Evangeline
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1
—¿Nos trajiste aquí para leer poesía de fantasmas?
Alyssa puso el libro a un lado y me guiñó un ojo.
—Tienen un toque oscuro y seductor. Me gustan.
—Les tienes miedo.
—Y eso lo hace más atractivo.
—Hablen bajo —interrumpió Penélope—. No quiero que una navak nos sorprenda aquí arriba.
—Es que no deberíamos estar aquí —murmuró Regina.
—Nadie te obligó a…
El aire frío sopló contra el campanario más alto de la iglesia y agitó nuestros camisones.
Era medianoche, estábamos fuera de la cama y en un área prohibida.
No era una buena idea, pero habría hecho lo que fuera con tal de no quedarme sola en mi habitación, pensando y sin poder dormir. O peor, hundida en las pesadillas.
Alrededor de la iglesia reinaba la quietud, pero el boulevard del pueblo era un hervidero de luces y destellos. Un par de cohetes explotaron en el cielo y ahogué un chillido. Alyssa me tomó de la mano.
—Tranquila, Evangeline. Es la celebración de Halloween, no un fantasma —se burló.
—Cada año toman más valor —murmuró Regina.
—Es solo una fiesta para niños —la calmé.
—Sigue siendo una celebración pagana. —Penélope se puso de pie para ver mejor y rompió el pequeño círculo—. Además, se llama Samhain, no Halloween.
—No menciones ese nombre. —Regina abrió mucho los ojos—. Es pecado.
—También lo es estar fuera de la cama, pero aquí estás, santurrona —espetó Penélope.
—Samhain es una celebración antigua para festejar el final de la cosecha y el comienzo del invierno —dijo Alyssa para calmar la situación.
—Y le cambian el nombre para ocultar su maldad —murmuró Regina.
—Es solo una fiesta divertida a la que nos prohíben ir —intervine.
—Es una excusa para que los paganos abran la puerta a espíritus malignos —insistió Penélope y mostró una sonrisa al ver a Regina estremecerse.
—Basta de mentiras —masculló Alyssa.
—Pero yo escuché que es cierto. —Regina entrelazó las manos en su regazo—. Unas chicas en el instituto estaban hablando de rituales.
—¿Qué rituales? —quise saber.
Los ojos de Penélope cayeron sobre mí. Se me puso la piel de gallina.
—En la noche de Samhain el velo entre el mundo de los vivos y los muertos se hace más fino; es la oportunidad perfecta para conectar con los demonios y los espíritus.
El silencio de la noche se apoderó del campanario tras la teatral declaración.
—Mujeres en túnicas blancas desfilan por el borde del lago. La luna se refleja en sus pulseras de plata. Van descalzas, caminan sobre el fango azul marino al cruzar el río y escalan la montaña hasta llegar a las cuevas sagradas que…
—Eso es solo una leyenda —interrumpí y miré a Alyssa en busca de apoyo, pero tenía la vista clavada en sus manos—. No existen cuevas en Kencott River.
—El pueblo fue fundado dentro de ellas y los primeros habitantes vivían ahí.
—Basta, Penélope.
—¿No crees en esas historias, querida Alyssa?
—Ni en unas cuevas que no existen —agregué.
—Yo creo que sí. —Miramos a Regina, que se había encogido en el lugar—. El panenk Balker y su esposa dijeron que las chicas desaparecidas…
Me miró de reojo, con lástima, como hacían todos cuando el tema salía a la luz. Mi hermana Marianne era una de las desaparecidas. Asentí para que no se cohibiera. Odiaba que las personas se sintieran incómodas para hablar en mi presencia.
—Después de lo que pasó con las chicas desaparecidas —continuó—, la policía fue a unas cuevas, pero la entrada estaba sellada. Eso quiere decir que…
—Que Penélope quiere asustarte —interrumpió Alyssa—. No le des la satisfacción.
Penélope chasqueó la lengua, se volvió a sentar y se inclinó hacia mí. Su cercanía nunca me había agradado.
—Deberían asustarse. Esta noche va a morir alguien.
—¿Morir?
—Pasa todos los años. —Miró alrededor—. Que Kencott River ignore que cada Halloween ocurre un extraño accidente no significa que nosotras tengamos que hacerlo.
—Ya lo dijiste, son accidentes. —Alyssa puso los ojos en blanco.
—Es el sacrificio anual que reclaman los espíritus para mantener la energía maligna del pueblo contenida.
Traté de no reaccionar ante su perversa sonrisa.
—Cuevas. Sacrificios. Energía maligna. —Alyssa bufó—. Suenas más falsa que la navak Karen en sus clases de historia.
—No me lo estoy inventando. Si quisiera asustarlas de verdad, les contaría que, si sacrificas a cuatro mujeres en las cuevas, los espíritus te conceden un deseo divino.
Pero si no terminas de alimentarlos, se enojan.
Te persiguen durante toda la vida, susurrando en tu oído e invitándote a terminar con tu existencia.
Regina apenas respiraba y Alyssa tenía las manos cerradas en puño, con los nudillos tensos. Las palmas me sudaban y empezaba a asustarme.
—Debes pagar por el pecado de no alimentarlos hasta el final —continuó Penélope con una cadencia escalofriante—. Maldicen tu sangre y tu descendencia. Por eso las paganas van a rendir tributo, sacrifican un alma cada año para calmarlos y…
—¡Y son devoradas! —cacareó una voz ronca desde la escalera y dos encapuchados subieron al campanario.
Chillamos al unísono y me alejé lo más posible de las figuras. Llevaban máscaras blancas en forma de calaveras, con cuencas profundas y dientes superiores expuestos. Dejaban a la vista la boca y la línea de la mandíbula.
—¿Están listas para ser devoradas por sus pecados? —gruñó uno.
Me temblaban las piernas y Alyssa fue la primera en reaccionar. Se levantó y le dio un coscorrón al que acababa de hablar.
—Son unos idiotas.
El rostro de Emmanuel quedó iluminado por la luz de la luna, con manchas negras alrededor de los ojos para que la máscara calavérica se viera más real.
Rio por lo bajo y besó a su novia. El otro chico nos saludó con una inclinación de la cabeza antes de revelar que era Gabriel Balker, el hijo del panenk.
—¿Por esto querías subir aquí? —le reprochó Penélope a Alyssa—. Si íbamos a esperar a tu novio y su amiguito, hubieras avisado. Así no gritábamos y despertábamos a medio convento.
Me paré en lo alto de la escalera para revisar si venía alguien, pero no hubo movimiento. Al parecer, estábamos a salvo. Miré a Alyssa.
—Dijiste que era una reunión de chicas. Nos mentiste para sacarnos de la cama.
—Decir la verdad no tiene nada de divertido —protestó Gabriel y me dedicó una media sonrisa encantadora.
—Vinimos a jugar —añadió Emmanuel.
—¿A qué?
—Me alegra que preguntes, hermosa Evangeline. —Gabriel se paró a mi lado y sacó un cuaderno viejo de su bolsillo—. Esta noche encontraremos las catacumbas.
El campanario volvió a quedar en silencio y observé los dibujos en el cuaderno que hojeó frente a nosotros. Había párrafos y párrafos con exquisita caligrafía, dibujos y anotaciones en los bordes.
—Aquí no hay catacumbas —señalé lo obvio.
—¿Como tampoco hay cuevas en las montañas? —se burló Penélope.
—Cállate y escucha —le espetó Emmanuel con una mirada asesina.
Gabriel pasó un mechón suelto de mi pelo por detrás de mi oreja. Un cosquilleo bajó por mi brazo.
—Sí hay catacumbas —continuó con suavidad, sin quitarme los ojos de encima—.
A mi padre se le escapó en una conversación.
Sellaron las entradas en 1943, hace veinte años, después del incendio que casi acaba con el convento y la iglesia.
Y antes de que protestes —se apresuró a decir cuando abrí la boca—, lo interesante no es solo que existan, es que ahí abajo guardaban algo más que cadáveres.
Mostró una página con un dibujo exquisito de unas manos sosteniendo un cofre. La tapa estaba plagada de grabados florales.
—¿Qué es? —preguntó Alyssa.
—Según este diario, le perteneció a uno de los panenks más importantes de la iglesia y sigue ahí abajo, adornando su tumba.
Supuestamente, contiene un mal sin comparación al que ningún humano debe acercarse.
Sabemos que esa es la excusa de la iglesia cuando hay algo valioso de lo que quieren apropiarse.
—¿Como esa vez que tu padre descubrió que la vieja mansión en las afueras del pueblo estaba sobre tierra bendecida por los fundadores y que debía ser de la iglesia? —dijo Alyssa con sarcasmo.
—Y que después se descubrió que tenía un sótano escondido en donde, casualmente, había una reserva de oro —agregué.
—No soy mi padre ni sus leyes, Evangeline. Pero si quieres, me robo la mitad de ese oro y te lo doy como regalo de bodas. O mejor, si encuentro el cofre, es tuyo, igual que mi corazón.
Me ardieron las mejillas y bastó para hacerlo reír. Le encantaba provocarme.
—Gracias por respaldar mi teoría sobre los robos de la iglesia, chicas. Estamos de acuerdo en que en las catacumbas hay algo valioso. Vamos a encontrarlo y dividirnos las ganancias, ¿no?
—Me sobra el dinero —dijo Penélope.
—Pero estás despierta y aburrida. ¿Te unes o no?
Valoró la oferta de Gabriel por unos segundos y asintió.
—¡Genial! Juguemos a la búsqueda del tesoro.
—En unas catacumbas que no sabemos si existen, para encontrar algo que puede no estar ahí —rebatí.
—Sí existen, sí están ahí y tengo una llave que lo demuestra.
Gabriel sacó un atalis de su bolsillo. No era como los comunes que daban en la iglesia para rezar, tampoco de los personalizados que tenían algunas navaks, los panenk y las familias más antiguas de Kencott River. Era, sin dudas, el más delicado y elegante que había visto. Una reliquia.
Las cuentas de nácar destellaron con el movimiento, unidas por cadenas de plata.
Del extremo colgaba el sagrado Atal, símbolo máximo de adoración en nuestra iglesia.
Un rombo de puntas torcidas, plateado y brillante, pero tenía algo distinto.
El vértice inferior era demasiado largo, irregular.
Gabriel me mostró otro dibujo en el cuaderno, idéntico al atalis en su mano. El Atal era la llave del cofre.
—¿Convencida o necesitas más pruebas?
La curiosidad bulló en mi interior. No estaba segura si por la necesidad de distracción, la hipnotizante belleza del atalis, el brillo desafiante en los ojos de Gabriel o porque el cofre debía ser una reliquia invaluable.
Sabía muy bien lo que haría si tuviera en mis manos una fracción de lo que costaba.
—¿Hay alguien ahí arriba?
La autoritaria pregunta interrumpió mis pensamientos. Intercambiamos miradas de terror. La voz procedía de unos pisos más abajo.
—La navak Karen —musitó Regina—. Nos matará.
—¡Bajen ya! —demandó la mujer.
—¿Se unen o no? —insistió Gabriel—. Los caballeros las salvan si están dispuestas a participar en el juego.
Las cuatro asentimos. Ser castigadas por estar fuera de la cama sería catastrófico, ni hablar estando con chicos. Los dos sonrieron y se pusieron las máscaras.
—Bajen cuando el pasillo se despeje —dijo Emmanuel antes de seguir a su amigo.
Se escuchó el chillido de la navak Karen y sus avisos para alertar que había intrusos en el convento. Los gritos se alejaron y Alyssa nos miró con una sonrisa de emoción.
—Corran. Nos vemos en media hora en la vieja biblioteca.