Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Astrid

Ya ha amanecido, y no he dormido nada.

Cuando llegué a mi habitación, la adrenalina era demasiada para conseguir conciliar el sueño; y después fueron los pensamientos los que me lo impidieron.

He pasado toda la noche tratando de encontrar una explicación a la ausencia de mi registro. ¿Por qué de todos, era el mío el que faltaba?

Me intento aferrar a la esperanza de que se han dado cuenta de que yo no debería estar en Exilio, y que lo están revisando. Pero no sé por qué, cada vez que me repito esa posibilidad, me parece menos convincente.

También he estado preocupada por el estado en el que el guardia se encontró los Archivos. Es obvio que tal desorden solo se pudo deber a una intrusión, por lo que espero que no decidan indagar ni tratar de buscar culpables.

Me paso un buen rato despatarrada sobre el camastro, mirando al techo… Otra vez.

Se me están cerrando los ojos —«ahora… qué oportuno»— cuando una llamada a la puerta me saca del trance en el que amenazaba con sumirme el sueño.

Creo que sé quién es; e incluso sin darme cuenta siquiera, me levanto más deprisa de lo que pensé que mi cuerpo soportaría. Abro:

—Vaya, vaya, y yo que pensaba que… —No termino la frase.

La figura de un hombre uniformado se alza sobre mí, y no puedo evitar que se me venga a la memoria un flashback de anteayer. Un escalofrío me recorre la espalda. Ya no sonrío.

¿Estará aquí porque han descubierto lo de ayer?

—Buenos días —trato de mostrar la sonrisa más cordial que puedo—. ¿Le puedo ayudar en algo? —pregunto con voz suave.

Recuerda, As: parece inocente, y la gente creerá que lo eres.

—Acompáñame —gruñe el hombre escuetamente.

Vaya, por lo visto alguien no está de humor.

Deduzco que su edad rondará los treinta y cinco años, treinta y ocho como mucho. Sin añadir palabra, se gira y comienza a andar, arrebatándome cualquier opción que tuviera de negarme.

Al principio me quedo clavada donde estoy, las piernas no me responden; pero me obligo a moverme…

Vamos caminando; pero yo no presto atención al recorrido.

Estoy demasiado perdida en mis paranoias de que el vigilante que custodiaba los Archivos nos reconoció.

Sin embargo, por un instante me permito fantasear con la idea de que quien sea solo se quiere reunir conmigo para comunicarme que, tal y como yo pensaba, todo había sido una confusión, y que esta misma noche la pasaré en mi cama. En la mía de verdad.

Atravesamos la zona común; y se me forma un nudo en la garganta cuando cruzo miradas con unos ojos verdes que desde lejos se fijan en mí. Y lo hacen de manera inexpresiva; sin preocupación, ni rastro de confusión, nada de remordimiento… Simplemente, me miran.

Pero antes de que ninguno de los dos pueda siquiera gesticular, doblo la esquina, que resulta dar a un pasillo… Y al final de este a unas escaleras.

Unas que ya he bajado antes.

Concretamente, dos veces.

El corazón se me desboca y me freno en seco, fingiendo desconcierto como mejor puedo.

—¿Adónde vamos? —pregunto, recuperando el tono distante de hace un rato.

—No te detengas. —Su voz refleja una mezcla de demanda y queja.

—Vale, vale… —Ruedo los ojos a su espalda.

Amargado.

Finalmente, nos hallamos frente a un acceso que, si bien ayer quería traspasar, hoy casi que me asusta.

Cuando accedemos, tengo una vista más clara e iluminada del interior: se trata de un extenso pasillo, repleto de puertas individuales de color blanco.

Incluso siendo de día; la combinación del aspecto, el olor —que sí, sigue siendo igual de desagradable— y la compañía hacen que se me cierre el estómago.

Pasamos de largo unas cuantas entradas, hasta que eventualmente, el hombre me hace meterme en una de las salas. Los instintos me gritan que salga corriendo, pero sé que lo más inteligente será no tratar de luchar… Al menos no todavía.

El cuarto tiene una camilla ubicada en el centro y una mesa junto a esta, con artilugios, viales y algún cable sobre ella. Por lo demás, solo hay un par de aparadores blancos vacíos.

Estoy escaneando la sala cuando un súbito golpe me hace mirar atrás.

Me han encerrado.

Y en cuanto percibo el ruido de las llaves girando para echar el pestillo, me abalanzo sobre la puerta comenzando a forcejear con el pomo; trato de abrirla, por mucho que en el fondo sé que no lo voy a lograr.

—No, no, no, no, ¡no! —comienzo a dar golpes a la puerta. Nada ocurre—. ¡Eh! ¿Hay alguien?

Paro al comprobar que es inútil.

Apoyo la frente contra el metal mientras trato de respirar hondo.

La mente me va a mil mientras inspecciono la estancia en busca de algo que me pueda servir para forzar la cerradura, a pesar de que yo no sé hacer eso.

No sé si alegrarme o preocuparme de encontrar un bisturí sobre la mesita que hay al lado de la camilla.

De cualquier manera, lo cojo, ya que es lo más útil que encuentro. Lucho un poco contra el cerrojo, llevándome un par de cortes en las manos.

Unos minutos después, me limpio en la camiseta el hilo de sangre que corre por mi palma cuando oigo pasos acercarse.

Me quedo inmóvil y alzo la vista, aguantando la respiración, atenta a cualquier oportunidad para escapar.

Me levanto abruptamente y grito en un intento desesperado de llamar la atención:

—¡Eh! ¡Eh! ¡Ayuda! ¡Me han encerrado, estoy aquí y no puedo salir!

Y entonces la puerta se abre.

Y aparecen otras cuatro personas junto con el de antes. Una mujer vestida igual que él, acompañada de otra con una bata blanca y dos varones con la misma prenda lisa que la anterior.

Pasan y cierran la puerta… con llave.

Ahora sí que no entiendo nada.

Me coge de improviso el súbito agarre de los vigilantes en mis muñecas. Como acto reflejo, me retuerzo en respuesta.

—No te resistas, no tiene sentido —la voz afeminada de la chica con bata capta mi atención. Unas manos enguantadas en látex me aprietan los brazos.

—¿Qué hacen? ¡Paren! —Pero por supuesto, no me escuchan.

Y de pronto, haciendo que la respiración se me corte por un momento, siento un pinchazo en el cuello. Me vuelvo horrorizada para ver a uno de los doctores con una jeringuilla en la mano.

—¿Qué está pasando? —digo con un hilo de voz.

Tengo miedo.

Y no les voy a dar el placer de saberlo; pero noto el cuerpo pidiéndome a gritos que luche como si esto fuera una cuestión de vida o muerte… Temo que lo sea.

Llevo un rato intentando zafarme, pero voy perdiendo fuerza. Me cuesta respirar y el cuerpo me pesa como el plomo.

—Soltadme… —Mi voz suena torpe, apenas un murmullo involuntario.

Si se me nubla la vista debe de ser por lo que me han inyectado.

Quiero gritar, huir… Pero no puedo. Apenas soy capaz de concentrarme en no cerrar los ojos cuando siento mis rodillas doblarse.

Y justo después, igual que la mañana de mi cumpleaños, todo se vuelve negro. Y después…

Nada.