6
Traté de empujar el concreto que tapaba el camino y nada pasó. El fantasma me había engañado, y yo caí a pesar de que dijo que quería matarme y dejarme atrapada en las catacumbas. A eso se refería al decir que había castigos peores que la muerte.
Mi única vía de escape era regresar, y escuchaba a Penélope rabiando y tratando de alcanzarme. Le costaba encogerse para ascender; era más alta que yo. Eso no la detendría por siempre y, si bajaba, estaría a su merced.
Chillé con todas mis fuerzas y le di puñetazos al bloque de cemento hasta que se me rasgó la voz. Sollocé. Polvo y piedrecitas cayeron sobre mi cabeza, pero no conseguí nada.
Maldije a mi hermana por dejarme sola. A mí misma, por ambiciosa, por querer conseguir un estúpido cofre y por haber salido de mi habitación huyendo de las pesadillas.
Me detuve, agitada, sin fuerza. No escuchaba a Penélope, quizás se había dado por vencida. Igual no podía hacer nada. Cerré los ojos y traté de detener las lágrimas.
Evangeline.
Susurró la voz espectral y los vellos se me pusieron de punta.
Busqué de dónde venía el sonido y fue mi inspección la que me hizo dar con un fino hilo de luz. Mis golpes habían dejado expuesta una rendija. Saqué la navaja que seguía en mi bolsillo y con manos temblorosas inserté la hoja. Había algo al otro lado.
Hice palanca con la navaja. El pasadizo no estaba sellado por completo.
Insistí con los puñetazos hasta que las manos me dolieron y finalmente algo se movió.
Usé mis últimas fuerzas para impulsarme con los pies y mover lo que resultó ser una trampilla.
Trepé como pude hasta salir del agujero y quedé sobre el mármol helado, mirando al techo de la nave principal de la iglesia, el Atal adornando la pared a mi espalda y el altar a mis pies.
La entrada a las catacumbas se disimulaba perfectamente con una plancha de mármol. Nadie la notaría a menos que supiera de su existencia. Sollocé, aliviada, con el aire puro inundando mis pulmones. Estaba a salvo, iba a…
—Maldita mosca muerta, te voy a cortar el cuello.
Penélope apareció de la nada, asomando la cabeza por la entrada secreta, y agarró mi pie. Pataleé para liberarme y mi fuerza la ayudó a salir del agujero. Se lanzó sobre mí y me dio un puñetazo. Todo me dio vueltas cuando me tomó del cuello. Sentía el pómulo adormecido.
Pelea, susurró el fantasma desde algún lugar.
Me estaba estrangulando. Estiré la mano para alcanzar mi navaja. Se apartó a tiempo cuando traté de clavarla en su brazo para que me soltara. Logré levantarme, pero perdí el arma.
—Basta, Penélope.
—¡Cállate!
Se apoderó de mi navaja y retrocedí hasta que mi espalda chocó con el altar.
Me cruzó la cara con un golpe y me hizo un corte.
La sangre caliente se deslizó por mi mejilla.
Me quedé temblando y con los ojos clavados en ella.
Estaba sucia, con ojeras violáceas que nunca le había visto y los ojos inyectados en sangre.
El tono verdoso de su piel empeoraba su aspecto.
—Vas a pagar, Marianne.
—Yo no soy mi hermana —mascullé—. Estás loca.
—Me abandonaste. Te amaba y me dejaste por esa zorra.
—¡Marianne está muerta!
Forcejeamos y logré desarmarla. Me tomó del cuello y clavó las uñas en mi piel.
Arañé sus antebrazos hasta que la fuerza me empezó a fallar.
Estampó mi espalda contra el altar y se subió encima de mí.
Descargó su peso sobre mi cuello y apretó con más fuerza.
Su rostro se desdibujó y todo se oscureció.
A ciegas palpé la superficie del altar. Tenía que defenderme. Mis dedos tocaron algo frío y metálico. A punto de desmayarme, me concentré en sobrevivir, agarré el objeto desconocido y le pegué con él en la cabeza.
Penélope cayó al piso y comencé a toser. Me ardía la garganta y me fallaron las piernas. Tenía un Atal en la mano, el que el panenk usaba para bendecir a la iglesia durante las misas. Pesado, de oro, con sus cuatro puntas torcidas.
Penélope se sostuvo la cabeza y trató de ponerse de pie. No lo permití y le volví a pegar con el Atal, esta vez por el costado. Soltó un chillido que retumbó por la iglesia, pero no me importó que alertara a alguien. Estaba harta de sentirme vulnerable y abusada.
—Yo no soy mi hermana —dije con una voz grave y temblorosa.
La mirada frenética de Penélope había desaparecido. No solo estaba aturdida por los golpes, también se veía como si acabara de salir de un trance. Las ojeras estaban más claras y su piel había recobrado algo de color.
—Eres peor —murmuró con los ojos muy abiertos—. Eres Evangeline, la mosca muerta reprimida. La loca que ve fantasmas por las esquinas.
—Cállate.
—¿Creíste que tu locura era un secreto? Todos en la congregación saben que estás demente. Eres una mentirosa perturbada que terminará sola como su asquerosa madre.
—¡Cállate!
—Marianne también te abandonó. —Se le escapó una carcajada—. ¿Sabes lo que me decía?
Las manos me temblaban y el ardor en la garganta se iba convirtiendo en fuego en mi pecho.
—Planeaba deshacerse de ti desde que eran niñas.
—Eso no es cierto.
—No te quería, decía que estabas mal de la cabeza, que veías cosas, que querías hacerle creer que eran reales. Estaba cansada de cuidarte. Me hizo prometer que no te lastimaría porque eras una retardada. Te tenía lástima.
—¡Dije que te callaras!
—Perdedora. Estúpida. No eres nada y no…
Le estampé el Atal en el frente y cayó de espaldas. Me subí encima de ella. La cólera subió por mi pecho. Cada insulto y risa, las malas miradas, su deseo de hacerme pagar cuando jamás le había hecho daño, ni a ella ni a nadie.
—Yo estaré sola y loca —mascullé—, pero tú te vas a morir siendo la niña a la que nunca nadie ha querido.
Empuñé el Atal con las dos manos y lo enterré en su pecho. Una fuerza descomunal se apoderó de mi cuerpo y repetí el movimiento una y otra vez. Todo se oscureció y solo escuchaba algo chapoteando en el fondo de mi mente. Mis brazos se sentían calientes y las manos pegajosas.
No me detuve hasta que la fuerza me abandonó.
Me dolían los brazos y poco a poco la luz de la iglesia iluminó lo que había frente a mí.
El tórax de Penélope estaba abierto a la mitad, con huesos partidos, costillas fracturadas y sangre, mucha sangre.
Cubría mi camisón, mis manos; de ahí venía la calidez.
El charco carmesí se expandía por el suelo, mojando el pelo oscuro de la chica que acababa de matar.
Solté el Atal que provocó un estruendo al chocar con el mármol.
«La maté».
Me puse de pie y di un paso atrás. Mis brazos cayeron a los lados de mi cuerpo, agarrotados. Me cosquilleaban los dedos pegajosos. Mis manos eran un desastre, manchadas de tierra y sangre.
«La maté».
Un sollozo se escapó de lo más profundo de mi pecho y las rodillas me fallaron. El frío y una fugaz oscuridad me rodearon a la vez que los brazos del fantasma. No me dejó caer.
—Tranquila, ángel. Lo hiciste muy bien.
—La maté —jadeé—. Está muerta.
—Eras tú o ella, y siempre tienes que escogerte a ti.
—Yo no quería, no me di cuenta. —Estaba hiperventilando—. Es lo que dijiste. Son las catacumbas. Yo no lo hice. No es mi culpa. No…
—Tú la mataste. Tú querías matarla.
—Mentira. —Lo empujé y casi me caigo—. Dijiste que la gente cambiaba, que ahí abajo hay algo maligno, que te encerró, que matas para alimentarlo. Eso me hizo matar a Penélope, ¡yo no quería!
El fantasma se irguió en toda su estatura y me tomó de la barbilla. Me obligó a mirar el cuerpo inerte. La sangre bajaba por la escalera que precedía al altar, acercándose a los primeros banquillos.
—Las catacumbas pueden dar fuerza sobrenatural y nublar el juicio, encerrarte, atraparte o poseerte, pero nunca te obligan a hacer algo que no quieres. —Se acercó a mí y su nariz rozó mi oreja, enviando un cosquilleo por todo mi cuerpo—. La querías ver muerta.
—No.
—Busca en lo más profundo de tu ser. Deja de mentirte y dime lo que sientes.
—No soy una asesina.
—Ahora sí. —Su mano se cerró alrededor de mi cuello y me obligó a mirarlo—. Asúmelo. Acéptate. Abraza tu maldad, ángel.
El calor que se apoderó de mi cuerpo me hizo dejar de temblar.
—La odiabas —susurró al dar un paso y mi trasero chocó con el altar—.
Odiabas que tu hermana estuviera con ella con tal de sacarle dinero; sabías que le daba asco.
Odiabas cómo trataba a Regina y cómo te empezó a mirar desde que Marianne desapareció.
—Pegó su cuerpo al mío y se inclinó—. Querías que desapareciera, querías defenderte. Querías matarla y lo hiciste.
Se me escapó un jadeo al sentir la dureza de su entrepierna contra mi abdomen.
—Te gustó tener el poder y la fuerza para hacerlo.
Su mano bajó desabotonando mi camisón lentamente.
—Siempre te has contenido por miedo a abrazar tu oscuridad. Por eso alucinas y te sientes fuera de lugar. No estás loca, simplemente no te permites ser quien eres. La mataste y hoy, por primera vez en tu vida, fuiste libre.
Deslizó la lengua desde mi barbilla hasta mi oreja y terminó con una mordida en mi cuello. Se me escapó un gemido. Mi vientre estaba tenso y mi sexo palpitaba.
—Te gustó la sangre en tus manos y te encantó tomar su vida porque la muerte es exquisita. —Sus labios rozaron los míos, pero no me besó—. No hay nada más poderoso que la muerte y el sexo. Hoy ofrendaremos las dos cosas sobre este altar.
Hundió su lengua en mi boca y me deshice en aquel beso demandante. Mordió mis labios y me perdí en cómo el dolor y el placer se entrelazaban. Toda culpa o pensamiento coherente me abandonó.
—Ya tengo un sacrificio para ofrecer gracias a ti. —Le dio una ojeada al cadáver de Penélope—. Ahora solo falta que me pagues por ayudarte a escapar.
—¿Me obligarás a arrodillarme de nuevo?
Se le escapó una carcajada.
—No puedo forzarte a hacer nada que tú no desees. —Acarició mi labio con el pulgar—. Cuando te arrodillaste en las catacumbas querías mi polla en tu boca, que me corriera en lo más profundo de tu garganta. Te importaba poco ahogarte con mi semen y, joder, ángel, eso me da ganas de destrozarte.