Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Marc

Atípica.

Así definiría la mañana de hoy.

Y no porque haya ocurrido nada fascinante, pero el simple hecho de que haya una cara nueva en estos pasillos cambia las cosas más de lo que parece. Hacía años que no entraba nadie y hay cierta expectación por descubrir si será aliada o enemiga —aunque no me engaño: en el fondo ya lo sé—.

En fin…

Tengo el desayuno delante, sin embargo, apenas lo he probado; hace tiempo que perdí el hambre mañanero, y todo gracias a esta pasta extraña que nos sirven. Se supone que es… No sé ni lo que se supone que es. Pero por lo menos no es tóxico —que sepamos—.

Hago girar el tenedor entre los dedos. De vez en cuando se me escurre y el tintineo rompe el silencio que comparto con Edgar. No es una pausa incómoda, sino más bien esa clase de silencio que se instala entre dos personas a las que se les han agotado los temas de conversación.

Podría sacar a relucir que ayer la nueva casi se tira por la ventana, pero ni a él le ha caído bien ni a mí me apetece recordarlo.

¿Qué coño me pasó?

Aunque si hay algo que nunca cambia, es el ambiente de este pequeño comedor; las luces —necesarias a pesar de que es de día— siguen titilando sobre nuestras cabezas, visibilizando las caras de aburrimiento, tristeza y cansancio a las que ya todos aquí nos hemos acostumbrado.

No tenemos demasiada prisa, porque no tenemos un motivo para tenerla; y es por ello que ya llevamos cerca de dos horas delante de nuestros platos.

Me ha tocado tranquilizar a Edgar y decirle que no le dé muchas vueltas a lo de que Astrid le está siguiendo; esa muchacha no tiene peligro alguno más que para ella misma.

No creo que le haya convencido al cien por cien, pero por lo menos ya no anda especulando; y si lo hace, no lo dice en voz alta.

Determino que lo que queda del día no se va a diferenciar mucho del último rato, y lo autoproclamo como «otro día perdido».

Me levanto con un suspiro pesado de aburrimiento —y puede que roce la exasperación— para encaminarme a mi acostumbrada ronda por los recónditos pasillos, los cuales tengo ya prácticamente memorizados.

«Explorar» las zonas prohibidas es una forma bastante pobre de desafiar a los de arriba, pero es la única lo bastante sensata como para no terminar como la última vez que me pasé de la raya.

Todavía conservo en las muñecas las marcas de las cadenas.

Han pasado más de tres meses, pero no olvido el impacto de la vara metálica contra las manos.

El pensamiento solo hace que mi repulsión contra este infierno crezca, y que me hierva la sangre al recordar la engreída cara del director diciéndome que tengo que aprender mi lugar, mientras unos guardias —que me pregunto cómo pueden dormir por las noches— hacían lo que estoy seguro de que tantas veces habrán hecho ya.

Es injusto. Pienso por enésima vez. Y el hecho de que tenga razón me resulta tan reconfortante como una mala señal: el mundo está mal, y estos estúpidos no se dan cuenta.

No se quieren dar cuenta.

Y yo… Yo solo soy un adolescente sin poder. Bueno; sin voz ni voto, mejor dicho. Porque poder es precisamente por lo que he acabado aquí.

Mi maldito poder…

Ojalá todo fuera distinto.

Ojalá hubiese corrido más rápido.

Ojalá no hubiera tardado tanto en levantarme.

Entonces, solo entonces, quizá me podría haber salvado.

Paso los dedos —que me tiemblan ligeramente— sobre el «68» grabado en la cara interna de mi muñeca: una marca que me recordará para siempre lo que soy y cómo terminé aquí.

A veces, cuando la penumbra la oculta, imagino que no está. Imagino que sigo en mi habitación, en la casa que llevo años sin pisar. Imagino que soy feliz.

Es bonito, pero solo por un momento; solo mientras se siente como un sueño. Pero claro, de todos los sueños se despierta.

Por eso, me prometí que haría lo posible por compensar al Marc pequeño el hecho de haberle quitado tan pronto la infancia.

Me di mi palabra de que acabaría con esto, de que nadie volvería a perder las ganas de vivir, no por culpa de una sociedad lo suficientemente cobarde como para rechazar nada que se salga de lo habitual.

Y sé que es imposible que lo consiga de la noche a la mañana; pero no puedo evitar responsabilizarme, porque han pasado cinco años —cinco malditos años— y ayer mismamente se arruinó la vida de otra chica más, aunque eso ella no lo sepa.

Sé que no es mi culpa, pero es difícil… Y duro.

Muy duro. Es ineludible verme reflejado en cada una de las personas que han ingresado desde que yo lo hice.

Por eso es que me siento culpable cada vez que miro a Edgar a los ojos —unos ojos que perdieron su brillo hace tiempo—, y por eso es también que anoche me comporté como lo hice con Astrid.

De repente, quiero llorar. Desaparecer.

Joder, Marc, no es momento de ponerse sensible.

Suspiro, me paso una mano por la cara y sigo andando; dejando atrás las lágrimas que no derramaré.

No aquí, no ahora.

★ ☆ ★

Menos mal que tenemos este patio. Bueno, menos mal que es Charlotte la que lo custodia. Sabe de sobra que a veces necesito un poco de aire fresco, un poco del exterior para poder soportar la rutina.

En mi caminata sin rumbo, me ha visto. Y no solo de la manera física; me ha visto , se ha dado cuenta de que no estaba bien, y bueno… Ella siempre sabe cómo animarme un poco.

Se podría meter en un lío si descubrieran que anda sacando a un Diferente al exterior, aunque solo sea a la corta distancia entre el edificio y la muralla que delimita el territorio de Exilio. Pero para mí es más que suficiente.

Es de agradecer tener a alguien como ella. Y más aquí.

Sopla una brisa fresquita que mueve mi flequillo, haciéndome cosquillas en la frente. En South no suele hacer buen día, y hoy no iba a ser excepción, pero me conformo con los rayos que se cuelan entre las nubes grises.

Ya de vuelta al interior me siento mejor, menos… abrumado.

—Gracias. —Mi voz es casi un susurro, pero sé que no hace falta que hable alto para que me entienda; la torcedura de mis labios es lo más parecido a una sonrisa genuina que he mostrado en semanas, y eso ella lo sabe.

Me devuelve la sonrisa, y aunque no abre la boca, su mirada dice más de lo que creo que las palabras podrían.

La tengo mucho cariño, me ha tratado muy bien desde que ingresé siendo un niño, y eso es algo que le agradeceré eternamente.

—Me alegro de que estés mejor

—Sí. Yo también

Pasan un par de segundos antes de que hable:

—¿Te puedo hacer una pregunta? —El tono de su voz me hace sospechar que no me espero lo que sea que quiere saber.

—Dispara —contesto. Y para mi sorpresa, siento verdadera curiosidad.

—Todo esto… ¿No tendrá algo que ver con la chica nueva?

La pregunta se queda unos momentos en el aire, mientras la proceso.

—¿A qué te refieres con «todo esto»? —intento ganar tiempo.

—A cómo estás. Marc, los dos sabemos que solo pides salir cuando estás verdaderamente mal.

Tiene razón. Solo recurro a ella en momentos límite, y no me gusta hacerlo porque detesto mostrarme vulnerable.

Me da miedo que pueda resultarme un problema más adelante.

—No. Claro que no. Simplemente lo necesitaba.

—Me decanto por la opción de mentir. ¿Qué le voy a decir, que «me siento culpable porque una desconocida haya sido detenida»?

Sonaría a que estoy loco—. Además, sabes que la semana que viene hará cinco años desde…

Bueno, desde lo de mi madre. —Decido recurrir a eso como pretexto.

Aunque no es del todo una excusa: en verdad sí que se me ha pasado por la cabeza varias veces en los últimos días; pero ya me he acostumbrado al sentimiento, llevo haciéndolo todo un lustro.

★ ☆ ★

Ya está cayendo la noche, y enfilamos para cenar.

Estoy en la cola, esperando a que llegue mi turno; aunque lo cierto es que voy a cenar por cenar: no tengo hambre, pero eso tampoco es una novedad.

Lo malo es que, como he llegado el último, me quedaré con las sobras, que resultarán incluso más asquerosas.

Tampoco me puedo quejar, he sido yo el que ha decidido bajar tarde.

Parece que la fila avanza, y justo cuando me dispongo a dar un paso; alguien se sitúa delante para impedirlo.

—¿Me echabas de menos? —dice, alzando la cabeza para fijar sus ojos grises en el verde de los míos. Su voz está llena de falsa simpatía.

—¡Hombre, mocosilla! —contesto con tono aburrido—. Parece que no has aguantado mucho sin… —Antes de que pueda acabar la frase, me agarra del brazo y tira de mí a la vez que echa a andar.

Perfectamente podría soltarme de un tirón, pero de momento prefiero esperar a ver a qué se debe este fortuito rapto.

—¿Tanto me extrañabas como para secuestrarme así, delante de todos? —me burlo.

—Cállate —me espeta, recuperando su tono asesino.

Me lleva hasta un pasillo que, a pesar de no ser muy lejano, resulta lo suficientemente discreto como para poder hacer algo sin ser visto.

—¿Y bien? —Arqueo las cejas, volviendo a la expresión socarrona que adopto cada vez que hablamos.

No me da tiempo a reaccionar: con una agilidad insospechada, me empuja contra la pared, saca un tenedor de la pretina del pantalón y me lo apoya en el cuello.

Me agarra del pelo para alzarme la cara; desde esta posición solo alcanzo a ver el parpadeo de un fluorescente agonizante en el techo.

Dejo escapar una risita grave.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —murmuro, mi voz ligeramente sofocada debido a la posición en la que me tiene.

—Escúchame. —Hunde un poco el tenedor, justo debajo de mi mandíbula. También me agarra el pelo un poco más firmemente. Por su tono de voz, bajo pero imperturbable, diría que va en serio—. No me vengas con risitas ni sarcasmo, ¿vale?

—Bueno, entiéndeme. Me tienes contra la pared, pretendiendo que un tenedor sea un arma letal; y por si no te has percatado, todavía no me has explicado por qué —contesto, con una sonrisilla traviesa jugando en mis labios.

Siento el pulso contra el tenedor y empiezo a plantearme que quizás un poquito loca sí que esté.

Ja, ja, adorable.

—Te voy a hacer un par de preguntas. Y me vas a contestar —pronuncia cada palabra despacio, remarcando su importancia.

—¿Qué pasa? ¿Ahora eres policía? —me mofo.

No le hace ninguna gracia. Hunde las púas del tenedor en mi piel; me dolería, si no hubiera experimentado el dolor de verdad las suficientes veces como para haber elevado mi umbral.

—Oye, oye, relájate —la incito. Ya que en el fondo no la conozco, no sé hasta dónde es capaz de llegar. No sé nada de ella.

Afloja un tanto la presión; no sé si porque encuentra satisfacción en que le haya pedido que lo haga, o si porque de verdad se ha dado cuenta de que a lo mejor se estaba excediendo un poquito.

Se aclara la garganta antes de seguir:

—El caso… Los números

No dice nada más, y aunque creo saber a lo que se refiere, decido preguntarla solo por molestar.

—¿Los números? —Hago que suene como que realmente no sé de qué habla.

—Los números —repite firmemente—. ¿Qué tiene que ver el setenta y uno conmigo?

Trago saliva, haciendo que el tenedor se mueva sobre mi cuello.

—¿No lo deduces? —respondo. A lo que ella reacciona con un sutil tirón de cabello; es su manera orgullosa de decirme que está desesperada por encontrar respuestas—.

Pues indican el número de Diferente que eres.

Es decir; cuando tú entraste, ya había setenta Diferentes. Tú eres la número setenta y uno.

Por el motivo que sea, a medida que hablo, va relajando su agarre en mí, lo que significa que o bien mis respuestas la están satisfaciendo, o bien la sorprenden. O ambas.

—Además —prosigo ante su silencio—, es tu nuevo «nombre» desde el momento en el que pisas este edificio. Es una tontería, pero a ojos de Moor y en general de todo el mundo, eres Diferente…

—No soy Diferente —me corta.

Conozco bien la firmeza de ese tono. La conozco porque la he usado mil veces: es la entonación desesperada de quien intenta autoconvencerse.

—¿Me vas a dejar hablar o no? —replico con frialdad. Nunca he llevado bien que me interrumpan.

Interpreto su silencio como una invitación a que siga con lo que le estaba contando:

—Como decía, a ojos de todo el mundo ahora eres Diferente y por ello no mereces tener un nombre. Sé que es una estupidez, pero ahora para toda esta gente has dejado de ser Astrid. Para ellos, tu nombre es Setenta y uno.

Lo siento, quiero añadir. Pero sería una disculpa ilógica y sin sentido en estos instantes.

Marc, no es tu culpa, me recuerdo. Aunque...

—¿Eso lo registran? —interrumpe mi batalla interna, sonando incisiva, pero percibo que le tiembla un poco el agarre en el tenedor.

—Sí.

—¿Dónde?

—En los Archivos, ¿dónde si no? —bufo un poco al responder, consciente de que estoy soltando bastante información que, si se supiera que he dicho, me podría meter en problemas.

—Llévame allí.

—¿Qué?

—Me has oído, que me lleves.

—No. No quiero. Además, si nos pillan, me metería en un lío de los gordos, y tú también.

Después de mi negativa solo hay… Silencio.

—Por favor… —lo dice en un susurro ahogado, casi roto. Confirmándome que ni de lejos estaba tan confiada como se estaba mostrando.

Es la primera vez que la oigo sonar tan… ¿suplicante? ¿Desesperada?

Y, joder, la entiendo, yo mismo lo sentí en mis propias carnes.

Pero de veras que tengo que pensar en mí: no quiero tener que repetir nada de lo que ya me ha pasado.

No quiero volver a sentir las apretadas cadenas alrededor de mis muñecas.

No quiero tener nuevas cicatrices en las manos.

Con el tiempo es cierto que me he acostumbrado a entender el significado de dolor; pero eso no quita que no me apetezca volver a pasar por ello. Es como la incertidumbre: que por muchas veces que podamos vivirla, nunca nos terminamos de amoldar a ella.

Entretanto, percibo cómo baja el tenedor; y con ello yo también bajo la mirada.

Pero ojalá no lo hubiera hecho.

Maldito sea el gris de sus ojos. Maldita la súplica que brilla en ellos. Pero, sobre todo…

Maldito sea el suspiro que se me escapa entre los dientes.