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Fui la última en llegar al final de la escalera hasta lo más profundo de las catacumbas. Había una luz tenue proveniente de bombillos amarillos que colgaban del techo de la recámara circular. En medio, una tarima redonda con un florero protagonizaba el espacio.
Las paredes de piedra irregular tenían tarjas incrustadas con nombres y epitafios que no se podían leer por la gruesa capa de polvo y moho. Había más de diez muertos a nuestro alrededor. Quién sabía cuántos más por el pasillo que se extendía frente a nosotros.
Cubrí con mentiras las preguntas de mis compañeros.
«¿Cómo encontraste la entrada? ¿Por qué desapareciste? Me dejaste sola en la biblioteca y escuché gritos, ¿qué pasó? ¿Te sientes bien? ¿Cómo conseguiste el walkie-talkie si a Regina se le cayó en el pasillo?»
No tenía respuesta a todas, pero estaban emocionados por el descubrimiento de las catacumbas.
Solo Regina me miraba con el ceño fruncido y evidente preocupación.
Debía lucir terrible. Todavía tenía el estómago revuelto y cada segundo estaba más paranoica, a la espera de que Emmanuel o Gabriel, con aquellas máscaras de calavera, se convirtieran en otra alucinación.
Aterrada porque, a pesar de que nada de lo sucedido tenía sentido, no había manera de explicar cómo di con una entrada secreta o por qué seguía sintiendo el toque de aquel espectro en mi cintura.
—Les dije que existían —se regodeó Gabriel. Apartó el florero y las flores viejas se hicieron polvo. Abrió el cuaderno sobre la tarima en la página del mapa—. Tenemos mucho para explorar.
Mis ojos se fueron por los pasillos que se conectaban unos con otros.
No era un lugar grande y se me daba bien recordar las cosas con darles un vistazo.
Marianne decía que era mi superpoder y por eso tenía las mejores calificaciones.
Mientras ellos discutían sobre dónde estábamos, yo memorizaba el mapa, tomando como puntos de partida las cuatro entradas que ninguno de ellos había notado.
Cuando Regina dio su opinión sobre dónde estábamos, Penélope la mandó a callar.
Valoré la posición de los pasillos y, efectivamente, lo que había dicho Regina era lo más lógico, pero escogí no opinar.
Gabriel apostaba a que, si había algo, estaría en el centro de las catacumbas, en la bóveda más grande del mapa. Era una posibilidad, no la única.
—Ya basta de discutir —intervino Emmanuel—. Juguemos.
—Cierto. Lo había olvidado. —Gabriel me guiñó un ojo—. Se nos ocurrió mejorar la noche. Cada cual va por su lado y quien encuentre el cofre se queda el cincuenta por ciento de las ganancias. Jugaremos a la cacería.
—¿Por qué tienes que complicarlo todo? —pregunté.
Gabriel me tomó de la barbilla para que lo mirara. El estómago me dio un vuelco al tener la máscara tan cerca. La diferencia con mi alucinación era que sus ojos se distinguían entre las sombras. Eran azules y los conocía. Tampoco llevaba guantes, pero la estatura era similar.
—Solo buscar sería aburrido, linda.
Aparté la cara y me volví a concentrar en el mapa.
—¿Cuáles son las reglas? —preguntó Penélope.
—Buscamos el cofre y, si cazas a alguien, tiene que hacer lo que tú quieras por tres minutos.
—¿Tres minutos en el infierno? —bromeó Alyssa.
—Puedes usarlos para retener a la otra persona. —Gabriel sonrió.
—O para convertirla en tu esclava —especificó Emmanuel y le pellizcó una mejilla a su novia.
Esos dos solo querían enrollarse. Regina estaba ahí por sentirse parte de algo y por su obsesión nada secreta por Emmanuel.
Penélope participaba en todo lo que fuera romper las normas.
Gabriel era la definición de niño rico y mimado que se inventaba lo que fuera para matar el aburrimiento; por eso, al encontrar las catacumbas, retorcía el juego.
Si dábamos con el cofre, saldría con un nuevo plan para meternos en problemas.
Ninguno necesitaba encontrar una reliquia para venderla. A ellos les sobraba el dinero mientras mi madre apenas tenía para darme de comer. Vivíamos de la caridad de la iglesia. Ellos no llevaban años obsesionados con escapar del pueblo, como mi hermana y yo.
Una última mirada al mapa fue suficiente para grabar en mi mente los múltiples pasillos que convergían en el centro de las catacumbas. Además, podía memorizar los caminos que tomara para volver al punto inicial.
—No es justo jugar a la cacería si tú tienes un mapa.
El resto estuvo de acuerdo conmigo y Gabriel se encogió de hombros. Arrancó las páginas sin dudar y sacó un mechero. El papel se quemó hasta desaparecer.
—¿Y si nos perdemos? —musitó Regina.
Gabriel puso los ojos en blanco.
—Tenemos walkie-talkies.
—Solo cuatro.
Emmanuel silbó e interrumpió la réplica de su amigo. El sonido se expandió por el pasillo e hizo eco contra las paredes.
—Hay buena acústica. Griten si pasa algo. ¿Quién va primero?
Penélope no dijo nada y se internó por el pasillo. Dobló a la derecha y desapareció. Le siguió Regina y luego Alyssa. Miré a los chicos y, por última vez, valoré si debía arriesgarme con tal de encontrar un cofre que no sabía si existía. Era peligroso, pero el dinero me serviría.
De reojo, noté el brillo de las cuentas de nácar colgando del cuello de Gabriel. Llevaba puesto el atalis. Si no encontraba nada, pensaba robárselo y eso sería suficiente para pagar un pasaje a la ciudad más cercana y tratar de sobrevivir.
—¿Miedo o juego? —se burló Gabriel.
No respondí, solo avancé, memorizando los giros que di en cada bifurcación. No era lo mismo ver desde arriba unos dibujos que estar entre paredes oscuras cubiertas de moho verdoso, con escasa luz amarillenta y aquel olor a humedad.
Escuché pasos, pero desaparecieron. La acústica ayudaba si querías pedir ayuda, pero no había manera de identificar de dónde venían los sonidos.
Pasé un par de criptas de mediano tamaño que coincidían con el mapa.
En la siguiente bifurcación habría tres caminos y debía ir a la izquierda, pero al doblar me quedé clavada al piso.
Bajo uno de los bombillos parpadeantes, a unos diez metros, reconocí la figura masculina con una máscara de calavera.
El frío de las catacumbas se me coló en el cuerpo y me llegó a los huesos.
Volví a sentir las manos que apresaban mi cintura y se me retorció el estómago.
«No de nuevo. No otra alucinación».
Corrí de vuelta a la entrada. Podía escapar.
Escuchaba sus pasos; me perseguía. Traté de convencerme de que era Gabriel, pero algo me decía que no, que volvía a estar perdida en mi mente.
El camino se me hizo demasiado largo, hasta que reconocí la cripta circular al final del último pasillo, la de la tarima con el florero.
Iba en esa dirección cuando alguien me agarró del brazo. El olor a flores resultó conocido.
«Penélope».
Me arrastró, ignorando mis gritos, a pesar de que me retorcí para que me soltara.
De un empujón terminé en otra cripta, una rectangular y poco iluminada.
Pateó el walkie-talkie cuando traté de usarlo para pedir ayuda.
Fue a parar a alguna esquina oscura y me hizo una zancadilla. Perdí el equilibrio y caí al suelo.
—Se te acabó la suerte, mosca muerta.
Llevaba el pelo despeinado, no como hace un par de minutos.
—Es tu última oportunidad para decirme dónde está Marianne.
—Muerta. Ya te lo…
Me cruzó la cara de una cachetada. La piel me quedó ardiendo.
—Todo lo que sale de tu boca son mentiras.
—Penélope, cálmate…
—La dulce Evangeline. La de las calificaciones más altas, la gemela perfecta, el ejemplo a seguir. Te escabulles en las noches, te revuelcas con Alyssa y Violeta. No rezas, no crees en nada y las navaks nunca te atrapan, no te castigan. No saben lo que eres en realidad.
Cada paso que daba me llevaba a retroceder, arrastrándome por el piso.
—Me harté de soportar tu falsa perfección. Solo lo hacía por tu hermana y ella decidió irse con otra.
Mi espalda chocó con la pared. No tenía forma de huir.
—Dime dónde está Marianne —repitió, entre dientes.
—Mi hermana se quemó dentro de un auto con Juliana —musité, me costaba respirar—. Ya es castigo suficiente que…
—¡Mentira! Me abandonó y haré que vuelva. Regresará a llorar a su hermanita gemela cuando se entere de que te maté.
Giré sobre mi cuerpo cuando se abalanzó sobre mí. Intentó agarrarme un pie y perdí la zapatilla. En el forcejeo le pateé un tobillo y la hice caer. Salí al pasillo y corrí sin mirar atrás.
—Me debes tres minutos, mosca muerta. ¡Vuelve aquí y cumple tu castigo!
Me resbalé al doblar en el primer desvío; el piso estaba helado. Me sostuve de la pared. Entre los gritos de Penélope, escuché algo caer al piso, la navaja que Alysa me había dado. La empuñé y corrí lo más rápido posible. Escuchaba sus pasos detrás de mí.
Aquella había sido una terrible idea. Quería salir de las malditas catacumbas.
Me dolía el pecho y, mientras más avanzaba, más miedo sentía.
No podía ubicarme y, por mucho que trataba de recordar el mapa, mi mente se negaba a cooperar.
Se me escapó un sollozo al dar con un pasillo sin salida. No recordaba que hubiera uno.
El resto de los chicos tenían que estar escuchando sus gritos; aparecerían y la detendrían. Me aferré a la navaja en mi mano y llamé a Alyssa. No hubo más respuesta que los chillidos de Penélope.
Estaba agitada y me costaba correr sin un zapato. Las catacumbas cada vez se volvían más frías y oscuras. Estaba perdida. Una neblina gris me envolvió. Cerré los ojos un segundo y al siguiente algo se materializó en la oscuridad, alguien.
—¿Necesitas mi ayuda, ángel?
La voz grave y baja, la máscara blanca, casi dos metros de alto. Mi alucinación estaba cobrando vida en pleno caos.
—Me va a lastimar —musité, aterrada.
—Te dije que no me gusta que toquen lo que es mío.
Sus brazos me envolvieron y mis pies abandonaron el suelo.
Las paredes y luces amarillas se volvieron un borrón hasta que la oscuridad me cegó.
Mi pelo se agitó y cuando pude abrir los ojos, estábamos en una cripta diminuta a la que solo entraba un poco de luz proveniente de algún bombillo lejano en el pasillo.
—Te salvé la vida, ángel. ¿Cómo vas a pagarme?