Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Moor

Han pasado cuatro semanas desde la última visita de Yarrow y no cabe duda de que el «pequeño incidente» mermó la estima que me tenía. Sin embargo, no pienso permitir que las cosas sigan así.

He revisado las cámaras de seguridad un total de tres ocasiones, y he llegado a una conclusión: no se trató de ninguna incursión ajena, tuvieron que ser internos.

—Sabía que la nueva nos daría problemas; ya los dio al momento de su detención… —comenta uno de los tres guardias a los que he convocado.

—Y por si no fuera poco, se junta con ese niñato, Sesenta y ocho —añade una segunda.

Carraspeo para llamar al silencio.

Lo cierto es que tanto uno como otro no son más que un problema; no obstante, no merece la pena emplear demasiados esfuerzos en su castigo. No son tan importantes, no les dejaremos pensar que significan lo mínimo como para robarme tiempo.

—Jackson, Smith, Overstreet: os dejaré este asunto a vosotros —anuncio a los presentes—.

Tenéis acceso a cualquier sala de la planta de tratamiento que consideréis necesaria para corregir la conducta de estos jóvenes.

Simplemente aseguraos de que no han sustraído información; y de que no se les pase por la cabeza volver a cometer semejante estupidez.

Una vez más, me impongo ante el desafío y me regodeo en el poder que ahora mismo arrastro.

—Recordad que nuestro deber desde Exilio es asegurarnos de que seres como los Diferentes no tienen posibilidad de resultar un peligro para las personas.

—Sí, señor Moor.

—¿Tiene alguna predilección acerca del castigo que desea aplicar? —me pregunta Overstreet.

—Querida Jane, confío en vosotros. —Les sonrío con afinidad—. Sois de mis mejores guardias, sé que tenéis criterio suficiente. —Rodeo a Jackson y a Overstreet por los hombros, mientras me inclino para bajar la voz—: Nada más quiero que esos mierdas reciban lo que merecen.

Si ni el aguardiente me salva de recordar la mirada de decepción en los ojos de Miles, lo justo es que ellos tampoco se olviden de su pequeña «aventura».

Y es que todo tiene un costo, siendo el de fallar…

—Los problemas hay que atajarlos de raíz —declara Smith, que solo ante mí calla lo que piensa. Un hombre sabio para su edad.

Esa frase solía decirla padre.

—Así es, Dante —confirmo dando una última palmadita en los hombros de sus compañeros a la par que me incorporo.

Rodeo la mesa y me acomodo de nuevo en el cuero de mi sillón, sensiblemente más alto, grande y ostentoso que las sillas que tienen frente a mí.