Capítulo dieciséis Cass #2
Me incliné hacia delante, apoyé las manos en su amplio pecho y aumenté el ritmo.
Su verga me penetraba profundamente, y sentía cómo la presión se acumulaba hasta alcanzar el punto de ruptura.
La habitación estaba caliente, el aire cargado de humedad y del aroma del sexo y la magia.
La electricidad crepitaba a nuestro alrededor, erizando todos los vellos de mi cuerpo.
—Voy a... —empecé, pero no pude terminar la frase porque de pronto me estaba corriendo; el orgasmo me atravesó con una intensidad que me dejó sin aliento. Mi agujero se contrajo a su alrededor, ordeñándole la verga mientras derramaba mi semen por todo su pecho.
Linden gimió, impulsó las caderas hacia arriba una vez, dos, y entonces también se corrió, llenándome de calor mientras su magia resplandecía con un intenso tono dorado bajo su piel.
La luz era tan potente que casi cegaba, y sentí que mi propia magia climática respondía, crepitando a través de la conexión entre nosotros.
Por un instante, el mundo se redujo a nosotros dos. Solo a la sensación de tenerlo dentro de mí, a sus manos sosteniéndome cerca, a todo su cuerpo temblando debajo del mío mientras prolongaba su propio orgasmo.
Cuando terminó, nos desplomamos juntos en un enredo de extremidades, los dos jadeando en busca de aire.
Mi pecho subía y bajaba contra el suyo, y el corazón me latía con tanta fuerza que pensé que atravesaría mis costillas.
Las nubes cercanas al techo se desvanecieron poco a poco, dejándonos bajo el suave resplandor de la tarde que se filtraba por la ventana de su dormitorio.
Todavía podía sentirlo dentro de mí, aunque ya empezaba a perder la erección, y no hice ningún ademán de apartarme.
En cambio, me quedé tendido contra su pecho, escuchando cómo el estruendo de sus latidos regresaba lentamente a la normalidad.
Sus brazos me envolvieron y me mantuvieron cerca de una manera que parecía casi protectora. Incluso posesiva.
—Tu verga es enorme —dije—. Sin duda, la más grande que tuve dentro.
—¿Sí? —preguntó Linden, depositando un beso en lo alto de mi cabeza—. ¿Eso es bueno?
—Si hubiera sido mejor, estaría muerto —solté entre risas—. Muerto a vergazos.
Linden se rio y me estrechó más contra él.
—Me alegra que te gustara. A mí también. Fue el mejor orgasmo de mi vida.
—Feliz de servirte.
Permanecimos así unos minutos, limitándonos a existir en la calma posterior.
Sus manos trazaban patrones indolentes sobre mi espalda, y me descubrí relajándome bajo su contacto, completamente desmadejado entre sus brazos.
Entonces comprendí, con un pequeño sobresalto, que no quería salir nunca de ellos.
Sin embargo, al cabo de un rato se movió un poco.
—Entonces... sobre esa conversación —dijo, y sentí que mi estómago se tensaba de inmediato.
—Ah, sí —respondí mientras me incorporaba para poder mirarlo—. Querías decir algo.
Parecía nervioso. Nervioso de verdad, lo cual era extraño porque Linden solía mostrarse muy seguro de sí mismo.
Pero ahora no estábamos en su invernadero.
Aquel era un territorio desconocido para ambos.
Sus ojos dorados se encontraron con los míos, y pude ver que luchaba con aquello que quería decirme.
—Me gustas —dijo por fin, dejando escapar las palabras como si llevara tiempo conteniéndolas—.
Y no solo sexualmente. Sé que apenas llevamos como un día haciendo esto y que probablemente sea demasiado pronto para decir algo así, pero no quería seguir fingiendo que para mí esto es algo casual. Porque no lo es.
Me quedé mirándolo, con el cerebro esforzándose por procesar lo que acababa de decir. Yo le gustaba. No solo quería follarme, sino que de verdad le gustaba. ¿Cómo podía ser posible? Me esforzaba al máximo por ser la persona más desagradable de todo el campus.
—Linden... —empecé, y mi voz sonó áspera—. No soy bueno para esta clase de cosas. Las relaciones. Los sentimientos. Nada de eso.
—Lo sé —respondió con sencillez mientras alzaba su gran mano para acunarme el rostro—. Pero me gustaría intentarlo. Si tú quieres. Sé que la situación es complicada por tu familia y porque me graduaré al final de este semestre, pero... no me parecía correcto no decírtelo.
Abrí la boca y volví a cerrarla. El corazón me golpeaba con tanta fuerza dentro del pecho que pensé que podría morir ahí mismo. Linden esperaba una respuesta, observándome con cautelosa esperanza en sus ojos dorados.
—No sé cómo se hace esto —dije por fin, apenas por encima de un susurro—. Eso de salir de verdad con alguien. Nunca... nunca había querido hacerlo.
—¿Pero ahora sí quieres? —preguntó, y había algo vulnerable en su expresión que me hizo querer protegerlo, lo cual era extraño porque literalmente triplicaba mi tamaño.
—Sí —admití mientras me pasaba una mano por el cabello—. Creo que sí. Pero no puedo prometerte nada, ¿de acuerdo? Al final del semestre... no sé qué va a pasar.
—¿Por qué no esperamos y vemos qué sucede? —propuso—. Pero al menos ahora podemos afrontar esto con sinceridad, en lugar de fingir que solo se trata de sexo.
Pensé en todas las formas en que aquello podía salir mal. Podía terminar con el corazón roto, unos padres furiosos o metido en alguna clase de problema con el decano por salir con mi nuevo supervisor. Tal vez las tres cosas.
—S-Sí —respondí al fin con un asentimiento—. Puedo intentarlo.
—Es todo lo que pido —dijo con una sonrisa. Entonces me atrajo hacia él con una mano carnosa y me dio un beso muy suave—. De verdad eres hermoso, ¿lo sabes?
Sonreí mientras sentía que el estómago se me contraía.
—Solo lo dices porque estoy sentado sobre tu verga.
Negó lentamente con la cabeza, sin apartar nunca de mí aquellos ojos dorados.
—No, Chispas. Lo digo en serio. Eres realmente hermoso.
No confiaba en mi voz. Así que, en lugar de hablar, lo rodeé con los brazos y enterré el rostro en su cuello.
Aquel dríade enorme y tonto iba a hacerme llorar, y todavía no estaba listo para algo así.
Nunca nadie me había hecho sentir de aquella manera.