Capítulo diez Cass
Un extraño estremecimiento me recorrió el cuerpo cuando los labios de Linden se encontraron con los míos.
Fue eléctrico, intenso, y me recordó muchísimo lo que sentía cuando intentaba conjurar una tormenta.
Pero, en lugar de esa sensación turbulenta y caótica que solía acompañar a las tormentas, solo sentí… paz.
Así que me entregué al beso. Le devolví la presión y, antes de poder contenerme, le rodeé el cuello con los brazos.
Entreabrí los labios, invitándolo a entrar.
Él aceptó la invitación sin vacilar y su lengua danzó contra la mía.
Durante un breve instante, todo lo demás dejó de importar.
Solo existíamos Linden, yo y ese beso que llenaba la noche de enero con un calor que no sabía que fuera posible.
Alzó las manos para sostenerme el rostro, y sentí la calidez de su magia filtrarse en mi piel como la luz del sol.
Mi propia magia respondió con entusiasmo, crepitando por mis venas de una manera que debería haber resultado caótica, pero que, de algún modo, se sentía…
bien. El aire a nuestro alrededor se volvió más cálido, y habría jurado que sentía la nieve derritiéndose bajo nuestros pies.
Me aparté del beso, respirando con dificultad, todavía con la frente apoyada contra la suya.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté entre jadeos.
—No lo sé —admitió Linden con voz ronca—. Solo… quería hacerlo, supongo.
Quería hacer algún comentario sarcástico, apartarlo de un empujón y fingir que aquello no estaba sucediendo. Pero no conseguía obligarme a hacerlo. No mientras me mirara de esa manera.
—Probablemente deberíamos volver —me oí decir, aunque lo último que quería era abandonar ese claro, abandonar ese momento en el que, de pronto, todo se sentía diferente—. Tus amigos seguramente se preguntan dónde estamos.
—Sí —coincidió Linden, pero no se movió. Todavía tenía las manos sobre mi rostro y trazaba suaves círculos en mis pómulos con los pulgares.
Cuando no se movió, alcé las manos y lo sujeté de las muñecas para apartar con suavidad sus manos de mi rostro.
—Créeme —dije en voz baja—. No quieres involucrarte conmigo. Solo te traerá problemas.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo —ofreció.
—Yo no —respondí, odiando el sabor que esas palabras dejaron en mi lengua—. No vale la pena, te lo prometo.
Retrocedió, y vi cómo su expresión pasaba de la esperanza a la resignación. Fue como ver a alguien cerrar una puerta, y me odié por ser quien se la cerraba de golpe en la cara.
—Está bien —dijo en voz baja, dejando caer las manos a los costados—. Si eso es lo que quieres.
—Así es —mentí, dándole la espalda antes de que pudiera ver más allá de tanta mierda. Antes de que viera cuánto deseaba retractarme, atraerlo de nuevo hacia mí y volver a besarlo hasta que el mundo dejara de tener sentido.
—Necesito recoger algunas cosas —dijo, apartándose de mí—. Espera aquí.
Durante diez minutos esperé junto al árbol de duramen mientras Linden recorría la arboleda de un lado a otro. No podía apartar la mirada mientras retiraba la nieve para recolectar semillas, desenterrar pequeños retoños y llenar un par de bolsas con tierra. El silencio casi me mató.
También recorrimos en silencio el camino de regreso al círculo de teletransportación.
Para entonces, la aurora se había desvanecido por completo y solo quedaban las estrellas y, a lo lejos, el tenue resplandor de la academia.
Mi corazón seguía desbocado, mis labios todavía hormigueaban por el beso y cada célula de mi cuerpo me gritaba que era un idiota.
Me había besado. Linden, esa dríada enorme, gentil e increíblemente amable, de verdad me había besado. Y yo se lo había arrojado a la cara como si no significara nada.
Porque traería problemas. Porque yo era un problema.
Porque involucrarme con él solo terminaría con Linden dándose cuenta del completo desastre que yo era y deseando no haber perdido su tiempo conmigo.
Era mejor alejarlo ahora que permitir que se acercara lo suficiente para herirme cuando inevitablemente me abandonara.
Por no mencionar que a mis padres les daría un puto ataque si salía con alguien que no fuera brujo.
Ninguna de las personas con las que tanto ansiaban entablar amistad permitía que sus hijos salieran con alguien ajeno al círculo de brujos, así que dudaba que quisieran que yo lo hiciera.
Al menos, eso era lo que me decía. No hacía que el nudo en mi estómago fuera más fácil de soportar.
Cuando regresamos al invernadero, Nerion y Teddy todavía estaban allí, aunque habían avanzado mucho con la pintura.
Podía ver el contorno de la estructura en ruinas tomando forma sobre el lienzo, representado en tonos verdes y dorados de una belleza inquietante que, de alguna manera, hacía que la destrucción pareciera casi intencional. Hermosa. Artística.
—Se tomaron su tiempo —observó Nerion, sin siquiera levantar la vista de su trabajo. Pero percibí el tono de quien sabe algo en su voz. Sabía que había sucedido algo. De algún modo, sencillamente lo sabía, carajo.
—Solo fuimos a buscar algunos especímenes —dijo Linden con una voz cuidadosamente neutra—. Nada emocionante.
—Ajá —murmuró Nerion, volviéndose por fin para mirarnos.
Sus ojos pasaron de Linden a mí, catalogando cada detalle.
El hecho de que no estuviéramos cerca el uno del otro.
Que los labios de Linden parecieran un poco hinchados.
Que yo no consiguiera mirar a nadie a los ojos—.
Bueno, Teddy y yo probablemente no nos quedemos mucho más.
Ya está demasiado oscuro para pintar. —Nerion volvió a mirarnos a Linden y a mí—.
Vamos a entrar a escondidas al edificio de deportes para nadar. ¿Quieren venir?
—Probablemente no debería meterme en más problemas —dije enseguida—. Ya estoy en la cuerda floja con el decano.
—Deberías ir —dijo Linden, y odié la rapidez con que lo hizo. Como si sintiera alivio por tener una excusa para alejarse de mí—. Yo debería quedarme a guardar estas cosas. Pero tú puedes ir. Terminamos por esta noche.
La expresión de Nerion se tornó decepcionada, pero no presionó a Linden.
Él y Teddy comenzaron a guardar sus materiales, y yo ayudé sin que me lo pidieran.
Cualquier cosa con tal de no mirar a Linden, de no pensar en cómo se habían sentido sus manos sobre mi rostro ni en cuánto había disfrutado ese beso.
—Vamos, Cass —dijo Nerion mientras se colgaba el bolso del hombro—. Parece que te vendría bien nadar. Para despejarte o algo así.
Sabía que debía quedarme allí y enfrentar lo que fuera que sentía por Linden. Pero el cobarde que había en mí ganó, y de todos modos acabé siguiéndolos hacia el edificio de deportes. Era mejor huir que quedarme y enfrentar lo que acababa de desechar.
Mientras atravesábamos el campus, sentía los ojos de Nerion sobre mí.
Sin duda iba a hacer preguntas y, sin duda, yo no tendría respuestas.
Lo inteligente sería decirle que se ocupara de sus propios asuntos, pero algo me decía que eso no lo detendría.
Nada parecía detener a ese tipo una vez que algo despertaba su curiosidad.
—Entonces —dijo Nerion cuando llegamos al edificio de deportes—, ¿qué pasó en la arboleda?
—Nada —respondí con frialdad.
—Ajá. —Abrió la pesada puerta—. Tan malo fue, ¿eh?—No fue malo —repliqué, saltando de inmediato en defensa de Linden.
—Entonces sí pasó algo —dijo Nerion con una sonrisa—. Suelta la sopa. Quiero todos los detalles.
—Me mostró la arboleda —dije al fin mientras caminábamos hacia la piscina—. Fue… agradable. Bonita. Las auroras boreales también estuvieron geniales.
Nerion arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo —confirmé, acercándome al borde de la piscina—. No pasó gran cosa.
Nerion se colocó a mi lado.
—No pasó gran cosa, ¿eh? ¿Por eso Linden y tú ni siquiera podían mirarse?
—Porque ambos estamos cansados —dije mientras me quitaba la camisa y luego las botas de una patada—. Fue un largo día de trabajo. No todo tiene que ser un enorme drama.
—Claro —dijo Nerion, obviamente sin creerme—. Y estoy seguro de que el hecho de que desaparecieran casi dos horas solo para buscar unas plantas no tiene absolutamente nada que ver con que ahora estés evitando mirarme a los ojos.—Era una larga caminata hasta la arboleda —rebatí.
—Seguro —dijo Nerion, asintiendo mientras se quitaba la ropa—. Una larga caminata.
Teddy se colocó junto a él y también empezó a desvestirse.
Me di cuenta bastante rápido de que ninguno de los dos tenía traje de baño.
Esperaba que simplemente nadaran en ropa interior.
Sin embargo, Nerion, quien era claramente la persona menos pudorosa del mundo, quedó desnudo en cuestión de segundos y, con la verga al aire, se lanzó de cabeza a la piscina.
Teddy me miró con una sonrisa antes de quitarse también la ropa interior de una patada y dejarse caer de espaldas al agua.
Me quedé allí un largo momento antes de decidir que se jodiera y también me desnudé por completo. Donde fueres, haz lo que vieres, o algo así. Me lancé a la piscina con ellos, pero mantuve la distancia. Para empezar, la única razón por la que estaba allí era para alejarme de Linden.
—Entonces, ¿se besuquearon, cogieron o qué? —preguntó Nerion cuando volvió a la superficie, con la voz reverberando contra los azulejos.
—Por Dios —suspiré—. ¿No puedes dejarlo ya?
—No —respondió con una sonrisa—. Linden es mi mejor amigo. Tengo que cuidarlo. Y a veces eso significa asegurarme de que tenga sexo.
—¿De eso se trata todo esto? —pregunté, mirando a los dos—. ¿De que tu amigo moje la verga?
—No es solo eso —respondió Teddy esta vez, interrumpiendo a Nerion antes de que pudiera hablar—. Linden es tímido y bastante solitario. Las dríadas son así. Pero trabaja muy duro y ayuda a todos los demás antes de cuidar de sí mismo.
—¿Así que quieres que me acueste con él? ¿Como qué? ¿Un premio de consolación?