El apocalipsis
Edoardo Santacroce
Salgo de la casa con nuestra conversación atrapada en la cabeza.
Los pensamientos no llegan en fila: llegan como un enjambre.
La inquietud aparece primero en el cuerpo, como si este lo hubiera entendido antes que el cerebro.
Una breve opresión en el pecho, no exactamente angustia, sino más bien una presión, una advertencia.
La cabeza intenta ordenarlo todo, pero tropieza con su propia prisa.
Intento catalogarlo todo, pero la conversación dejó una rendija y por ella entra una luz incómoda, reveladora, sí, pero despiadada.
Bajo los escalones de la puerta principal sin prisa, pero por dentro estoy corriendo. Mi cabeza hace lo que siempre hace cuando huele algo raro: empieza a barajar las cartas, una por una, buscando cuál de ellas no pertenece a la baraja.
Francesco está fuera, cerca del portón. Vuelve el rostro cuando me ve.
—¿Has visto a Filippo? —pregunto, como si no fuera nada del otro mundo.
—Lo he visto —dice—. Y estaba... raro.
—Define raro.
Francesco mira rápidamente a ambos lados: al camino de grava, a los coches alineados, a los hombres de la garita, como si la casa tuviera demasiados oídos. Después vuelve a mirarme.
—Cuando el Don Sforza estuvo aquí —empieza, y el nombre del hombre le sale como si le supiera mal—, miró directamente a Filippo y dijo que había venido a traerle al Don una información importante y que al consigliere le encantaría conocerla, o algo así.
Siento que se enciende una alarma al mismo tiempo que se me acelera el corazón. No puede ser que tenga razón.
—Continúa —digo.
—En cuanto Salvatore y Ettore entraron en el despacho para hablar... —Francesco señala con el mentón, en un gesto breve—. Filippo no esperó ni un segundo, se metió en el coche y salió quemando rueda.
Cae la noche y la ciudad a nuestro alrededor parece quedarse más silenciosa durante un segundo, como si incluso el viento se detuviera para escuchar.
No dejo que mi expresión cambie. No le doy ese placer al mundo. Pero, por dentro, algo se alinea y encaja con un clic seco y perfecto.
Paso la lengua por los dientes despacio y lo que me apetece es reír. No porque sea gracioso, sino porque es absurdo. Porque el mundo insiste en ser un circo y siempre hay alguien que cree que no me doy cuenta cuando un payaso cambia de máscara.
—¿Dijo algo antes de salir? —pregunto.
—Nada. —Francesco frunce el ceño—. Solo... aceleró.
Me quedo quieto, mirando el portón como si pudiera ver el rastro de los neumáticos en el aire. Entonces mi cabeza empieza a proyectar las escenas, una por una, como una película vieja: granuladas, rápidas, inevitables.
Lorenzo prisionero, intentando hacerse el valiente hasta que su cuerpo entendió que la valentía también sangra.
Recuerdo su rostro cuando Filippo apareció con aquella foto de la familia.
Una imagen demasiado limpia en aquel escenario sucio.
Filippo sostuvo la foto con cuidado, como si fuera algo precioso y, al mismo tiempo, usara aquello como un cuchillo.
No necesitó gritar. No necesitó golpear.
Solo necesitó mostrar lo que iba a doler.
Recuerdo cómo Lorenzo se quedó sin aire.
Recuerdo el brillo en la mirada de Filippo en aquel instante. Parecía miedo.
Parpadeo y otro detalle, ínfimo, me viene a la memoria.
Don Orazio Santacroce. Siempre que aparece el nombre, Filippo cambia.
No es un temblor evidente, no es una crisis de duelo.
Es peor precisamente porque es algo mínimo.
El músculo de la mandíbula que se tensa, la mirada que se desvía demasiado pronto, la forma en que toma aire como si el pecho se le oprimiera por dentro, como si la muerte del Don fuera una puerta que no quiere ni rozar, como si sufriera demasiado por la pérdida.
Es el mejor cuando necesitamos una mente lúcida: investigación, estrategia, mapas, rutas, patrones.
Filippo diseña escenarios como si viera el tablero desde arriba.
Pero hay un agujero justo en el centro del tablero: la muerte del Don.
Y cada vez que nos acercamos a ese agujero, no encuentra nada, nunca encuentra nada.
Nunca ve nada. Nunca encuentra ninguna pista.
Un hombre brillante y preciso que tropieza siempre en el mismo punto, como si el suelo de ese lugar estuviera hecho para ocultarlo todo.
Entro en el coche sin decirle nada más a Francesco y conduzco hasta la casa del tío Giuseppe con la radio apagada, porque prefiero escuchar el motor y mis propias sospechas. El portón de la mansión aparece al final de la calle.
Antes incluso de que me detenga por completo, los guardias de la garita ya me reconocen. Uno de ellos levanta la mano en un saludo discreto, el otro confirma algo por radio solo por protocolo y entonces el portón empieza a abrirse con calma.
Avanzo hasta una plaza de aparcamiento cerca de la entrada, aparco con precisión y apago el motor.
Salgo del coche y continúo a pie. El camino hasta la puerta principal es corto, pero tiene peso.
El timbre suena una vez. Después, otra. Cuando la puerta se abre, la tía Malva está allí con una taza en la mano.
—Edoardo...
No entro. Me quedo en el umbral, ocupando el espacio con el cuerpo y con el silencio.
—¿Dónde está Filippo? —pregunto directamente, como si estuviera pidiendo azúcar prestado.
Mi tía me mira. Ve en mi rostro, en mis ojos, el desorden que me delata. Entonces lo entiende todo y me da la respuesta sin que nadie necesite confesar nada. La taza se le escapa de los dedos, golpea el suelo y se hace añicos. El sonido de la porcelana al romperse es la respuesta que vine a buscar.
Inclino la cabeza y una breve sonrisa me alza una comisura de los labios, porque me gusta cuando el mundo entrega las cartas sin que yo tenga que darles la vuelta.
—Entiendo —digo en voz baja—. Entonces es eso.
Doy un paso hacia dentro, solo uno. Lo suficiente para que ella lo sienta.
—¿Fue él? —pregunto, y no necesito completar la frase.
La tía Malva suelta un sonido roto, entre un sollozo y una oración.
Las rodillas le ceden y cae al suelo demasiado despacio, como si el cuerpo se rindiera antes que la mente.
Llora sin poder respirar bien, con las manos temblando en el regazo y la mirada perdida, sin reaccionar, como si la culpa por fin hubiera encontrado un lugar donde vivir.
No me agacho, no la consuelo.
—Voy a preguntarlo otra vez, tía —digo—. ¿Dónde está Filippo?
Entre lágrimas y sollozos, intenta hablar, pero la voz le sale rota y se le corta en medio de las frases. Las manos le tiemblan cerca del rostro, como si quisieran sostener el aire.
—Yo... yo no sé... —repite, tomando aire con dificultad, con los ojos rojos y perdidos—. No sé dónde está... Lo juro. No está aquí.
Sacude la cabeza, desesperada, como si negar pudiera traer alguna respuesta.
Salgo de la mansión con el móvil firmemente sujeto en la mano, ignorando los llantos de la tía Malva. Camino demasiado deprisa para alguien que intenta parecer tranquilo y voy directo hacia el coche.
Abro la puerta, entro y, antes incluso de cerrarla bien, ya estoy marcando el número. El motor ni siquiera ha arrancado cuando la llamada se establece.
—Francesco —digo con voz baja y dura—. Te necesito ahora.
Al otro lado, entiende por el tono y no hace preguntas inútiles.
—¿Qué hay que hacer?
Aprieto el volante con la mano libre, obligándome a mantener el control.
—Llama a tu contacto en la policía. Pídele que rastree la matrícula del coche de Filippo. Averigua dónde está —digo, tragándome el resto del aire, impaciente—. Ahora.
Hay un segundo de silencio. Un segundo que pesa.
—Te llamo enseguida —dice, entendiendo la urgencia.
La llamada termina. Apoyo el móvil en el salpicadero como si fuera un arma cargada, arranco el coche y, con los faros abriendo la noche, salgo de allí aún sin rumbo.
Quince minutos después, el móvil vuelve a vibrar. Contesto al primer tono.
—¿Dónde?
La voz de Francesco llega rápida, sin rodeos.
—Te voy a mandar la dirección por mensaje. Es la última calle por la que una cámara captó el paso de su coche... Así que, si todavía está cerca, tiene que estar allí.
Antes de que responda, añade con decisión:
—Voy para allá ahora.
—No —lo interrumpo con sequedad—. No vas.
Al otro lado se hace un breve silencio, sorprendido.
—¿Cómo que no?
Aprieto el teléfono con fuerza, como si eso mantuviera la situación en su sitio.
—Me has mandado la dirección, has hecho lo que tenías que hacer. Ahora quédate donde estás —digo, bajando la voz, aunque el tono sigue siendo una orden—. Voy a resolver esto solo. Es una orden.
Cuelgo antes de que insista. Con la pantalla aún encendida en la mano, abro el mensaje, copio la dirección y la introduzco en el GPS. El mapa recalcula la ruta en segundos y sigo adelante, como si cada curva formara parte de un reloj que corre en mi contra.
Llevo casi una hora conduciendo cuando el GPS anuncia el destino. La calle parece tragarse el sonido de mi coche. Está casi desierta, mal iluminada, con naves viejas a ambos lados, paredes manchadas, portones oxidados y ventanas oscuras. Todo parece abandonado. Ni pasos ni voces ni señales de vida.
Nada... excepto más adelante.
Una de las naves muestra un movimiento contenido. Hay dos coches aparcados de cualquier manera, como si hubieran llegado a toda prisa o como si a nadie le importara esconderse. Reduzco la velocidad, manteniendo la distancia, y observo a través del parabrisas.
Y entonces lo veo. En medio de ellos, parcialmente oculto por la sombra y por los dos vehículos más grandes, está el coche de Filippo.
El estómago se me hunde.
Me detengo antes de acercarme demasiado, apago los faros por instinto y me quedo allí, en la oscuridad, con el corazón latiendo demasiado fuerte para una calle tan silenciosa.
Aparco lejos, donde la oscuridad se traga el coche y ningún reflejo delata mi presencia.
Apago todo. Durante un instante, solo existen el silencio y mi propia sangre martilleándome en los oídos.