Capítulo 10
Astrid
No sé en qué momento pensé que esto podría funcionar. No sé por qué hace apenas un par de horas se me ocurrió que este chico —este idiota— accedería a ayudarme.
Y aquí he terminado: rogándole, cuando hace unos minutos le estaba poniendo un tenedor al cuello. Sé que suena patético, pero nunca hay que subestimar el peligro de un tenedor.
Acabo de pedirle que me lleve hasta mi salvación y aguardo una carcajada en respuesta al tono desesperado de mis palabras.
Pero no. Suspira, y aunque quizás me esté precipitando, ya lo considero como una pequeña victoria.
Por lo menos no se está riendo de mí, ni ha soltado ninguna línea ingeniosa, ni ningún bufido condescendiente. Ha suspirado, y algo —¿instinto? ¿intuición?— me dice que no necesito nada más por su parte.
—¿De verdad? —pregunto frunciendo el ceño.
Suelta un gruñido, pero asiente.
Y yo no puedo evitar la pequeña sonrisilla que se me dibuja en los labios.
—Vaya… Pensé que me costaría un poco más —murmuro satisfecha, retirándome completamente de él y devolviendo el tenedor a la goma de mi pantalón.
—No tan rápido —habla. Frunzo el ceño, un poco confusa. Al ver mi expresión, continúa—: ¿Qué gano yo a cambio?
Me quedo con cara de póker.
—¿Uh?
Pues claro, no iba a hacer esto sin costo alguno. Es quien es: un adolescente egocéntrico que no ayuda porque sí. No debería haberme olvidado de eso.
—Quiero decir, con lo que arriesgo con esto, es lógico que tú me des algo a cambio, ¿no? Lo dice como si fuese algo obvio, como si el altruismo no fuese una opción.
Le dirijo una mirada de desconfianza.
—¿Qué quieres a cambio? —pregunto, muy a mi pesar.
Sus ojos se pasean por los míos antes de responder:
—La garantía de que asumirás la culpa si nos pillan. Dirás la verdad: que fue idea tuya, que me obligaste y no me dejaste opción. Lo que sea, pero esta mierda no me va a salpicar a mí, ¿de acuerdo?
Su rostro es un acertijo mientras habla, pero el tono helado de su voz demuestra que va totalmente en serio.
Considero su demanda por unos segundos; sin darme cuenta de que me estoy mordiendo el labio inferior, hasta que me hago daño. Luego asiento lentamente:
—Vale.
Un breve silencio se cierne sobre nosotros, durante el cual diría que tratamos de descifrar los pensamientos del otro. Y no sé cuánto podría durar si no lo rompiera:
—Pero más te vale cumplir con tu parte. Sin engaños —digo con voz segura, para advertirle de que no soy una mocosa inocente. Puede que no sea la reina de la ironía, ni lo suficientemente fría como para que todo el mundo a mi altura me respete; pero tampoco soy tonta, ni mucho menos débil.
—No nos conocemos de nada. Pero no ganaría nada mintiéndote ahora. Así que… tranquila. No pienso engañarte; al menos por el momento. Solo espero que tú también cumplas tu parte.
Lo dice de verdad. Aunque ese «al menos no por el momento» no me deja del todo tranquila, no me queda más remedio que creerle, y recordarme que, si yo caigo, le arrastro conmigo —porque sinceramente, mis habilidades de convencimiento no son las mejores del mundo, que digamos—.
Entrecierro los ojos al mirarle, solo para dejarle claro que tenga cuidadito con lo que hace, pero que de momento me fío lo suficiente como para hacer esto.
—¿Qué pasa? ¿Dudas de mí, mocosilla?
Ya ha vuelto su maldita socarronería.
—Sí. ¿Te sorprende? —digo arqueando una ceja con escepticismo.
—No, la verdad es que no. —Sofoca una risita agridulce, cruzando los brazos.
—Bueno, el tema: esta noche quedamos enfrente de tu puerta, ¿vale? Y de ahí me llevas a los Archivos —sentencio.
—No me parece muy buena idea.
—¿Perdona?
—Oh, venga, los dos sabemos que tu sentido de la orientación es pésimo. Probablemente te pierdas en los pocos metros que separan nuestras habitaciones.
—No me pierdo, no soy inútil —bufo mientras pongo los ojos en blanco—. Pero si el señorito se queda más tranquilo esperándome en mi puerta, que así sea —cedo.
Lo digo con sorna, pero me da rabia admitir que la orientación no es lo mío. Y prefiero no preguntarme cómo lo sabe: probablemente se lo haya contado su amigo, el paranoico.
—Mejor —asiente con un gesto de suficiencia.
—Da unos cinco toques. Ya sabes, para que pueda saber que eres tú —propongo.
—Ya de paso tumbo la puerta abajo, ¿no?
—Eres verdaderamente insoportable —digo poniendo los ojos en blanco mientras suelto un bufido.
Él se encoge de hombros y muestra una sonrisita traviesa que me hace querer seguir insultándolo. Pero me decanto por hacer algo un poco más sensato:
—Bueno, pues tres toques, ¿contento?
—Mucho —finiquita satisfecho. Me está dejando ver que le encanta que le den la razón, y no tengo pensado complacerle por mucho más tiempo; pero de momento le necesito, por lo que más me vale tenerlo contento.
—Bien, entonces… Hasta esta noche.
Me hace un gesto con la cabeza a modo de despedida.
—Ah, y ni se te ocurra faltar. Te lo digo por tu bien —advierto mientras me alejo.
★ ☆ ★
Me encuentro tirada sobre mi cama… Con ropa nueva.
Por lo visto, durante la hora de la cena me han traído un par de prendas más que no sé cómo han conseguido de mi casa.
Aunque tampoco es que sean de mis favoritas, por lo menos son cómodas.
Ahora mismo llevo una camiseta de tirantes gris y unas mallas negras. No es mucho, pero me conformo.
No sé qué hora es, aunque mientras espero, me replanteo si el chico solo se estaba riendo de mí y no me he dado ni cuenta. Quizás ni se presente y yo esté aguardando a la llegada de alguien que no va a venir.
Le daré un poco más de margen, y si para entonces no ha aparecido, pienso ir en busca de esos Archivos por mi propia cuenta; a pesar de que las posibilidades de que acabe extraviada en un pasillo oscuro puedan ser muchas más que las de cumplir mi objetivo.
Pero no me importa, estoy decidida a salir de aquí, ya sea de una forma o de otra.
El tiempo pasa, me lo dicen los rayos de luna que se cuelan por mi ventana mientras me levanto para cerrarla. Lo cierto es que hoy siento algo más de frío que ayer, pero supongo que en esta zona de Rayness es algo normal…
Mis reflexiones acerca del clima de South se ven interrumpidas por el sonido que tanto llevaba esperando. Casi corro cuando me dirijo hacia la puerta.
—Por fin —le recibo.
—Buenas noches a ti también. No le puedo ver la cara debido a la falta de iluminación, pero por el sarcasmo que enlaza sus palabras, puedo deducir qué expresión debe de tener ahora su rostro.
Nos quedamos un instante ahí parados, el uno frente al otro, sin movernos. Entonces me doy cuenta de que él todavía está en el pasillo; y temiendo que pueda ser visto, me echo a un lado para dejarle pasar a mi habitación.
—¿Qué haces? —me pregunta escuetamente.
—Pues invitarte a entrar. No pretenderás planear esto ahí en medio del pasillo, ¿cierto?
—¿Planear esto? A ver, a ver, que yo solo te voy a indicar el camino hasta donde quieres ir; lo que hagas allí ya no es mi problema.
—Ya, bueno… En ese caso, vamos. —Lo cierto es que no sabía muy bien cómo debería haber respondido a eso.
Tiene toda la razón, lo que yo haga ahí dentro no es cosa suya, pero aun así no puedo evitar sentirme un poco decepcionada y algo más insegura; un plan siempre suele ser útil para cosas así, pero supongo que me tocará recurrir a la magia de la improvisación.
Salimos del cuarto. Al cerrar la puerta, nos tragamos la oscuridad y el silencio nocturno de Exilio. Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la penumbra, pero al hacerlo descubro que Marc está más cerca de lo que esperaba.
—Vale, sígueme. Y procura no ser lo suficientemente torpe como para que nos pillen —me susurra justo antes de comenzar a andar.
—No veo nada —me quejo.
Oigo un suspiro que roza el fastidio; y tan solo un par de segundos después, la calidez de una mano alrededor de mi muñeca.
—Te aviso cuando lleguemos a las escaleras, a ver si con un poco de suerte no te matas bajándolas —pronuncia con un bufido que roza la suficiencia.
En contraste con su tono, encuentro su agarre bastante lejano a los sentimientos que su voz refleja; a pesar de ser firme, no resulta doloroso en absoluto, sino más bien un guía entre las sombras.
No tenemos que caminar demasiado hasta que vuelve a romper el silencio:
—Cuidado, hemos llegado a las escaleras.
—Caray, ¿ Míster Sarcasmo me está diciendo que tenga cuidado? ¡Increíble! —Ahora me toca a mí recurrir un poco a la ironía para contestar.
—Oh, no, no te hagas ideas. Simplemente no me apetece que nos pillen porque no has sido capaz de bajar unos malditos escalones.
Frunzo el ceño y resoplo, molesta ante la baja estima que tiene de mí.
Sé que no le tengo que demostrar nada a nadie —y menos a un Diferente—, pero, como ya es costumbre, mi orgullo me hace querer dar una buena imagen, hacer saber que no debería ser subestimada.
Porque, honestamente, es humillante dar a una persona tan petulante como él motivos para pensar que puedo cagarla a la primera de cambio.
—Bueno, venga. Camina —le urjo.
Al instante comienza a bajar, y lo mismo hago yo.
Voy contando los escalones para saber cuántos debo subir a la vuelta: un total de treinta.
Me guardo el dato en la memoria al tiempo que giramos una esquina; y me hago consciente de que intentar aprenderme el camino que estamos recorriendo también sería una buena idea.
Derecha, derecha, izquierda, pasillo desconocido, derecha y… Esto me suena.
Hemos desembocado en las escaleras que bajé esta mañana. Las que llevan al nivel de la puerta metálica y a ese hedor que preferiría haber olvidado.
Confirmo mis sospechas treinta y dos escalones después.
—La zona de tratamiento. —Me encuentro leyendo de nuevo la placa de la pared, iluminada por un fluorescente a cuya luz no le queda mucho tiempo de vida.
Doy un paso hacia las puertas por las que no hace demasiado me asomé, y al instante siento la mano del chico soltarme.