Ettore Santacroce Muere el niño, nace El Diablo
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Muere el niño, nace El Diablo

Ettore Santacroce

Pasé toda la noche con Amélie acostada sobre mi pecho, dormida tranquilamente, mientras mi mente agitada no me dejaba pegar ojo. La imagen de Salvatore en mi despacho y la sentencia que ahora se cierne sobre Edoardo siguen apareciendo como destellos en mi cerebro.

Amaneció y vi salir el sol. Me levanté de la cama y me di una ducha, intentando aclarar también las ideas, pero no consigo ver una salida.

Ahora estoy aquí, en el despacho, mirando fijamente el mismo lugar donde Salvatore estuvo de pie y, por mucho que me haya esforzado por sonar indiferente y tranquilo, por dentro sentí un pavor que nunca había sentido.

No por mí.

Por ellas.

Salvatore. Sentado en mi sofá con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder. Un Don de la Camorra, trayendo Nápoles a Palermo como una advertencia silenciosa. Si me niego a ceder, las dos ciudades van a chocar.

No vino a negociar: vino a cobrar.

A cobrar una promesa que yo nunca hice, sino que otros hicieron por mí. Pero para Salvatore eso no significa nada. Mi padre hizo esa promesa y, para hombres como él, los hijos son mercancía, moneda de cambio y una forma de cerrar acuerdos políticos.

Mi padre era igual que el de Amélie: ambos estaban podridos, pero vestían ropas distintas.

Salvatore quiere respeto, pero, para hombres como él, solo puede conseguirse de dos maneras: mediante el miedo o la obediencia. Frunzo el ceño, intentando calmarme. La mansión bulle de actividad ahí fuera, pero aquí dentro oigo cada respiración como si fuera un estruendo.

Podría haber hecho algo.

Yo no estaba aquí y Salvatore aprovechó que Filippo había salido a buscarnos para entrar en la casa. No encontró resistencia y esa es la parte que me da náuseas. ¿Cómo consiguió ese desgraciado burlar a los soldados?

No quiso matarlas y ese fue su mensaje más claro: una forma de mostrarme lo fácil que sería si quisiera hacerlo.

Respiro hondo, porque no puedo permitir que el terror mande en mí: soy yo quien manda sobre él. Cojo el móvil del bolsillo del pantalón y llamo a Edoardo.

—¿Estás en casa? —pregunto en cuanto contesta.

Su voz es la misma de siempre, con esa provocación perezosa que usa como escudo.

—Buongiorno también para ti, hermano.

—¿Dónde estás, Edoardo?

Parece darse cuenta de que el asunto es serio.

—Estoy en la cocina. Subo ahora.

Cuelgo, pero unos minutos después la puerta se abre sin que llame.

Edoardo entra con ese andar suelto y peligroso, la camisa abierta en el cuello y una mirada demasiado atenta para alguien que finge ser descuidado.

Cierra la puerta detrás de sí y me mira como si estuviera intentando descubrir qué incendio estoy apagando esta vez.

—¿Qué pasa? ¡Ah! ¿A Amélie no le gustó el regalo? —pregunta, conteniendo una risa.

—Eso no viene al caso. Ya tengo otra catástrofe entre manos.

Edoardo se sienta frente a mí, con la mirada curiosa.

—Uy, tienes cara de no haber follado nada anoche. Y yo pensando que tu gesto heroico iba a regalarte una noche de las buenas.

Me la regaló, en parte.

Pero no es eso lo que me preocupa.

Edoardo puede hacer de payaso cuando quiere, pero sabe leer mi expresión y sabe cuándo su hermano está sosteniendo el mundo para impedir que aplaste a alguien. Enseguida su rostro se vuelve más serio.

—Habla ya. ¿Qué ha pasado?

—Salvatore estaba aquí ayer cuando llegué.

Parpadea una vez, despacio, asimilando la información.

—¿El Don de la Camorra?

—Ese mismo.

Edoardo silba por lo bajo, como si el sonido fuera una forma de evitar decir lo que realmente piensa.

—¿Y a qué vino? ¿A hacer turismo en Palermo?

—Vino a cobrar la promesa —digo, y la frase sabe a óxido.

Edoardo se inclina un poco hacia delante. La tensión parece pesar también sobre él.

—¿Y tú qué hiciste?

No respondo de inmediato, porque la respuesta llega con el peso de todo lo que ha empezado a importarme desde que Amélie entró en mi vida, pero también con el de lo importante que es este tipo para mí, demasiado como para obligarlo sin más a entrar en una historia que yo mismo me negué a aceptar.

—Yo ya estoy casado.

Edoardo se queda inmóvil durante un segundo, como si estuviera calculando qué significa mi frase.

—Joder... —dice, a falta de una expresión mejor.

Se pasa una mano por el pelo, irritado, y veo girar los engranajes.

No es solo rabia, sino preocupación, porque sabe lo que significa haber humillado al Don de la Camorra delante de su propia gente.

Haber dejado que el hombre pregonara el acuerdo a los cuatro vientos para después darle la espalda sin más.

No fue exactamente así como ocurrió, pero los hechos aquí no son relevantes.

—¿Él lo sabe? —pregunta Edoardo.

—Claro que lo sabe. —Inspiro hondo—. Pero no es lo peor.

Levanta una ceja.

—¿Entonces qué?

Miro el anillo de mi dedo y parece más pesado.

—Encontré al desgraciado tomando café y jugando a las muñecas con Alessia cuando entré.

Edoardo se pone serio de verdad y su humor desaparece por completo.

—¿Estaba con las dos?

—Sí. —Siento que la mandíbula se me tensa—. Y nunca he sentido tanto pavor en mi vida, Edoardo. Porque, si hubiera querido hacerles algo, yo no habría llegado a tiempo. Ese era su mensaje: que podría hacerlo.

Edoardo suelta el aire despacio, como si entendiera la magnitud de lo que estoy diciendo. Sabe ser un lunático, pero no es estúpido.

—¿Qué quiere? —pregunta, controlado.

—Una guerra o que yo encuentre una forma de compensar la humillación del acuerdo roto.

Edoardo se endurece.

—¿Compensar cómo?

Miro a mi hermano, consciente de que esto va a ser como echar gasolina al fuego, pero no existe una forma bonita de decirlo.

—Si no voy a ser yo, quiere al otro Santacroce.

El silencio que cae es pesado, casi físico. Edoardo me mira como si hubiera lanzado una granada en medio de la habitación.

—¿Qué? —Se levanta de un salto y la silla chirría contra el suelo con un sonido agresivo—. Vete a la mierda, Ettore. Yo no voy a hacer una puta mierda.

No me muevo.

—Eres mi hermano.

—¿Y qué? —explota, con los ojos brillando de rabia—. ¿Crees que, porque eres el Don, puedes plantarme una novia napolitana en casa y llamar a eso estrategia?

—No, no estoy haciendo esto porque quiera —digo con firmeza—. Pero, si entramos en una guerra con la Camorra por culpa de un matrimonio, va a morir gente que no tiene nada que ver con nuestra disputa. Palermo va a sangrar. Nuestra familia también.

Edoardo suelta una risa breve, sin alegría.

—¿Y yo qué soy? ¿No soy tu familia, joder?

Mi voz no sube: baja un tono.

—Eres mi hermano y entiendo que no quieras hacer esto, porque yo ya estuve en esa posición y lo arriesgué todo para evitar aquel matrimonio.

Él se queda quieto, con el pecho subiendo y bajando y la rabia golpeando las paredes sin encontrar salida.

—Pero tú sí tuviste elección, ¿no? Decidiste casarte con Amélie, tú elegiste, y ahora yo tengo que pagar el precio.

La frase me golpea, porque es demasiado cierta para ignorarla.

—Lo sé —admito y, de repente, mirando a Edoardo de pie frente a la mesa, lo sé.

No voy a conseguir obligarlo a hacer algo que yo mismo no haría—.

Salvatore me dejó con las manos atadas, Edoardo.

No va a tragarse la humillación, va a querer sangre, y esa sangre bien puede ser la de Amélie y la de Alessia si encuentra una brecha.

Edoardo cierra los ojos durante un segundo. Cuando los abre, la furia sigue ahí, pero hay otra cosa por debajo, algo cercano a la comprensión. La reticencia de un hombre que sabe que su hermano no está exagerando.

—Entonces quieres sacrificarme.

—Quiero evitar una guerra —respondo—. Pero no voy a obligarte —digo por fin.

Camina por el despacho como un animal encerrado, se acerca a la ventana y vuelve a colocarse delante de la mesa.

—¿No vas a hacerlo?

—No. Si me dices que no existe ninguna forma de aceptar este acuerdo, lo entenderé e iremos juntos a la guerra.

Edoardo se pasa una mano por el rostro, furioso.

—Ahí me has jodido...

—¿Por qué? Te estoy diciendo que haremos lo que tú decidas.

—¡Por eso, joder! Si te comportas como un cabrón, me planto y digo que no voy. Pero entonces vas y te haces el gemelo comprensivo, y yo pienso en Alessia regalándome a Capirotito. ¿Y qué voy a hacer, hijo de puta?

Me quedo callado, esperando a que se desahogue y también a que llegue a una conclusión.

—Me caso con esa desgracia, pero no voy a aceptar esto así —gruñe, y entrecierra los ojos—. Voy a querer algunas condiciones.

Levanto una ceja y no demuestro ni el alivio que me invade ni la magnitud de la culpa.

—¿Qué condiciones?

—Ya que voy a llevar el collar, yo elijo el tamaño.

Me recuesto en la silla.

—¿Qué quieres?

Edoardo me mira como si estuviera negociando con el diablo, pero él es el Diablo.

Esboza una sonrisa breve.

—Me lo voy a pensar.

—Dímelo ahora.

—No —corta—. Voy a pensarlo y te lo diré después, y tú vas a responder que sí, porque estoy haciendo esto por tu culpa y por tu familia.

Sostengo su mirada durante unos segundos. Está cabreado, pero también está aceptando, a su manera. Edoardo no sabe rendirse sin atacar y, si eso lo ayuda a lidiar con la rabia, me parece bien.

—De acuerdo —digo, porque realmente no tengo alternativa—. Lo que quieras, entonces.

Da media vuelta y se dirige hacia la puerta.

—Edoardo —lo llamo antes de que salga.

Mi hermano se detiene sin girarse.

—¿Qué pasa?

Aprieto los dedos contra el borde de la mesa.

—Dijiste que tenías algo que contarme cuando volviéramos.

Se queda inmóvil durante un instante. Cuando vuelve el rostro, su mirada está más seria, más cerrada.

—Será mejor dejarlo para otro día —dice, y su voz pierde el sarcasmo—. Hoy ya estoy tragando demasiadas cosas.

Me quedo solo. Y, por primera vez en horas, entiendo que el pavor que sentí cuando vi a Salvatore cerca de Amélie no va a desaparecer, solo va a cambiar de forma, porque ahora voy a meter a mi hermano en su casa, al alcance de sus hombres.

Y eso va a consumirme todos los días.

Amélie