Ettore Santacroce La guerra #2
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La guerra #2

—Filippo. Pero es nuestro hermano, Tore —dice, usando un apodo que no oigo desde que era niño y que, por eso mismo, toca un punto en mí que estaba dormido—.

Siempre fue leal, siempre, y guardar este secreto lo ha destruido durante los últimos meses: mentir, fingir y ocultar los rastros.

Creo que tuvo miedo de que lo matáramos, pero lo peor era la idea de...

acabar con lo que somos, de que lo odiáramos.

Mi primo. Mi consigliere. Por fin el asesino de mi padre tiene rostro, pero no es el rostro de una rata, sino el del amigo más leal que he tenido en esta vida. Un rostro cuya existencia no puedo borrar sin más.

—¿Dónde está?

—Escondido. Huyó cuando vino Salvatore. Por alguna razón, pensó que lo sabía y que había venido a contártelo. Se volvió loco por miedo a nuestra reacción y huyó. Até cabos porque tu esposa me dijo que lo oyó hablando con la tía y diciendo que él mereció lo que ocurrió.

—¿Amélie dijo eso? ¿Que oyó esa conversación?

—Sí, pero no tenía ni idea de lo que significaba. Quería saber si nuestro padre era malo, como el suyo.

Suelto una risa medio atragantada, pensando en cuánta mierda ha ocurrido ya bajo este techo.

—Ahora entiendo por qué reaccionaste así con David y con el padre de Amélie. Estabas viendo allí a mamá, recibiendo golpes, y a un hijo de puta violador.

Edoardo desvía la mirada y, con el dorso de la mano, se seca los rabillos de los ojos, sin dejar que las lágrimas resbalen. Nunca las deja caer.

—No puedo ver algo así y no hacer nada, Ettore. Y entonces viene la segunda mierda, o la tercera, o la décima, no lo sé.

—¿Qué quieres decir?

—Los hombres que ayudaron a Filippo en la emboscada, cuando él dijo que tendría que desaparecer porque Salvatore había venido a delatarlo, decidieron contraatacar sin hablar antes con él.

La chica del salón es una de las hijas de Salvatore.

La encontré en el barracón, atada, y Filippo está como loco porque no sabe qué hacer ahora.

—Me cago en la puta... ¿Secuestraron a la hija del tipo? Va a prender fuego a Palermo con todo lo que hay dentro.

—Exacto. Pensé que esa chica era mi prometida, pero no lo es. Fui a desatarla y vi las marcas de sus brazos, Ettore, quemaduras de cigarrillo. El hijo de puta apaga los cigarrillos sobre la piel de la chica.

—¿Qué? Pero... ¿no es ella la hija con la que querían que me casara? ¿Con la que quiere que te cases?

—No, tiene una hermana, la elegida. Esta se llama Nina —dice con cierto deje de sarcasmo, y lo entiendo al instante.

Se identificó con la chica, la que fue dejada atrás, abandonada a su suerte.

—Qué desgraciado... —Sacudo la cabeza, sintiendo que las punzadas se vuelven más fuertes—. Edoardo, llama a Filippo por mí. Vamos a resolver esto, una cosa cada vez.

—¿Pero qué vas a hacer?

Lo miro durante un minuto demasiado largo antes de hablar.

—Vamos a ayudarlo a ocultar bien esta mierda antes de que otra persona lo descubra y hable demasiado.

Edoardo asiente, de acuerdo, y se pone de pie.

—¿Y la chica?

—No lo sé. Piensa en algo mientras hablo con Filippo.

Cuando Filippo llega, sigo en el despacho, esperándolo. Amélie ha venido con un vaso de agua y analgésicos, que me han ayudado un poco con el dolor de cabeza, pero no hacen nada contra todo este dolor extraño que siento en el pecho.

Filippo entra con cautela, mirándome como si esperara que en cualquier momento sacara un arma del cajón y le metiera una bala en la cabeza.

—Edoardo dijo que tenía que venir a hablar contigo —empieza, con las manos en los bolsillos del pantalón.

Levanto los ojos para mirarlo y noto las ojeras oscuras y el rostro abatido de quien no ha dormido bien desde hace mucho tiempo.

—Estás hecho polvo.

Se encoge de hombros.

—Lo sé...

—Mientras Edoardo me lo contaba todo, algunas piezas empezaron a encajar en mi cabeza: la forma en que nunca traías información útil, tus desapariciones sin razón, la intensidad con la que afrontaste el duelo y algunos detalles más que pasé por alto con el tiempo.

Pero hay una cosa que todavía no he entendido. ¿Cómo lo hiciste?

Suspira profundamente y se frota el rostro con las manos.

—Llegué a casa y la encontré en la alfombra del salón, llorando.

Tenía marcas moradas en los brazos que intentaba esconder con maquillaje —cuenta, cabizbajo—.

Le pregunté qué había pasado, pero solo podía suplicarme que no se lo contara a mi padre, porque él me mataría si lo hacía.

No conseguí sacarle la verdad y entonces fui a revisar las cámaras.

Había instalado una nueva en el salón por culpa de una empleada a la que pillaron robando y tu padre no sabía que estaba allí.

—Entonces viste esa mierda de vídeo...

—Y vi otros de las semanas anteriores. ¿Te imaginas cómo me quedé?

No pensé, Ettore. Simplemente entré en el coche y fui tras él.

Nunca estaba solo, pero ese día había ido a mi casa a hacer esa mierda, ¿verdad?

Y, cuando iba, no quería testigos. Le cerré el paso al coche en la carretera y se detuvo, sin entender qué quería, pero creo que tampoco sospechaba que yo supiera algo.

Le disparé en la cabeza sin pensarlo dos veces.

—Joder... ¿Pero y la emboscada? ¿Los dos coches?

—Tenía que encubrirlo e inventar una historia que tuviera sentido.

Dos coches y más hombres dan la impresión de que se trata de enemigos, de gente de fuera.

Así que cobré favores, pagué caro y conseguí que unos hombres fueran allí para que las cámaras los grabaran y pareciera una emboscada.

Si hubierais investigado por vuestra cuenta, podríais haber encontrado algo, pero, como era...

—Como eras tú quien investigaba, no nos entregaste nada concreto.

Él asiente y su boca se convierte en una línea rígida.

—Por eso tampoco encontrabas nada sobre Amélie cuando te lo pedía. Estabas demasiado ocupado ocultándote a ti mismo.

—Lo siento, Ettore. Nunca quise mentir, pero no vi otra salida y eso me fue consumiendo con el tiempo: tener que ayudarte a buscar una rata sabiendo que esa rata era yo. Pero nunca quise que las cosas acabaran así.

Levanto las cejas, mirándolo.

—Pero aquí no se ha acabado una puta mierda. Era un gusano desgraciado y tú defendiste a tu madre. Yo habría hecho lo mismo en tu lugar.

Filippo me mira como si yo fuera demasiado misericordioso, como si no esperara el perdón.

—¿Y ahora?

—Ahora vamos a ocuparnos de cualquier cabo suelto y tú, como mi consigliere, deberías tener algún consejo sobre eso y sobre qué hacer con esa chica que está en mi salón.

Amélie abre la puerta de repente, con el rostro blanco como el papel.

—¿Qué pasa, principessa?

—Es Edoardo. Se ha echado a la chica al hombro y se ha ido.

—¿¡Qué!? —exclamamos Filippo y yo al mismo tiempo.

—¿Cómo que se ha ido?

Amélie nos mira, aterrada.

—Dijo que ahora ella es suya y que ya puedes llamar a Salvatore.

Filippo y yo nos miramos. Ninguno de los dos sonríe, pero tampoco retrocedemos. Al parecer, esto ya era casi inevitable antes de introducir en la ecuación una bomba de relojería como el Diablo.

—Entonces ya está: estamos en guerra con la Camorra.