Exilio (Triología Rayness 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Astrid

Todo comenzó la mañana de mi diecisiete cumpleaños. A pesar de que se suponía que iba a ser uno de los mejores días de mi vida, acabó marcando un antes y un después en mi historia… Pero de la peor de las maneras.

Deben de ser las nueve de la mañana cuando el timbre, abajo, me despierta. Decido no moverme de la cama: seguro que es algún paquete, puede que hasta mi regalo de cumpleaños.

Sin embargo, mi regalo de cumpleaños no debería hacer llorar a mamá. Abro los ojos de par en par al escuchar a mi padre pronunciar el «por favor» más roto y ahogado que jamás le he oído decir.

Me levanto; algo no va bien.

En cambio, solo cuando voy por la mitad de la escalera veo a dos hombres y una mujer uniformados. Reconozco sus oscuros ropajes, acompañados de una reluciente placa con el escudo del país. ¿Qué diablos está pasando? , pienso mientras bajo un par de escalones más.

—Mamá, papá, ¿va todo bien? —pregunto finalmente. No me pasa desapercibido el bote que pega mi madre al oír mi voz.

—Astrid… —murmura mi padre, mientras todos se giran hacia mí. Nunca los había visto así de compungidos.

En ese momento, uno de los hombres da un paso e ingresa en la casa. Eso parece hacer reaccionar a mi madre, que se cruza para bloquearle el paso mientras exclama con urgencia:

—¿Qué cree que hace? ¡No se van a llevar a mi hija a ninguna parte!

Suena nerviosa y eso no es normal. Ella es la persona más tranquila y pacífica que conozco. No puedo evitar alarmarme yo también.

—¿Qué? —exclamo—. ¿Me queréis decir qué está pasando?

Los gritos parecen haber despertado a mi hermana pequeña, que abre los ojos de par en par en cuanto llega y ve a los agentes. Me mira como si esperase que le dé las explicaciones que ni yo misma tengo.

—Cielo, vuelve a tu habitación —ordena mi padre, con la misma dulzura con la que se suele tratar de suavizar una mala noticia a una niña de ocho años; una noticia de las que, a pesar de estar atenuadas por una falsa afabilidad, impacta donde más duele.

Los desconocidos de la puerta deciden que ya han esperado bastante: cruzan el umbral y ni el nerviosismo ni los gritos de mis padres logran detenerlos.

—¡Eh! ¿Qué está pasan…? —grito mientras intento zafarme del agarre de uno de los hombres.

Me retuerce los brazos a la espalda para esposarme.

El corazón me da un vuelco al ver a los otros dos agentes contener a mis padres.

El que me ha inmovilizado se agacha ahora para abrocharme una especie de tobillera metálica, pero mi mirada se desvía hacia mi hermanita: está en lo alto de la escalera, contemplando la escena entre lágrimas y abrazada a su conejito de peluche.

—Eh, eh, Sadie. No te preocupes, todo irá bien —intento tranquilizarla; o puede que también esté tratando de tranquilizarme a mí misma, porque no soy capaz de entender, ni de creerme, que me estén llevando detenida—.

Escuchen, esto debe ser un error, yo no he hecho nada malo —trato de explicar al hombre que me dirige a la calle, aunque sé perfectamente que mis palabras no le van a frenar. Ni a él ni a sus compañeros.

Me sacan de mi casa mientras oigo la agonía en las voces y los llantos de mi familia.

Otros curiosos han salido de sus hogares o se han asomado a las ventanas para presenciar la escena.

Tras unos angustiosos instantes, me fuerzan para meterme en la parte trasera de un furgón policial.

Y ahí me encierran, como si fuera una criminal.

Está oscuro y no hay ventanillas.

—Sí, dormidla. —Escucho que la mujer les dice a los varones.

Por un momento, el miedo se apodera de mí aún más si cabe. Pero entonces comienzo a tranquilizarme, aunque sea un mínimo.

Demasiado repentino para ser normal.

Tardo muy poco en percatarme del humo que inunda la cabina y deduzco que es el causante de la modorra que empieza a invadirme.

Apoyo la cabeza contra una de las paredes del cubículo mientras se me cierran los ojos.

Y justo antes de caer completamente rendida, escucho a la mujer anunciarle a alguien unas palabras que sé que guardaré en mi memoria por siempre, para bien o para mal:

—Comandante, hemos detenido a la Diferente número 71.