decide reírse de mí en el peor momento, mi vista comienza a desenfocarse.

Me dispongo a probar suerte lanzando un puñetazo —que sé que me traerá consecuencias—, cuando un brusco dolor saca el aire de mis pulmones.

Me doblo, tanto por el ataque como por el estado de embriaguez que me embarga. Las rodillas escogen la peor situación posible para volverse endebles y me hacen tambalearme.

Ni siquiera tengo tiempo de apuñalar a Roiman con la mirada cuando siento cómo me gira, colocándome de cara a la pared con un desagradable crujido de mi nariz.

Alcanzo a divisar la blanca superficie ser salpicada por unas motitas rojas. O puede que me lo esté imaginando. A estas alturas ya no lo sé.

Ahora mismo soy preso de mi propio y ralentizado cuerpo, mis sentidos se deciden por abandonarme cuando más los necesito; y lo único que soy capaz de sentir es un punzante dolor recorriéndome a la altura del abdomen.

Eso justo antes de ser soltado y humillado por la gravedad; que me hace caer estrepitosamente contra el suelo, desencadenando un dolor en mi cabeza que me hace preguntarme si me he roto algo.

—Eres… un… capullo… —balbuceo. Cosa que no hace a Moor compadecerse de ningún modo, sino más bien todo lo contrario.

Avanza hacia mí, con una mueca de desdén que hasta yo puedo apreciar.

—Cuida ese lenguaje, Sesenta y ocho.

Hago de tripas corazón y reúno mis esfuerzos para levantar, aunque sea mi torso, unos centímetros del suelo. Lo suficiente para poder mirarle a los ojos, aun sintiendo la calidez de la sangre en mi boca, y jadear:

—Mi nombre… Es Marc Reynolds… No, Sesenta y… —me interrumpe, cogiéndome con fuerza del pelo, para alzar mi cabeza lo suficiente y poder hacer contacto visual.

Siento un par de vellos desprenderse de mi cuero cabelludo bajo su agarre.

—Ingenuo. —Niega con la cabeza, casi de forma condescendiente, de no ser por su cruel sonrisa—. ¿Aún crees que eres digno de un nombre? Siento decepcionarte, pero nunca lo fuiste, nunca lo serás.

El pavimento está muy duro, hace que me duelan las costillas en esta posición tan incómoda.

Aunque más me duele el orgullo, el cual intento salvar con un último gesto antes de que este mareo me consuma.

Curvo mis ensangrentados labios en una mueca; porque, ¿qué mejor arma que una sonrisa? Jamás existió un doble filo mejor.

Y sé que funciona, porque percibo —aunque difuminada— la sombría expresión en el rostro del hombre frente a mí, al que parece que las palabras han abandonado.

Esa mínima satisfacción es lo último que experimento antes de que una fuerza brutal me estampe contra el suelo. Los pocos centímetros que me separaban de las baldosas desaparecen y la sien me retumba tras un golpe seco, sumiéndome en una oscuridad más negra que el podrido corazón de Roiman Moor.