Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Marc

La luz de la mañana se cuela a través de la persiana entreabierta, aunque tampoco es que estuviera descansando. No creo que sean más de las nueve, pero me levanto igualmente: es a lo que me ha acostumbrado la monotonía de Exilio.

A pesar de todo, he de admitir que casi lo prefiero, porque cuando esa monotonía se rompe, no suele ser para bien, precisamente.

Elijo una de mis sobrias camisetas negras y unos vaqueros desgastados por el uso. Ni siquiera me molesto en peinarme; tampoco es que nadie vaya a fijarse.

Me paso una mano por la cara con pereza y me dejo caer sobre la cama deshecha. Miro al techo como si fuera una especie de firmamento blanco capaz de distraerme de cualquier cosa que se me cruce por la cabeza.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que una llamada a la puerta de mi habitación (si es que este maldito cubículo se puede denominar así) me saca de mis pensamientos. Dejo escapar un suspiro pesado y me levanto para abrir.

Es Charlotte, una de las centinelas de este sitio que más parece una cárcel.

Creo que es la única guardia moralmente decente de aquí, o al menos con un mínimo de humanidad.

Me conoce desde que ingresé con tan solo trece años.

Cómo pasa el tiempo, a pesar de que cada día se haya sentido exactamente igual durante los últimos sesenta meses.

—Pensé que quizás seguirías dormido —me saluda, mostrándome una de sus sonrisas, a las que ya me tiene acostumbrado.

—Venga ya, parece que no me conoces —respondo, devolviéndole el gesto lo mejor que puedo, sin que parezca del todo falso—.

¿A qué has venido? Porque, la verdad, no recuerdo haberla liado esta semana —añado.

Lo cierto es que solo suelo verla después de causar algún problema.

Ella deja escapar una sonrisilla que le rejuvenece el rostro.

—¿Estás seguro? —pregunta, sutilmente burlona—. Porque Roiman quiere verte —añade un tanto más seria que hace apenas un momento. Y no es para menos: la última vez que fui llamado por el director, salí de su despacho con un par de heridas nuevas.

—¿Sabes qué quiere? —pregunto, a pesar de ser consciente de que, si lo supiera, ya me lo habría dicho.

Ella niega con una mueca, tal como esperaba.

Suspiro mientras me froto las palmas de las manos en los pantalones—.

Está bien. Supongo que en ese caso tendré que averiguarlo por mí mismo —acabo diciendo, con una especie de perezosa impasibilidad, casi rozando el aburrimiento.

—Buena suerte, cielo —dice en un amago de convencerme, o de convencerse a ella misma, de que no tiene por qué ser tan malo lo que sea que el director quiere decirme.

Suelto un pequeño bufido mientras doy un par de pasos adelante y cierro la puerta de mi habitación.

—¿Suerte? ¿Qué es eso? —pregunto sarcásticamente mientras echo a andar.

★ ☆ ★

Me detengo frente a la puerta del director. El letrero anuncia su nombre: «Despacho de Dirección – Roiman Moor». Como si los que residimos aquí no nos lo supiéramos ya.

Doy tres golpecitos con los nudillos a la puerta; y una voz, que juro que algún día me volverá loco, me habla desde el otro lado:

—Pasa. Está abierto.

Obedezco.

—¿Quería verme? —pregunto con ironía, asomándome antes de entrar. Creo que me sé este despacho de memoria: las estanterías llenas de tomos antiguos y trastos viejos, la incómoda silla frente al escritorio de madera, el enorme retrato del presidente Yarrow…

—Sí, muchacho. Vamos, siéntate —me invita con una falsa simpatía. Entro y me siento en la banqueta frente a su mesa.

—¿Y bien? —cuestiono. Él se sienta también, en su pulcra silla de cuero color rojo vino. Se pone recto y entrelaza los dedos, como si lo que vaya a decir fuese algo importante. Parece que se demora intencionalmente; probablemente para incrementar la curiosidad que cree que siento.

—Han detenido a una nueva Diferente —anuncia con un orgullo repugnante.

Me dan ganas de soltarle: «¿Y qué quiere, que le aplauda por arruinarle la vida a otra adolescente?

», pero me muerdo la lengua. Con este tipo es mejor guardarse esos comentarios.

No respondo nada; mi silencio dice más de lo que parece.

Al ver que no abro la boca, prosigue—: Ha llegado hace apenas un par de horas —añade, echando un vistazo a su reloj de pulsera, que marca las 11:37 de la mañana.

Caray, ¿cuánto tiempo he pasado en la cama?

Si podía tener cualquier duda sobre para qué me ha podido llamar, me las ha disipado todas.

—Y a ver si adivino, quiere que le enseñe a «la nueva» este sitio, ¿no? —afirmo más que pregunto.

Desde que yo llegué a Exilio han ingresado dos personas más: Edgar Hart, cuatro años mayor que yo, y probablemente una de las pocas personas en esta prisión con la que mantener una conversación mínimamente entretenida; y Agnes Denwood, una mujer más mayor, de unos cuarenta y algo, aproximadamente.

Aunque ella murió poco después de llegar; Edgar lo pasó bastante mal, estaban muy unidos.

Y fui el encargado de enseñarles a ambos el que sería su nuevo hogar .

Siempre me toca a mí dar las malas noticias.

Por lo visto, mis deducciones son ciertas, y así me lo confirma Moor, asintiendo:

—Así es, Sesenta y och…

—Marc —le corto antes de que termine de pronunciar el número al completo.

—¿Disculpa? —Arquea una ceja, claramente molesto porque le haya interrumpido.

—Que me llamo Marc, no Sesenta y ocho —aclaro con voz gélida. Puedo tolerar que nos vean como a enfermos, puedo tolerar que nos miren con condescendencia o incluso con desagrado; pero me queda un mínimo de orgullo y no voy a permitir que me trate como si solo fuera eso: un número.

El director Moor resopla reprimiendo una sonrisilla arrogante, por lo visto, mi comentario le parece gracioso:

—No, jovencito. Desde el momento en el que entraste aquí, tu nombre perdió valor, porque no tienes a nadie que se moleste en pronunciarlo —sentencia con aires de autoridad.

Me muerdo la lengua para no contestar de manera que me pueda perjudicar, no le voy a dar la satisfacción de saber que ha conseguido molestarme… Otra vez.

Ve que no le llevo la contraria y asiente satisfecho, para luego añadir:

—Parece que vas aprendiendo que conmigo lo más sensato es aferrarse al respeto y saber cuál es tu lugar.

Así me gusta, Sesenta y ocho. —pronuncia la cifra como un reto, desafiándome a llevarle la contraria.

Me divierte que crea que mi actitud se debe al respeto o al miedo; nada más lejos de la realidad: lo hago por puro orgullo.

—¿Dónde está? —me limito a preguntar con pesar; esperando quitarme esto de encima cuanto antes.

—En la planta baja, en Aislamiento. Segunda celda a la izquierda —responde a secas.

Se me queda mirando, como si me hiciera el favor de dar por terminada la reunión.

Ya ha pasado suficiente tiempo conmigo en su despacho, suficiente tiempo respirando el mismo aire con alguien como yo—.

Te puedes retirar —añade, por si me quedaba alguna duda.

No digo nada. Al levantarme, arrastro la silla haciéndola rechinar contra el suelo—.

Cierra al salir. —Oigo a mi espalda cuando alcanzo el marco.

Suelto un bufido imperceptible para él y salgo, cerrando de un portazo. Murmuro un insulto mientras echo a andar por el corredor.

★ ☆ ★

La tenue luz de los fluorescentes del techo me recibe. Tuerzo un par de pasillos, pasando frente a varias puertas cerradas. Finalmente, llego a la zona en la que se ubican los cuatro cuartos vacíos y sin ventanas, utilizados a modo de celdas.

Hay un hombre bastante alto custodiándolos. Cuando se percata de mi presencia, se yergue y al ver que me acerco, pregunta con voz grave:

—¿Qué quieres?

—Me ha mandado Moor. Para que le enseñe el sitio a la nueva —contesto gesticulando con la cabeza hacia uno de los cubículos. Asiente y se retira para dejarme pasar.

Cuando alcanzo el segundo cuarto a la izquierda, me detengo un momento para observar un papel que han pegado en una de las esquinas. En él han escrito con rotulador grueso y negro un gran «71».

Así que Setenta y uno, ¿eh?… Pienso antes de mirar por el pequeño cristal de la parte superior de la puerta. A través de él veo a la chica cuya vida acaban de mandar a la mierda, por culpa de un mundo donde ser diferente se considera un castigo.

Está sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y la espalda contra uno de los muros laterales.

Sus ojos grises están fijados en la pared que tiene enfrente; mechones castaños cayéndole alrededor de la cara.

Parece de mi edad, quizás incluso menor; pero lo que tengo claro, a pesar de que ella todavía no, es que hoy le han arrebatado cualquier momento de inocencia que pudiera quedarle.

Y eso… creo que remueve algo en mí.

Pero yo soy Marc Reynolds; yo no siento pena… Por nadie.

En cuanto alza la mirada para encontrarse con la mía, una estampa vívida y clara me viene a la mente.

Vaya, creo que me recuerda a alguien.