Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 14
27%

Capítulo 14

Marc

Estoy corriendo cuesta abajo. El bullicio de la ciudad no es nada comparado con el que hay dentro de mi cabeza, solamente aplacado por mis instintos, obligándome a correr más rápido de lo que jamás había pensado que podría.

Me siento veloz como el rayo, tanto que creo que lo disfrutaría… Si no estuviese huyendo de la policía.

Me han descubierto, se han enterado de que soy Diferente y esta misma tarde han venido a por mí.

Quieren llevarme con los demás. No lo entiendo: no he hecho nada malo, no he herido a nadie…

pero aun así me consideran un criminal. Nunca me pareció justo, pero así funciona el gobierno de este país: ¿te sales de la norma? Culpable.

Miro hacia atrás, parece que los he perdido de vista. Por ello me permito parar un poco; me falta el aliento y el corazón me va a mil.

Aminoro el paso, temblando. Alzo la vista al cielo…

Está atardeciendo; no tardará mucho en caer la noche, y no sé dónde la voy a pasar.

Podría ir a casa de mi amigo Billy, pero eso implicaría tener que explicarle a él y a su familia de qué me escondo; y sé que a sus padres no les va a gustar el motivo.

¿Qué voy a hacer yo ahora?

No hace ni una semana desde que mamá murió; y aunque ella hacía lo que podía, ahora mismo estoy completamente solo. El pensamiento hace que de repente sienta el pecho el triple de pesado, y las lágrimas comienzan a amenazar con derramarse.

Quiero desaparecer.

Quiero escapar.

Quiero que mamá esté aquí conmigo para decirme que no tema, que todo irá bien. Pero sé que eso no va a suceder.

Agacho la cabeza en un intento de esconderme de todo, y mis lágrimas manchan el cemento de la acera. Algunas personas que pasan se me quedan mirando con lástima, otros simplemente me ignoran… Pero a mí todo eso ya me da igual.

De repente escucho el sonido de varios pasos apresurados no muy lejos de aquí, y casi por acto reflejo vuelvo a echar a correr.

Compruebo de un vistazo la dirección del sonido, el cual distingo entre el ruido de cláxones y conversaciones ajenas.

Oh, no. Vienen otra vez.

Vuelvo a acelerar, ahora también acompañado por el sonido distante de una sirena de policía, que solo sirve para agobiarme aún más, invitando a mis pies a moverse más deprisa.

Corre, Marc. Corre. No dejes que te atrapen.

El viento me resulta cortante contra la cara.

Aunque te arda cada músculo del cuerpo, aunque te falte el aliento, aunque no sepas hacia dónde te diriges.

Mis piernas se mueven casi automáticamente, sin que piense en ello. Supongo que por puro instinto.

Corre, Marc. No consientas que te cojan.

Tengo la vista nublada por una mezcla de las lágrimas que antes he soltado y las que no me permitiré derramar todavía; y eso me hace tropezar. Me golpeo contra el duro pavimento y…

Me despierto con sobresalto. Respirando tan deprisa como si de verdad llevase tiempo corriendo. Tengo el flequillo pegado a la frente por culpa del sudor y siento las sienes palpitando.

Suspiro, pasándome una mano por la cara.

—Tranquilo… Ha sido solo un sueño —murmuro mientras me siento al borde de la cama—. Solo un sueño… —me repito con la mirada perdida en el suelo.

Alzo la cabeza y me topo con el reflejo de un chico cuyos ojos pierden brillo día tras día.

Le miro un rato y él me devuelve el gesto.

Al fin y al cabo, no es la primera vez que me ve así; y los dos sabemos que no será la última.

A continuación, fijo mi atención en la marca que hay justo debajo de nuestra ceja izquierda.

Me toco la cicatriz con expresión de dolor; pero no físico —esa herida ya sanó hace tiempo—, sino uno que me comienza en el pecho y acaba en la garganta, haciendo que esta me arda.

—Si tan solo hubieras sido lo suficientemente valiente como para levantarte y seguir corriendo… —le reprendo al chico del espejo. Él no abre la boca, yo tampoco.

Mantenemos el cara a cara hasta que una risa amarga escapa de mi boca.

—Joder, Marc… Hablándole a tu reflejo… Te estás volviendo puto loco… —susurro, haciendo un gesto de desaprobación con la cabeza.

Antes de que me dé cuenta siquiera, mis hombros están temblando, intentando ahogar un sollozo.

—No llores. Por favor, te lo pido… No llores —le digo con un hilo de voz a mi reflejo.

Pero no me hace caso.

Las lágrimas me ruedan por las mejillas, dejando un rastro húmedo ahí por donde han pasado. Cierro los ojos y aprieto los párpados como si, haciéndolo con la suficiente fuerza, pudiera olvidar por qué estoy así.

Me levanto y doy un par de pasos hasta que simplemente unos centímetros me separan del cristal. Al chico del espejo le tiemblan los labios, y verlo así me duele, aunque ya debería estar acostumbrado.

Vuelvo a cerrar los ojos, juntando las cejas y arrugando la frente.

Me falta el aire, quiero gritar.

No puedo más.

Crash.

Agrieto el cristal de un puñetazo. La mezcla de ansiedad, tristeza y rabia me ha sobrepasado.

Ahora solo queda un espejo roto, un par de manos temblorosas y gotas de sangre en los nudillos.

Apoyo la espalda contra la pared y me deslizo lentamente hasta que estoy sentado. Entonces pego las rodillas al pecho, me las rodeo con los brazos y hundo la cabeza en el hueco que se forma. Cierro los ojos y me humedezco un poco los labios; en un intento de calmarme.

No sé con exactitud cuánto tiempo paso así; pero fuera, la luz ya es suficiente como para ocultar las estrellas.

Cuando por fin me tranquilizo, inspecciono las manchitas de sangre junto a mis dedos.

Acto seguido, me levanto hacia el único mueble de la habitación: el armario; donde tengo guardado un rollo de venda que robé el año pasado en una de las ocasiones en las que me llevaron a la zona de tratamiento.

Queda poca, pero me servirá para esta vez.

★ ☆ ★

El ambiente está cargado con la misma monotonía de siempre. Me encuentro sentado en uno de los sillones de la zona común; tengo las piernas estiradas sobre la mesita de café que hay junto a la butaca.

Se me acerca Charlotte, caminando tan ligeramente como siempre. Muchas veces me pregunto cómo puede seguir manteniendo la sonrisa mientras está entre las cuatro paredes de este edificio; luego recuerdo que ella es Normal, y que solo los que son como yo tenemos motivo para no hacerlo.

—Hola —saluda.

Hago un gesto con la cabeza a modo de respuesta.

Veo que su mirada se fija en mi mano derecha, la que está cubierta por una venda.

—¿Qué te ha pasado? —Su tono es casual, pero la llevo conociendo el tiempo suficiente como para aprender a leerla; y la forma en la que sus ojos se fijan en mí no es tan despreocupada como pretende.

—Nada. —Me encojo de hombros—. Los desquiciados de este sitio, que se aburrían y han vuelto a jugar a los doctores —miento.

Charlotte tuerce el gesto. Lo entiende perfectamente: como guardia de Exilio, sabe de sobra que las visitas a la planta de tratamiento no son ningún juego.

—Bueno… ¿Ya has desayunado? —cambia de tema.

—No tengo hambre —contesto yo. Y eso sí que es verdad—. Además, para comer la basura esa que nos dan, prefiero no hacerlo —añado.

Ella curva los labios, una traviesa sonrisilla dibujándose en su rostro. Arqueo una ceja. Se agacha de tal manera que queda perfectamente alineada frente a mi figura sentada; a continuación, echa un vistazo a ambos lados y mete la mano en uno de los bolsillos de su pantalón, buscando algo.

Se me iluminan los ojos al momento que extiende la mano para pasarme disimuladamente una pequeña tableta de chocolate. No dice nada, simplemente me hace un guiño.

Charlotte siempre ha sabido que mi comida favorita era el chocolate, por ello, y siempre que puede, cuela un poco y me lo da. Es la mejor.

—Gracias. —Tuerzo la comisura de mi boca, en algo parecido a una sonrisa.

—No hay de qué. —Me devuelve el gesto—. Va, escóndela, no vaya a ser que alguien la vea —me apremia.

Le hago caso y me meto el dulce bajo la camiseta, de tal manera que la goma de mis vaqueros lo sujeta contra mi abdomen. Soy consciente de que tal vez se derrita, pero no me importa, por lo menos la tengo.

Las escasas veces que me ocurren cosas así, me sorprendo del efecto que puede tener un gesto tan simple como este. La semana que viene ya ni lo recordaré, pero de momento me voy a permitir dedicarle a Charlotte algo que no le he dedicado a nadie en no sé cuánto tiempo: gratitud genuina.

Rompemos el contacto visual al percatarnos de algunas cabezas que se giran en dirección al final de las escaleras, e imitamos el gesto.

Es entonces cuando de manera abrupta se me forma un nudo en la garganta. Justo en el momento exacto en el que mis ojos se encuentran con los que —por algún motivo que ni sé ni quiero saber— de alguna manera esperaba que no se encontraran en esa situación.

Un guardia va delante de Astrid, la está conduciendo a algún sitio. Me pregunto si habrán descubierto lo de anoche; y al pensar que ella ha podido confesar, me siento un poco culpable.

Eso es cosa suya, era su parte del trato.

No dejo a la vista ninguna emoción por mi parte y, mientras se aleja, me quedo deseando que ojalá no hubiéramos cruzado miradas; porque ahora, me vuelve a la memoria la confusión dibujada en ese océano gris que tanto… ¿odio?

—Pobrecilla —suspira Charlotte, sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Uh? —Alzo la cabeza y aprecio la forma en la que niega, con los brazos cruzados.

—Le van a hacer la Marca.

Me tenso.

No sabe lo que le espera.

Pienso para mí, recorriendo con el dedo pulgar el «68» que tengo en la muñeca.

Una huella que, muy a mi pesar, ya es parte de mí.

Para bien o para mal.