Ettore Santacroce El otro Don #3
92%

El otro Don #3

—Y tú eres mi reina —dice, colocando la corona sobre mi cabeza.

Durante un instante se limita a mirarme, como si admirara el resultado. Después abre lentamente la cremallera lateral de mi vestido y deja que la prenda caiga al suelo. El frío de la noche roza mi piel y me provoca un leve escalofrío mientras Ettore tira la chaqueta a sus pies.

Tiro de la corbata, deshaciendo el nudo, y abro los botones de su camisa uno por uno mientras siento sus manos recorriendo todo mi cuerpo, deslizándose por debajo del sujetador y acariciándome por encima de la fina tela de las bragas.

Cuando le quito la camisa, su cuerpo musculoso se impone frente a mí, precioso y delicioso. Mis manos bajan por sus hombros hasta el abdomen al mismo tiempo que siento sus dedos moverse en el cierre de mi sujetador.

Enseguida el sujetador también desaparece y mis pechos quedan expuestos a la suave brisa, que hace que los pezones se endurezcan.

Ettore los recoge entre sus manos y se inclina para llevárselos a la boca.

Me apoyo en la barandilla del balcón y dejo que la cabeza caiga hacia atrás, dándole acceso completo.

Siento la lengua húmeda jugar con uno de mis pezones y después el suave roce de sus dientes, que me excita todavía más.

Después de jugar un poco, baja la cremallera del pantalón y se lo baja lo suficiente para apartar los calzoncillos y sujetarse la polla con una mano.

La saca y la contemplo, enorme, gruesa y dura para mí.

Las venas marcadas hacen que resulte aún más deliciosa.

Ettore la sostiene y acaricia la punta, recorriendo toda su longitud endurecida como si la estuviera preparando para entrar en acción.

Enseguida levanta el rostro para mirarme y, con una sonrisa que es puro deseo, se inclina para besarme.

El beso es diferente ahora. Ya no es tan delicado, sino más apresurado y menos contenido, y su lengua se mueve junto a la mía mientras encontramos un nuevo ritmo.

Entonces se acerca más y rodea mi cuerpo con los brazos. Una de sus manos desciende por mi costado, pasa por mi cintura y deja un rastro de calor con los dedos hasta alcanzar mi cadera. Tira de mis bragas hacia abajo y me desnuda por completo. Solo queda la corona, como dijo.

Su pecho se pega al mío y su mano se desliza entre mis piernas hasta encontrar mi sexo húmedo.

—Siempre lista para recibir a tu macho...

En otro contexto, la frase podría incomodarme, pero no aquí, no ahora, cuando todo lo que deseo es que él sea de verdad ese macho poderoso e intenso que me folla con fuerza y me hace olvidar que existen otros hombres en el mundo.

Porque ninguno de ellos sería como Ettore Santacroce.

Entonces siento su polla rígida rozarme la entrada, una tortura deliciosa.

Me besa el cuello y me aparta el pelo hacia un lado, como si necesitara dejarlo aún más expuesto.

Su boca está en mi hombro y después en mi oreja.

—Voy a metértela bien hondo ahora, principessa. No gimas alto ni grites, porque, si alguien oye cómo lo haces, voy a tener que cometer algunos asesinatos.

Sonrío, interpretando la frase como una broma, aunque con Ettore nunca se sabe.

Desliza la polla dentro de mí hasta llegar al fondo.

Jadeo, sintiéndolo por completo en mi interior, ensanchándome con su grosor.

Empieza a moverse y pellizca uno de mis pezones con las yemas de los dedos solo para verme retorcerme y contener los gemidos.

Siento el metal frío de la barandilla contra la espalda, pero todo está caliente allí donde él me toca.

Ettore entra y sale, cada vez más hondo y con movimientos más rápidos.

El sonido de las embestidas y de nuestros cuerpos al chocar resuena en el balcón y se extiende por la noche que se abre a nuestro alrededor.

Con la mano libre, me toca el clítoris y lo masajea con movimientos circulares. Una mano arriba y la otra abajo. Se me escapa un gemido antes de que pueda contenerlo y él me aprieta el pezón con fuerza, como un castigo que mezcla una punzada de dolor con placer.

—Calladita, principessa —susurra.

—Mmm...

Levanto un brazo para sujetar la corona cuando empieza a metérmela más rápido y él me levanta una pierna para acomodarse mejor. Con la otra mano me cubro la boca, anticipando el orgasmo que llega con fuerza cuando Ettore me aprieta y masajea el clítoris.

Me corro sintiendo toda su longitud dentro de mí y lo aprieto con los espasmos de mi cuerpo, que se retuerce alrededor de él.

—Joder... No aprietes así.

No es algo que haga a propósito. Es la avalancha de placer que lo invade y lo domina todo, haciéndome subir hasta lo alto de un acantilado y saltar.

Me contraigo por completo de nuevo y él suelta un gruñido ronco mientras me aprieta contra sí y me folla con más intensidad, embistiendo unas cuantas veces más y uniéndose a mí en el clímax.

A nuestro alrededor, el cielo y las estrellas son testigos del acto animal y salvaje, pero también de la consumación del amor que acabamos de declararnos.