Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Marc

La suave brisa que entra por mi ventana agita los mechones desordenados de mi flequillo, más oscuro que la propia noche.

Me gustaría decir que el silencio resulta reconfortante, pero estaría mintiendo: hace tiempo que mi mente no me deja saborear la ausencia de ruido.

Aunque esta noche es diferente; no me concentro en revivir cosas que preferiría dejar enterradas en el pasado…

No, hoy tengo la cabeza en otra parte —bueno, en otra persona—.

Y me molesta porque hace años que no me pasa eso.

Pienso en la chica que he conocido hoy, aunque no como los chicos de mi edad piensan en las mujeres.

Es algo más… nacido de la memoria, por así decirlo.

Astrid me recuerda a alguien: a un chico que hace años estuvo en su mismo lugar.

A un chaval que creí muerto junto a su inocencia; pero parece que esta noche le ha dado por quitarme el sueño.

Creo que estoy malacostumbrando a las estrellas a verme así, a escuchar las palabras que no digo y los pensamientos que gritaría si no me hubiera jurado hace cinco años que jamás lo haría.

Suspiro. Hay algo en ello que reconforta, del mismo modo en que lo hacen las cosas efímeras.

Me quedo un rato así, con la frente apoyada en el cristal. No hay nada especial fuera: solo el silencio del centro y la tenue luz de la luna en cuarto creciente —o menguante, a decir verdad; nunca los he distinguido—…

Y entonces la veo.

Ella.

Astrid.

De pie en el alféizar de su ventana, justo enfrente. Está descalza. Inmóvil. Como si no sintiera el frío, como si no tuviera miedo a caerse… o como si no le importara hacerlo.

Me da un vuelco el corazón. Y no me gusta. Ella no significa nada. No puede significar nada. Pero aun así… me escucho a mí mismo hablar antes de pensarlo siquiera; aunque claro, no voy a darle la satisfacción de advertirme preocupado.

—No sabía que estabas tan desesperada —comento con indiferencia, lo bastante alto para que solo me oiga ella.

Al instante gira la cabeza hacia mi voz. No me sorprende la leve mueca de decepción en su rostro al reconocerme, aunque quizá sea solo la oscuridad lo que la atenúa.

—Cállate —me espeta, con esa autoridad a la que ya me ha acostumbrado en tan poco tiempo.

—¿Por qué debería? —contesto con una sonrisa traviesa.

Es cierto que la situación es cuanto menos extraña, pero en el fondo sé que, si de verdad quisiera saltar, ya lo habría hecho.

Y supongo que eso es lo que hace que me lo tome tan a la ligera.

Porque me lo estoy tomando a la ligera.

Sí.

No hay motivo para no hacerlo.

Me dedica una mirada con la que bien podría parecer que está tratando de matarme con su mera intención.

—Es adorable cuando las mocosillas como tú intentan parecer amenazadoras. De verdad, deberíais veros —añado con condescendencia burlona.

—Así que no soy la única que te mira así… ¿Por qué no me sorprende?

Claro que me iba a dar una respuesta así: tan… ella. Nos conocemos desde hace muy poco, pero siento que una contestación de ese calibre le encaja a la perfección.

Por lo menos ya la tengo distraída.

—Te recomendaría que volvieses a tu cuarto, ¿sabes? —comento sereno, apoyando la barbilla en una mano; como quien solo se asoma a la ventana para contemplar el firmamento.

—¿Y por qué debería? —replica, con el orgullo de usar mis propias palabras en mi contra.

No lo voy a admitir, pero no me lo esperaba… y me fastidia.

Me fastidia que hable como yo lo he hecho hace un momento para llevarle la contraria; también que acompañe la frase con esa sonrisa que conozco de sobra porque la he usado infinidad de veces. Aunque lo que más me fastidia es que me resulte tan irritantemente… ¿gracioso?, ¿curioso?

Dios mío, Marc. ¿Pero a ti qué te pasa?

—Pues… —apoyo los antebrazos en el alféizar para ver mejor su silueta, separada de mí por un par de balcones— deberías, porque como te caigas, a mí me va a tocar todo el papeleo. A ojos de Moor todavía estás a mi cargo, mocosilla.

Arrastro las palabras al hablar; sé que la desquicia verme tan tranquilo y despertar en ella una rabia con la que podría quemarme vivo.

Sonríe, como desafiando al mundo a llevarle la contraria.

—¿A que me tiro? Solo por joder. —Arquea una ceja, pretenciosa del simple hecho de creer que puede jugar conmigo.

—Allá tú, Astrid. —Me encojo de hombros casualmente. Pero nada de lo que hago nunca es casual: he dicho su nombre; y lo admita o no, ella sabe que algún tipo de efecto, sea el que sea, para bien o para mal, tiene esa acción en ella.

Durante lo que me parecen un par de minutos, hay una pausa entre nosotros; y aunque no se trata de algo incómodo, no paso por alto la manera en la que se le han tensado un poco los hombros y ha fruncido esas finas cejas suyas.

—¿Sabes? —comienza, afianzando el agarre en la moldura mientras mira la noche que se cierne sobre nosotros—. Me podría acostumbrar a esto…

No sé qué demonios significa, pero lo dice con una calma tremenda.

Le muestro mi curiosidad enarcando una ceja, con una expresión neutra.

—Quiero decir… Tocarte las narices resulta bastante entretenido. Podría acostumbrarme a ello.

Maldito sea su comentario y maldita sea la risita sofocada que se me escapa.

—Dios… Eres insufrible —susurro mientras niego con la cabeza. No estoy seguro de que me haya oído, pero sabe de sobra lo que es. Al fin y al cabo, parece que estamos jugando al mismo juego.

Adelante, te dejaré divertirte; solo espera a que me toque a mí.

Pues claro que tenía que ponerse a llover. Siempre que encuentro un rayo de luz que me distraiga, incluso en las noches más oscuras; tiene que llegar la lluvia y arrebatármelo.

Por lo visto, ella también lo nota, porque la veo ejecutando unos movimientos que yo creía imposibles para meterse de vuelta en su cuarto. Adopta una postura tan inestable que no me extrañaría que se cayera, y me doy cuenta de que tengo el estómago encogido.

Mierda.

—Vaya, parece que al final me haces caso… Felicidades por recapacitar —le digo con mi habitual sonrisa socarrona.

—Oh, no —replica reprimiendo una risa, a la vez que mete medio cuerpo en la habitación—. Te aseguro que no es por obedecerte. Ayer me lavé el pelo y no quiero que la lluvia me lo estropee. A saber cuándo vuelvo a tener un champú decente —contesta, ya del todo a cubierto.

—Claro… Sería un drama. —A pesar de que revisto el comentario con ironía, no sé por qué me esfuerzo tanto en que le llegue.

Sin darme cuenta, ha sido una despedida; porque junto a su silueta también desaparecen su molesta voz y su asqueroso ego.

Cierro la ventana, aunque no sin antes echarle un último vistazo a la suya.

La lluvia repiquetea contra el exterior, y por primera vez se le asemeja más a una cadencia tranquilizadora que al ansioso tamborileo al que ya me había acostumbrado.

Me quedo mirando al techo, con la mente tan en blanco como la pintura desconchada. Gracias a eso caigo dormido antes de darme cuenta.

Supongo que solo necesitaba tocarle las narices a alguien para quedarme a gusto.

O puede que lo que necesitara fuera, simplemente, a alguien a quien molestar.