5
No era una broma ni una alucinación. Sus labios se movieron formando las palabras «diez» y «nueve», un conteo regresivo que me hizo estremecer.
—¿No piensas huir? ¿Quieres ponerme fácil la cacería o te gusta la idea de convertirte en mi esclava?
Trastabillé al salir de la pequeña cripta, corrí hasta el final del pasillo y me detuve al chocar con la pared. Lo escuchaba contar en mi cabeza con su tono de voz bajo. «Cuatro, tres, dos».
Mis pies se movieron por sí solos. No reconocía nada a mi alrededor y las paredes estaban cubiertas de musgo negro, resbaladizas al tacto.
Los bombillos que colgaban del techo estaban rotos; solo un par cada varios metros mostraba el camino.
Me resbalaba al faltarme un zapato y eso ralentizaba mi avance.
Los nervios y el corazón a toda velocidad en mi pecho no ayudaban a concentrarme. Trataba de pintar el mapa en mi mente y no podía, incluso lo que creía recordar no coincidía con nada de lo que veía. Los pasillos eran sinuosos y estrechos.
Aquí abajo todo cambia.
La voz procedente de quién sabía dónde era una burla. Era él, el fantasma. Me había atormentado desde el salón de clases, era su presa desde antes de verlo con mis propios ojos.
Como en la biblioteca, estaba perdida. Él alteraba mi entorno y nublaba mi mente. El aire era más denso, una neblina helada se alzaba hasta mi cintura y había huecos en las paredes, algunos sin salida; otros solo eran túneles oscuros que parecían dar a otros pasillos.
Se me escapó un sollozo y corrí sobre mis propios pasos, tratando de buscar la cripta donde todo había empezado. Fue en vano y él seguía riéndose dentro de mi cabeza, repitiendo mi nombre. Un par de veces sentí un cosquilleo en mi espalda, como si estuviera cerca.
Estaba jugando conmigo. Me mataría y dejaría allí encerrada como un fantasma más.
No podía controlar mi respiración y mis mejillas estaban heladas por las lágrimas.
Me detuve al dar con una bifurcación. A la derecha se extendía un pasillo recto, a la izquierda un arco que daba entrada a un túnel bajo.
No me atrevía a ralentizar mi paso, pero me percaté de que había una luz al final del estrecho pasadizo.
La niebla era menos densa en esa dirección.
Las piernas me dolían como si hubiera subido una colina, y es que lo había estado haciendo. Donde la niebla estaba alta, a la derecha, era cuesta abajo. Una chispa de esperanza me calentó el cuerpo. Quizás, si seguía ascendiendo, volvería a la parte conocida de las catacumbas.
Me agaché y avancé por el túnel con el corazón golpeándome en los oídos.
Se hacía cada vez más estrecho, tuve que ponerme de rodillas para recorrer el último tramo, con las paredes aplastándome.
Sollocé al salir a un pasillo ancho e iluminado y una risa resonó por las catacumbas.
Algo me tomó del pie y trató de arrastrarme de vuelta al túnel.
Chillé hasta que se me rasgó la voz y pataleé para liberarme. Perdí mi otro zapato, pero logré ponerme de pie y correr. Seguía sin reconocer las criptas que pasaba, todas circulares y más pequeñas de lo que mostraba el mapa de Gabriel.
Me guie por la niebla que poco a poco bajaba hasta desaparecer.
Se respiraba mejor y las paredes tenían un musgo verdoso, no negro.
Algo me distrajo cuando iba a doblar en una bifurcación.
Una luz a mi espalda, no amarillenta, sino azulada.
El pasillo se extendía hasta otra cripta… No. Era una recámara.
«El centro de las catacumbas».
Quería decir que podía encontrar mi camino de vuelta a la salida. Tenía que escapar mientras pudiera, pero mis piernas actuaron por sí solas. Una fuerza invisible me llamaba a la luz azulada y, con cada paso, una extraña energía acariciaba mi cuerpo.
Había una tarima central y sobre ella un cofre que reclamaba mi atención, que deseaba ser tocado. El miedo a morir desapareció y, a fin de cuentas, el fantasma había dicho que, si encontraba el cofre, yo ganaba el juego. Ahí estaba mi oportunidad de obtener todo lo que deseaba.
Era idéntico al del dibujo. Enchapado con nácar, como las cuentas del atalis de Gabriel, y decorado con motivos florales plateados. La diferencia era que en la tapa estaba grabado un nombre, mi nombre… «Evangeline».
Era mío, yo era suya, era…
Una fuerza aplastante apartó mi mano que estaba a punto de tomar el cofre. La presencia que ya sabía reconocer apareció a mi espalda, una niebla oscura me rodeó y sentí sus labios rozar mi oreja.
—Chica lista, pero no lo suficientemente rápida.
La niebla me acarició los pies y se arremolinó frente a mí, dando paso a un tornado que materializó al fantasma. Ahí estaba, con la ropa oscura, la máscara calavérica y una sonrisa triunfal.
—Se acabó el juego.
Sus brazos me envolvieron y todo se oscureció.
Mis pies abandonaron el suelo y giramos juntos hasta que me soltó.
Al abrir los ojos, me encontré en un lugar distinto, de luz amarillenta.
Había una estatua de piedra, encapuchada, con alas saliendo de su espalda y abriéndose hacia el techo, tan alto en esa parte de las catacumbas que se perdía en la oscuridad.
Las paredes tenían miles de cráneos y huesos incrustados. Era una cripta construida con restos humanos. Pedí ayuda a gritos y traté de arrastrarme lejos del fantasma, pero me tomó de los hombros y me acorraló contra la estatua.
—Muy tarde, ángel. Ya eres mía.
—Déjame ir. —Se me escaparon las lágrimas—. No me mates, por favor, no…
—Dije que antes iba a jugar contigo.
El calor de su respiración me acarició el rostro y me tragué las súplicas.
—¿Estás segura de que quieres irte?
Apartó el pelo de mi cara. Estaba sudando y contener la respiración solo me llevó a terminar jadeando.
—Siente tu corazón —murmuró—. ¿Qué escuchas?
Me iba a toda velocidad y chocaba con mis costillas.
—¿Cómo sientes tus piernas?
Me temblaban, adoloridas de tanto correr. Hasta mi abdomen estaba tenso y dudaba de ser capaz de caminar si me soltaba.
—¿A qué te recuerda lo que estás sintiendo?
—No lo sé.
—Mentirosa.
Sus labios acariciaron mi oreja y mis ojos se cerraron con el escalofrío.
El roce de sus labios sobre mi piel envió un suave cosquilleo a mi vientre.
Su mano se cerró en mi cuello y el calor de mi cuerpo se concentró en mi sexo.
No podía ser, no podía excitarme estar en manos de un desconocido que quería matarme.
—Quieres que te abra de piernas y haga lo que me plazca con tu coño empapado. ¿Lo sientes?
La humedad se deslizaba por mis muslos. Era absurdo y no podía detenerlo.
Todas mis experiencias sexuales se agolparon en mi mente.
Siempre había estado con chicas; reconocía las sensaciones, pero aquello era distinto.
Las imágenes de sus cuerpos desnudos pasaron por mi mente y avivaron el fuego en mi interior.
—¿Quieres hacerme enojar, ángel? ¿Por qué piensas en otras personas cuando estás conmigo?
—¿Cómo sabes que...?
—Lo tienes todo escrito en ese rostro angelical.
Siempre se me había dado bien ocultar lo que sentía. Estaba leyendo mis pensamientos, era un fantasma, un peligro, un ser sobrenatural que terminaría con mi vida. Mientras más me imaginaba el destino que sufriría en sus manos, más me excitaba.
—¿Qué quieres de mí? —Mi voz cargaba un anhelo que no podía ocultar.
—Te dije que me debes algo y los tratos conmigo no son negociables.
—No hice ningún…
—Te salvé. Pagas o mueres.
Tragué con dificultad.
—¿Qué quieres que…?
—Tres minutos en el infierno.
Su boca se estampó contra la mía en un beso salvaje. Me encontré gimiendo y respondiéndole de la misma forma. Un jadeo se me escapó cuando mordió mi labio.
Sus manos se deslizaron por los lados de mi cuerpo, alzando mi camisón. El aire helado de las catacumbas rozó mi piel. Dolió estar tan receptiva, que mi entrepierna cosquilleara por atención y que frotar mis muslos no fuera suficiente para aliviarme.
Metió una pierna entre las mías para impedir que me complaciera. Gemí de frustración y su media sonrisa me encendió la sangre.
—Pensé que querías que te soltara, que te dejara en paz y que...
Me retorcí y me tomó del cuello con fuerza. Me pegó a la estatua y su rodilla rozó mi sexo. Las ganas de huir y gritarle que me soltara desaparecieron, reemplazadas por el placer. Mi clítoris palpitaba contra su pierna y mi humedad se esparció por mi sexo cuando me froté contra él.
—¿Quién te dio permiso para hacer eso, ángel?
Apartó la pierna y el placer desapareció.
—Voy a masturbarte hasta que te corras en mi mano.
Fue removiendo el guante dedo a dedo con los dientes y la piel desnuda de su mano quedó ante mis ojos. Mi vientre se contrajo.
—Te vas a follar mis dedos como la buena chica que eres, ¿verdad?
Controlé las ganas de decirle que lo hiciera en ese mismo momento. Me avergonzaba que mi cuerpo y mi mente estuvieran respondiendo de aquella manera.
Sus dedos recorrieron mi entrepierna mojada, pero sin acercarse a mi clítoris. La tortura se volvía cada vez peor.
—Suplícame.
Negué con la cabeza, agitada, jadeando.
—Suplícame que te deje correrte una y otra vez.
Era peligroso doblegarme ante un hombre, más peligroso ante un fantasma. Quizás todo aquello era un perturbador sueño erótico y despertaría sudada y gimiendo.
—¿Vas a seguir engañándote con que esto no es real?
Alejó su mano de mi entrepierna y la decepción me invadió.
—Te demostraré que es real. —Tiró de mi pelo y me hizo inclinar la cabeza hacia atrás. Chillé de dolor—. Arrodíllate, ángel.
Me hizo girar y se apoyó en la estatua. Me tomó de los hombros y solo ejerció un poco de presión. Mis rodillas se doblaron y caí a sus pies. Algo de la visión desde un punto tan vulnerable hizo que mi cuerpo se estremeciera y las ganas de tocarme incrementaran.
—Vas a complacerme y no pararás hasta que te lo ordene.
Desabotonó su pantalón, la cremallera quedaba a la altura de mis ojos. Entendí lo que deseaba al ver la ropa interior y el bulto que ocultaba.
Lo miré a los ojos, a aquel brillo azulado en medio de la oscuridad. Era aterradora la visión de la calavera. No distinguía su pelo; seguía con la capucha arriba y, más allá de sus labios y la mano con que sostenía mi barbilla, no encontraba nada humano en él.