Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Astrid

Entreabro los ojos, adormecida.

Intento estirarme, pero soy incapaz.

Abro los párpados de golpe y me intento levantar para ver qué está pasando; pero tampoco puedo. Giro la cabeza para descubrir que estoy atada de manos, pies y torso a una camilla.

No entiendo nada. Es al momento cuando recuerdo todo lo que ha sucedido antes de que me durmiera; bueno, antes de que me sedaran.

También me percato de que las personas que había antes no se han ido.

—Eh. ¿Qué está pasando? Soltadme —exijo.

Sin embargo, no obtengo respuesta. Desde mi ángulo, apenas distingo a los dos vigilantes junto a la puerta —como si pudiera escaparme…

— y a una de las médicas frente a mí. Los otros dos deben de andar por la sala, fuera de mi campo de visión, pero por la dirección en la que tiene vuelta la cabeza la mujer, deduzco que deben de estar haciendo algo en el aparador que vi antes vacío.

Todos llevan mascarillas y guantes; y simplemente eso, me hace sentirme sucia. Es como si se estuvieran protegiendo de mí.

—Ha despertado —anuncia la que está a mi lado—. ¿Administramos otra dosis? —pregunta.

Se acerca el señor embatado y me echa un vistazo asqueado.

—Consultémosle a Setenta y uno… —Da un par de pasos y se agacha con aires de condescendencia—. Dinos, pequeña, ¿quieres que te volvamos a dormir?

A pesar de sus palabras, su mirada hace que un escalofrío me recorra la espalda.

—¿Qué me vais a hacer? —pronuncio, con el ceño fruncido por pura confusión.

No obtengo respuesta. Simplemente, el hombre desaparece de nuevo de mi vista para coger algo del aparador. Aparece con una jeringuilla como la de antes en la mano, y a mí se me acelera el pulso de nuevo.

Me la acerca al cuello.

—¡No! Pare, pare —suplico. Que le den al orgullo; por mucho que mi gritito haya sido un tanto humillante, yo ahora no estoy como para preocuparme por mi reputación.

El señor asiente, retirándola. A pesar de la mascarilla que le cubre la mitad del rostro, podría jurar que sonríe… Inquietante.

—Ya la habéis oído. Sin sedante —anuncia al resto de los presentes en la sala, como si éstos no hubieran estado delante todo el tiempo.

Alzo la guardia.

¿Por qué iba a necesitar sedante?

Preguntaría, pero mi intuición me recomienda que me calle, que no haga nada que pueda empeorar la situación.

El silencio reina en la estancia, y me permite distinguir el sonido de objetos metálicos; haciendo que se me ponga la piel de gallina a cada choque del material.

Trato de volver la cabeza y ver si puedo enterarme de qué hacen, pero el cuero de las cintas que me atan a la cama hace que me resulte imposible.

En estos momentos me siento mal; repugnante, aprisionada. Y odio que me pase eso. Nunca antes había querido dejar de ser yo, pero es que ahora…

Pasan algunos minutos más hasta que finalmente los otros dos doctores, o científicos, o lo que quiera que sean, se aproximan. Y me asusto como nunca antes cuando veo lo que uno de ellos trae en la mano.

Frente a mí, un hierro con relieve en forma de «71» echa humo… Literalmente.

Segundos después, el estómago me da un vuelco, y comienzo a luchar con todas mis fuerzas contra las ataduras que me inmovilizan; mientras el objeto se acerca cada vez más y más a mi brazo izquierdo.

—¡No, no! ¡Parad! ¡Es un error, yo no soy Diferente! ¡Yo no debería estar aq…! —Ni siquiera termino la frase; un grito me desgarra la garganta en cuanto la cara interna de mi muñeca empieza a arder.

Duele.

Quema.

Es como si el fuego estuviera directamente sobre mi piel; de alguna manera, así es. Tengo la mandíbula y los ojos tan apretados que se me saltan las lágrimas.

Por favor, que pare ya. Solo quiero que esto pare.

Dudo si podré seguir aguantando, estoy segura de que esto me dejará cicatriz de por vida.

Es horrible.

Cuando alcanzo un punto en el que creo que me voy a desmayar de puro dolor, de repente el metal se separa.

Y no sé si es casi peor; porque ahora el contraste de temperatura hace que me escueza. Me muerdo la lengua para tener otra cosa en la que concentrarme, pero es inútil.

Me miro el brazo, que sigue atado. Tengo la vista nublada; no sé si por las lágrimas que me inundan los ojos, o si porque de verdad estoy cediendo.

Los demás presentes me miran con expresión nula.

—Inhumanos —balbuceo con un hilo de voz—. ¿Cómo podéis dormir por las noches? —les reprocho entre sollozos.

Nadie responde. Dos de ellos han vuelto junto al aparador —prefiero no saber qué hacen—; la otra permanece frente a mí, tomando nota mientras me lanza miradas por encima del cuaderno que sostiene; y los guardias siguen inmóviles frente a la puerta, como si no acabasen de verme sufrir y chillar tanto que resulta doloroso.

—Sois monstruos… Todos vosotros —gimoteo.

Aún sin respuesta.

Jamás me había sentido tan ignorada, tan insignificante.

—La dejaremos un rato en reposo. Cuando se haya calmado, volveremos y la devolveremos con el resto —anuncia la mujer que está frente a mí con voz estoica. Los ojos con los que me observa me dejan claro que no le gusto, y que no siente ni un ápice de compasión por mí.

Se aseguran de que estoy correctamente atada y, a continuación, se van… Así, sin más.

Me han abandonado en esta sala de pesadilla, sin más compañía que mis lágrimas y mi dolor.

★ ☆ ★

No sabría decir con exactitud cuántos minutos llevo aquí, pero cada uno se me hace más largo que el anterior.

Y no viene nadie.

Se me pasa por la cabeza que me vayan a dejar aquí por horas, o días incluso. Pero me obligo a apartar esos pensamientos de mi mente, o sé que me volveré loca yo sola.

Entretanto, aún siento la piel como si estuviera en llamas. Nunca imaginé que una sensación así pudiera existir… Tan intenso, tan atroz.

Hoy he descubierto lo que es el dolor de verdad.

Trato de distraerme del ardor que me recorre la muñeca, e inspecciono la habitación con la mirada —todo lo que estos malditos cinturones me lo permiten—, tratando de desviar mi atención a algo distinto. Es entonces cuando reparo en una pequeña cámara situada en lo alto de una de las esquinas.

Serán miserables…

Sé —no estoy segura de cómo, simplemente lo sé— que ese aparato no es solo de seguridad.

En un momento, los sentimientos me cambian drásticamente; y una mezcla de repulsión y furia me nace en el pecho. Le dedico una peineta a la filmadora; aunque no estoy segura de si la capta, debido a que no puedo levantar el brazo.

★ ☆ ★

El escozor es tortuoso.

El silencio, devastador.

Sigo tratando de mantener mis sentidos alejados de la sensación persistente; mientras también intento que mi mente no recree el escenario de lo que acaba de suceder. Ya tendrá muchas noches para eso.

Intento distraerme contando o imaginando que todo esto no es más que una pesadilla y que sigo en casa.

Echo tanto de menos a mi familia, a mis amigos, a Nicky…

Deben estar preocupados por mí, preguntándose dónde estoy. Solo de pensarlo me siento mal. Y me vuelven las memorias de la condenada mañana en la que todo cambió. No creo que pueda olvidar las caras de mi familia mientras luchaban por evitar que me metieran en el furgón.

Suspiro y me concentro única y exclusivamente en eso: mi respiración. Porque tengo la certeza de que, como siga pensando en las cosas que ya no puedo cambiar, perderé la cordura.

Y ahora mismo es lo único que me queda.

No voy a concederles a esos monstruos el placer de haberme quitado cualquier cosa a la que pudiera aferrarme. Porque todavía me tengo a mí… y así seguirá.

Los segundos transcurren, y no sé cómo he acabado llegando a la conclusión de que el resto de Diferentes aquí han debido de pasar por lo mismo. Eso me hace sentir pena por ellos; serán raros, puede que incluso peligrosos; pero también son humanos, y al igual que yo, sienten dolor… Supongo.

Giro la cabeza para mirarme como puedo el «71» que ahora tengo grabado a fuego.

Diferente número Setenta y uno.

La voz de aquella agente todavía resuena en mi cabeza.

No puede ser. Yo no soy Diferente… Nunca he tenido ningún poder me recuerdo.

A pesar de todo, cada vez que me lo repito, me suena menos convincente y más inútil decirlo, puesto que nadie parece escuchar. Lo que me hace plantearme si en verdad tienen razón.

Y eso me asusta.

Mi respiración ya ha adoptado un ritmo normal, mis lágrimas se han vuelto silenciosas y hace rato que ya dejé de luchar contra las ataduras.

Por lo que no tardo mucho en escuchar pasos lejanos al otro lado de la puerta. Se acercan. Unos segundos después, el centinela que vino a buscarme esta mañana se asoma por el marco. No dice nada mientras se aproxima y comienza a desatarme.

Me doy cuenta de que han estado vigilándome en todo momento a través de la cámara; y la simple certeza me hace apretar la mandíbula.

Sin delicadeza alguna, el hombre me coge de un hombro para incorporarme.

—Vamos —me urge para que comience a andar en dirección a la salida.

Fiel a mi carácter y a pesar de todo, no desperdicio la oportunidad de darle un pisotón a la que me bajo de la camilla.

—Ups, perdón —digo con tono exageradamente inocente.

No responde; es más, ni se inmuta. Simplemente me presiona con la mirada a cruzar la puerta.

Atravieso el umbral con la cabeza en alto, en contraste con los rastros húmedos de las lágrimas que han resbalado por mis mejillas.

Recorremos el camino de vuelta envueltos por el silencio más pesado que jamás he experimentado; y aunque el escozor aún permanece presente, no me permito mostrarlo; por lo que avanzo como la superviviente que sé que soy… Ignorando la forma en la que todavía me tiemblan las manos.

Pero bueno, sé que el mérito no está en no sentir dolor; sino en ser plenamente consciente de él… y enfrentarlo.