Evangeline 4 #2
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4 #2

Me tenía con la espalda a la pared, sosteniéndome, demasiado cerca. Me removí y gané que me tomara del cuello para inmovilizarme.

—Suéltame o…

—¿O qué? ¿Me harás daño? —Rio por lo bajo—. Tú solo sabes huir. Eres una cobarde.

La cara me ardió de vergüenza. Se acercó a mi rostro y mi visión se nubló.

—¿Tienes miedo a que te lastime o a aceptar que tu amiguita tiene razón?

—¿Razón sobre qué?

—Sobre que tu hermana esté viva. Pero aceptarlo es aceptar que te abandonó, ¿cierto?

Lo empujé con toda mi fuerza y tuvo que dar un paso atrás.

—No sabes nada de mí o de mi hermana. —Me tembló la voz.

—Sé que cuando desapareció lloraste toda la noche porque pensaste que huyó y no te llevó con ella. La odiaste por eso. Sé que le deseaste la muerte por dejarte y que cuando te enteraste de lo que le había pasado no pudiste derramar una lágrima. La culpa te carcome, ángel.

—No eres más que una alucinación. Eres parte de mi mente, que me está torturando y…

—¿Quién dijo que soy una alucinación?

En dos pasos volvió a estar sobre mí. Cerré las manos en puño a los lados de mi cuerpo, apretando la navaja. Tenía que usarla, defenderme, pero no podía. Me mordí el labio cuando alzó una mano y deslizó un dedo por mi mejilla. Seguía con los guantes negros; estaban helados.

—¿Cuándo tus alucinaciones te han tocado?

«Nunca».

—¿Cuándo te han hablado así?

Con voz baja y ronca, seductora. Había perdido la cordura por completo.

—No, ángel. —Su aliento acarició mi rostro, el olor a sándalo me embriagó—. No estás loca —susurró cerca de mis labios—. Piensa bien. Has escuchado muchas cosas esta noche. Te dije que es hora de empezar a creer.

Las mujeres del lago, los sacrificios, las muertes que cada año se daban en la noche de Samhain y que pasaban desapercibidas.

Las cuevas que en teoría no existían, como las catacumbas.

Pero ahí estaba yo, bajo la iglesia, en las catacumbas que habían sellado por un incendio, uno provocado por un chico que…

Contuve la respiración y el hombre frente a mí ladeó la cabeza. Por primera vez vi color en sus ojos, un destello azul marino que desapareció y volvió a dejar las cuencas oscuras.

—Caliente, ángel, muy caliente. Estás cerca de la verdad.

Me leía la mente. Podía no ser producto de mi imaginación, pero no era real, no de este mundo. Sonrió de medio lado.

—¿Qué crees que soy? ¿Un espíritu? ¿Un demonio? ¿Un fantasma?

Dicen que murió, pero que su espíritu sigue vivo.

Sus palabras resonaron en mi mente.

—El chico del incendio… Eres un fantasma.

—Si eso es lo que quieres que sea…

Se acercó más. Fue un reflejo agarrar la navaja con ambas manos y ponerla contra su pecho. Me asusté de mi reacción, pero él solo bajó la vista al punto en que el arma lo tocaba.

—¿Quieres matarme, ángel?

Pegó su cuerpo al mío sin importar que la navaja rasgara la tela de su sudadera y se hundiera en su piel hasta dar con algo duro.

—Te estás haciendo daño —musité, asustada.

—Es el esternón y, a menos que hagas una fuerza que no tienes, jamás me atravesarías el corazón. No puedes lastimarme… —Me acorraló contra la pared—. Además, ángel, los fantasmas no tienen corazón.

Tenía que estar sangrando bajo la ropa y no le importaba.

—Si quieres apuñalarme, tienes que bajar un poco a la izquierda.

Me tomó de las muñecas y cambió el ángulo. Tragué con dificultad cuando la navaja se hundió un poco más.

—Matar de frente es complicado, necesitas fuerza. No es la manera más inteligente de llegar al corazón… —Sus labios se acercaron a los míos—. Pero es la más letal.

Me temblaban las manos. No quería hacerle daño a nadie, no entendía lo que estaba pasando.

Si era un fantasma de verdad, ¿por qué lo sentía tan real?

Mi visión se tornó borrosa. Odiaba estar ahí, haberme metido a un callejón sin salida, no tener a mi hermana, haberla perdido.

Se me escaparon las lágrimas y perdí la fuerza para sostener la navaja.

—Permítete llorar, ángel. No hay nada más hermoso que dejar que el dolor destroce el alma.

Se acercó a mi mejilla y lamió mis lágrimas. El roce me puso el pelo de punta, pero no me moví.

—Llora la pérdida de tu hermana, no el abandono. —Alcé la vista, apenas podía ver la máscara con los ojos llenos de lágrimas, sollozando—. Está muerta. Ella nunca te habría dejado.

—¿Cómo lo sabes?

—Conozco la muerte, adoro la muerte, alimento a la muerte.

Sus palabras me helaron el cuerpo.

—Libérate —murmuró—. Llora y recupera tus fuerzas, las vas a necesitar.

Mis alarmas se dispararon y las lágrimas se detuvieron. El momento de vulnerabilidad desapareció y mi instinto volvió a gritar que corriera lo más lejos posible de él.

—Muy bien. Así me gustas. Alerta, preparada para el peligro. Prefiero tener tus lágrimas mientras hacemos otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Ya veremos cuando te atrape y me tengas que dar esos tres minutos en el infierno. Estamos jugando, ¿no?

Di un paso al lado y me alejé. Me sorprendió que lo permitiera.

—No quiero jugar y no quiero volver a verte. Me voy a mi habitación y…

—¿Cómo?

—Encontraré la salida.

—¿Y el cofre? ¿Lo olvidaste?

El que resolvería todos mis problemas una vez huyera de Kencott River.

—El tesoro está en medio de las catacumbas. Salvé tu vida, me debes algo y vas a pagar. Juegas conmigo y vemos quién es el primero en conseguir lo que quiere.

—No quiero.

—No te estaba dando a escoger. Tú quieres el cofre y yo te quiero a ti como premio. Juega o muere.

—Dijiste que no me harías daño.

Sonrió con malicia.

—Cambié de idea. Ahora quiero dejarte encerrada aquí abajo y jugar con tu alma y tu cuerpo hasta que me aburra.

A través del miedo que me consumía, se abrió paso una sensación desconocida que me calentó el cuerpo.

Toda mi vida me habían usado. Mamá, la iglesia, las navaks.

Moldearon mi mente y mi vida a su conveniencia y lo permití para no meterme en problemas.

Siempre hice lo contrario a lo que deseaba. Estaba harta.

—Encontraré una manera de salir y tú no vas a volver a tocarme —mascullé.

—Estás en desventaja. Tus amigos no te escucharán y la que llaman Penélope te está cazando. Tu única salvación es matarla y…

—O matarte.

Ladeó la cabeza.

—No hay arma que mate a un fantasma.

—Encontraré alguna.

—Te la arrancaré de las manos antes de follarte.

Me quedé sin aire en los pulmones y un hormigueo me subió por las piernas. De nuevo, la crudeza de sus palabras hacía estragos en mi cuerpo. La idea de que me persiguiera y me atrapara resultaba excitante. Suprimí el pensamiento.

El fantasma se lamió los labios y sonrió.

—No te castigues por desearlo.

Mi respiración consistía en cortos jadeos. A pesar de la distancia entre nuestros cuerpos, la piel me ardía.

—No quiero jugar contigo —mentí.

—No tienes opción… A menos que encuentres el cofre antes que yo te encuentre a ti.

Me observó de pies a cabeza y me sentí desnuda ante su atenta mirada.

Tenía que huir. Di un paso hacia la salida, pero enredó una mano en mi pelo y me agarró bien. Se me escapó un chillido cuando mi cuerpo golpeó el suyo, amoldándose a la dureza de los músculos bajo la ropa.

Me arrancó los lazos que sostenían mis trenzas y mi pelo quedó suelto. Se acercó a mi oreja, sentí la respiración pesada y caliente. Posó sus dientes en mi cuello y me mordió, activando cada nervio de mi cuerpo.

—Corre, ángel. Si te atrapo, terminarás de rodillas.