Capítulo 21
Astrid
—Un mes ya… —digo removiendo la masa pastosa a la que me obligan a considerar desayuno.
Edgar parece ignorar mi comentario, o no tiene nada que añadir. No suele hacerlo. Sin embargo, ni siquiera tengo que levantar la mirada para saber que Marc, sentado en frente de mí, ha vuelto a poner los ojos en blanco.
Sé que es su forma de ser y no se lo tengo en cuenta, pero a veces se me olvida y acaba desquiciándome. Con el tiempo he aprendido a pasárselo por alto e incluso a aceptarlo.
Entretanto, prosigo con mi monólogo:
—Es increíble que los días se hayan pasado tan…
—¿Vacíos? —me interrumpe, alzando una ceja (ese gesto odiosamente propio de él).
Y sí, tiene razón, estos días me han parecido tan vacíos; pero no le voy a dar el gusto de saber que tiene razón.
Así funciona nuestra dinámica.
—Es como si las horas se hicieran eternas hasta el punto de dejar de transcurrir. Como si fuesen demasiado rápidas y tortuosamente lentas a la vez —suelta Edgar de sopetón, con la mirada perdida en el blanco abismal de la mesa de plástico.
Tanto Marc como yo nos quedamos mirándole, sin opinar.
A veces hace eso: murmurar comentarios que me hacen compadecerme, porque los habla con la mirada tan apagada…
Que a veces siento que su fantasma anda susurrándome a la espalda que mi brillo será el siguiente en apagarse por culpa de las inyecciones, las horas sola en un cuarto vacío, las pastillas que tanto me esfuerzo por no tragar…
Me viene de golpe una arcada. Malditos recuerdos que sé que volverán a suceder. Ahora son lo único que veo cuando cierro los ojos.
Los chicos se tensan ante mi reacción, y aprecio la manera en la que las gruesas cejas de Marc se juntan, acentuando su cicatriz.
¿Por qué diablos me fijo en eso?
La incómoda situación se ve interrumpida por dos pares de guardias que entran al comedor, el estruendo de sus botas girando cabezas.
Edgar palidece.
Todos palidecen.
Como cada vez que los guardias vienen a por uno de nosotros, a someternos a esas torturas que llaman «tratamientos».
Según cualquiera que no sea un Diferente —y que realmente sufra lo que se siente—, nos ayudan a curarnos y contrarrestar nuestros poderes, evitando así que podamos suponer un peligro para los demás o nosotros mismos.
Como si les importase nuestra seguridad.
Sea como fuere; noto mi pulso acelerarse al compás de los pasos que se aproximan a las hileras de mesas.
Marc continúa indiferente, jugueteando con su supuesto desayuno; y no sé si es porque les ha perdido el miedo o —la opción más probable— porque, como buen pasota que es, tampoco iba a inmutarse ante esto.
Me gustaría volver el tiempo a hace unos minutos, cuando casi me atraganto por culpa de un comentario impertinente que hizo el moreno frente a mí sobre el pelo de una mujer a unos asientos de nosotros.
Por lo menos entonces no tenía en mente que, como cada día, tres de nosotros seríamos los desdichados a los que les tocaría someterse al tratamiento rutinario y supuestamente aleatorio.
Contengo el aliento. Aprieto los ojos. Le rezo a un Dios en el que ni siquiera creo. Porque todavía me duelen las heridas que tengo en las muñecas y los tobillos de la sesión de la semana pasada.
Se escucha un gemido de puro terror desde la otra punta del comedor.
Pobre hombre… Una posibilidad menos de que me toque a mí.
—Sé caminar, idiota —refunfuña otra mujer, esta vez más cercana.
Y me siguen temblando las manos, que aprieto en puños bajo la mesa.
Me parece escuchar un tercer suspiro, y a pesar de que debería compadecerme por el emisor de este, consigo respirar aliviada.
Un día de tregua.
Como cada día, veo a los centinelas llevarse a tres Diferentes.
Como cada día, Marc los perfora con la mirada.
O eso debería estar haciendo. Pero tiene el fuego en los ojos dirigido a algún punto detrás de mí.
Mierda.
Pienso al atar cabos. Tengo las extremidades frías, pero el hecho de que el chico esté retando a los superiores a tocarme extiende un breve y cálido impulso de demostrarle y asegurarle que estaré bien.
Y se levanta, con sus pupilas verdes clavadas en el guardia a mi espalda… pero lo hace resignado. E ingenua de mí, no me percato de lo que realmente sucede hasta que una robusta mujer uniformada lo agarra del brazo para obligarlo a caminar.
Por supuesto, ¿cómo iba a estar mirando por alguien que no fuera él. Es Marc Reynolds.
Se mofa una vocecilla en mi cabeza, y me hace sentir estúpida. Ingenua.
Aprende de él, o tus días aquí se harán aún más insoportables, me carcomo entre reproches hasta que la suave voz de Edgar me distrae:
—¿Cuatro?
Y entonces me doy cuenta.
Cuatro. No tres, como hasta ahora.
Somos menos, pero sé que todos tenemos la misma certeza, una que ninguno pondrá en palabras: en Exilio nunca hay cambios arbitrarios y sin motivo.
Intercambio una mirada con mi compañero. No volvemos a tocar el desayuno.