Evangeline 3
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Alyssa me llevó de la mano a la vieja biblioteca donde nos encontramos con los demás. Su novio la recibió con un beso y me dio una mirada fugaz. Él debió haber estado mirándonos y un escalofrío me recorrió. Emmanuel siempre me había dado un poco de miedo.

—Bien. Tenemos un plan —dijo Gabriel.

Se paró a mi lado y abrió el diario sobre la mesa, mostrando el mapa de las presuntas catacumbas. Su brazo rozó el mío y me pareció notar una media sonrisa en su rostro.

«Quizás fue él».

Ambos chicos llevaban sudaderas negras idénticas, con capucha.

«Tiene que haber sido una alucinación».

—No sabemos dónde está la entrada, pero creo que reconozco la forma de esta zona. —Señaló la parte superior izquierda de la hoja—. ¿No les recuerda al claustro?

—Puede ser la nave central de la iglesia —murmuró Regina.

—Si nos ubicamos en que este es el claustro, bajo la iglesia no hay nada —insistió Gabriel.

Mis ojos se fueron por los dibujos de pasillos interconectados para llegar a las criptas de distintos tamaños.

Todo convergía en el centro, en un espacio circular.

Noté la similitud de los planos con los de una cruz, una representación del Atal de cuatro puntas torcidas.

La veneración al número cuatro en nuestra religión dejaba claro que, si las catacumbas existían, habría cuatro entradas.

—Y si esta parte es la iglesia, quiere decir que las catacumbas están bajo el convento y la propia iglesia —dije, tratando de hacer encajar en mi mente los viejos planos con lo que conocía de ambos edificios.

—Lo más probable es que esté bajo la parte más antigua, y esa es la iglesia —insistió Regina.

—Es cierto —la apoyó Emmanuel y ella se ruborizó.

—Pueden haber construido las instalaciones más nuevas para cubrir la entrada. Se supone que querían sellarla. —Alyssa torció los labios—. ¿Y si hay cemento y paredes encima para que nadie pueda acceder?

Todos aceptaron que era una posibilidad. O, como yo, disimulaban muy bien que era obvio que había más de una entrada o no estaban prestando suficiente atención. Prefería que fuera la segunda, me daba ventaja.

—Dividámonos en cuatro grupos y busquemos por zonas —propuso Gabriel.

—Yo iré con Evangeline. —Penélope me dirigió una mirada cargada de veneno.

—No me robes la pareja, Pen —protestó Gabriel.

Alyssa evitó que cualquiera de los dos se acercara a mí.

—Tú vienes conmigo —le dijo con suavidad a Penélope—. Evangeline irá con Regina y los chicos se separarán.

Penélope quería protestar, pero tenía los ojos de Emmanuel encima y nadie en su sano juicio se atrevería a desafiarlo. Aceptó con una falsa sonrisa y Alyssa me tomó la mano antes de irse.

—Si trata de acercarse, defiéndete.

Con disimulo me dio una navaja y la escondí en el bolsillo de mi camisón. No iba a arriesgarme a lastimar a nadie al usarla; huir siempre era la mejor opción.

—Cada equipo tendrá uno —dijo Gabriel mientras repartía unos walkie-talkies—. Si encuentran algo, lo que sea, avisen.

Escogimos distintas zonas para investigar. A Regina y a mí nos tocó la nueva biblioteca. Se veía nerviosa desde que Emmanuel la había apoyado en su suposición. Era tan evidente que estaba enamorada de él que a veces me daba lástima.

—¿Crees que existan catacumbas? —le pregunté cuando nos detuvimos para chequear si el pasillo estaba vacío antes de doblar.

—Mi abuelo era el panenk cuando la iglesia se incendió. —Se mordió el labio—. Ahora no está muy bien de la cabeza por su enfermedad, pero él… A veces dice cosas que está prohibido contar.

—¿Habla de las catacumbas?

—Del incendio y de que no fue un accidente. Me dijo que fue provocado.

Entramos con sumo cuidado a la biblioteca.

Era enorme, llena de pasillos construidos por los libreros de tres metros.

Contenían «literatura apropiada», según las navaks, que nos prohibían ir a la biblioteca pública.

Eso no había evitado que Marianne y yo fuéramos a robar libros con historias de demonios, fantasmas, espíritus y princesas para leerlos a escondidas.

—¿Dijo quién provocó el incendio?

—El fuego empezó bajo la iglesia. Mencionó cosas extrañas sobre una familia de la congregación y su hijo. Se cree que fue el culpable, pero no encontraron el cuerpo.

Me detuve. La luz azulada de la luna se colaba por los ventanales y los libreros creaban sombras rectas sobre su rostro.

—Si empezó desde abajo y las marcas del fuego no están en el extremo más alejado del convento, eso quiere decir…

—Que si no hay catacumbas, al menos hay un sótano —concluyó por mí.

Una pizca de emoción se encendió en mi interior. Las ganas de encontrar las catacumbas y el cofre se hacían cada vez más intensas.

—¿Por qué no les contaste a los otros?

—No quiero traicionar a mi abuelo. No es su culpa que su enfermedad le haga divagar, y solo el Señor de la Luz sabe si es cierto.

—¿Y por qué me lo dices a mí?

Se encogió de hombros.

—Quería contarle a alguien.

—Pero crees que es mejor no encontrar las catacumbas —supuse por su expresión, y asintió.

—Si mi abuelo se esforzó por bloquear la entrada a las catacumbas, o lo que sea que haya ahí abajo, es porque hay algo lo suficientemente peligroso.

Si Regina pensaba así, era porque sabía más. Pero no lo iba a decir. El miedo a lo que pudiéramos encontrar debía ponerme un freno, pero solo hizo más interesante el dar con una entrada.

—Miremos aquí y luego la sacristía —dije, finalmente.

Asintió y estaba a punto de decirle que revisara a la izquierda para yo ocuparme de la derecha cuando se escuchó un estruendo. Dimos un respingo y nos movimos por los segundos en que se extendió el silencio, hasta que el mismo sonido volvió a retumbar y el corazón se me aceleró.

—Espera aquí —murmuré. Regina estaba temblando.

Avancé despacio para espiar por el pasillo contiguo.

Se me escapó un suspiro de alivio al ver una ventana abierta y agitada por el viento.

La cerré con cuidado, y justo cuando pasé el pestillo sonaron otras tres ventanas al cerrarse.

Me tapé la boca para no gritar. Si todos los ventanales del pasillo estaban cerrados, ¿de dónde venía el sonido?

Evangeline.

El susurro glacial recorrió mi cuerpo. Di vueltas sobre mis pies. No había más que libreros en penumbra. Llamé a Regina y no respondió. Examiné cada pasillo y no la vi. Era imposible que me hubiera dejado sola o se prestara a hacer una broma para asustarme.

Evangeline.

El corazón se me aceleró. Caminé a paso apresurado buscando la salida. Lo mejor era huir de las voces. Por muchas vueltas que di, los pasillos, libros y libreros se veían igual; era como estar dando vueltas en círculo.

Evangeline.

Asustada, giré demasiado rápido en una esquina, choqué con algo y caí de espaldas. Por un segundo la oscuridad no me dejó entender lo que pasaba, hasta que vi un par de piernas frente a mí. No era un librero, sino un hombre.

—¿Me estabas buscando, ángel?

Traté de retroceder, pero me tomó del tobillo y me arrastró entre sus piernas. No me dio tiempo a hacer nada. Un momento estaba pataleando y al siguiente lo tenía sobre mí, cerrando una mano en mi cuello y ahogando cualquier sonido. Me levantó con una lentitud espantosa.

Vestía una sudadera negra con capucha alzada, era de hombros anchos y tenía fuerza descomunal como para sostenerme con una sola mano. La escasa luz delineó los bordes de la máscara blanca, con desniveles en las sienes y los pómulos que hacían más realista la ilusión de estar frente a una calavera.

Quedé de puntillas, en busca de oxígeno. Era tan alto que no llegaba a la altura de su rostro.

—Al fin nos vemos cara a cara.

Su voz baja y ronca se coló bajo mi piel y me hizo estremecer. Su mano era enorme, apenas podía respirar. Iba a matarme.

—No voy a hacerte daño.

Aflojó el agarre y me dejó apoyar los pies en el suelo, pero no me soltó. Mi cuerpo hormigueaba y algo en mi interior me gritaba que corriera, que estaba frente al peligro en persona. Tenía que pedir ayuda, gritar, huir… No podía hacer nada.

—¿Quién eres? —Mi voz salió grave y temblorosa—. No me gustan estas… bromas.

Su respiración profunda resonó bajo la máscara. Se inclinó y me hizo alzar la barbilla. El olor a incienso de sándalo que se usaba en misa cada domingo me envolvió. Un aroma familiar, pero más dulce. Embriagador.

Las cuencas de los ojos de la calavera creaban una sombra tan oscura que no me permitía ver sus ojos; eran pozos oscuros. Solo la forma de sus labios y la mandíbula le daban un toque humano a su presencia. Nunca había estado tan cerca de un hombre. Me temblaba todo el cuerpo.

—¿Gabriel? —susurré y ladeó la cabeza—. ¿Emmanuel?

Se le escapó un gruñido y me volvió a apretar el cuello hasta asfixiarme.

—No hables de otros hombres frente a mí —masculló sobre mi mejilla y me pegó a su cuerpo—. ¿Quieres que ellos te toquen?

—No… Por favor… Yo…

—No me gusta que toquen lo que es mío, ángel.

—No soy tuya.

—Pero lo serás.

—¡Suéltame! —chillé con lo que me quedaba de oxígeno.

Sonrió de medio lado.

—¿No te da miedo que una de las navaks te escuche?

«Tú me das más miedo».

El pensamiento debió quedar impreso en mi rostro, o se dio cuenta de que estaba a nada de desmayarme. Me soltó y tosí, sosteniéndome del pecho y alejándome de él.

En dos pasos cerró la distancia entre nosotros.

Me erguí en el lugar sin saber qué hacer cuando alzó una mano.

Llevaba guantes negros. Deslizó el dedo índice por la piel sensible de mi cuello lastimado, lo bajó lentamente hasta detenerse entre mis pechos, donde el camisón se había quedado abierto.

Mi respiración se aceleraba, el miedo me tenía contraída de pies a cabeza.

—¿Quieres escapar de mí, ángel?

—Me llamo Evangeline.

—Llevas la palabra ángel en medio de tu nombre, y a mí me gusta corromper ángeles.

Un frío glacial me recorrió el cuerpo y se me escapó un sollozo. No podía ser real. Aquella era la peor de todas las pesadillas que había experimentado.

—¿Quién demonios eres?

Chasqueó la lengua repetidas veces y dio vueltas a mi alrededor como león acechando a su presa.