3 #2
—Nada de maldecir bajo el techo del Señor de la Luz o tendré que azotarte. ¿Preferirías un castigo con mi cinturón o con mi mano?
Me estremecí ante la idea y una extraña sensación contrajo mi vientre. La piel me hormigueaba y notaba el sudor frío en mi frente, el ardor de cada bocanada de aire y mis uñas clavadas en mis palmas. No podía ser una pesadilla; en esas no lograba sentir nada físico. Aquello era una alucinación.
—¿Qué eres? —reformulé, esforzándome por aclarar mi mente y volver a la realidad.
—Ya lo sabes. —Tocó una de mis trenzas al pasar y siguió caminando a mi alrededor—. Nos conocemos. Nos vimos antes… en el salón de clases, en la oficina, estabas sobre el escritorio de la navak instructora cuando…
—Basta.
Se detuvo a mi espalda.
—No finjas que te avergüenza haberte follado a esa chica. No finjas que no te gustó que te viera. No finjas que no querías follarla más duro desde que la besaste y que estuviste todo el tiempo conteniéndote porque vives conteniendo tus impulsos.
—¡Cállate!
—Acepta tu naturaleza.
—No tengo nada que aceptar —mascullé.
—Mentirosa.
—Desaparece.
—¿De dónde?
—De mi cabeza. Sal. No eres real. Eres una alucinación que quiere atormentarme y…
La risa oscura que brotó de lo más profundo de su pecho apagó mis palabras. Se inclinó hacia mí y aspiró lento, oliéndome. Dejó salir un suave ronroneo de satisfacción al sentir el temblor de mi cuerpo.
—¿Qué quieres de mí?
Su aliento rozó mi rostro.
—Matarte.
El pulso me martilleaba en los oídos.
—Iba a matarte cuando te encontré follando como un ángel salvaje y peligroso. Cambié de idea. Me dieron ganas de probarte.
Mis alucinaciones se volvían más caóticas cuando luchaba contra ellas. Lo mejor era seguirle el juego.
—Si no vas a matarme, déjame ir.
—¿A dónde?
—Donde no tenga que volver a verte.
—Pensé que estabas buscando la entrada a las catacumbas.
—Eso ya no me importa.
—Otra mentira.
Mantuve el mentón en alto para sostenerle la mirada, aunque seguía sin poder ver sus ojos.
—Desaparece —mascullé.
—Puedo mostrarte una entrada.
—¿Y qué quieres a cambio?
Con mis alucinaciones siempre caía en una negociación.
Saltar de una ventana, hundirme en la bañera o cortarme las muñecas a cambio de dejarme en paz.
Me sorprendió que negara. Acarició mis brazos por encima de la tela y la piel se me erizó.
Uno a uno abotonó mi camisón sin rozar mi piel.
Se me calentaron las mejillas ante la cercanía.
—No quiero nada a cambio… por ahora. Tu existencia es suficiente, ángel. Te mostraré la entrada y después jugaremos a un juego.
—No quiero jugar a nada.
—¿Por qué?
«Porque eres producto de mi imaginación y no sé qué eres».
—Si aceptas jugar conmigo, quizás te diga quién… o qué soy.
«¿Hablé en voz alta? ¿Me está pasando otra vez?»
No, era una proyección de mi mente. Desvariaba armando a un hombre con máscara de calavera similar a la que llevaban los chicos, lo convertía en un peligro que me pondría al borde de la muerte si no era cuidadosa. No me leía los pensamientos, los conocía porque era parte de mí.
Sonrió ante mi silencio y repasó mi cuerpo con la mirada.
—¿Bajarás a las catacumbas o te da miedo? Pensé que querías ese cofre.
Contuve la respiración. Quizás no se había abierto ni cerrado ninguna ventana, no me había alejado de Regina y seguía conversando con ella. Quizás me daría la información que antes había callado y mi cerebro alternaba entre la realidad y el desvarío. No sería la primera vez que me pasaba algo así.
—¿El cofre existe?
Rio por lo bajo.
—Haces demasiadas preguntas y estamos perdiendo tiempo. Solo tengo una noche, ángel, y voy a aprovecharla.
Me dio la espalda y se alejó. No reconocía nada a mi alrededor, los pasillos de la biblioteca eran distintos. Mi mejor opción era seguirlo.
—¿Dónde está Regina?
—Buscándote. Ya le avisarás que estás bien.
—¿Cómo?
—Te escuché hablar con ella. —Ignoró mi pregunta—. ¿Quieres que continúe su historia sobre el incendio?
Identifiqué la sección de arte y la salida de la biblioteca; esa era una buena señal. Salimos al pasillo oscuro y desolado.
—¿Qué sabes del incendio?
—El culpable asistía a misa cada domingo.
—¿Quién era?
—Un chico que pasaba mucho tiempo jugando en las catacumbas. Un día subió con un semblante distinto, pero nadie le dio importancia hasta que perdió la cabeza y le prendió fuego al edificio desde sus entrañas.
—¿Por qué lo hizo?
No respondió. Pasamos la sacristía y salimos a la nave principal de la iglesia.
Dejamos atrás el altar y los banquillos, avanzando pegados a la pared del pasillo lateral.
La manera en que se movía era tan humana que un par de veces dudé de que fuera parte de mi imaginación y volví a valorar la posibilidad de que Gabriel o Emmanuel estuvieran distorsionando la voz para gastarme una broma.
Se interpuso en mi camino cuando llegamos a la escalera que guiaba al coro alto y dejó salir un gruñido.
—Deja de pensar en otros hombres y sube antes de que me arrepienta de no haberte matado.
Corrí escaleras arriba, de puntillas, para no hacer ruido, y con la esperanza de que el espectro desapareciera. Al llegar a lo más alto solo vi atriles, sillas para los miembros del coro y el órgano. Quizás podía correr y esconderme hasta volver a la realidad.
—Ni se te ocurra intentar escapar —advirtió y me paralicé ante la frialdad de su voz.
Cerró la tapa del órgano y el sonido retumbó por la nave.
Puso las manos sobre mis caderas y las cerró en mi cintura para alzarme y sentarme sobre el órgano.
Acarició mis piernas y trazó círculos sobre mis rodillas.
La tela de algodón hizo que se me pusieran los vellos de punta.
Solo empleó la fuerza de sus dedos para abrirme las piernas y acomodarse entre ellas.
Mi mente nunca había generado una ilusión tan realista y perturbadora. La ropa se amoldaba a un cuerpo fuerte y bien proporcionado que desprendía un calor envolvente y agradable.
—¿De verdad quieres saber por qué el chico le prendió fuego a todo?
Asentí despacio, hipnotizada con el brillo de la máscara calavérica.
—Encontró algo que contenía un poder maligno que no debía ser liberado, pero este era un chico curioso al que le encantaba lo prohibido… como a ti.
—No me gusta lo…
Se inclinó sobre mí.
—No te esfuerces en mentir —susurró y apretó mi cintura.
Me mordí el labio para que no se me escapara un jadeo—.
Llevas toda la vida presa en tu propia mente, luchando contra el pecado, cayendo en la tentación y negando quién eres en realidad.
Como en la oficina, cuando te corriste mirándome mientras te follabas el dulce coño de tu amiguita.
Nunca nadie había empleado esas palabras frente a mí. Eran prohibidas, una blasfemia que apenas podía formarse en mi mente. Sin embargo, cargaban algo con ellas. Estaba asustada, pero el calor de antes, el de mi vientre, se avivó. Me excitaba que me hablara de esa manera sucia y desinhibida.
Se acercó a mis labios y, a pesar de que estaba temblando de miedo, deseé que aquella retorcida alucinación espectral me besara.
—No te muevas —ordenó y, en vez de tomar mis labios, puso distancia.
Alivio y decepción me embargaron. Estaba dejándome llevar por mi mente.
Empujó un pináculo del órgano que se hundió en el lugar. La tapa se movió debajo de mí. Ambas cosas debían accionarse a la vez, por eso me había sentado allí. Algo crujió y luego se escuchó cómo varios pestillos se disparaban.
Me bajé para observar lo mismo que él. Había una pequeña abertura por el costado del órgano y daba a una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.
El olor a humedad subió con una corriente de aire.
Real o no, estaba frente a la entrada a las catacumbas.
Existían, eran reales, y la oportunidad de hacerme con el cofre estaba a mi alcance.
—Lo que encontró el chico… ¿Fue el cofre? —pregunté.
Negó con el índice repetidas veces.
—No trates de sacarme información antes de tiempo. Si quieres, avísales a tus amigos y empezamos el juego, o podemos ir solo tú y yo para descubrir qué se esconde ahí abajo.
—No te conozco, e insinuaste que quieres matarme.
—Cambié de idea.
—Prefiero no arriesgarme a que vuelvas a cambiar de idea.
Se mordió el labio, un gesto sencillo que llamó demasiado mi atención. Se veía y sentía tan real mientras se alejaba caminando hacia atrás, sin dejar de mirarme.
—¿Llamarás a tus amigos o no?
Me percaté de que había dejado un walkie-talkie sobre el órgano.
Conocía la entrada a las catacumbas y tenía la posibilidad de ser la única buscando un tesoro que equivalía a miles de dólares.
Con dinero en la mano, un abanico de oportunidades que creía perdidas volvía a abrirse ante mis ojos.
Lo mejor era no tener competencia. Sin embargo, en el cuaderno de Gabriel había un mapa.
Necesitaba echarle un vistazo o robarlo si quería llegar al cofre y esconderlo del resto.
Una risa grave me recordó que no estaba sola.
—Qué chica tan lista, intrigante y retorcida. Vamos a divertirnos mucho esta noche.
—¡Espera! —solté antes de que bajara y me miró por encima del hombro—. ¿Qué le pasó al chico del incendio?
—Dicen que murió, pero que su espíritu sigue vivo. Es un sirviente de la maldad encerrada en las catacumbas y una sola noche al año puede salir al mundo de los vivos. A cambio, debe matar a un ser humano para alimentar a su amo.
La burla de Penélope sobre las muertes cada año durante Samhain resonó en mi cabeza.
—¿En qué noche queda libre para… matar?
Su sonrisa ladeada me heló la sangre.
—Ya sabes la respuesta a esa pregunta. Deberías tener cuidado.
—No creo en leyendas tontas.
Su sonrisa se ensanchó.
—Quizás es hora de empezar a creer, ángel.
El aire sopló a mi alrededor. Algo oscureció mi visión, una sombra que agitó las sillas del coro, y la figura enmascarada desapareció.
Las piernas me fallaron y me tuve que apoyar en la pared.
Estaba sudando frío y con ganas de vomitar, como cada vez que volvía a la realidad después de una alucinación.
Por primera vez, me sentí decepcionada de que terminara.