5 #2
—Abre la boca, ángel.
Me quedé sin aliento al ver su polla dura y con venas marcadas apuntando a mi cara. Sus dedos se clavaron en mi mandíbula y tuve que obedecer. Masajeó su miembro antes de deslizar la punta por mis labios.
Era suave y caliente, pero cuando la metió en mi boca, sentí la dureza bajo la piel. Por instinto, cubrí mis dientes mientras me invadía más y más.
—Muy bien —gruñó—. Eres un ángel travieso. Me voy a deleitar con esa linda boca.
Enredó las manos en mi pelo y se enterró en mí. La arcada me dio por empujarlo al agarrarme de sus caderas.
—Vas a tomarla entera —dijo con voz suave en lo que su polla se deslizaba por mi lengua—. Abre bien —demandó—. Más.
Me dolió seguir sus órdenes, pero al volver a deslizarse por mi boca fue con suavidad, estimulando el punto que provocaba mis arcadas. Me acostumbré a su grosor y me atreví a acompañar sus movimientos y a chupar la punta cuando acariciaba mis labios.
—Enséñame lo que esa boca sucia es capaz de hacer.
Mis piernas temblaron ante el tono de su voz. Quería su polla por todo mi cuerpo, que se hundiera entre mis piernas, sentir lo que era ser penetrada. Que me obligara a cambiar de posición, que me sometiera de todas las maneras posibles, que me hiciera su esclava.
Deslicé la mano entre mis piernas. La presión de mis dedos sobre mi centro me hizo gemir… Era lo más exquisito que había sentido.
—No tienes permitido tocarte —gruñó y se enterró por completo en mi boca.
Lo sentí en lo más profundo de mi garganta. Me obligó a subir las manos por encima de la cabeza y las sostuvo.
Balbuceé para suplicar, pero solo salieron sonidos ahogados.
Con su mano libre recogió mi pelo y lo enredó alrededor de su muñeca.
Tomó el control de mi cabeza y, en lo que me embestía, hacía que mi boca golpeara contra su pelvis.
No podía respirar y no dejé de gemir en busca de oxígeno.
Lo peor era que con cada movimiento me excitaba más.
Apenas podía sostenerme sobre las rodillas que tenía en carne viva, menos buscar alivio al juntar mis piernas. Me estaba usando a su antojo, era como una muñeca sin vida y me encantaba.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas y el sonido de mi saliva deslizándose por su polla con cada golpeteo inundó el lugar.
Mis pulmones se quedaban sin aire. Comenzó a gruñir de manera acelerada, con gemidos graves y entrecortados.
La visión de sus dientes clavados en su labio para controlar el placer, la máscara y las alas de la estatua que se extendían a su espalda me dejó flotando en el vacío.
Era un demonio oscuro, un fantasma, la tentación en forma de hombre.
Había sido enviado para profanarme y entendí que estaría dispuesta a ceder las veces que me lo ofrecieran.
Todo daba vueltas, iba a desmayarme, pero, como si lo supiera, sacó su polla.
Se corrió y sentí cada chorro derramarse entre mis pechos.
Caliente, delicioso. Me habría gustado tomarlo con la boca, tragarlo.
La figura del fantasma se tornó borrosa y mi visión se apagó. No me permitió llegar al suelo. Un momento todo era oscuro y al siguiente estaba arrodillado frente a mí, sosteniéndome.
—Respira —dijo con suavidad y obedecí.
Mi mandíbula estaba tan tensa que no podía moverla. Sus dedos me masajearon con una suavidad que nada tenía que ver con la violencia con que había poseído mi boca. Mis músculos se relajaron poco a poco.
—Lo hiciste muy bien, ángel.
Besó mis mejillas y deslizó la lengua para limpiar mis lágrimas, dejando un rastro de besos.
Me sostuvo de la cintura y bajó adorando mi cuello, lamiendo entre mis pechos sus propios restos.
Lo tuve en mis labios y no me dio tiempo de abrir los ojos.
El sabor de semen se mezcló con el de su boca, un suave dulzor que me sorprendió.
Mi cuerpo reaccionó ante lo retorcido de la situación, algo que jamás habría imaginado hacer. Era lo grotesco lo que me excitaba, y estaba mal disfrutarlo. Estaba mal que mis piernas temblaran cuando su lengua terminaba de limpiar mi piel para luego compartir el sabor en uno y otro beso.
—Voy a compensarte por lo que acabas de hacer.
Tomó mi rostro entre sus manos y volvió a masajear mi mandíbula. El alivio me recorrió el cuerpo. Estaba agotada, relajada y a la vez deseando más. Me alzó en brazos y me apoyó contra la estatua.
—No vas a olvidar esta noche —murmuró sobre mis labios—. Voy a marcar tu cuerpo para que nadie pueda volver a tocarte.
Jadeé al sentir sus manos en mis pechos y el jugueteo con mis pezones.
Chillé cuando su erección me rozó la cadera y aprovechó para besarme.
Deslizó una mano entre mis piernas y tiré la cabeza hacia atrás.
La estatua oscura seguía allí, mirándonos pecar, y yo solo podía pensar en lo tanto que ansiaba que metiera los dedos en mi interior.
Su risa grave me hizo temblar.
—Antes de estar dentro de ti, planeo algo más divertido.
Ásperos dedos recorrieron mi clítoris y traté de cerrar las piernas. La extrema sensibilidad hizo que la cripta se volviera oscura. No veía nada, solo podía sentir. Estaba empapando su mano. No quería imaginar lo que pasaría cuando...
—¡Evangeline!
El grito rompió mi burbuja de placer y el fantasma se puso alerta.
—Es ella. —Sus labios se tensaron—. Y de verdad quiere matarte. Incluso ha pensado qué hacer con tu cadáver.
Mi nombre retumbó por los pasillos.
—Penélope es agresiva, pero jamás…
—Te dije que la gente cambia aquí abajo. Ganas fuerza y sale lo peor de ti. Si te atrapa, te matará.
Mi respiración se desacompasó y el miedo volvió a embargarme; uno que no disfrutaba. No estaba mintiendo.
—Tengo que encontrar la salida.
—Las catacumbas ya te atraparon, como a ella. —Dio un par de golpecitos en mi frente—. El mapa que tienes aquí no sirve de nada.
Penélope gritó mi nombre una vez más. Se escuchaba más cerca.
—Ayúdame.
—Si haces otro trato conmigo, me deberás algo y el precio será más alto.
—¿Me matarás?
—Hay destinos peores que la muerte.
No sabía si se refería al suyo, encerrado en las catacumbas para tener libertad una vez al año a cambio de matar a un ser humano. Me había escogido a mí, eso quería decir que moriría de una forma u otra. Prefería extender mi tiempo y mis oportunidades.
—Ayúdame —supliqué.
El brillo azulado desapareció de sus ojos. Lo estaba valorando. Otro grito de Penélope lo hizo reaccionar.
—Pídeme que te muestre el camino a la salida. Tienes que pronunciar las palabras.
No me habló con el tono juguetón que había empleado hasta ese momento. Su mandíbula estaba tensa y sus labios apretados en una línea.
—¡Pídemelo!
—Muéstrame cómo se sale de las catacumbas.
Una brisa helada me envolvió y la niebla de antes subió por su cuerpo hasta hacerlo desaparecer. Un momento estaba frente a mí y al siguiente sentí su presencia a mi espalda.
Sobrevive, ángel.
Una mancha azul marino apareció en el suelo. Se movía a toda velocidad para mostrarme el camino. Salí de la cripta con el último grito de Penélope y la vi al final del pasillo con el rostro enrojecido.
Corrí siguiendo el rastro. No miré atrás, escuchaba sus pasos. Giré tantas veces que logré poner un poco de distancia. Los pasillos se veían más iluminados; pasé un par de criptas y finalmente el rastro desapareció.
Me dio un vuelco el corazón al encontrar una recámara circular. Igual que la cripta anterior, las paredes estaban decoradas con todo tipo de huesos humanos. Ahogué un jadeo al ver el arco de piedra adornado con cráneos que precedía a una escalera. Era otra de las salidas a la superficie.
—¿A dónde crees que vas?
Penélope me pateó la rodilla y caí al piso. Me alejé antes de que pudiera tocarme y corrí a la escalera tallada en la piedra. Aparté los pies un par de veces para que no me atrapara y los escalones se fueron haciendo más altos hasta que en un momento tuve que escalar para seguir ascendiendo.
Escuché los gritos de Penélope al resbalar y perderme de vista.
Hice más fuerza con las manos y los brazos para aferrarme a las piedras deformes.
El espacio se iba achicando. La oscuridad me envolvía y las paredes parecían cerrarse a mi alrededor.
Estaba llorando por la desesperación de apenas poder avanzar cuando mi cabeza chocó con algo.
El pasadizo estaba sellado.