Ettore Santacroce La guerra
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La guerra

Ettore Santacroce

Acabo pasando todo el día en el despacho, pensando en lo de Edoardo. Aunque haya aceptado, esto me está corroyendo. Me siento como un hijo de puta por ponerlo en mi lugar y obligarlo a aceptar un matrimonio así.

No consigo imaginar a mi hermano enamorado, pero me gustaría que pudiera elegir, que pudiera sentir algo, si algún día quisiera. No que lo metieran en una relación que no es más que una firma en un papel y una prisión bonita.

Pienso en la cantidad de hombres que tiene Salvatore y la comparo con la de los míos. En una guerra, creo que nosotros llevaríamos las de ganar. El problema son las bajas durante el conflicto, no solo el resultado final.

Salgo del despacho al final de la tarde, sintiendo un cansancio y un peso en los hombros que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Amélie está sentada en el salón con Alessia, que dibuja en una hoja de papel mientras acaricia la cabeza de una gallina cómodamente instalada en un cojín.

—¿De dónde ha salido esa gallina? —pregunto, llegando a plantearme si estoy viendo cosas.

Amélie sonríe levemente.

—La Madre ha venido hoy a visitar a Rosimeire y ha traído a Clotilde. Dijo que echaba de menos a Alessia.

—¿La Madre lo dijo? —pregunto con tono irónico.

Ella pone los ojos en blanco.

—Lo has entendido perfectamente. Lo escribió y viene a ser lo mismo.

—Entonces esta es la famosa Cotilde —digo, imitando la forma en que Alessia pronuncia el nombre—. Por fin nos conocemos.

Ella levanta el rostro del dibujo y sonríe, mostrando todos esos dientecitos pequeños.

—Cotilde va a vivíl aquí ahola, ¿vale, papá? Va a domil en mi cama.

Miro a Amélie, pero ella desvía la mirada como si no tuviera nada que ver con eso.

—¿Nadie me consulta nada en esta casa?

Se encoge de hombros, todavía sin mirarme.

—Hija, Cotilde puede quedarse, pero no va a dormir en tu habitación. Eso no es higiénico.

Ella hace una mueca como si no entendiera la palabra, pero no tiene tiempo de protestar.

Y es que Edoardo entra de repente acompañado de una chica a la que no he visto en mi vida. Está toda sucia y lleva la ropa raída.

Me llevo una mano al rostro, previendo lo peor.

—No me digas que has hecho eso, Edoardo.

Me mira, confuso.

—¿Eso qué?

No puedo decir en voz alta lo que estoy pensando, pero mi hermano sería muy capaz de recoger a una sintecho en medio de la calle y casarse con ella por despecho.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, dándome cuenta de que no hace ninguna broma y parece muy preocupado.

—El apocalipsis, hermano mío. Necesitamos hablar ahora.

—¿Otro apocalipsis? —pregunta Amélie—. ¿Pero nadie en esta familia conoce los otros libros de la Biblia? Hay unos salmos bonitos, unos proverbios. ¡No sé! ¡Pensad en el Génesis y en la creación! —Habla exasperada, pero nadie entiende bien las referencias.

—¿Al despacho?

Él asiente, pero mira a la chica que está a su lado.

—Alguien tiene que vigilarla. No puedo dejar a esta sola o se escapará.

—¿Escapar? —Amélie se pone de pie—. ¿Por qué tendrías a una chica prisionera?

—No fui yo quien lo hizo, ¿vale? Pero ahora ya está aquí. Amélie, llama a Francesco —pide, señalando hacia fuera de la casa.

Amélie sale al darse cuenta de que el asunto es serio y vuelve enseguida acompañada por Francesco.

Edoardo tira de la chica por el brazo y hace que se siente en el sofá. Ella refunfuña algo, pero ni siquiera nos mira y desvía el rostro hacia sus propias manos.

—Francesco, vigila a esta. No la pierdas de vista ni un segundo, ¿vale?

Con eso —sea lo que sea— resuelto, subimos al despacho.

—Habla —digo en cuanto entramos.

—Tío, no sé ni por dónde empezar —dice, soltando el aire con pesadez—. Amélie me ha contado algo antes y me he quedado con la mosca detrás de la oreja. Pero vamos a hacer lo siguiente: primero mira esto.

Edoardo trastea con el móvil y reproduce un vídeo. Después me pone el aparato en la mano para que lo vea. Al principio no entiendo bien de qué se trata, pero enseguida reconozco el salón de la casa de mi tío. No es un vídeo grabado por alguien, sino la grabación de una cámara de seguridad.

La tía Malva está en el sofá, viendo la televisión.

—¿Qué es esto?

—Mira —insiste.

De repente, mi padre aparece en la pantalla, caminando exactamente como lo recuerdo.

—¿Nuestro padre?

Edoardo no responde.

Veo cómo se desarrolla la escena y cómo camina hasta colocarse junto a mi tía. Por alguna razón, ella se encoge e intenta levantarse, pero él la sujeta por el brazo.

—¿Qué coño...?

Lo que ocurre a continuación es tan absurdo en tantos sentidos que me provoca náuseas, pero no consigo apartar la mirada, demasiado conmocionado, completamente aturdido. El vídeo termina y dejo que el móvil caiga sobre mi pierna. Miro del aparato a Edoardo, pero no me sale ninguna palabra.

—Esa es... la tía Malva, Edoardo. ¿Por qué haría una cosa así con ella?

—Porque era así, hermano —dice, abriendo los brazos—. Siento mucho tener que contártelo, pero nuestro padre pertenecía a la peor clase de personas que existen.

—No era malo, solo era... rígido —digo por costumbre, pero la imagen del vídeo vuelve a mi mente, demasiado vívida: los ojos aterrados de mi tía, el cuchillo contra su cuello—. ¿Cómo? ¿Cómo no vi eso, Edoardo? ¿Cómo no vi que era así?

—Porque para ti tenía reservada una versión diferente, falsa. —Se encoge de hombros.

—Esto de aquí... —Señalo el móvil—. ¿Había ocurrido antes? ¿Más veces?

Él asiente.

—No solo con la tía, aunque, por lo visto, con ella ocurrió muchas veces: pasó años sometida por esa mierda y recibiendo amenazas.

—Joder... ¿Cómo no me di cuenta?

—Yo descubrí quién era de verdad muy pronto. Tenía unos doce años. ¿Recuerdas a la niñera que trabajaba aquí cuando éramos niños?

Asiento. Era una mujer muy amable.

—La adoraba porque me prestaba atención, hablaba conmigo y mamá siempre estaba en su habitación llorando, así que acabé encariñándome con ella.

Un día fui a hablarle y los encontré en la cama, pero ella no lo estaba disfrutando, al contrario.

Sollozaba desesperada mientras él se reía y violaba a la mujer.

—Dio mio...

—Entré en la habitación —cuenta, con una sonrisa triste—. Era un crío, no tenía noción de su fuerza ni de su crueldad. Intenté quitárselo de encima, pero me empujó contra la pared.

—Edoardo...

Se señala el rostro.

—Fue el día en que me gané esto.

—¿Él hizo eso? —Me horroriza la verdad—. Pero dijiste que fue...

—El único enemigo que se acercó demasiado —dice, como si fuera obvio.

Me quedo callado porque la frase resuena dentro de mí como un puñetazo.

—Yo... nunca me di cuenta de nada. ¿Por qué nunca me lo contaste?

Se encoge de hombros.

—Porque no quería que aquello te destrozara como nos destrozó a mamá y a mí.

—¿Mamá?

—Él convirtió su vida en el mismísimo infierno, Ettore.

Muchos hombres son infieles, pero lo que él hacía iba mucho más allá.

Traía mujeres a casa y se las follaba delante de mamá y, después de que se fueran, la obligaba a estar con él.

Ella me lo contó un día, durante una grave crisis depresiva.

Yo nunca lo vi, pero apuesto a que hacía exactamente lo mismo que ves ahí en el vídeo con la tía, con amenazas, incluidas amenazas contra nosotros.

Igual que me pegaba a mí, le pegaba a ella. Hasta que ella...

—No aguantó más —concluyo, sin que él necesite decirlo—. Hermano, yo... lo siento muchísimo por no haberlo visto, por haber estado atento solo a mi vida y no haber visto lo que te hizo ni cuánto te afectó.

Edoardo esboza una sonrisa breve.

—Te mandó a estudiar fuera. Probablemente lo hizo a propósito, estaba protegiendo el legado. Pero no te lo he contado para que te quedes mirándome como si fuera un perrito perdido, Ettore. Te lo he contado porque hay una cosa más.

—¿Qué? ¿Más?

—Sí, he descubierto quién lo mató, pero quise contártelo todo antes para que entendieras que, a veces, las personas se matan y, otras veces, eligen vivir y matar. —Su discurso suena como un enigma.

Es como si me arrancaran una venda de los ojos.

Me siento estúpido, como un crío, pero, peor que eso, me siento un idiota por haberme esforzado tanto por seguir los pasos de un hombre que no es digno de ningún homenaje, manteniendo incluso sellado el despacho que era suyo, como si el indigno fuera yo.

—Tú...

Él sacude la cabeza, con una sonrisa divertida.

—Nunca. Odiaba a aquel hijo de puta, pero no sé si habría tenido cojones para algo así. —Entonces, con un gesto suave, señala con la cabeza hacia el teléfono—. Si yo hubiera hecho lo que él hizo, mamá aún estaría aquí, igual que la tía Malva.

Como si algo chasqueara, la imagen de Filippo me viene a la mente. Siempre a mi lado, desde que tengo memoria, siempre estratégico e inteligente, pero, durante los últimos meses...

Pienso en el vídeo y en lo que vi allí. La verdad pesa en el despacho y me hace darme cuenta de lo ciego que he estado todo este tiempo.

Mi mirada recae sobre el móvil que todavía tengo en el regazo, el móvil de Filippo, y recuerdo la expresión horrorizada de mi tía, la mujer que nos crio a Edoardo y a mí cuando mi madre murió, después de haber pasado un infierno a manos del hombre que juró protegerla.

Mi tía se puso delante de una bala por nosotros y acabó recibiéndola.

Pienso en el tío Giuseppe, duro y leal, y en cómo Filippo nos mantuvo siempre un paso por detrás durante todo este tiempo.

—Filippo —concluyo, sintiendo una punzada en la cabeza que amenaza con hacerla estallar ahora, de repente, como si los descubrimientos fueran demasiado para soportarlos.

Edoardo baja la cabeza y veo un brillo en sus ojos, como si no pudiera contener las lágrimas. Joder... Nunca lo he visto llorar.