Capítulo 19
Edgar
Mi mejor amigo, el silencio, lleva un rato conmigo.
Siempre me acompaña y se lo agradezco. De algún modo, se ha vuelto mi refugio. Siempre me ayuda a tapar el ruido de fuera. Es alguien muy poderoso; pero hay una voz que no consigue callar del todo, creo que porque yo soy el único que todavía puede oírla.
Esa que suena exactamente como la de mi padre, repitiéndome que nunca seré suficiente, y que cada mirada que recibo esconde odio. La misma que me ha enseñado que en la presencia de mi viejo amigo es cuando mejor se puede leer a una persona.
Y ahora mismo, la chica que hay a unos metros de mí también ha decidido hacernos compañía.
Aguardo, esperando a que haga algo que delate sus verdaderas intenciones. Porque sé que siempre hay otras intenciones; lo que pasa es que no siempre tardan lo mismo en salir a la luz. Y menos en un sitio tan oscuro como Exilio.
—Perdona —su voz me saca del pensamiento.
La miro.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —Su tono parece dubitativo; y no sé si eso se supone que tiene que tranquilizarme o ponerme en alerta. Por lo visto, mi cuerpo opta por la segunda opción.
No respondo, pero parece que el hecho de que haya vuelto mi cabeza hacia ella —aunque todavía prefiero no mirarla a los ojos— le parece suficiente indicación para que hable:
—Bueno, no sé si podrás responderme, y no hace falta que lo hagas si no quieres, pero… —Boquea unos instantes, como si las palabras se le quedaran en algún punto antes de salir de su garganta.
Se me acelera el pulso, ¿qué quiere? ¿No puede soltarlo y ya?
—Olvídalo —se rinde.
Exasperante.
No me molesto en contestar réplica alguna; no es necesaria ninguna aclaración educada que en verdad no pienso.
Agradezco que por fin decida volver a su cuarto; la situación rozaba un límite insoportable. Si no se retiraba ella, habría tenido que hacerlo yo, aunque tampoco quería darle la impresión de que me da miedo.
La chica en sí no parece mala a primera vista.
Pero es que todo el mundo parece bueno al principio.
Tampoco creo que sea demasiado peligrosa; si lo fuera, ya habría hecho algo.
No obstante, muchas veces la espera aguarda lo peor.
Además, ¿qué motivo tendría para hacerme daño a mí?
¿Qué motivo tenían todos los que ya lo han hecho?
Un escalofrío me recorre la espalda. Creo que me cuesta respirar.
—Tranquilo, Edgar; estás solo. No te pueden herir si no hay nadie que lo haga —me recuerdo, mientras decido que ya he tenido suficiente aire por hoy y cierro la ventana.
Una vez más, las voces de mi cabeza me hacen olvidarme de mi amigo.
★ ☆ ★
El techo del cuarto de Marc es igual de blanco que el mío, lo sé, todas las habitaciones están pintadas igual. Pero, aun así, siempre lo acabo encontrando un poco menos… gris. No sé muy bien por qué, quizás sea cosa de la iluminación.
Llevamos un largo rato sin decir nada; y si su respiración no me recordara lo contrario, a veces me olvidaría de que le tengo al lado, tumbado sobre el mismo suelo que yo.
No me muevo, y si lo hago, es con mucho cuidado; ya que, aunque hemos recogido los trocitos de cristal que había tirados, puede que todavía quede alguno oculto; y ya tengo suficientes cicatrices en la espalda como para conseguir más.
—¿Has oído sobre lo de las pintadas? —La forma tan repentina en la que rompe el silencio hace que se me erice la piel.
—¿Qué? —murmuro en respuesta.
—Las pintadas. Las que han hecho en la embajada de Croth.
—¿Aquí en Rayness?
—Sí.
—¿Cómo te has enterado? —Arqueo una ceja.
Él se levanta y va hasta su armario. Lo abre, y puedo ver cómo desordena algunas prendas que había guardadas en montón. Debajo de ellas se encuentra su colección de periódicos: los que le pasa Charlotte de manera clandestina y siempre que puede.
—¿Hasta cuándo piensas seguir coleccionándolos? —Señalo el montón con un gesto de cabeza.
—Hasta que deje de ser necesario —dice mientras deja caer uno junto a mí—. Pero igual algún día te pido que me guardes un par.
—No. Yo ya te he dicho que prefiero no meterme en problemas.
Suspira resignado. Yo finalmente me incorporo, y desvío la mirada al artículo que me ha lanzado. En una de las esquinas de la primera página, hay una gran foto de la pared de lo que parece un edificio federal; en ella están escritas las palabras «La Diferencia no es mala. Todxs somo iguales».
No comento nada, pero cuando alzo la cabeza, me encuentro con los ojos de Marc clavados en mí, con ese halo de luz que se le pinta cada vez que oímos acerca de cualquier mínimo avance en la mierda inalcanzable esa de «hacer justicia y conseguir la libertad».
—¿Hace cuánto fue esto?
—Solo hace una semana. ¿No es genial? ¡Ya hemos conseguido salir en los periódicos!
¿Hemos? Como si tú también hubieras estado allí…
—¿Acaso has leído esto? —inquiero.
Pone los ojos en blanco y, aunque sonríe, algo en mí me dice que yo no debería haber hablado.
—Bueno, bueno, ya sé que la prensa no habla maravillas de La Perdura; sin embargo, no se dan cuenta de que, por el simple hecho de hacerle saber a la gente de su existencia, ya nos están beneficiando.
—No sé yo… No es la primera vez que sucede algo así, y aquí seguimos todavía. Entre estas cuatro paredes… —la voz me baja hasta que las últimas palabras no son más que un susurro que dudo que haya oído.
Creo que admiro la forma en la que este tipo de noticias impactan en este chico.
Yo hace tiempo que dejé de creer que todo esto de La Perdura —el nombre por el que conocemos a los rebeldes— realmente tendrá éxito.
Al fin y al cabo, a lo largo de la historia siempre ha habido gente en contra del sistema, y no es que muchos hayan logrado cambiar el mundo ni nada por el estilo.
Esto solo reafirma mi creencia de que todo el mundo puede oír tu voz, pero es mejor asumir que nadie la escucha, para que la decepción de no obtener nada duela menos.
—Ya, pero… Esta vez será distinto. Conseguiremos salir de aquí. Y cuando lo hagamos, les mostraremos a todos que no somos un peligro, ni repugnantes. Les haremos darnos una oportunidad, y garantizarles que será algo de lo que no se arrepientan, ¡y demostrárselo!
Como si fuera tan fácil.
No digo nada. Le voy a dejar que sueñe despierto.
Sin darme cuenta, estoy paseando el dedo por el metal que me rodea el tobillo, haciéndolo rotar contra mi piel.
Su mirada se suaviza al darse cuenta, y yo no puedo evitar sonrojarme un poco por ello.
—Edgar… Sé que puede que no me creas; pero encontraré la manera de deshacernos de esta mierda, de liberar nuestras habilidades y que nuestros poderes sean realmente nuestros. Y entonces podremos huir y vivir la vida que nos merecemos. Te lo prometo.
Otra promesa. Me arde la garganta.
Quiero decirle que no necesito que me jure nada —sobre todo algo tan incierto—, pero tengo la sensación de que en cierto modo las palabras también se las está dirigiendo a él mismo.
Y sé que le gusta soñar despierto.
Y sé cuánto le dolerá despertar.
Yo llevo tanto tiempo sin poder siquiera dormir…
Pero claro que no le voy a decir todo esto; por lo que simplemente fuerzo mis labios a torcerse en algo parecido a una sonrisa, aun sintiéndome incapaz de fijar mis ojos en los suyos.
—¿Alguna idea maestra de cómo hacer eso? —murmuro.
Sonríe pícaro.
—Bueno… —comienza con tono casual, como si no supiera que lo que sea que me va a decir lleva rondando por su cabeza horas o quizás incluso días—. El otro día estuve en los Archivos —anuncia. Me pongo recto.
—¿Que qué? —Puedo sentir la tensión en mi piel producida por lo mucho que tengo abiertos los ojos.
Y eso solo ensancha su mueca.
—Entre los papeles pude ver unos que corresponden a los códigos de las cámaras de seguridad. —Gracias al cielo que ha bajado el tono de voz—. Recuerdo la caja, era una en la que ponía no sé qué de unas facturas y…
—¿Y qué hacías tú en los Archivos? —le interrumpo—. ¡Te podrían haber pillado! ¿Es que acaso quieres acabar igual que la última vez? —La mención de ese último acontecimiento le ensombrece un poco la expresión.
—Qué hacía yo allí no importa —desvía la pregunta—.
El tema es que he tenido una idea —recupera el énfasis que le estaba poniendo.
No espera a que le pregunte, porque sabe que no lo haré—: Si consigo colarme de alguna forma en el registro de videovigilancia, para lo cual me podría ayudar Charlotte, tendría acceso a grabaciones de…
Bueno, las cosas que nos han hecho, ya sabes a lo que me refiero.
Si logro filtrarlo a la prensa, y que el mundo vea lo que en realidad sucede aquí en Exilio, mucha más gente se uniría a nuestra causa, ¿no crees?
Registro sus palabras.
No paso por alto que en ningún momento me ha mencionado como parte de todo este loco plan; y lo agradezco: todavía recuerdo la sensación que producía ese dolor al recorrerme entero. Todo por meternos en asuntos que jamás deberíamos haber removido.
Y es que no se equivocan con eso de que la curiosidad mata al gato. Lo único que olvidan mencionar es que es peor cuando el gato sobrevive y no aprende su lección.
—Oye, ¿de veras crees que funcionará? —pregunto mientras trazo pequeños círculos en el suelo con la yema del dedo, un gesto involuntario que repito casi sin darme cuenta.
—Es una idea —su voz delata que parece estar regresando al mundo real—. Pero creo que no es la peor que he tenido. Tengo que pulirla, aunque pienso que podría funcionar —murmura, mientras se mueve para sentarse en el borde de su cama, pensativo.
Nuestras miradas se cruzan, y yo me encojo de hombros a la par que desvío la mía para regresarla a las baldosas, que de repente se me hacen el triple de interesantes.
—Mira —susurro, alargando el brazo para coger un minúsculo trozo de cristal que destaca sobre el llano relieve—. Parece que no habíamos visto este.