Capítulo 3
Astrid
Antes pensaba que una mirada no podía quitarte el aliento… hasta hace cinco segundos, cuando los ojos más verdes que he visto en mi vida se han clavado en mí.
Entra un chico, probablemente de mi edad o un par de años mayor. Tiene el pelo negro y algo enmarañado. No lleva uniforme, lo que me indica que no es un guardia.
Me escruta tratando de encontrar en mí no sé muy bien qué.
No dice nada, y el silencio se me hace un tanto incómodo. Pero no le puedo culpar, al fin y al cabo, yo tampoco hablo por el momento.
Da un paso hacia mí con las manos a la espalda y una actitud segura.
—Eres más joven de lo que esperaba —dice, observándome con una mirada difícil de interpretar. Su tono mezcla decepción y curiosidad. Quizá sea porque estoy agotada, pero noto cómo se me encoge el estómago.
Frunzo el ceño, pero solo obtengo silencio como respuesta. Así que verbalizo:
—¿Qué se supone que significa eso?
Él se encoge de hombros y frunce los labios con ironía.
—No lo sé. ¿Cómo lo quieres interpretar?
Este tío es tonto.
—Pues no tengo ni idea; ¿por qué crees que te he preguntado? —respondo, quizá un poco borde.
Pero bueno, no es ocasión de preocuparme por resultar cortés.
—¿Sabes? La gente tiende a hacer preguntas idiotas, aunque sea perfectamente capaz de responderse sola. Solo quería comprobar si era tu caso —dice con fingida indiferencia, aunque percibo una leve tensión en sus hombros.
—¿Me estás llamando idiota? —mascullo, con una mirada tan afilada que podría arrebatarle la respiración hasta a él… Si es que no lo ha hecho ya.
Suspira y se pasa una mano por la cara.
—Vale, a ver; encima de que te voy a hacer el favor de no mandarte a la mierda, cuando claramente debería, no me pongas las cosas difíciles, mocosilla. —Por su tono está claro que le han obligado a venir aquí.
—Me llamo Astrid, no «mocosilla» —digo, marcando cada sílaba con firmeza.
Resopla a modo de respuesta, aunque deja pasar un segundo antes de hacerlo. Solo ese detalle me dice más de lo que cree.
—Bueno, ¿qué? ¿Te levantas o piensas tirarte ahí sentada todo el día como una miserable? —me espeta, su figura alzándose sobre mí.
Le fulmino de un vistazo mientras me alzo.
—Que conste que me levanto porque yo quiero —aclaro mientras me sacudo el polvo del pantalón. Levanto la barbilla para mantener la compostura y aparentar que no acabo de obedecerle.
Suelta una carcajada. Se ríe de mi comentario.
—Eres testaruda de narices, eh… —murmura mientras se acerca a la entrada con las manos metidas en los bolsillos.
Él se encamina hacia la puerta y la abre.
—Bueno, venga. Que todavía te tengo que enseñar este sitio —añade, casi más para sí mismo.
Sale, y me invita a hacer lo mismo. Le miro recelosa por un momento.
—¿A dónde vamos? —inclino un poco la cabeza.
—Oh, venga… Confía un poco en mí, mujer —me dice, con una sorna que creo que pretende resultar, cuanto menos, traviesa.
No. Ni de coña.
Me cruzo de brazos y me quedo plantada en el umbral de la puerta. Él mira, con las cejas arqueadas como si solo le estuviera gastando una broma pesada.
Pero no. Voy en serio.
—¿Dónde estoy? —exijo. No pienso moverme hasta tener una remota idea de por qué me han detenido esta mañana. Los recuerdos del arresto vuelven a mi cabeza por enésima vez.
Tampoco me olvido de mis padres ni de mi hermana: deben de estar angustiados.
Mi pregunta no parece gustarle mucho, por la manera en la que arruga ligeramente la frente. Aparta la mirada por un momento, y luego aprecio que, a pesar de mirar en mi dirección, evita hacer contacto visual.
—¿De verdad no te haces una idea? —Aunque adorna la pregunta con una incredulidad burlona, no se me pasa por alto el modo en que se frota las palmas de las manos contra los vaqueros.
No contesto; pero una vez más, el silencio habla más que mil palabras.
—Estás en Exilio —suelta de sopetón.
¿Qué?
No recuerdo haber descruzado los brazos, pero debí de hacerlo en algún momento de esta conversación surrealista, porque ahora me descubro aferrada a la tela de mi pantalón de pijama, clavando los dedos en el algodón.
Él parece observarme. Aunque mantiene su expresión estoica, no aparta la mirada de mí. No sé qué espera que haga… Sin embargo, ahora esa es la menor de mis preocupaciones.
—Pero yo no… —comienzo. Mi voz, un par de octavas más aguda de lo que me gustaría.
—¿Tú no qué? —me corta el chico. Lo cierto es que tampoco hallo nada coherente con lo que acabar la frase. Ahora mismo la mente se me ha cortocircuitado, por así decirlo.
Lo que no puedo evitar notar es cómo de repente el corazón me late el doble de rápido, y me cuesta más respirar. No hablo, en un intento fallido de aclararme las ideas; pero el problema es que en estos instantes no tengo ideas que aclarar.
Finalmente, abro la boca:
—Pero Exilio…—digo, dirigiendo la vista hacia él, esperando que me la sostenga.
—…es lugar para Diferentes —termina por mí. Puede que la presión que siento en el pecho me haga distorsionar la realidad, pero me parece atisbar en su rostro un destello de empatía.
Durante un rato —o quizás solo unos segundos, no sabría decir— su expresión se torna indescifrable; y a continuación me señala a la esquina superior de la puerta, en la que está apoyado. En ella hay una pegatina blanca con un «71» escrito a rotulador.
Y de pronto, como si todas las piezas empezasen a encajar, me viene a la memoria una frase que todavía no había recordado. Una frase que escuché hace unas horas, justo antes de que todo se volviera negro… literalmente.
Diferente número 71.
Creo que he pensado en alto, porque el chico me repite con la voz mínimamente menos fría:
—Así es. Diferente número Setenta y uno. —Tiene la mirada clavada en la pegatina, y juraría que la mente a metros de aquí.
Pero yo la tengo a kilómetros.
—Así que me han detenido porque creen que soy Diferente… —murmuro con un matiz en el tono que separa a mis palabras de convertirse en pregunta.
—No, Astrid —me interrumpe casi al instante. Escuchar mi nombre en su boca me choca; tal vez, a pesar de su frialdad, dar una noticia así no le resulte tan indiferente como aparenta—. Estás aquí porque eres Diferente.
Millones de pensamientos se agolpan en mi cabeza, intentando procesar una información que no sé cómo digerir. Porque es imposible, yo no soy así.
—No, no… Esto debe ser un error. Yo… Yo no soy como esta gente —balbuceo.
Ignoro el escepticismo de su expresión cuando pronuncio las palabras «esta gente».
—A ver: lo primero, cálmate. No es el fin del mundo, mocosilla —dice con una tranquilidad que me resulta repulsiva.
Suelto una risotada amarga, sonora y casi histérica.
—¿Que me calme? ¡Que me calme, dice! Escúchame, niñato: me han detenido y me han encerrado aquí sin motivo. Estoy rodeada de enfermos. ¡Os creéis que soy una de vosotros! Así que no me pidas que me calme.
Enfermos . Esa palabra ha tenido algún tipo de efecto en él; ya que se le ha endurecido la mirada y ha tensado la postura.
Puede que haya sonado brusca, pero no he mentido… ¿No? De cualquier manera, ahora no estoy como para lamentar nada; si eso, solo el hecho de no haberme resistido más cuando esta mañana me he encontrado forcejeando con las mismísimas autoridades.
Carraspea y levanta un poco la barbilla antes de dirigirse a mí:
—Intenta negarlo todo lo que quieras. Pero tú también estás «enferma». Y cada vez que lo niegas, sabes que te estás mintiendo. Así que, por tu bien, te recomendaría que abrieses los ojos y te dieras cuenta de una vez. Estás en Exilio, y sabes perfectamente por qué.
Sus palabras hacen que se me forme un nudo en la garganta. Agacho la cabeza. Quiero llorar, pero ahora no le voy a dar a nadie el placer de verme rota. Así que me cruzo de brazos —aunque más bien me estoy envolviendo a mí misma en el abrazo más frío que jamás sentiré—. Y me callo…
No creo que haya nada que decir ahora.
El chico también aparta su mirada de mí; no parece arrepentirse de sus palabras, pero yo sé que tampoco ha disfrutado al decirlas.
El silencio se estira, sintiéndose pesado y sumando lóbrego al ya seco ambiente.
—Bueno, deberíamos ponernos en marcha. —Apenas susurra estas palabras.
Por su cara da a entender que no le importa nada de lo que ahora mismo pase, pero no me olvido de su expresión cuando le he llamado enfermo, y el recuerdo hace que se me encoja un poco el estómago.
Luego prosigue, sacándome de mi ensimismamiento:
—Creo que los dos estamos de acuerdo en que cuanto antes acabe esto, mejor —masculla. Aunque sin duda tiene razón en una cosa: cuanto menos tiempo estemos en compañía del otro, mejor. Nos ha quedado claro a ambos que no somos precisamente compatibles.
Durante el resto de la mañana me enseña la planta de dormitorios y me muestra dónde está el mío. Es pequeño, con un 71 en la puerta tal y como en el anterior habitáculo; aunque este por lo menos tiene una cama, un armario y un espejo… Y ventanas.
También me habla del sitio y de sus normas. Me advierte sobre el director Roiman Moor, a quien define como un necio —bueno, puede que haya usado un adjetivo bastante más cañero—.
Después bajamos a la planta baja, donde se ubican la zona común, el comedor y los baños. Menciona de pasada una «planta de tratamiento», aunque no entra en detalles: dice que ya la descubriré por mí misma.
Mientras recorremos la zona común, percibo cómo varias cabezas se giran en mi dirección, y me pregunto cuándo fue la última vez que alguien nuevo entró a este sitio. Se lo consultaría a él, pero soy demasiado orgullosa para hacerlo.
Pasamos junto a la salida y me tengo que contener para no salir corriendo hacia ella; pero más bien porque sé que sería inútil y que incluso uno solo de la decena de guardias que la custodian podría frenarme sin siquiera despeinarse.
Aunque me llama la atención una mujer entre ellos, que se aproxima mirándonos al chico y a mí, y una vez está lo suficientemente cerca, habla:
—Así que tú debes de ser la nueva… —Me sonríe; y la verdad, es un gesto que se agradece.
Es la primera sonrisa honesta que recibo en todo el día; y a sabiendas de que no debería fiarme de nadie en estos instantes, esa mujer, que debe ser unos años menor que mamá, tiene un brillo en la mirada que me hace querer permitirme bajar un poco la guardia.
Antes de que pueda contestar, prosigue:
—Eres bastante guapa… —dice echándole una mirada de reojo un tanto traviesa al chico al lado mía.
—Gracias… —Sonrío. Me cae bien.
—De nada, cielo —contesta—. Espero que aquí mi amigo te esté tratando bien —añade girando la cabeza hacia mi acompañante y dedicándole una mirada de advertencia; no obstante, sin amenaza alguna.
—Oh, Charlotte; ¿tan baja estima tienes de mí? —contesta él burlón, lo que le hace reír a ella. Y por muy raro que me parezca, el chaval tiene un gesto en el rostro parecido a una sonrisa. Puede que sea un capullo, pero esta mujer lo soporta lo suficientemente bien como para que se tengan aprecio.
Y eso… Eso es algo.
★ ☆ ★
Tras la que me ha parecido la jornada más larga de mi vida, cae la noche. Resulta casi más tortuosa que el día, porque el silencio deja espacio al peor de los ruidos: mis propios pensamientos.
Estoy tendida en el suelo de mi nueva «habitación» —porque, honestamente, no creo que el colchón sea mucho más cómodo—, mirando al techo. No puedo dormir. No sé si seré capaz de hacerlo en los próximos días, o incluso semanas.
¿Cómo ha podido ocurrir esto? Yo no debería estar aquí, yo no soy como la gente que hay aquí, yo soy Normal.
¿Cómo han podido cometer un error así? No lo sé; pero sí que hay una cosa de la que estoy segura: se equivocan, y voy a demostrárselo.
Mañana por la mañana iré a hablar con el director de este sitio y les explicaré que yo no tengo poderes, que nunca los he tenido.
Como hoy no me han dejado salir más que para que un imbécil me enseñase medio centro, no he tenido oportunidad.
El resumen de mi cumpleaños viene a ser este: me despierto con toda la ilusión del mundo, me detienen por ser algo que no soy, me arrastran al lugar más peligroso de todo Rayness, conozco a un tipo más borde que las esquinas de este edificio y ahora me toca demostrar que soy Normal.
No sé cuánto tiempo me tiro así, pero los rayos de luna ya se cuelan por mi ventana; siendo la única cosa bonita que veo hoy. Ruedo para levantarme y aproximarme a la ventana, dejando que la brisa revuelva mi pelo.
Necesito aire.
Impulsada por la necesidad visceral de dejar de sentirme enjaulada, me encamino a la puerta con paso firme.
Mierda. Está cerrada.
Aún tengo la mano en el pomo cuando me cruza la cabeza la idea más descabellada que he tenido en mucho tiempo.
Mi mirada se posa en la ventana, que continúa entreabierta.
Me vuelvo a asomar, el suelo está a unos veinte metros.
A ver, podría ser peor.
—Vale, As… Tú puedes —me digo cogiendo aire justo antes de decidirme a sacar un pie, luego el otro. A continuación, extraigo la mitad del cuerpo que aún tenía en el interior de la estancia. Me aferro tan fuerte al borde de la ventana que apuesto a que tengo los nudillos blancos.
El aire fresco me golpea la cara y soy consciente, de golpe, de la altura a la que me encuentro. La respiración se me acelera al reparar en lo estrecho del saliente donde apoyo los pies.
Aprieto los ojos en un intento de evadir la repentina aprensión que empiezo a sentir dentro de mí, y respiro profundamente.
Creo que funciona.
Me doy cuenta de que estaba temblando en el momento en el que dejo de hacerlo. Abro los ojos y de repente la distancia que me separa del suelo ya no es tanta. El viento ha dejado de resultar cortante contra mis mejillas, y ahora se le asimila más a una refrescante caricia.
Por fin obtengo lo que necesitaba: libertad… O algo parecido.