Capítulo veintiuno Cass #2
Me aparté para mirarlo, más sorprendido que otra cosa.
Antes de mí, Linden había sido virgen. Y hasta ese momento nunca había manifestado interés alguno en dejar que yo lo penetrara.
A mí tampoco me molestaba. Su verga era más de lo que jamás podría desear.
Pero la forma en que me lo pedía ahora, la vulnerabilidad en sus ojos, hizo que el corazón se me elevara.
—Sí —dije, mientras mi verga ya palpitaba ante la idea a pesar de que acababa de correrme—. Si eso es lo que quieres, me encantaría.
Cambiamos de posición con cuidado y Linden me guio con una gracia sorprendente a pesar de su tamaño. Yo ya lo había hecho muchas veces con otros tipos, pero con él se sentía diferente. Probablemente porque confiaba en mí para que fuera su primera vez.
Me acomodé entre sus muslos y me tomé un momento para apreciar la imagen de su cuerpo tendido bajo el mío, abierto para mí.
Su verga ya empezaba a ablandarse un poco, pero sabía que eso no duraría mucho en cuanto comenzara.
Linden tenía una capacidad de recuperación con la que la mayoría de los hombres solo podía soñar.
—Necesito prepararte —dije, extendiendo la mano—. ¿Puedes conjurarme más lubricante?
—Sí —asintió mientras dibujaba el símbolo en el aire y llenaba mi palma de líquido pegajoso.
—Nunca hiciste esto antes, ¿verdad?
Negó con la cabeza, y vi el nerviosismo cruzar fugazmente sus facciones a pesar del amor que todavía brillaba en sus ojos dorados.
—No. No con una persona. Aunque usé los dedos... —Las mejillas se le encendieron—. Pero confío en ti.
Esas cuatro palabras me golpearon con más fuerza de la que esperaba. Confiaba en mí. Significaba más de lo que podía expresar.
Calenté el lubricante entre las palmas antes de introducirle un dedo, lenta y cuidadosamente.
Al principio se tensó, pero seguí hablándole, murmurándole palabras tranquilizadoras y elogios mientras su cuerpo se relajaba poco a poco alrededor de mí.
Un segundo dedo se unió al primero y luego un tercero, dilatándolo con paciencia y esmero.
—Lo estás haciendo muy bien, grandulón —susurré, inclinándome para besarle el pecho—. Solo sigue respirando.
Sus manos me apretaron los hombros y sus uñas se clavaron un poco mientras yo lo abría. Sentía cómo su magia respondía a la sensación, titilando bajo su piel como si no supiera muy bien qué hacer con aquella nueva experiencia. Era hermoso verlo entregarme así el control.
—Está bien —dijo por fin con voz tensa—. Estoy listo. Te quiero dentro de mí, Chispas.
Me acomodé con cuidado y me tomé mi tiempo para penetrarlo. Estaba apretado y tuve que avanzar despacio para no lastimarlo. Tenía todo el cuerpo tenso y respiraba superficialmente.
—Respira —le indiqué con suavidad—. Solo respira. En un segundo se sentirá mejor.
Y así fue. Sentí el momento en que su cuerpo me aceptó, cuando la tensión se desvaneció mientras se relajaba alrededor de mi verga. Sus manos aflojaron su agarre sobre mis hombros y empezaron a recorrerme la espalda para atraerme más cerca.
—Ay, mierda —exhaló—. Dios, Cass, se siente...
—Se siente bien, ¿verdad? —Sonreí y empecé a moverme con embestidas lentas y superficiales—. Solo déjame cuidar de ti.
Marqué un ritmo cuidadoso y observé su rostro constantemente por si mostraba alguna señal de incomodidad. Pero lo que vi, en cambio, fue asombro. Asombro puro y absoluto, como si no pudiera creer del todo que eso estuviera ocurriendo. Como si experimentara algo que nunca creyó que viviría.
Nuestra magia volvió a crepitar entre nosotros, ahora más contenida, pero cobrando fuerza. Sin embargo, no era nada comparado con los gemidos que escapaban de los labios de Linden. Sus piernas, a pesar de descansar sobre mis hombros, seguían temblando, y todo su cuerpo se estremecía de placer.
—Ay, Dios... —gimió, echando la cabeza hacia atrás mientras se mordía el labio inferior—. Mierda. Se siente... jodidamente bien...
Mantuve un ritmo constante y mesurado, sin querer apresurar aquel momento. Era su primera vez recibiendo y quería convertirla en algo que recordara con cariño. Algo que le diera ganas de repetirlo una y otra vez.
—Estás recibiendo cada centímetro de mí —murmuré, inclinándome para dejar un reguero de besos sobre sus pectorales—. Eres perfecto, Linden. Jodidamente perfecto.
Sus manos me atrajeron más cerca, como si no pudiera saciarse de mí. Sentía su magia acumulándose bajo su piel, aquel resplandor dorado intensificándose con cada embestida de mis caderas.
Aumenté el ritmo gradualmente, poniendo a prueba cuánto podía soportar y atento a cualquier señal de que necesitara ir más despacio. Pero Linden seguía pidiéndome más, elevando las caderas para encontrarse con las mías y apretando las piernas alrededor de mis hombros.
—Más fuerte —jadeó contra mis labios—. Por favor, Chispas. Puedo soportarlo.
Así que se lo di. Lo follé con más fuerza, hundiendo la verga hasta lo más profundo de él con cada embestida.
Los sonidos que hacía, aquellos gemidos entrecortados y jadeantes, repercutían directamente en mi verga, que ya estaba dura como una roca.
La aurora boreal parecía palpitar sobre nuestras cabezas al ritmo de nuestros movimientos, como si respondiera a la intensidad de lo que ocurría entre nosotros.
—Así es —gemí al sentir que mi propio orgasmo empezaba a crecer—. Recíbela, grandulón. Recíbeme por completo.
Sin previo aviso, todo su cuerpo se puso rígido bajo el mío y su entrada se contrajo alrededor de mi verga mientras se corría sin siquiera tocarse.
Verlo perder el control de esa manera por mi culpa me llevó al límite justo detrás de él.
Me enterré profundamente en su interior una última vez y me dejé llevar, llenándolo con todo lo que tenía.
Nos desplomamos juntos en una maraña de extremidades, ambos jadeando en busca de aire.
La aurora boreal seguía danzando sobre nosotros, ahora con más suavidad, como si su espectáculo estuviera llegando a su fin.
Sentía los latidos del corazón de Linden retumbar contra mi pecho y reducirse poco a poco hasta alcanzar un ritmo más normal.
Permanecimos así durante mucho tiempo, limitándonos a existir en silencio tras lo ocurrido.
No necesitábamos intercambiar palabras para saber cómo nos sentíamos.
Estaba seguro de que ambos podíamos percibirlo.
Ahora había entre nosotros un vínculo mucho más profundo que simples encuentros sexuales en los dormitorios.
Esto era algo muchísimo más complicado y maravilloso.
Linden mantuvo los brazos alrededor de mí, y yo no hice ningún intento por apartarme. Cuando el frío empezó a instalarse de nuevo, extendió una mano hacia atrás, sacó una manta grande y gruesa y nos cubrió a ambos. Cambiamos de posición hasta que quedé prácticamente tendido sobre su pecho.
Y allí, bajo las estrellas de su arboleda, me quedé dormido sabiendo que todos los deseos silenciosos que alguna vez había pedido se habían hecho realidad.