7
Estaba amaneciendo. La luz dorada caía sobre la pared opuesta. Distinguía mi armario, el escritorio desordenado y las sábanas bajo mis manos. Estaba en mi habitación y todo me daba vueltas.
Me costó incorporarme y el mareo empeoró. Se me revolvió el estómago y corrí al baño, apenas me dio tiempo a llegar al lavamanos para vomitar. Me quedó ardiendo la garganta y un gusto ácido en la boca. Temblaba de pies a cabeza.
El pitido en mis oídos no ayudaba, ni el sudor frío o los brazos viscosos; el dolor en los dedos contraídos por la fuerza que había hecho al sostener el Atal que se resbalaba de mis manos por toda la sangre que…
Se me escapó un jadeo y cerré los ojos con fuerza. Escuchaba mis gritos, ecos de pasos y gemidos. Huesos partiéndose, voces provenientes de las paredes. Los recuerdos de la noche anterior estaban floreciendo.
Busqué valor en lo más profundo de mi ser y abrí los ojos lentamente. La chica que me devolvió la mirada en el espejo parecía asustada, pálida y tenía el pelo revuelto, pero no había nada más. Mi piel estaba limpia, el camisón blanco y mis manos perfectas.
Los sonidos, las sensaciones y las imágenes borrosas y perturbadoras eran fruto de otra de mis pesadillas.
Exhalé un suspiro y pegué la espalda a los fríos azulejos.
Mi cuerpo se relajó, el mundo volvió a su lugar y el ardor en mi estómago se fue aliviando hasta que el sonido de alguien aporreando la puerta de mi habitación me asustó.
—Eva, ¿estás ahí? —Reconocí la voz de Alyssa—. Por favor, ábreme. Dime que estás ahí.
No me dio tiempo a hablar cuando abrí la puerta. Me abrazó con tanta fuerza que casi me caigo.
—Estaba a punto de volverme loca —sollozó sobre mi hombro—. ¿Dónde te metiste?
Se alejó sin soltarme los brazos, inspeccionando mi cuerpo para comprobar que estaba bien.
—¿De qué…? —No reconocí mi voz, ronca y grave. Me dolía la garganta—. ¿De qué hablas?
—Las catacumbas. Te perdiste. Te buscamos por todos lados y no aparecías. Faltaba una hora para que amaneciera y, si no subíamos, estaríamos en problemas. A los chicos casi los atrapan cuando escaparon por el patio del convento.
—¿Catacumbas?
Alyssa frunció el ceño y su rostro trajo imágenes conocidas a mi mente: ella hablándome, besándome, poniendo algo en mi mano y diciendo que me defendiera. Todo había sido una pesadilla. Lo que me decía no tenía sentido.
—¿Recuerdas lo que hicimos ayer?
—Sí —mentí.
—Entonces, ¿dónde estabas?
No tenía una mentira para inventar, no entendía nada.
—¿Penélope te lastimó?
Yo arrastrándome por el piso, gritando, con alguien persiguiéndome, alguien que quería matarme.
—¿Eva? ¿Pasó algo más con Penélope? —Tomó mis manos—. Tampoco la encontramos. Le dije a Regina que fuera a buscarla a su habitación.
Más imágenes se agolparon en mi mente. La sensación de sangre y tierra manchando mis manos volvió, el sonido de huesos quebrándose, unos ojos sin vida mirándome, los de Penélope.
—Eva, reacciona. ¡Eva! —Alyssa me zarandeó y volví a la realidad, agitada y temblando—. ¿Qué te pasa? ¿Qué hiciste ayer que…?
Su mirada se perdió a mi espalda y el miedo cubrió sus dulces facciones.
—¿De dónde sacaste eso?
Giré sobre mis pies y vi a lo que se refería. Sobre mi mesa de noche descansaba un atalis de plata con cuentas de nácar junto a un cofre que resultaba familiar.
—¿Encontraste el cofre y…? —Arrugó las cejas—. ¿Gabriel te dio su atalis?
No tenía ni idea de lo que hablaba, pero sabía que había visto aquel cofre en un dibujo y en una tarima circular. Había deseado tocarlo y quedarme con él. Era importante, valioso por alguna razón.
—¿Eva, estás bien? ¿Necesitas que…?
La voz de Alyssa se fue apagando una vez más.
Ese no era el cofre que había visto, que bailaba en mis recuerdos distorsionados. Ese tenía algo grabado en la tapa, mi nombre, «Evangeline», en letras plateadas. Este solo tenía los decorados florales sobre el nácar que destellaba con la luz del sol.
Luz amarilla, paredes decoradas con cráneos humanos, una estatua alada, oscuridad y una máscara de calavera. Un ardor me revolvió el estómago, no por las ganas de vomitar, sino por el dolor entre mis pechos.
La sensación era insoportable y conocida. Garras de un animal, un monstruo, enterrándose en mi piel. Lo había sentido la noche anterior y no me había importado. Me habían lastimado y yo me había ahogado en placer. Pero eso tampoco tenía sentido.
Abrí mi camisón para encontrar la piel entre mis pechos irritada. Me quemaba.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
Los ojos verdes de Alyssa pasaban de mi cara a la piel expuesta.
—¿No lo ves? —murmuré, señalando mi piel que se enrojecía cada vez más.
Alyssa entrecerró los ojos y negó. Corrí al baño y me encerré, ignorando sus llamados. No sabía qué había pasado la noche anterior, qué parte había sido real al buscar y recorrer las catacumbas y cuál era fruto de mi mente atormentada.
Me paré frente al espejo con el dolor intensificándose. Varios arañazos rectos fueron mostrándose entre mis pechos, entrecruzados, cada vez más profundos, hasta que un hilo de sangre se deslizó por mi abdomen.
Garras invisibles marcaban mi piel deletreando una palabra: