Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Marc

Ha visto los cristales, ha visto las vendas y me ha visto a mí. Pero eso ella nunca lo sabrá.

Nos acompaña un silencio aplastante al entrar en su habitación; de verdad me planteo darme la vuelta y regresar a la soledad a la que estoy acostumbrado.

Por lo menos, cuando no tengo a nadie, tampoco tengo preguntas incómodas a las que responder. Espero que no se le ocurra formular ninguna, porque entonces sé que me iré.

—¿Y bien? —Me cruzo de brazos mientras la apremio para que me diga lo que sea.

Dirige su atención a mí mientras se sienta al borde de su cama. Luego mira al suelo, y después de vuelta a mí.

No dice nada; lo que me impacienta, a la vez que despierta mi curiosidad de una manera que llevaba tiempo sin experimentar. Supongo que porque llevaba tiempo sin esperar nada de nadie.

Yo decido no abrir la boca tampoco, ni siquiera cuando se levanta, con sus ojos fijos en los míos, y se acerca con algo extrañamente parecido a la cautela.

—¿Qué haces? —carraspeo.

Pero no obtengo respuesta.

No entiendo qué se le debe estar pasando en estos instantes por la mente; y eso, de una forma que no puedo explicar, hace que se me acelere el pulso.

Podría decir que subo la guardia, podría decir que es por pura expectación, pero el problema es que no estoy completamente seguro de si eso es cierto.

—¿Puedo? —pide permiso. Ni me da opción a responder: extiende la mano y me toma de la muñeca. Pero no como yo le he sujetado el brazo antes, no; lo hace de un modo mucho más… delicado.

—Astrid, ¿podrías decirme qué…? —Las palabras se me atascan en la garganta al comprenderlo.

Cuando la dirección de su vista me explica que no se trata de mí lo que ahora mismo la tiene atrapada; sino de Sesenta y ocho. De un igual al cuál se acaba de dar cuenta de que se parece más de lo que le habría gustado.

Y simplemente la forma en la que su mano sostiene mi marca me sirve de confirmación para saber que definitivamente ya no es la chica que era hace una semana. No lo volverá a ser.

Igual que me pasó a mí.

Me decanto por concederle un momento de fragilidad que sé que me reprocharé por la noche.

Dejaré que sea ella la que rompa el silencio.

Y hasta que eso ocurra, me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no he dejado a nadie acercarse como ella lo está haciendo ahora; tocarme como si no fuese algo roto o maldito…

No he dejado a nadie verme como ella lo hace, y la simple realización me asusta.

No recuerdo la última vez que me sentí tan real.

No recuerdo la última vez que fui tan débil y permití que alguien lo viera.

Mierda, me estoy ablandando. Eso no puede ser.

—Astrid… —me aclaro la garganta, retrocediendo un paso. Volviendo a elevar la pared que ha habido entre nosotros desde el momento uno. La pared en la que, sin quererlo, ella acaba de hacer una pequeña grieta.

—Sí, perdona, yo… —comienza a excusarse, dándose cuenta de la embarazosa intimidad que acaba de ocurrir.

—No. No pasa nada —la corto antes de que pueda completar la frase para la cuál sé que no encuentra palabras.

Me doy cuenta rápidamente de que quizás he sonado demasiado suave para ser yo, y trato de adoptar mi típica y protectora ironía—.

Quiero decir, ha sido raro de narices… Pero, bueno; da igual. Podemos hacer como que nada ha pasado.

—Sí. Será lo mejor —asiente, apretando los labios.

Entonces hagamos que esto no ha ocurrido… Finjamos una vez más.

Puedo advertir que la situación comienza a cargarse con algo peligrosamente parecido a la incomodidad, y decido hacernos el favor de evitar que vaya a más:

—¿Y bien? ¿Qué es lo que me tenías que preguntar? —propongo casualmente, aunque desvío la vista.

—Ah, sí, eso, eh… —Parece aliviada de que nos haya traído de vuelta a la «normalidad», aunque mientras habla, comienza a toquetear el bajo de su camiseta—. A ver, es una pregunta un poco personal, y no hace falta que me lo digas si no quieres, pero… Quiero que sepas que no te lo preguntaría si no…

—Astrid —la corto para obtener su atención, y cuando la consigo, añado con un deje de autoridad—: Pregunta.

—¿Sabes qué fue de tu familia cuando ingresaste en Exilio? —me suelta, así sin anestesia.

Pues sí era personal, sí.

—Caray, qué directa —sofoco una sonrisa agria.

Espera a que añada algo más, y así hago, ya que no parece muy dispuesta a decir nada en estos instantes.

Por otro lado, el repentino recordatorio de mi pasado remueve algo en mí; lo que me hace recuperar la cordura lo suficiente como para que ya no sienta tanto la ausencia de sus dedos sobre mi piel. Lo aprovecho, y vuelvo a la seguridad que me dan la indiferencia y el sarcasmo.

—Mira, si lo que te estás preguntando es qué va a ser ahora de tus padres… —decido desviarme un poco de la cuestión inicial.

—Sí, sí, eso —me interrumpe, lo que me hace dedicarle una mirada de advertencia. No flaquea ante ella, en verdad nunca lo hace.

—Te voy a decir que no te preocupes por ellos.

Mi contestación parece descolocarla un poco.

—¿Perdona? —Arquea una ceja, casi ofendida. O a la defensiva. O ambas.

—Que no te preocupes por ellos, que puedes estar segura de que están bien —repito, alzando un poco la voz como si mi tono fuese el problema.

Ella deja escapar una risita corta, que no expresa ni pizca de diversión.

—A ver, agradezco que me asegures que como mínimo siguen vivos, pero no sé si sabías que soy su hija. Deben de echarme bastante de menos —me habla con una entonación que o bien significa que se piensa que soy tonto, o bien la estoy volviendo a sacar de quicio.

Y la idea de eso último me divierte más de lo que debería.

Hago el gesto de sellarme los labios a la par que me encojo de hombros:

—Yo ya te he dado una respuesta.

—No tiene gracia, voy en serio. ¡Estoy preocupada!

—Pues por eso te digo que no te preocupes. —Me toco la sien con el dedo, como indicándole que acabo de decir la cosa más lógica del mundo.

—Va, ya en serio; ¿sabes algo de lo que ha podido pasar de ellos? ¿O conoces a alguien que me lo pueda decir?

—Escucha —adopto un tono un poco más suavizado, se podría decir que incluso condescendiente—: Tu familia está bien. Están felices en vuestra… En su casa. Siguen dónde los dejaste.

—Yo no les dejé. —Esas palabras van cargadas de odio, pero soy consciente de que no contra mí, al menos, no en su totalidad.

Ya lo sé, Astrid, ya sé que no fue tu decisión.

La parte de mí que no dejaré que vuelva a ver desea que le diga que la entiendo, que tengo la certeza de que nadie ha acabado en este sitio por gusto propio.

Aunque, por supuesto, no lo hago.

Prácticamente agradezco que no me dé tiempo para rebatir:

—Oye, mira, si no lo sabes, simplemente dilo, y no te molesto más. O incluso si no me lo quieres contar, me da igual. Pero te lo pido por favor: si sabes algo o conoces a alguien que…

—Te he dicho que están bien —no la dejo acabar.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? —Se cruza de brazos con escepticismo.

—Tú solo hazme caso —suspiro ligeramente exasperado.

—Podrías estar mintiéndome.

—Pero no lo estoy haciendo. —Ahora soy yo el que se pone a la defensiva.

—¿Y por qué debería creerte?

No sé en qué momento la situación ha pasado a ser tan… diferente. Supongo que debería haberlo visto venir; nuestra relación no es precisamente fácil, que digamos.

Y eso es algo de lo que somos perfectamente conscientes. Por lo menos yo.

—¿Y por qué no? —contraataco.

—¿Recuerdas lo que me dijiste una vez acerca de las preguntas estúpidas? Pues acabas de hacerme una. Los dos sabemos que tengo varios motivos para dudar de ti.

—Pues vale. Si total, eres tú la que lo está pasando mal.

Dejo que ese lado mío que Exilio a construido, del que a veces —sobre todo por las noches— me arrepiento, tome el control; y ponga a prueba los límites de una chica que en el fondo sé que se está rompiendo.

—¿Pero a ti qué te pasa? En un momento eres supermajo y al siguiente te comportas como un auténtico capullo —me reprocha, poniéndose en pie de un salto.

No digo nada. Simplemente la miro con una indiferencia aplastante.

Y eso es porque soy consciente de que, como hable, la verdad que saldrá de mis labios le hará más daño que cualquier mentira de la que se esté intentando convencer.

Su actitud me tiene con los puños apretados, sí; pero no seré yo el que le haga otra nueva herida. Y menos si es una tan difícil de curar.

El silencio se apodera, solo roto por su respiración, un tanto pesada.

Me sostiene la mirada, aunque no es más que para desviarla hacia la puerta.

—Vete a la mierda, contigo no se puede tratar.

—Vaya, qué… sensible —mascullo.

Sí, estoy siendo un gilipollas, pero por lo menos ahora ya tiene una distracción en la que centrarse hasta que la muñeca le deje de doler físicamente.

En verdad, la ira es buena anestesia. Te hace centrarte en el mero presente.

—Fuera de mi habitación. Ahora. —Señala hacia la salida, y en respuesta arqueo una ceja.

Su tono marca límites, y no soy tan tonto como para decidir ignorarlos.

Estoy cruzando el umbral cuando su boca lanza un último puñal que no me esperaba:

—No sé en qué momento pensé que merecería la pena gastar mi tiempo contigo.

Portazo.

Me quedo en medio del pasillo.

Está vacío.

Salvo por la garantía de que lo que ahora duele, será agradecido dentro de no mucho tiempo.

La vida me ha enseñado que siempre es así.