2
Varias navaks se despertaron para encontrar a los intrusos. Me escabullí por los pasillos hasta dar con un salón de clases que nunca se usaba. Quedaban pocos pupitres y la oficina de la profesora estaba cerrada.
Exhalé un suspiro y apoyé la espalda en la pared detrás de la puerta.
La brisa nocturna se coló por la ventana y sentí el sudor frío en la frente.
Las cortinas ondeaban creando extrañas sombras que por un segundo parecieron tomar la forma de una figura humana.
Mi cuerpo se heló y me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas y con los ojos cerrados.
Me atreví a dar otra mirada y me relajé al ver que no eran más que sombras.
Evangeline, susurró una gélida voz.
Volví a ponerme en alerta. Miré a mi alrededor y no encontré nada. No había sido una voz en mi cabeza y no podía estar soñando, ¿o sí? Un hormigueo trepó por mi columna.
Evangeline.
La voz provenía de las paredes. Tenía que ser mi imaginación. Culpa de los poemas de Alyssa, el miedo de Regina, los falsos rituales de Penélope y las catacumbas de Gabriel.
Evangeline.
Me acurruqué en el lugar y me tapé los oídos, clavando las uñas en mi cuero cabelludo para comprobar que estaba despierta. Por eso odiaba quedarme a solas y no saber distinguir mis alucinaciones de la realidad. Algo sonó en el pasillo y me sobresalté.
—Nos van a atrapar —susurró una voz femenina.
—No me importa.
Un gemido ahogado se le escapó a la mujer. Me acerqué a la puerta para espiar por la rendija. Emmanuel tenía a Alyssa contra la pared, subía su camisón mientras acariciaba su cuerpo. Las piernas morenas quedaron expuestas y la cargó para que abrazara su cintura con ellas.
—Manuel, esto es una locura.
—Todo entre nosotros lo es.
Un beso apagó las protestas de Alyssa.
—Me dejaría atrapar y castigar mil veces si fuera para pasar dos minutos contigo —murmuró sobre sus labios.
—Manuel…
Su nombre en un jadeo se perdió cuando se movió contra ella. Mi piel se calentó y mis ojos se deslizaron por sus cuerpos, que se rozaban uno contra otro.
—Llegaremos tarde. —Alyssa no dejó de besarlo—. Podemos hacer esto cuando encontremos las catacumbas.
—Te quiero ahora.
—Te tocará esperar —musitó ella con tono provocativo.
—No creo.
Desabrochó su pantalón y vi su polla erecta. Me quedé sin aliento cuando la colocó entre las piernas abiertas de Alyssa, que gimió de placer.
—Ni se te ocurra volver a negarme lo que es mío —gruñó—. Yo te follo cuando quiera y donde quiera.
Cerré las piernas con fuerza cuando la penetró.
Mi vientre estaba tenso y mi respiración agitada.
Cada embestida violenta disparaba algo desconocido en mi interior.
Nunca había estado con un hombre, pero conocía muy bien lo que era complacer a alguien más.
Alyssa se veía extasiada, mordía su labio para no gritar.
Mi mano se deslizó hasta mi entrepierna. La imagen era irresistible.
—¿Te gusta espiar, mosca muerta? —susurró alguien en mi oído.
Apenas vi el rostro de Penélope cuando me arrastró por el brazo hasta la oficina de la profesora. No me dio tiempo a protestar. Cerró la puerta y me enfrentó.
—Habla. —Acortó la distancia entre nosotras—. Dime dónde está tu hermana.
—¿Qué…?
—No me hagas repetirlo.
Huir de mis pensamientos y la soledad servía de poco si Penélope decidía sacar a la luz mi principal tormento. Tragué con dificultad; la imagen de Alyssa y Emmanuel seguía en mi mente.
—Todo el pueblo sabe lo que le pasó a mi hermana. —Apreté los dientes con fuerza—. Está muerta.
—Mentira. Esa zorra me traicionó y se escapó con la otra zorra de Juliana. Se follaban a mis espaldas y tú lo sabías.
—Penélope, cálmate. Estás…
—No te atrevas a fingir que no la cubrías. Te mantuviste calladita y burlándote de mí, como hacían todas.
—Mi hermana está muerta —murmuré—. Desapareció. Encontraron su cuerpo y el de Juliana calcinados dentro de un auto accidentado.
Eliminó la distancia que nos separaba y jaló una de mis trenzas. Se me escapó un chillido de dolor.
—Tu hermanita me estaba robando dinero para escaparse. Fingió su muerte para engañar a todos, pero no se saldrá con la suya. —Me zarandeó y sentí mi pelo quebrarse—. Voy a sacarte la verdad cueste lo que cueste…
La puerta de la oficina se abrió, distrayendo a Penélope. El alivio me embargó al reconocer a Alyssa con Emmanuel a su espalda. Debían haber escuchado lo que sucedía desde el pasillo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó ella mirando de una a otra.
—Nada que te importe —espetó Penélope y me soltó.
Salió sin mirar atrás y maldiciendo. Emmanuel me evaluó antes de hablarle a su novia.
—Ayúdala. Yo me encargo de la otra.
—¿Te hizo daño? —Alyssa se acercó a mí cuando nos quedamos a solas, examinándome de pies a cabeza—. ¿Qué quería?
—Preguntó por mi hermana.
Impidió que arreglara mi pelo y me hizo girar para ocuparse ella. Lo fue desenredando con delicadeza, deshaciendo mis dos trenzas. Encontré cierto confort al tenerla a mi espalda. Hacía mucho que nadie me tocaba; había olvidado lo bien que se sentía.
—Emmanuel hablará con ella, pero si vuelve a acorralarte, grita. Yo te ayudaré.
Me sonrió. No podíamos considerarnos amigas, pero siempre habíamos tenido una conexión especial.
—Penélope piensa que Marianne está viva —confesé con voz temblorosa—. Ahora entiendo por qué lleva tiempo mirándome como si quisiera matarme.
—Supongo que no ayuda que Marianne y tú sean… fueran gemelas.
—No puedo culparla, yo…
«También veo a mi hermana cada vez que me miro al espejo».
—Te entiendo.
Quizás era obvio o había pensado en voz alta. Sucedía cuando pasaba días sin dormir; no podía controlarlo, y llevaba cerca de cuarenta y ocho horas sin pegar ojo. Alyssa se dedicó a rehacer mis trenzas.
—¿Estás…? —Exhaló un suspiro—. ¿Cómo te sientes después de lo de Marianne?
—No siento nada —confesé.
—¿Y las pesadillas?
Asentí y entendió que continuaban.
—¿Y las alucinaciones?
—Están mejor.
Mentira.
—No deberías estar fuera de tu habitación. Si vuelves a tener una alucinación como aquella vez… Podría ser peligroso.
Prefería no recordar el día en que Alyssa me había encontrado a punto de lanzarme por una ventana, en un sueño tan vívido que hasta el momento no sabía cómo había caído en él.
Prometió no contarle a nadie sobre mis alucinaciones y lo había cumplido; era la única persona fuera de casa que conocía lo que me pasaba.
Mamá se negaba a aceptar que una de sus hijas tuviera un problema mental.
Se hacía creer que eran los demonios provocándome y que, mientras más tiempo pasara en la iglesia, rezando, mejor estaría.
Por eso vivía casi recluida en aquel lugar y Marianne había decidido acompañarme, protegerme de mí misma y de lo que me obligaban a hacer las voces y las alucinaciones.
—Esto es mi culpa. No debería haberte sacado de la cama —dijo Alyssa—. Te acompañaré a…
La tomé del brazo y giré para enfrentarla.
—Hoy estoy bien. Lo prometo.
Otra mentira. Solo quería sentirme normal. El dibujo del cofre y lo que podía costar seguían dándome vueltas en la cabeza.
—¿De verdad? —preguntó y asentí—. Júralo.
—Lo juro.
Mentir era tan fácil. Mis verdaderos sentimientos estaban enterrados en lo más profundo de mi ser. Ni siquiera Marianne, la única persona en la que confiaba, conoció todo de mí.
Alyssa tomó un mechón suelto de mi flequillo y lo colocó detrás de mi oreja. Había dejado mis trenzas como si Penélope jamás las hubiera tocado. Apoyó su frente en la mía y su dulce perfume me envolvió.
—Prometo que nada malo va a pasarte. Ni a ti, ni a ninguna otra chica del pueblo.
Había tristeza en sus palabras, pero ella siempre había tenido ese tono melancólico, reconfortante. Nuestras respiraciones se mezclaron con el paso de los segundos y el calor de su cuerpo alcanzó el mío.
Mi mente traicionera se fue a lo que había visto en el pasillo y no ayudó que Alyssa acunara mi rostro con sus manos.
Su piel era suave y las yemas de sus dedos hicieron círculos delicados en mi mejilla.
Su pulgar se deslizó por mis labios y, como si leyera mis deseos, su boca tomó la mía en un beso profundo y lento.
Se me escapó un gemido. Alyssa era, con diferencia, la chica más hermosa de Kencott River.
Derrochaba sensualidad. Desde que tenía memoria me había atraído y, desde que las chicas más atrevidas habíamos empezado a explorar nuestros cuerpos durante las largas noches encerradas en el convento, ella me había buscado repetidas veces.
—Te extraño —murmuró sobre mis labios.
La tomé de la barbilla para mirarla a los ojos.
—¿Emmanuel sabe de nosotras?
—Sí. Y no le importa mientras sea solo contigo.
Algo en mi cuerpo vibró, me hizo sentir especial. Delineó el contorno de mi rostro y el brillo en sus ojos hizo que me olvidara de todo. La besé y el dulce sabor de su boca fue la mejor manera de evadir la realidad. Me pareció tonto no haberlo hecho hasta ese momento. El alivio fue instantáneo.
—De todas las chicas que he besado, tú eres la mejor.
No pude evitar sonreír. La tomé de las caderas y la subí al escritorio.
Su respiración se agitaba con mis caricias mientras recorría sus piernas por debajo del camisón y apretaba su cintura.
Me incliné sobre ella y mordí sus labios, bajé por su cuello y me detuve entre sus pechos cuando trató de acariciar mi pelo.
La tomé de las muñecas e inmovilicé sus manos contra el escritorio. Miré hacia arriba y sus ojos brillaron de excitación. Le gustaba que tomaran el control, y obedecía sin rechistar, como con Emmanuel en el pasillo. Una punzada viajó a mi entrepierna al recordarlo.
No se movió mientras desabotoné su camisón con lentitud y se lo quité.
Sus pechos quedaron expuestos, con los pezones duros anhelando que los tomara con mi boca.
Me volví a controlar. Con ella era clave no dejarme llevar por mis ansias desenfrenadas.
Me deshice de su ropa interior y quedó desnuda para mí.
Su piel se sintió como seda bajo mis dedos y cada roce ascendente en lo que acariciaba sus pechos la hizo soltar jadeos bajos.
Se mordió el labio cuando pellizqué sus pezones al mismo tiempo.
Me gustaban sus sonidos y la manera en que movía las caderas para buscar algo de placer, pero mis ojos estaban en su sexo.
—Tócame —suplicó—. Por favor, solo…
Abrí sus piernas y deslicé la mano por la cara interna de su muslo. Puede que la excitación de lo que había hecho en el pasillo siguiera ahí, que yo estuviera dándole continuidad a un mismo episodio de placer. Saberlo me excitó más y la acosté sobre la mesa.
Necesitaba saber si Emmanuel se sentiría en mi lengua cuando la probara. Me incliné sobre su sexo y lamí. Alyssa se tensó y enredó las manos en mi pelo. Alcé su pierna y moví la lengua sobre su clítoris, haciendo que se arqueara en el lugar.
Sus gemidos eran música para mis oídos al verla responder a mis dedos estimulando su entrada y mi boca chupando su centro. La penetré con dos dedos, masajeando su clítoris con el pulgar. Estaba al borde del orgasmo, lo vi en su rostro cuando me miró, suplicando por liberación.
Me detuve y lloriqueó, contorsionándose para frotar sus piernas y correrse. Me abalancé sobre ella para evitarlo. Mi sexo palpitó con el roce de mi ropa interior al deshacerme de ella. Necesitaba alivio.
Alyssa desabotonó mi camisón. Se incorporó y chupó mis pechos con delicadeza.
Me controlé de pedirle que no fuera tan delicada, pero así era ella y así le gustaba.
Disfruté de su toque y metí una rodilla entre sus piernas.
Mordió uno de mis pechos para ahogar un gemido y el pico de placer me hizo moverme contra ella.
Mi sexo rozó su muslo y no pude detenerme.
La ayudé a incorporarse, las dos estábamos sentadas sobre el escritorio, envueltas por los jadeos, entrelazando las piernas hasta que nuestros sexos se encontraron.
Gemí al sentir su calor, la humedad mezclada y la facilidad con la que encajábamos.
La tomé del cuello para mantenerla cerca de mi rostro y morder sus labios.
—Muévete —murmuré, guiándola para frotarme contra ella.
—¿Así?
—Muy bien, Alyssa.
Gimió sobre mis labios. Sabía lo que hacía, pero adoraba tenerme como guía, fingir esa inocencia que no poseía. Algo en ese juego me ponía más, me invitaba a alzar las caderas, a buscar más contacto y tomar más control.
«Despacio».
Tenía que ser delicada, pero sus gemidos me desesperaban. Clavó las uñas en mis hombros para no derrumbarse y seguir follándonos. El cosquilleo en mi sexo iba en ascenso, mis músculos se tensaban y relajaban con cada movimiento.
Los gemidos de Alyssa se descontrolaron.
La puerta de la oficina y del salón estaban abiertas.
Cualquiera que pasara podría vernos, y si nos atrapaban, estábamos muertas.
Hacer ruido era una locura. Debíamos parar, era lo más inteligente, pero no podía.
Había algo retorcido y delicioso en romper las normas, en mentir después para que nadie supiera lo que había hecho.
Perdí el control por un segundo y fue tarde para retroceder. Quedé encima de ella, sosteniendo una de sus piernas contra mi pecho y a horcajadas sobre su sexo. Balanceé las caderas contra ella. Su cuerpo se arqueó y cerró los ojos de placer.
No me detuve. Dejé salir mis deseos contenidos, follándola con fuerza. El sudor perlaba su cuerpo. Sus pechos redondos y duros. Su rostro extasiado, con la boca entreabierta y los ojos oscuros cargados de lujuria.
Sentía su sexo caliente y húmedo cada vez que la frotaba con el mío. El sonido de los fluidos se intensificaba con el golpeteo de nuestros cuerpos. Un calor electrizante se disparaba en mi interior con cada roce.
Traté de calmar mi mente para concentrarme en ella. Era un desastre con el pelo revuelto y esparcido sobre el escritorio. Estaba a punto de correrse y la tomé de las caderas. Podía obligarla a tomarse su tiempo, torturarla con su orgasmo y…
Algo desde el salón llamó mi atención. No dejé de moverme; Alyssa me pedía más, pero la sombra que se movió no desapareció y tampoco apareció nadie. Una mancha oscura se quedó en el arco de la puerta que daba al pasillo.
El corazón se me desbocó. Debíamos escondernos, huir…
No podía. El calor se agolpaba en mi sexo.
Mi vientre se contrajo. Por un lado, escuchaba a Alyssa que ya no controlaba sus gemidos y, por el otro, estaba el hilo de luz que delineaba la figura de una persona encapuchada con una conocida máscara blanca en forma de calavera.
No podía ver sus ojos, pero los sentía sobre mi cuerpo. Mi piel ardía bajo su atenta mirada y enterré las uñas en las caderas de Alyssa, usando el agarre para follarla con más fuerza. Le temblaron piernas y brazos cuando se corrió, entre jadeos contenidos.
No me detuve, como tampoco aparté los ojos del desconocido.
Mi vientre se contrajo y el orgasmo estalló.
Tuve que taparme la boca para no gritar.
Pude respirar apenas por unos segundos. Arañé la cumbre de lo desconocido y me derrumbé a toda velocidad, embriagada en el dulce sabor del placer.
Maldije por lo bajo con el cuerpo tembloroso por los espasmos.
Cuando logré abrir los ojos y mirar hacia la puerta del pasillo, ya no había nadie allí.