Capítulo 11
Marc
La tengo contra el armario. Cara a cara.
Porque me parece demasiado raro todo este asunto: una persona no puede mostrarse tan desesperada por llegar a algo si no tiene motivación de usarlo.
También le doy vueltas a cómo me ha utilizado para llegar aquí; y bendito sea el momento en el que he abierto los ojos y me he dado cuenta de que probablemente algo trama.
Y pienso averiguar el qué.
—¿Estás loco? —pronuncia en un suspiro sofocado.
—Te he hecho una pregunta: ¿por qué querías bajar a este sitio? —exijo, mirándola directamente en sus ojos grises.
Aparta la vista, tiene la respiración acelerada.
—Suéltame —murmura firmemente, pero su voz traiciona un deje tembloroso.
—Contesta —digo, a pesar de relajar un poco mi agarre en sus hombros.
Se queda callada, y puedo ver que por dentro está librando una batalla contra ella misma, contra sus emociones. Luego sucede lo que sabía que pasaría: se rompe.
—¡Necesito volver a mi casa! Puede que tú no lo entiendas, o que no lo quieras entender, pero yo no debería estar aquí —suelta rápidamente—. Yo no soy como vosotros, de verdad. Solo necesito encontrar una prueba; aquí tiene que haber algo, entre tantos registros, que me ayude a regresar a East.
Quiere volver a su hogar .
Sigue pensando que no pertenece a este sitio.
Todavía tiene una mínima esperanza de que ella no sea alguien que merece estar aquí.
Y eso… Me mata . Me mata porque yo también he pasado por lo mismo. Me mata porque lo siguiente que la espera es perder la fe en esto… En la vida.
Me mata porque me juré que no volvería a ocurrir.
Y aunque ella en el fondo ya sabe que tiene que aceptar lo que es, no quiero ser quien se lo recuerde.
En medio de la avalancha de emociones, acabo soltándola. Ya no la sujeto, aunque tampoco me he apartado del todo.
Se instala un instante de silencio entre los dos. La miro a los ojos y descubro el reflejo de una persona aterrorizada.
Y ahora me encuentro sin saber muy bien qué decir o hacer, más que romper el contacto visual; porque no quiero ser yo el siguiente en expresar lo que se me está pasando por la cabeza.
Suspiro y aparto la mirada, apretando la mandíbula.
Y la suelto. Me retiro completamente; y al hacerlo percibo que su mirada se suaviza un poco.
Mierda, creo que la mía también lo ha hecho.
—No tardes —espeto en un gruñido. Me niego a derrumbar mi fachada por una estúpida mirada.
No dice nada; simplemente se vuelve silenciosa para regresar su atención a los documentos encasillados.
Transcurrido un tiempo —no sabría decir cuánto, porque cuando te hundes en la marea de tus pensamientos pierdes la noción del entorno— hasta que abre la boca para murmurar:
—Podrías ayudarme —lo dice como si no acabara de pasar nada entre nosotros; como si nunca hubiésemos roto la rutina de sarcasmo y pullas a la que nos habíamos acostumbrado.
Así que le sigo el juego.
—¿Qué soy ahora, tu esclavo? —Me cruzo de brazos, reclinándome sobre un armario no muy lejano.
Me lanza una mirada de advertencia.
—No. Pero creo que los dos coincidimos en que cuanto menos tiempo pasemos aquí, mejor —refunfuña, husmeando entre unas carpetas.
— Touché — admito con resignación, por mucho que me fastidie.
Me aproximo innecesariamente despacio, manos a la espalda; para que vea que no la voy a ayudar porque me lo haya pedido, sino porque me conviene abandonar cuanto antes estos pasillos.
Mentiroso. Podrías largarte perfectamente ahora mismo… Si te diera la gana.
Apenas me da tiempo de abrir la boca para soltar algo ingenioso contra ella, cuando me da una pesada caja llena de carpetas, sin darme más opción que cogerlas.
—Mira si entre esos expedientes hay alguno en el que ponga «Astrid Wilson» o «Setenta y uno» o algo así… —me ordena. Y denoto firmeza en su tono. Está lo suficientemente concentrada en su ambición como para hesitar en dirigirme; creo que lo hace incluso sin realmente pararse a pensar en quién soy.
Y yo… Qué idiota, ¿por qué obedezco?
Debemos de llevar cerca de una hora sentados en el suelo frío, rodeados de cajas, archivadores y papeles.
Examino un fólder cuando noto una presencia sobre mí. Alzo la vista y me topo con sus ojos, del color de las nubes de tormenta de South. Me mira seria, con un fichero entre las manos.
Yo no soy el que rompe el silencio, sino ella; y con una sola palabra; una que no tenía pensado escuchar de sus labios… No todavía.
—¿Marc?
—¿Sí? —contesto casi automáticamente. Pero luego me doy cuenta, y el estómago me da un vuelco.
Ha dicho mi nombre.
—Así que te llamas Marc... —Su voz es poco más que un susurro—. Marc Reynolds…
Asiento, no tengo motivo para mentir.
—Mmm. —Recorre mi expediente una vez más con la mirada; y me fijo en la delicadeza con la que lo está cogiendo. Luego su vista se detiene en una de las esquinas, y me temo que sé lo que está mirando—. Qué pequeño eras en esta foto.
Se me encoge el corazón.
Lo sé.
Pero como ya es costumbre en mí, actúo de la manera contraria a cómo me siento, y alargo el brazo para quitarle el fichero de las manos; no bruscamente, pero con la suficiente fuerza como para que no pueda seguir sosteniendo ese recordatorio de algo que no me merecía, y menos con tan solo trece añitos.
—Los registros de Diferentes deben estar en esa caja, probablemente también el tuyo —es lo único que digo. Con expresión estoica, como si ahora mismo nada se estuviera removiendo dentro de mí.
Se percata de mi cambio de tema y se arrodilla para seguir inspeccionando la caja. Suspiro casi imperceptiblemente y dejo caer la carpeta junto a mí.
Poco después, observo el sutil temblor que le recorre las manos mientras extrae un fólder con las palabras «Diferente 71» grabadas a rojo en él. Me pilla desprevenido la fugaz mirada que me lanza, antes de abrirlo.
Pero está vacío.
Arqueo las cejas, casi tan sorprendido como ella; mientras comienza a rebuscar nerviosamente dentro del cajón.
—Tiene que estar por aquí —masculla, como si se estuviera excusando o tratando de convencerse de que esa es la explicación.
Pero no. Está vacía.
Y me mira, se podría decir que hasta de manera acusadora, o buscando que le dé una explicación que desconozco.
Sin embargo, yo no hago más que encogerme de hombros.
—Quizás aún esté en el despacho de Moor. Como eres nueva y tal… —pretendo explicar.
La percibo pensativa por un instante; entrecerrando los ojos, y apostaría a que elaborándose alguna teoría.
Está a punto de decir algo, pero se ve interrumpida por el repentino sonido de unos pasos, provenientes de las escaleras.
Se me corta el aliento mientras me levanto y corro a apagar la luz.
—¿Y ahora qué? —susurra apremiada, poniéndose en pie de un brinco.
—Shh. —Le hago un gesto para que se calle, pero no creo que lo haya podido ver en la oscuridad.
Vamos, Marc, piensa rápido.
No hay tiempo para recoger y no hay salida.
Por lo que solo se me ocurre una idea.
—Ven —impongo en voz baja, cogiéndola por el brazo para arrastrarla hasta debajo de la única mesa del cuarto; la cual, gracias al cielo, cuenta con un panel lateral que nos cubre gran parte del cuerpo.
Estamos agachados, frente a frente, rozándonos los hombros en este escondite claustrofóbico. Me inclino hacia ella para susurrarle:
—Cuando yo te diga, me sigues. Y procura no tropezar con nada, mocosilla.
Lo último lo digo con una sonrisa, tanto por lo mucho que sé que le molesta el apodo como por el cosquilleo de su pelo rozándome la mejilla.
—Calla. —Me da un golpecito, el cual acompaña de un bufido.
No me da tiempo a rebatir: la puerta se abre, revelando la silueta de un guarda, que pulsa el interruptor de la luz. Se me acelera el pulso y podría jurar que a Astrid también.
Es entonces cuando se me pasa por la cabeza que esta es una pésima idea; y comienzo a pensar en una excusa que pueda sonar razonable en caso de que nos pillaran.
—Ahora. —Un susurro silencia las ideas que me estaban arrasando.
Levanto una ceja y tuerzo la cabeza.
—Aprovechemos ahora —me repite. Y entiendo lo que quiere decir en cuanto veo que el guarda avanza con la atención puesta en todos los ficheros desparramados sobre el pavimento.
Para mi sorpresa, ella es la primera en moverse. Lo hace sin miedo; y contra todo pronóstico, sin un ápice de torpeza en sus pasos.
Entonces yo también abandono este patético escondite, corriendo silenciosamente hacia la puerta.
Por fin alcanzamos las escaleras, las cuales subimos de dos en dos, haciendo que de vez en cuando tropecemos. Astrid gira la cabeza para mirar atrás y, maldita sea, veo con perfecta claridad la sonrisa que ilumina su rostro.
Oh, no… Creo que yo también sonrío.
Puta adrenalina.
—Estás loca —murmuro, con el fantasma de una sonrisa amenazando con dibujarse en mi boca. Nos paramos un momento una vez llegamos a la planta de tratamiento, ambos jadeando. No tenemos mucho tiempo, pero espero —por el bien de mi integridad física— que el suficiente como para coger algo de aire.
—Qué subidón, ¿verdad? —Suelta una carcajada.
—Mejor deja de reírte, si no quieres que nos pillen —la reprendo, tratando de recuperar el aliento.
—Oh, venga, tú también lo estás disfrutando.
—Sí, claro. No se me ocurre mejor plan que colarme a medianoche en una zona prohibida para luego salir huyendo de un tipo que, dicho sea de paso, no tenía cara de muchos amigos —respondo con sarcasmo.
Aunque en verdad, puede que no recuerde la última vez que corrí sin verdadero miedo; ni la última vez que tuve a alguien a mi lado para hacerlo con una sonrisa en su rostro.
Mi respuesta la hace reír; un sonido que, aunque perfectamente podría delatarnos, no quiero callar ahora. Es más, me permito devolverle el gesto con una sonrisa.
Menos mal que una voz ajena me retrae de hacer algo estúpido.
Una voz.
Levanto una mano para indicarle a la chica que guarde silencio, mientras agudizo el oído.
Puedo apreciar que las palabras se escuchan amortiguadas, por lo que deben provenir de una de las dos habitaciones a la entrada. Es una voz grave y un poco raspada, por lo visto masculina.
Ante el gesto, ella frunce el ceño, pero luego sus ojos se abren con asombro ante el reparo.
—Vámonos —propone. Ya tiene la mano en el pomo cuando una segunda voz interviene.
Una que reconozco a la perfección.
El tono áspero del director me resulta perfectamente apreciable, incluso con el metal de por medio:
—Oh, Miles; el resto de ciudadanos nunca conocerán el porqué. Son una panda de necios, e incluso tú mismo eres consciente de ello.
Astrid y yo nos miramos.
—¿Ese era…? —comienza.
—Moor —completo su frase, con el mismo gesto de extrañeza que ella. Y no ya solo por la presencia del director aquí abajo y a estas horas; sino por el hombre al que se ha dirigido.
—Y… ¿ha dicho Miles? —añade, mirándome confundida.
Asiento, con la frente arrugada; y ninguno de los dos nos movemos, como mucho, damos un par de pasos hacia la puerta de la cual proviene la conversación.
¿Qué hace el presidente de Rayness aquí, en plena noche?
Nos quedaríamos espiando durante más tiempo, si no fuera porque el sonido progresivo de unos pasos apresurados nos recuerda que estábamos escapando.
Ni siquiera hace falta que la apremie, ya está abriendo la puerta y gesticulando para que yo haga lo mismo.
Por fin alcanzamos la planta de dormitorios.
—Vaya carrerita, eh… —comenta entre sofocos.
Hago una mueca de asentimiento.
—Aunque al final no hemos conseguido nada…
Guardo silencio por un momento, y cuando nos terminamos de recomponer, respondo:
—Habla por ti.
Y en verdad así lo creo. Porque de esta pequeña escapada, por lo menos yo, saco un par de conclusiones… y una pregunta que sé que me asaltará más de una noche: ¿Qué está pasando?
Tanto en Exilio, como dentro de mí.