Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Astrid

No lo entiendo.

A decir verdad, nunca lo he entendido.

¿Cómo puede el ser humano ser tan masoquista de querer más de lo que sabe que le hace daño?

Marc acaba de salir de mi habitación; yo le he echado con un portazo que, aunque me da la complacencia de tener la última palabra, me deja un sabor agridulce en la boca y quemazón en la garganta.

Pensé que habíamos tenido un momento de verdad.

Y lo hemos tenido. Sé que lo hemos tenido. Estoy segura de que él también es consciente de ello. Pero ha decidido mandarlo a la mierda…

¿O he sido yo?

Eso ya no importa.

Ahora mismo nada me importa. Lo único que me apetece —no, que necesito— es tener a alguien al lado que me diga que todo irá bien; que no soy un bicho raro al que evitar tocar, que no soy Diferente.

Alguien que me haga olvidar el escozor que sentiré por semanas, la cicatriz que me marcará por años y el tormento de un significado que me acompañará toda la vida.

Extraño a Nicole, a mis padres, a mis amigos, la calidez de mi cuarto —del mío de verdad—, los abrazos de mi hermana, la almohada que tantas lágrimas ha limpiado, el diario que tantas palabras sin futuro guarda… Extraño mi vida.

Mi vida.

Ojalá que todo se trate de una pesadilla. Pero ya ni siquiera me esfuerzo en creérmelo.

Doy un par de vueltas al habitáculo. Ahora mismo se siente más pequeño que de costumbre… Como yo.

Me dispongo a desplomarme sobre el camastro. Me dejo caer sobre él, sintiendo el frío algodón contra mi mejilla, al tiempo que mi mirada se desvía hacia la ventana; lo más cercano que temo estar del exterior.

Con un suspiro me levanto, avanzando con ansia de un poco de aire; puede que incluso con la esperanza de que esa ventana vuelva a darme un motivo para sonreír; aunque ese mismo motivo sea en parte el culpable de que ahora esté así.

El viento me recibe como un viejo amigo que ha estado esperando mi retorno, sabiendo que volvería.

Mueve mi pelo, haciéndome cosquillas en la mejilla.

El frío nunca se había sentido tan cálido.

Y aún con el cielo encapotado, de alguna manera esto resulta un respiro.

Me detengo a apreciar el desolado y desierto paraje gris que se extiende más allá de las barreras de este lugar. Realmente se siente como el exilio.

Cuando vuelvo la cabeza, veo una corta cabellera rubia asomada a una ventana contigua a la mía. No puedo evitar la sensación de déjà vu , pero reconozco a su dueño. Le hago un gesto con la cabeza a modo de saludo cuando su vista se encuentra con la mía.

—Hola —digo silenciosamente. Tan bajito que no estoy segura de que me haya escuchado.

Lo cierto es que creía recordar haberle visto bajar las escaleras hace nada, pero supongo que en el rato que he estado con Marc ha debido de regresar a su cuarto.

Me responden unos ojos marrones tan oscuros como el café que papá solía tomar por las mañanas.

—Hoy está un poco nublado, ¿verdad?

¿Por qué puñetas comento el tiempo? Siempre me ha dado por sacar los temas más absurdos con tal de llenar los silencios incómodos. Lo que pasa es que no me doy cuenta de que hay cosas que a veces no necesitan ser arregladas, y el silencio es una de ellas.

—Considéralo un buen día para ser Exilio. —Tarda, pero me responde. Casi inaudible y sin mirarme, pero lo hace.

Dejo escapar un suspiro.

Desde donde estoy puedo divisar la mancha de su muñeca que me confirma que es como yo, aunque la manga de su sudadera tapa la mitad del número; pero por lo que me he podido fijar en los pasillos, y teniendo en cuenta que solo nos separa un único ventanal, deduzco que debe de ser Sesenta y nueve.

La ventana a su derecha sé que pertenece al Diferente número Sesenta y ocho.

—¿Cómo aguantas? —Las palabras salen de mi boca sin avisar, y me sorprenden hasta a mí—. Quiero decir, vivir así…

—Es que no es vida. Simplemente supervivencia, que es distinto —susurra. Hace que suene como un hecho. Y eso me resulta un tanto triste.

Tras decir aquello, vuelve a cerrarse en banda. Dejo el tiempo pasar, intentando encontrar palabras. De vez en cuando le echo vistazos al chaval, lo suficientemente rápidos como para notar la forma en la que se clava las uñas en la palma de la mano. Tiene la piel de los dedos despellejada.

Pobre.

—Soy Astrid, por cierto.

A veces odio lo desesperada que puedo llegar a parecer; por eso me descubro buscando de nuevo un mínimo de contacto.

—Lo sé. Me lo dijo Marc.

Ah.

Silencio.

—¿Y tú eres…? —no acabo de formular la pregunta.

—Sesenta y nueve —responde escueto.

—No, pero… Tu nombre de verdad. Quién eres tú, no quién te consideran.

—¿Para qué quieres saberlo?

No respondo de inmediato. En verdad no tengo ni idea de por qué he empezado todo esto.

—Pues… para saber cómo dirigirme a ti, supongo. —Me encojo de hombros—. Y para hacerlo de manera humana —añado.

—Llámame Sesenta y nueve —es lo único que dice.

Puedo ver la tensión en sus hombros desde aquí, por lo que decido que es inútil que siga insistiendo, y llego a la conclusión de que probablemente lo mejor será que me calle.

El rato pasa, pero ninguno de los dos vuelve a abrir la boca. Y poco a poco, sin darme cuenta, este chico me demuestra que, a veces, en el silencio se esconde el consuelo de las palabras que no hace falta decir.

Supongo que no necesitaba hablar, tampoco una conversación directa.

Creo que servía con un poco de presencia.

Con algo —aunque sea un chico callado— que me recordara que hay mucha gente rota en el mundo. Que yo todavía no lo estoy. Que si lo hago, no seré la única.