Evergreen (Academia Widdershins #7) Capítulo quince Linden
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Capítulo quince Linden

En cuanto me senté a la mesa de la cafetería, la mirada de Nerion quedó clavada en mí. Incluso por el rabillo del ojo pude ver cómo una sonrisa socarrona se extendía por su rostro y ese aire de complicidad le arrugaba las comisuras de los ojos. Sabía que algo pasaba, que algo había sucedido.

—Teddy —dijo en voz baja, mirando a su novio, que en ese momento devoraba nuggets de pollo—. Ya no queda ningún virgen en esta mesa.

A Teddy se le cayó el nugget en el aderezo ranch y la boca se le abrió de par en par.

—¿Hablas en serio?

Nerion asintió.

—Si brillara un poco más, sería una bombilla.

Sentí que toda la cara me ardía.

—Nosotros no...

—Ay, claro que sí —me interrumpió Nerion, ensanchando la sonrisa hasta alcanzar proporciones absolutamente ridículas—. Prácticamente puedo ver la satisfacción irradiando de ti. Además, tienes ese resplandor de después del sexo. Es demasiado obvio.

—No tengo idea de qué estás hablando —dije con voz inexpresiva mientras tomaba mi vaso de agua y vaciaba la mitad de un solo trago. El agua fría no hizo nada por refrescarme las mejillas encendidas.

Teddy me miraba como si acabara de anunciar que me habían brotado alas.

—Entonces, ¿tú y Cass de verdad...?

—No es...

Pero Nerion ya había comenzado su interrogatorio.

—¿Cuándo? —exigió—. ¿Cuánto duraron? ¿Estuvo bueno? Por favor, dime que estuvo bueno, porque mereces tener al menos una experiencia sexual decente antes de graduarte.

—Estás loco —murmuré, clavando el tenedor en mi comida con más fuerza de la estrictamente necesaria—. ¿Podemos no hablar de esto ahora? Estamos en plena cafetería.

—Eso no te detuvo con nosotros —observó Teddy con calma, y le lancé una mirada que lo hizo levantar las manos en señal de rendición fingida—. Solo digo que insististe muchísimo en que nosotros dos nos juntáramos, delante de todo el mundo, en la fiesta de Halloween del año pasado.

—Eso era diferente —dije, aunque no estaba del todo seguro de por qué. Simplemente no quería estar equivocado—. Ustedes dos ya estaban bastante involucrados. Solo necesitaban un empujoncito.

Nerion se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho con ese aire satisfecho que indicaba que ya había decidido que había ganado la conversación.

—Entonces, ¿qué pasa con ustedes, Linden? ¿Ahora sí están juntos o solo fue cosa de una vez?

No tenía una respuesta para eso. La verdad era que no estaba del todo seguro de qué éramos Cass y yo. Nos habíamos practicado sexo oral, sí, y había sido genial. Pero no habíamos hablado de lo que significaba. No habíamos discutido si aquello era algo puramente físico o si había algo más.

Pero, en el fondo, sabía cuál quería que fuera la respuesta.

—No lo sé —admití al fin, odiando lo inseguro que sonaba—. No hemos hablado de eso.

—Bueno, probablemente deberían hacerlo —dijo Teddy con sensatez—. Antes de que las cosas se compliquen demasiado.

—Las cosas ya están complicadas —señalé—. Se supone que soy su supervisor. No esto, sea lo que sea en lo que se está convirtiendo.

—¿Eso es lo que Cass piensa al respecto? —preguntó Nerion—. ¿O de verdad le gustas por algo más que tu gran verga verde?

Fruncí el ceño.

—No sabes qué tan grande es ni que es verde.

—Linden, cariño —dijo Nerion con una sonrisa—. Fuimos compañeros de cuarto durante dos años. Todo tú es verde. ¿Y de verdad crees que nunca se te paró mientras dormías? —Su sonrisa volvió a ensancharse—. Armas una carpa lo bastante grande para cuatro personas.

Sentí que la cara me ardía todavía más, si acaso era posible.

—Eres lo peor.

—Soy el mejor y lo sabes —dijo Nerion, estirando la mano para robarme una papa frita—. Pero, en serio, tienes que hablar con él. Averiguar qué es esto. Porque, si no lo haces, vas a pasarte los próximos meses suspirando por él y sintiéndote miserable, y no voy a permitirlo.

—¿Por qué te importa tanto? —pregunté, genuinamente curioso—. Entiendo que quieres que sea feliz y todo eso, pero hasta para ti esto parece demasiado.

Teddy y Nerion intercambiaron una mirada que no logré descifrar. Era la clase de mirada que las parejas se dirigían cuando se comunicaban algo sin palabras. Al final, Nerion se encogió de hombros.

—Porque sé lo que es tener miedo de dejar entrar a alguien —dijo en voz baja, y había algo en su tono que hizo que me lo tomara en serio—.

Y sé lo que es estar a punto de perder a alguien por ser demasiado terco para admitir lo que sientes.

Tuviste un asiento en primera fila para presenciar mi estupidez y no quiero eso para ti.

No supe qué responder. Nerion no solía tomarse nada en serio, así que, cuando lo hacía, sus palabras golpeaban de otra manera. Jugueteé con la comida mientras pensaba en lo que había dicho. En Cass. En si de verdad quería que aquello fuera algo más que sexo.

La respuesta llegó de inmediato y con una claridad sorprendente. Sí. Lo quería.

—Está bien —dije al fin—. Hablaré con él. Después de nuestro turno de esta noche. Lo llevaré otra vez a mi habitación.

—¡Ajá! —gritó Nerion, señalándome con un dedo—. ¡Lo sabía! ¡Ustedes dos sí se dieron con todo!

—Voy a matarte —dije con voz inexpresiva, aunque sin verdadera furia. Nerion se limitó a reír, completamente indiferente a mi amenaza.

—Me quieres —dijo mientras me robaba otra papa frita—. Ahora, vamos, suéltalo. Detalles. Quiero saberlo todo.

—De ninguna manera —respondí, pero Teddy ya me sonreía como si estuviera ansioso por escuchar. Suspiré al comprender que no saldría de esa sin contarles algo—. Está bien. Pero no voy a narrarles todo jugada por jugada. Eso es privado.

—Es justo —dijo Teddy, lanzándole a Nerion una mirada que sugería que debía controlar un poco su entusiasmo—. Entonces, ¿salió bien?

—Sí —admití, sintiendo de nuevo aquel cálido revoloteo en el pecho con solo pensarlo—. Muy bien, de hecho. Fue muy paciente. Y no me hizo sentir como una mierda por no tener idea de lo que estaba haciendo.

—Sorprendente —dijo Nerion—. Así es Cass detrás de esa fachada de imbécil, ¿eh?

—No es un imbécil —me descubrí diciendo, defendiéndolo casi por instinto—. Solo tiene miedo. De decepcionar a la gente. De no ser lo bastante bueno. Como todos los demás.

Nerion y Teddy intercambiaron otra de aquellas miradas, y comprendí que probablemente acababa de revelar más de lo que pretendía.

Pero era verdad. Cuanto más tiempo pasaba con Cass, más lo entendía.

Debajo de todo aquel mal humor y esa actitud defensiva había alguien a quien las cosas de verdad le importaban profundamente. Solo que no sabía cómo demostrarlo.

—Así que te gusta —afirmó Nerion, sin molestarse en formularlo como pregunta.

—Yo... sí —admití—. Me gusta.

—Bien —dijo Teddy, asintiendo con aprobación—. Porque es obvio que tú también le gustas. La forma en que te mira cuando cree que nadie lo ve prácticamente lo delata.

—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunté, un poco a la defensiva—. No pasas tanto tiempo con nosotros.

—Estuve en el invernadero el otro día —me recordó Teddy—. Mientras Nerion pintaba. Y vi cómo te observaba mientras trabajabas. Tuvo los ojos pegados a ti casi todo el tiempo.

Sentí que las mejillas volvían a calentárseme.

—Es que soy grande. Es difícil no verme.

—No es por eso y lo sabes —dijo Nerion, inclinándose hacia delante—. Está embobado contigo. Créeme. Ya vi esa mirada en hombres a los que hechicé. Te desea con unas ganas de la puta madre.

Teddy puso los ojos en blanco, pero no discutió, lo que tomé como confirmación de que Nerion probablemente tenía razón.

La idea hizo que se me revolviera el estómago con una mezcla de esperanza y ansiedad.

¿Y si Cass de verdad sentía algo por mí?

¿Qué significaría eso para nosotros al final del semestre?

A él aún le quedaban dos años y yo me graduaría. Estaríamos en mundos distintos.

—En realidad, ¿puedo preguntarles algo? —dije, mirando de uno a otro—. Cuando se conocieron... ¿sintieron algo diferente entre ustedes? —Miré a Nerion—. Tú te coges a cualquier cosa que tenga pulso...

—¡Cómo te atreves...!

—Entonces, ¿qué hacía diferente a Teddy? —terminé antes de que pudiera seguir protestando—. ¿Por qué no pudiste pasar a otra persona?

Nerion guardó silencio un momento y su sonrisa socarrona habitual se desvaneció, reemplazada por una expresión más reflexiva. Estiró la mano y tomó la de Teddy, entrelazando sus dedos como si fuera lo más natural del mundo.

—No fue una elección —dijo al fin, con la voz más suave de lo que jamás se la había oído—.

Intenté mantenerlo como algo casual. Intenté convencerme de que solo era sexo, solo diversión, solo una forma de quitarme las ganas.

Pero entonces él decía alguna tontería o algo dulce y yo sentía esta...

descarga. Como electricidad. Como si mi magia se sintiera literalmente atraída hacia él.

Teddy le apretó la mano mientras una leve sonrisa asomaba en las comisuras de sus labios.

—He hechizado a muchas personas por accidente —continuó Nerion—.

Eso es lo que hace mi canción, ¿no? Hace que la gente me desee.

E incluso sin la canción, sabía cómo conseguir lo que quería.

Pero siempre era yo quien tenía el control, aquel a quien deseaban.

Con Teddy, en cambio, era al revés. Yo era quien estaba cayendo bajo el hechizo.

Y eso me aterraba porque sabía que, si alguna vez él dejaba de corresponderme, literalmente me convertiría en espuma de mar y dejaría de existir.

Sentí que se me retorcía el estómago mientras lo escuchaba. Yo había estado allí todo el tiempo y, aun así, oír la historia me recordó cuánto se había arriesgado Nerion con Teddy. Todo lo que había puesto en juego por él.

—Entonces dices que debería decírselo —dije despacio—. Decirle lo que siento. Aunque no sepa qué pasará después de graduarme. Aunque todo pueda venirse abajo.

—Creo que lo que estamos diciendo —intervino Teddy con suavidad— es que no decir nada garantiza que todo se venga abajo. Al menos, si eres sincero, le das una oportunidad.

Nerion asintió.

—Además, eres una dríada. Solo tienes que visitar la arboleda una vez al mes, más o menos, para recargar tu energía. Así que puedes verlo tan seguido como quieras. No es como si los de tu especie fueran muy aficionados a conseguir empleos normales ni nada por el estilo.

—Suponiendo que él quiera hacer que funcione —dije, aunque ya estaba pensando en cómo abordar el tema. En qué le diría a Cass. En cómo podría explicarle que lo ocurrido entre nosotros no había sido solo cosa de una vez para mí.

—Querrá —aseguró Nerion con absoluta certeza—. Confía en mí. Se le nota en toda la cara. Y aunque no funcione, al menos la pasaste bien, ¿no?

Quería creerle. Pero, mientras terminaba de almorzar y regresaba al conservatorio, no pude librarme de la ansiedad que se enroscaba en mi estómago.

¿Y si estaba interpretando mal la situación?

¿Y si Cass solo quería sexo y nada más? ¿Y si decirle lo que sentía arruinaba lo que apenas habíamos empezado a construir?

La única forma de averiguarlo era hablar con él de verdad.

Cuando llegué al invernadero, ya tenía los nervios de punta.

Así que, en lugar de quedarme sentado y analizar en exceso hasta el último pensamiento que había tenido en toda mi vida, me lancé de lleno al trabajo.

La mayor parte de los escombros ya estaba despejada, y eso significaba meter las manos en la tierra.

Eso, más que cualquier otra cosa, me tranquilizaba.

La tierra estaba fresca y húmeda bajo mis dedos, rica en esa clase de fuerza vital que hacía cantar mi magia.

Trabajé metódicamente, retirando los últimos restos carbonizados y midiendo los niveles de pH para determinar qué enmiendas necesitaríamos.

Era un trabajo meditativo, de esos que permitían que mi mente divagara mientras mis manos se mantenían ocupadas.

Llevaba alrededor de una hora trabajando cuando oí pasos en el sendero de grava. No necesité levantar la vista para saber que era Cass. Ya se me daba bien reconocer el sonido particular de su andar. Era rápido, un poco impaciente, como si siempre tuviera prisa por llegar a alguna parte.

—¿Siempre estás aquí? —preguntó mientras dejaba el bolso cerca de la mesa de trabajo.

—En cierto modo, es mi trabajo —respondí, lo cual era bastante cierto. Solo omití que la verdadera razón era consumir parte de la energía nerviosa que me recorría las venas—. Y mi carrera. ¿Por qué llegaste tan temprano?

—Quería practicar un poco antes de que empezáramos con el trabajo de verdad —dijo Cass, y pude oír algo diferente en su voz. Algo más ligero, quizá. Menos reservado—. La profesora Blackwood me dio algo para ayudarme con mis problemas de control. Ahora tenemos sesiones dos veces por semana.

Levanté la vista de la tierra, genuinamente impresionado.

—Eso es genial. Ella no suele aceptar estudiantes adicionales.

—Sí, bueno. —Se encogió de hombros y fue a tomar uno de los guantes de trabajo del estante—. Al parecer tengo potencial o algo así. Palabras suyas, no mías.

No pude evitar sonreír. Cass lo estaba intentando. Intentándolo de verdad. Y no solo para terminar antes con su castigo. Estaba invirtiendo en sí mismo, en mejorar el control de su magia.

—Eso es muy bueno —dije con sinceridad—. Tendrás que mostrarme en qué has estado trabajando.

—Quizá más tarde —dijo, y había algo en su tono que me hizo pensar que tenía otra cosa en mente.

Estaba más callado que de costumbre, menos propenso a sus típicos comentarios sarcásticos—.

¿Te importa si trabajo un poco en el vidrio?

—Para nada —dije, indicándole con la mano el otro extremo del invernadero—.

De todos modos, tengo muchas plantas en las que trabajar.

—Gracias —dijo mientras se dirigía hacia la pila de vidrio. Entonces se detuvo y volvió la mirada hacia mí—. ¿Y quizá más tarde podamos escabullirnos otra vez a tu habitación? Tengo algunas cosas que quiero mostrarte.

Las mejillas se me encendieron de inmediato y sentí que la verga me daba un tirón dentro de los jeans.

—Eh... sí. Eso sería... genial.