Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Así es. La zona de tratamiento. —Sus palabras no son más que un sutil murmullo a mi espalda.

Tiene la mirada fijada en las mismas ventanitas redondas que yo, pero la tiene perdida.

No me hace falta ser un genio para ser consciente de que él debe saber lo que se encuentra al otro lado, por la manera en la que le siento ausente por un momento.

Un escalofrío me recorre mientras doy un último paso hacia la entrada. Me freno un momento, pero finalmente me permito ponerme de puntillas para asomarme por el cristal una vez más, impulsada por mi curiosidad.

Ahora solo hay un guardia, que, sinceramente, no parece muy lúcido. También puedo atisbar que el pasillo que anteriormente estuvo custodiado por centinelas debe albergar una quincena de puertas, como mínimo, ya que no soy capaz de ver el final del corredor.

Una voz me hace bajar de inmediato de vuelta sobre mis talones:

—Venga, deberíamos seguir con lo que estábamos.

Por un instante me había olvidado por completo de que no estaba sola, y de que estaba aquí con un propósito.

Y por un momento también me parece que la premura de su voz se aleja más de la reprimenda para rozar algo parecido a la urgencia.

Me vuelvo a mirarle, pero él ya se está encaminando a un nuevo tramo de escaleras que no había advertido antes.

—Espera, ¿no entramos? —pregunto confusa. Si ya me parecía sospechosa una planta subterránea, que haya dos es peor…

—No. Los Archivos están más abajo —responde.

Definitivamente, no me he imaginado el tono de urgencia en sus palabras ni las miradas fugaces que le dedica al letrero. Tampoco es imaginación mía la forma en que se frota las manos contra el pantalón.

Y todo esto me hace preguntarme qué se esconde tras esa entrada.

Quiero averiguarlo, pero no me olvido de a qué he venido; por lo que me apunto mentalmente a visitar esta zona si mi plan de esta noche sale mal y para dentro de unos días todavía no estoy de vuelta en mi hogar.

Le sigo con cautela y silenciosamente mientras bajamos; nuestro descenso acaba frente a otro par de puertas, estas del mismo material que las de la planta anterior. Al igual que previamente, también cuenta con una placa en la pared, pero esta solo tiene inscritas dos palabras: «Acceso Restringido».

—No tenéis permitido pasar aquí, ¿verdad? —pregunto a pesar de que es una interrogación más bien retórica.

Él hace un gesto con la cabeza que da a entender que efectivamente, no deberíamos estar aquí. Y precisamente eso hace que se me acelere un poco el pulso, con una mezcla de adrenalina y algo —que roza el temor— por ser pillados.

Miro al chico que ahora mismo se encuentra frente a mí; una luz similar a la del anterior nivel ilumina sus rasgos, dejándome apreciar la manera en la que se lame los labios en un rápido movimiento.

—Bueno… Pues aquí estamos —murmuro.

—¿Acaso me diste otra opción?

Interrumpe mi monólogo, sonando un poquito socarrón. Pero respondo sofocando una risa:

—No. Supongo que no.

Me replanteo si todo esto es buena idea, pero finalmente me armo de valor y avanzo hacia la entrada a lo que puede ser mi salida de esta pesadilla. Cuando alzo mi mano para abrir una de las puertas, me doy cuenta de que está cerrada.

—No. No, no, no. —Me encuentro intentando empujar la superficie metálica con mi hombro.

—Eh, para, eso no servirá

—¿Que pare? —replico en un tono quizás un poco más alto del que debería usar—.

¿Es que acaso se te ocurre algo mej…? —Me callo cuando le veo hurgar en el bolsillo de su pantalón, para a continuación sacar una llave.

¡Una llave! Abro la boca sorprendida y con una repentina oleada de alegría viniendo a mí.

No sé cómo se ha hecho con ella, pero durante unos segundos olvido cualquier rencor que pudiera tener contra él; y sé que solo hago esto movida por la ceguera que provoca la euforia, esa ceguera de la que la mayoría de veces, más tarde, te arrepientes.

Esa misma que me hace agradecerle el gesto por un momento.

—No me des las gracias a mí —replica. Al ver mi cara de confusión, añade—: Dáselas a Charlotte.

En cuanto pronuncia su nombre, recuerdo a la mujer de ayer. Su sonrisa amable —demasiado amable para un sitio como Exilio— me viene a la cabeza. Me apunto mentalmente que le debo una.

También gracias a lo que dice el chaval, me doy cuenta de una cosa: tardó tanto en venir a mi habitación porque estaba consiguiendo la llave.

Eso también hace que mi odio hacia él se disipe mínimamente —aunque procuro no olvidarme por completo de los motivos que me ha dado para considerarle un capullo integral—.

El chasquido que hacen los mecanismos de la puerta al introducir la llave me saca de mi ensimismamiento.

Entro por la pequeña distancia que entreabro el pesado metal; y él va detrás, encargándose de no hacer ruido al cerrar una vez estamos dentro.

Si bien el anterior nivel resultaba casi hediondo, el ambiente de este está envuelto en un aroma a papel y café, pero a pesar de todo, resulta difícil relajarse.

No sé si será el titilar de algunas de las lámparas, o la ligera humedad presente en el aire; pero no me siento invitada a bajar la guardia lo más mínimo.

El resbalar de la tela de los calcetines que cubren mis pies descalzos, hace que sea más fácil caminar de manera sigilosa, a pesar de que sienta el frío del suelo traspasar el tejido.

Ante nosotros se desarrolla un corto pasillito que lleva a unas escaleras.

—Por aquí —me indica el chico.

Le sigo, fijándome en mi alrededor: las paredes en blanco me resultan un poco inquietantes. La estancia está inundada de un silencio que, lejos de resultar tranquilizador, me eriza la piel. Pasamos frente a las dos únicas puertas visibles, ambas cerradas.

Bajamos las escaleras y nos topamos con otro portón algo más pequeño que el de la entrada; en él hay un letrero blanco que reza: «Archivos».

El estómago me da un vuelco ante la confirmación de dónde estoy.

Mi acompañante me aparta para introducir la misma llave de antes, abriendo con un giro de muñeca.

Qué estúpidos, teniendo la misma llave para dos puertas.

Al principio está muy oscuro, y tenemos que palpar la pared para encontrar un interruptor.

Cuando se hace la luz, me deslumbro un poco debido al hecho de haber estado prácticamente a tientas durante los últimos minutos; pero rápido acostumbro la vista para poder fijarme en las filas de cajones metálicos que se alzan ante nosotros.

No sé cuántos debe de haber con exactitud, pero como mínimo un centenar de cajones se reparten por la habitación.

Examino el lugar: cada armario lleva una etiqueta «Documentación Exilio», «Permisos Legales», etc., hasta que me topo con uno de cajones entreabiertos donde se lee «Registros de Diferentes».

Avanzo hacia ese, mi intuición diciéndome que puedo encontrar en él algo que me ayude a probar mi Normalidad.

—¿Puedo saber para qué diablos querías venir aquí?

Oigo su voz a unos metros detrás de mí. Me giro hacia el joven de ojos verdes y aprecio algo de sospecha en la mirada que me dedica.

No contesto; no porque le quiera ignorar, sino porque no sé qué decir.

Por ello vuelvo mi cabeza de nuevo hacia el armario y me dispongo a abrirlo al completo cuando de repente unas manos me agarran por los hombros y me vuelven, presionándome contra la superficie metálica, haciendo ruido cuando la golpeo.

Se me corta la respiración por un momento, y temo lo que me pueda encontrar cuando alce la vista.

La presión en los hombros resulta casi dolorosa.