Evangeline 6 #2
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6 #2

Rasgó lo que quedaba de mi camisón y quedé desnuda ante él. El corazón me iba a toda velocidad, no podía moverme. Me dolían los pezones de lo duros que estaban, del roce contra su ropa. Tenía que parar aquella locura y huir.

—Deja de intentar controlarte —gruñó.

—Yo…

—Quieres que te toque, deja de negarlo.

Su mano subió por mi abdomen y pellizcó uno de mis pezones. Gemí de dolor y placer.

—Y yo quiero que me calientes la polla con ese coño apretado mientras te corres conmigo dentro.

Un escalofrío me hizo estremecer cuando pellizcó mi otro pezón. Todo se oscureció. La iglesia, el cadáver y las catacumbas dejaron de preocuparme. La idea de que me poseyera volvió a ser lo único importante.

—Así, ángel —murmuró sobre mis labios, bajando la mano por mi vientre—. Permítete hacer lo que deseas. Ábrete para mí.

Mis piernas se separaron. Ya no quería frenar mis impulsos. Si de verdad le debía algo por salvarme, se lo daría encantada. No había nada que ansiara más que su tacto.

La violencia con que sus labios tomaron los míos deshizo mi autocontrol. El calor explotó en mi pecho y cuando sus dedos rozaron mi clítoris supe que estaba perdida, en mí y en él. No había vuelta atrás. Gemí entre un beso y otro, con las piernas temblorosas.

—Voy a comerte el coño, ángel. Voy a probarte y vas a soportar sin gritar como la buena esclava que eres.

Me arrancó los girones del camisón que colgaba de mis brazos y apretó mi cintura, estudiando cada centímetro de mi cuerpo.

—Qué dulce vista —murmuró mientras hincaba una rodilla en el piso y luego la otra—. Desde abajo te ves incluso más deliciosa.

Pasó una de mis piernas sobre su hombro. Mi sexo quedó a su merced y deslizó los dedos por mis muslos, haciendo círculos con mi humedad sobre la piel.

—Estás chorreando por mí. —Gemí cuando rozó mi clítoris—. Y nunca has follado con un hombre… —Se relamió los labios y sonrió—. Te va a doler, ángel.

Metió un dedo en mi interior con extrema facilidad.

—No importa lo mojada y relajada que estés. Quiero que te duela.

Y por retorcido que fuera, eso me excitaba más. Quería sentirlo de la peor manera, que me destrozara por dentro y por fuera.

—Lo haré —musitó antes de acercarse a mi sexo y lamerme.

La sensación me hizo cerrar los ojos. Era un cosquilleo suave, que relajaba mi cuerpo, al menos al inicio, mientras envolvía mi clítoris con la lengua. Sin embargo, empezó a ejercer más presión y sus dientes acariciaron el sensible punto.

—Eso, fóllame la boca, ángel.

Me estaba moviendo contra él sin pudor. Me penetró con un dedo y luego con dos.

Me estimulaba desde los puntos exactos y me cubrí la boca para no gritar.

El calambre subió por mis piernas y se arremolinó en mi vientre.

Una punzada de placer bajó a mi centro y el orgasmo se clavó en mí con la misma intensidad que sus dedos.

Me mordí la palma de la mano para ahogar los gemidos y me quedé sin aliento. Necesitaba un respiro, detenerme para recuperar el dominio de mi cuerpo.

—Ni pienses que hemos terminado.

Me hizo dar la vuelta y me inclinó sobre el altar. El frío del mármol contra mis pezones me arrancó un jadeo.

—Abre las piernas para mí, ángel.

Lo hice, temblando por mi orgasmo que no terminaba de desvanecerse. Deslizó la punta por mi clítoris y la calidez de su polla me tensó. Masajeó la zona, mi entrada, tan húmeda que chorreaba por mis muslos.

—Te voy a dar cada puto centímetro. Si gritas, lo haré más duro.

Se enterró en mí. Dolió sentirme estirada en un lugar tan íntimo y a la vez fue como si hubiese estado esperando aquella sensación toda mi vida.

—Despacio —supliqué cuando se movió en mi interior—. Es demasiado...

—No voy ni por la mitad, ángel.

Me tomó de las caderas y tuve que arquear la espalda. Mi trasero chocó con su pelvis y sentí cómo algo se rompía en mi interior. El dolor me atravesó el cuerpo cuando lo tuve dentro por completo.

Me mordí el labio para no gemir. No era posible sentirme a punto del orgasmo cuando me dolía cada uno de sus movimientos.

—Estás sangrando, ángel —dijo con voz ronca.

Ladeé la cabeza y me mostró sus dedos. Un color carmesí mezclado con mis fluidos. Se los llevó a la boca y los lamió. Los músculos de mi vagina se contrajeron a su alrededor.

—Si me aprietas así, te lo haré más duro.

Me embistió de una vez y los ojos se me llenaron de lágrimas. Se retiró despacio y volvió a hacerlo. Grité y me tomó del pelo, pegando mi cara al altar, sin delicadeza alguna.

—Callada, o estarás en problemas.

Se volvió a retirar y, con la tercera embestida, otro orgasmo me atravesó el cuerpo y me perdí entre balbuceos. Escuchaba su risa mientras se movía más despacio para prolongar mi placer. Me iba a desmayar si seguía así.

—Despierta y calladita —ordenó.

Me tenía de puntillas, con la espalda arqueada y el trasero expuesto, ahogando gritos de placer en lo que se encajaba en mí con violencia.

Me estampó la mano en el trasero y me mandó a callar, pero eso solo hizo que la sensación de otro orgasmo resonara en mi interior y las lágrimas se escaparan de los ojos.

La decoración dorada a mi alrededor se volvía borrosa.

Mis manos ensangrentadas se resbalaban por el altar tratando de soportar la fuerza con que me tomaba.

La iglesia, con sus asientos, el segundo piso con el palco del coro y el órgano se distorsionaban; la puerta por donde cada domingo todos entraban a misa parecía cada vez más pequeña.

El lugar más sagrado del pueblo estaba siendo profanado y me encantaba.

Lo habría hecho con gusto frente a todo Kencott River, en plena misa, con el cadáver de Penélope sangrando, su pecho destrozado y los ojos fijos en mí.

Estaba muerta, la había asesinado y sentía que me miraba. Era excitante y retorcido.

Estaba empujando el trasero contra sus embestidas. El golpeteo de nuestros cuerpos me recordaba a los huesos de Penélope quebrándose bajo mis golpes con el Atal. Un grito me rasgó la garganta cuando otro orgasmo me recorrió el cuerpo.

Era la maldad de las catacumbas, su pesada energía, la magia, la fuerza sobrenatural que me había dado. Cada sensación se magnificaba.

Asesina. Pecadora. Hija del demonio. Me iría al infierno cuando aquel placer terminara y lo haría con una sonrisa en los labios.

—No sabes quedarte callada —gruñó de mala gana y lloriqueé cuando salió de mí.

Me dio la vuelta y me sentó sobre el altar. Sus labios estaban manchados por la sangre que también tenía mis muslos. Acaricié la máscara de calavera. Se ensució de tierra y sangre de Penélope.

—Quiero escucharte gritar de verdad.

Me arrastró hasta que quedé al borde del altar.

Posicionó su polla en mi entrada y alcé las caderas para recibirla, pero no se movió.

Una niebla oscura se arremolinó a nuestro alrededor.

Nos cubría, también al cuerpo inerte de Penélope, y poco a poco nos envolvió hasta crear un capullo protector que no dejaba de girar.

Se parecía a la niebla que le acompañaba cada vez que aparecía de la nada, a la que enfriaba las catacumbas. El fantasma se acercó a mis labios.

—Ahora grita —susurró antes de penetrarme con la misma violencia.

Desde esa posición lo sentía más adentro y tenía vía libre a mi clítoris para torturarme en lo que me tomaba. Mi mente se nubló y caí sobre mi espalda.

—A partir de hoy, me perteneces. —Me obligó a mirarlo a los ojos y sus uñas se clavaron en mi piel—. Si tocas a alguien más, hombre o mujer, estarán muertos.

Agarró mis pechos y apretó mis pezones con los dedos.

Se aferró a ellos para seguir embistiéndome.

Ya no me escuchaba gemir o gritar. Estaba hundida en sensaciones que se mezclaban entre ellas.

Mi cuerpo ardía por dentro y por fuera. Era como si garras invisibles me destrozaran la piel, arrancándola girón a girón; en especial entre mis pechos.

Sobre mi estómago, ardía, quemaba. Parecía que me estaba rasgando con una navaja en ese punto y no me importaba.

Bajé la mano entre mis piernas y toqué su polla dura entrando en mí. El destello azul marino en los ojos del fantasma se vio más real, humano. Le gustaba que me tocara, así que masajeé mi clítoris con la fuerza que me quedaba, jadeando mientras él aceleraba las embestidas.

Un sonido grave proveniente de su pecho fue como música para mis oídos; estaba perdiendo el control. Mis dedos llenos de la sangre de Penélope resbalaban con facilidad sobre mi clítoris. Estaba llegando al orgasmo y cuando los sentí palpitar en mi interior, exploté una vez más.

Se vació en mí hasta la última gota. Su calor me invadió. Una sensación pesada, absorbente y muy parecida al llamado del cofre en las catacumbas nos envolvió y la sentí concentrarse en mi vientre. Venía de él y la había pasado a mí. Alargaba mi orgasmo y me hacía temblar todo el cuerpo.

Me tomó del cuello y me incorporó hasta que mis ojos estuvieron a la altura de los suyos. Azul marino, con largas pestañas y pupilas dilatadas. Una calavera blanca, ensangrentada. Unos labios perfectos, inflamados por cada beso violento.

—Descansa, ángel. Ahora eres mía.

Todo se oscureció y lo último que vi fue su sonrisa.