Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Moor

—Oh, Miles; el resto de ciudadanos nunca conocerán el porqué. Son una panda de necios, e incluso tú mismo eres consciente de ello —digo dándole otro trago al vaso de tequila que se encuentra frente a mí.

—Lo sé. Aún me parece increíble que se tragaran la patraña sobre el destino de los fondos financieros. Pero son ellos quienes pagan y, querido Roiman, este reloj no me ha caído del cielo. —Sonríe mientras exhibe la joya que le adorna la muñeca.

Asiento en un gesto de aprobación ante la muestra.

Es como uno de los que padre solía llevar.

Tras eso, la ausencia de palabras endurece el ambiente por un instante; no pasa de ahí, no llega a prolongarse.

—¿Te has enterado de las pintadas que hicieron frente a la embajada de Croth?

Yarrow me pregunta, dándole vueltas al anillo que engalana su pulgar.

—Algo he oído —respondo recolocándome sobre mi asiento, y frunciendo el entrecejo como muestra de interés.

—Por lo visto a algún bastardo rebelde le pareció gracioso —habla con dejes despectivos en la voz (no me extraña), mientras me muestra la portada del periódico nacional.

En ella veo una fotografía en blanco y negro de un edificio que reconozco de inmediato; sobre una de las paredes rezan las palabras «La diferencia no es mala.

Todxs somo iguales», escritas con caligrafía desordenada.

—Insurrectos —pongo los ojos en blanco—. Son igual de indeseables por mucha Normalidad que lleven en los genes. ¿Cómo se atreven a desafiar así a sus superiores? —Niego con la cabeza, lleno de indignación.

—Lo sé —ratifica el presidente—. Por lo menos hemos conseguido grabaciones del momento. Ya solo queda dar con ellos e imponerles el castigo que merecen.

—Concuerdo.

Nuestra conversación resulta interrumpida por el sonido abrupto —y no muy distante— de un portazo.

Intercambio una expresión de desconcierto con el hombre que me acompaña. Su mirada prácticamente me está diciendo que vaya a comprobar a qué se ha debido, si teóricamente estamos en soledad en esta planta del edificio.

Tras asomarme, solo es cuestión de segundos que uno de los centinelas del lugar surja apresuradamente de las escaleras que conducen a los Archivos.

—¿Se puede saber qué está ocurriendo? —exijo, adoptando una vez más la postura de poderío a la que he acostumbrado a toda persona del lugar.

—Señor —sofoca—, ha habido una incursión… A los Archivos… Dos intrusos…

—Basta —le interrumpo, a pesar de que no había acabado de formular su frase… si es que sus balbuceos se pueden denominar así—. ¿Y por qué ha sucedido eso? En teoría, si hubieses cumplido con tu trabajo correctamente, no deberíamos estar teniendo esta conversación… ¿cierto?

El hombre parece atormentado por mi apunte.

—Se trata de un desliz, señor. No sé cómo se me ha podido escapar; he estado alerta en todo momento, yo…

Lo acallo con un gesto.

—Estás despedido —sentencio—. Pero antes trata de atraparlos, si es que eres capaz.

★ ☆ ★

La estancia está hecha un caos: carpetas, folios y cajones repartidos por el suelo. Quienquiera que haya visitado el lugar, andaba en busca de algo.

Menos mal que Miles ya se marchó hace un rato; porque sin duda un escenario de estas características habría manchado la percepción del presidente acerca del lugar y la eficacia de sus medidas.

Volviendo la atención al desorden frente a mí, trato de pensar en las personas que podría haber tras de esto. El guarda mencionó que fueron dos individuos los que vio huir. Se me pasa por la cabeza que pueda estar relacionado con el caso de vandalismo que tuvo lugar en la embajada de Croth.

Podría ser.

No obstante, me doy cuenta de que es demasiado complicado burlar la seguridad de Exilio. Lo que solo puede significar dos cosas: o bien hay un infiltrado entre el personal, o bien ha sido uno de los enfermos.

En cualquier caso, han pasado por alto un pequeño detalle: en un lugar habitado por criaturas como los Diferentes, hay cámaras vigilando cada uno de sus movimientos las veinticuatro horas del día…