Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Astrid

Los caminos que mis lágrimas han trazado ya se sienten fríos.

Hace rato que dejé de llorar, pero apuesto a que, si me mirara en el espejo, vería una versión dolorosa de mí.

Maldigo mi sentido de la orientación —aunque esta vez la culpa sea del cansancio—, porque el camino de vuelta a la habitación se me está haciendo eterno.

Ahora mismo, lo que más necesito es encogerme en mi cama y descansar; no solo físicamente…

Necesito escapar de todo. De una realidad que no imaginé ni siquiera en mis pesadillas.

Me asusta pensar que me espera más, pero me consuelo con la ilusión de que esto sea un error, de que pronto volveré a casa.

No obstante, sé que me miento.

Pero no quiero aceptar que no sé cuándo volveré a abrazar a mis padres, a jugar con mi hermana o a besar a Nicole.

Desde que he salido de esa maldita sala, no me he vuelto a mirar la muñeca, me asusta ver lo que me han hecho. Me asusta la certeza de que es algo que llevaré conmigo de ahora en adelante… Por siempre.

Mientras procuro que los pensamientos no me devoren viva, diviso las escaleras y aminoro el paso. Estoy deseando llegar a «mi habitación» y tirarme sobre la cama. Subo acelerada, tanto que al girar la esquina me choco de bruces con algo.

No… con alguien.

—Perdón… —me callo en cuanto reconozco a la persona con la que me he topado.

Sus ojos marrones se clavan en mí. El chico rubio del otro día me mira con el ceño fruncido; no sabría decir si con enfado o con cautela.

—Bueno, yo me voy… —murmuro rodeándole. Él no se mueve. Y puedo adivinar que tiene la mirada fija en mi cara; mientras deseo que no se me note la llorera que he echado hace un rato.

A continuación, desliza su vista hasta mi muñeca, haciéndome esconderla tras la espalda.

—Setenta y uno… —murmura casi para sí—. Bienvenida, entonces.

Sus palabras, lejos de resultar acogedoras, van enlazadas con un tono que no me deja del todo tranquila. Es sobrio y monótono, en contraste con la desconfianza que inspiraba el otro día.

—¿Gracias?

—Oh, no, no hay nada que agradecer.

Y simplemente con eso… Se va.

Emprende su marcha hacia la planta baja y me deja con una sensación de frío que bien poco tiene que ver con el ambiente.

No voy a negar que algo de curioso me parece ese chico, pero ahora mismo no tengo la mente cómo para concentrarme en desconocidos actuando extraño.

Estoy frente a la puerta de la habitación número setenta y uno, cuando el crujido de otra no muy lejana llama mi atención. Un chico que no estoy segura de si quiero encontrarme ahora, sale del cuarto sesenta y nueve.

Nuestras miradas se cruzan, y en el momento en el que lo hacen, sé que sabe lo que me ha pasado. Él simplemente disimula, como si todo fuese bien, como si nada estuviese pasando —puede que para él así sea, pero sé que eso no es del todo verdad—… Por lo que yo decido hacer lo mismo:

—¿Sesenta y nueve? Pensaba que tu habitación estaba más lejos de la mía… Por suerte —recurro a este extraño juego de amor y odio; necesito distraerme.

—¿Tanta atención me prestas? —Esboza una sonrisita juguetona.

—No. Simplemente me resulta sospechoso…

—Bueno, ¿no puede un adolescente ir a la habitación de un compañero sin que «La Mocosa del Año» crea que trama algo?

—A callar —le espeto, siguiéndole la corriente. Creo que me empieza a entretener esto.

A partir de ahí no decimos nada más, él simplemente cierra la puerta y va hacia la de su cuarto. Está abriendo cuando algo me dice que tengo que hacerle la pregunta que llevo tantos días planteándome… Porque no sé quién más me la puede responder.

—Marc. —Se me hace raro el sonido de su nombre en mi boca.

Ya estaba dentro, pero veo que retrocede para asomar la cabeza y mirarme.

—¿Uh?

—Ehhh… Necesito preguntarte una cosa…

De repente estoy hablando con más timidez de la que suelo, pero supongo que todavía no se me ha ido de todo el susto del cuerpo; todavía me siento pequeñita ante la mirada del mundo, y creo que es eso por lo que ahora mismo me encuentro intentando encontrar refugio en el chico que no sabe que, por el mero hecho de hablarme, me va a aliviar un rato.

Necesito un poco de humanidad.

—Vale. Dime

—No, pero… —miro a los lados— en privado.

—Demonios, estamos en medio de un pasillo vacío.

—Se me queda mirando por un momento, y su expresión me deja saber que todavía debo de tener los ojos un poco rojos.

Continúa—: Vale, venga, pasa. —Aunque suena un tanto resignado, me está abriendo la puerta para que entre a su cuarto; y sé que he sido yo quien se lo ha pedido, pero no esperaba que fuera a tener la suficiente paciencia como para concederme eso…

Por lo que, de algún modo, me reconforta.

Apenas he cruzado el umbral cuando vuelve a hablar:

—Oye, ¿te importaría que fuéramos a la tuya? —Esta vez parece un poquito incómodo, y me extraña.

—Ehhh… ¿De acuerdo?

Pero creo que ya es demasiado tarde. No me he parado a tiempo y he visto lo que creo que trataba de ocultar: hay trozos de cristal por el suelo, y algunos jirones de vendas moteadas con sangre. Le miro a la cara, extrañada y un poco alarmada. No hace falta que siquiera abra la boca.

—Bueno, venga, a tu habitación —urge, pretendiendo que no pregunte.

—¿Qué ha pasado? —exijo mientras me adentro más.

—Nada de tu incumbencia, vamos. —Me agarra del brazo y tira de mí hacia la salida.

Me sorprende que me duela su tono frío, y me hace replantearme si quiero saber el porqué de la estampa que tengo ante mí.

También, siento una sensación rugosa contra la piel, y me doy cuenta de que tiene la mano derecha vendada.

Levanto los ojos para encontrarme con el verde de los suyos, que me intimidan por unos segundos antes de hablar:

—Marc, ¿qué es todo esto? —Esta vez mi voz suena firme, lo que nos pilla desprevenidos a ambos.

Me sostiene la mirada y veo cómo se le tensa la postura mientras aprieta la mandíbula.

—Nos vamos. Ya —sentencia, más frío de lo que nunca le he oído.

Es frustrante, pero hasta yo sé que no voy a conseguir nada positivo si le llevo la contraria. Nuestra relación es extraña, y sé que voy a destruir la pequeña parte buena que tiene si sigo insistiendo.

Por lo que, de nuevo, me trago mi orgullo. Ya no sé cuántas veces lo he hecho desde que puse un pie en este lugar.