Ettore Santacroce El otro Don #2
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El otro Don #2

Solo de pensarlo noto que la tensión me sube por la nuca.

Edoardo no es un soldado al que puedo señalar y esperar que obedezca, sino un incendio que he aprendido a dirigir.

Se ríe en el momento equivocado, sonríe ante la tragedia, convierte el peligro en un juego y, aun así, es leal de la forma más peligrosa.

Leal a lo que decide que merece su lealtad.

Si llego hasta él con una orden, explotará.

Además, acabo de salir de la misma situación en la que ahora lo coloco, forzado a una unión de mierda que no ha elegido.

—Che cazzo... —Me paso una mano por el pelo, desordenándolo todo, y pienso en cómo voy a conseguir que esto funcione.

Acabo de llegar de viaje y ni siquiera he tenido tiempo de estar con Amélie y Alessia antes de que esta mierda me cayera encima. Y venía animado de cojones hasta que entré en el salón y me encontré con aquel desgraciado.

Un golpe breve en la puerta me devuelve a la realidad. El pomo gira y Amélie entra en mi despacho con una bandeja de pastelitos, pequeños y demasiado perfectos. El olor a azúcar y mantequilla domestica el aire y, durante un segundo, casi consigue apaciguarme.

Da dos pasos al frente, con la mirada fija en mí y una sonrisa en el rostro, como si también estuviera deseando estar conmigo, con el hombre, no con el cargo.

—He traído... —empieza a decir, pero sus ojos se desvían hacia la mesa y se abren más. La voz le falla al final.

La mano está allí, expuesta, inmóvil. La piel pálida bajo la luz del despacho, la sangre seca en los dedos.

Amélie se queda paralizada y la bandeja cae, esparciendo los pastelitos por la alfombra mientras ella suelta un grito desgarrado y crudo, como si su garganta intentara expulsar todo el miedo de una vez.

Me levanto para calmarla, pero ella retrocede y da un traspié, con una mano sobre el pecho como si pudiera mantener el corazón en su sitio. Después me da la espalda y sale corriendo por la puerta, dejando su perfume mezclado con el olor a azúcar que ahora impregna mi alfombra.

Salgo tras ella con tal impulso que la silla cae hacia atrás.

—¡Amélie!

Amélie

Corro a nuestro dormitorio y salgo al balcón, como si el aire puro pudiera devolverme cierta sensación de normalidad.

Respiro hondo, intentando controlarme. Nunca ha sido un secreto lo que son los Santacroce, pero encontrarme una mano cercenada encima de la mesa ha sido demasiado como para poder ignorarlo.

Ettore llega justo detrás de mí, me sigue por el dormitorio y se detiene a mi espalda. Sus brazos me rodean la cintura mientras apoya el mentón en mi hombro.

—Te he asustado, ¿verdad? Lo siento, principessa... Solo quería darte un regalo.

La respuesta me deja aún más sorprendida.

—¿Me has traído una mano de regalo? —pregunto, con el corazón todavía medio desacompasado.

Ettore suspira cerca de mi cuello y, de algún modo, eso consigue erizarme la piel, incluso mientras lo que acabo de ver intenta acaparar toda mi atención.

—No es solo una mano —dice, girándome para que quedemos frente a frente—. Esa mano, por si no te has fijado bien, es la del hombre que te pegó durante toda tu vida —añade, mirándome con el rostro serio.

—Ettore... —Me llevo una mano al pecho, sintiendo el impacto de la confesión—. Fuiste a por él...

—A por el cabrón de tu padre. Fui y no me arrepiento —dice sin vacilar—. El desgraciado te apaleó mientras estabas embarazada de Alessia y te dejó tirada como un pedazo de basura.

Su voz está llena de ira, pero son las palabras las que más me sacuden, porque traen a la superficie recuerdos que intento olvidar, pero que nunca consigo dejar atrás.

Siempre me persiguen, cada vez que pienso que pueden encontrarme en cualquier momento, que me están buscando.

Siempre que veo en los periódicos alguna noticia sobre la princesa desaparecida, me paso varios días sin dormir.

—Tú... ¿lo mataste?

—No lo maté —niega, y siento alivio—. Juro que quería hacerlo, y mucho, pero te prometí que no lo haría, así que me limité a arreglar las cosas para que pudiéramos vivir en paz de ahora en adelante.

Miro fijamente sus ojos oscuros, pensando en qué significa eso de arreglar las cosas.

—¿Qué hiciste? Quiero decir, no siento pena por él, pero tengo miedo de lo que pueda pasar si te descubren. Tiene contactos, tiene influencia y...

—Y yo también —me interrumpe—. Pero quédate tranquila, no va a hacer nada.

Sellamos un pacto —dice, con una sonrisa ladeada—.

La corona es tuya, no van a rastrearla y suspenderán la búsqueda.

La mano que casi te mató está allí, encima de la mesa, sin vida.

Llámalo reparación histórica. Y, a cambio de mi generosidad al no pegarles un tiro en la cabeza a él y a tu madrastra, van a olvidarse de que existes de una vez por todas.

De lo contrario, volveré y terminaré el trabajo.

—¿Entraste en el palacio? —pregunto mientras la verdad se asienta en mi interior como algo nuevo y comprendo tanto el nivel de locura de este hombre como el hecho de que su poder no tiene límites.

Yo mataría al rey de Inglaterra.

—Entré. Y le arranqué la mano como prueba de lo que puedo hacer por ti, de hasta dónde llegaría si alguien se atreviera a intentar herirte de nuevo —dice con un tono tan intenso que, por un instante, imagino que esto entre nosotros es algo más, mucho más que un contrato.

Que tal vez su corazón también se acelere cerca de mí, como lo hace el mío cada vez que Ettore se acerca demasiado.

Que tal vez él también sienta que, a pesar de todas las incongruencias y diferencias entre nosotros, hemos encontrado un término medio que nos salva de nosotros mismos.

Mi versión tonta e inocente dio paso a otra más madura y valiente, que entiende que no todo es blanco o negro, que a veces las cosas son grises y que derramar sangre se hace necesario para proteger a quienes de verdad importan.

Ettore, por otro lado, se ha vuelto más humano, cediendo fácilmente a los caprichos de una niña hasta el punto de hacer maratones de películas de princesas, y su mirada, cuando se encuentra con la mía, parece decir mucho más que sus labios.

—Fue una prueba de amor —dice, como si pudiera leer mis pensamientos.

—¿De... amor? —pregunto, sin estar segura de haber oído bien—. ¿Estás diciendo eso de verdad?

—Lo estoy, principessa. Estoy diciendo que te amo, a mi manera torcida y llena de pecados, obsesiva y enfermiza, pero te amo.

Prendería fuego al mundo para protegerte y mantenerte a mi lado.

O controlaría el fuego para evitar que te quemaras —dice, y esta vez su tono es bajo, medio sombrío, como si supiera exactamente qué se siente al hacer algo así.

—Ettore... —Toco su rostro con las yemas de los dedos, sintiendo la barba áspera que empieza a crecer—. Yo también te amo, a mi manera: preocupándome y cuidando demasiado, pero dispuesta a ponerme delante de Stella si estuvieras en peligro —añado con una sonrisa.

No se limita a sonreír, sino que suelta una carcajada sonora.

—¿Me amas? ¿Me amas de verdad? Quiero decir... ¿Cómo?

Me encojo de hombros, sin saber con certeza qué espera que diga.

—¿Por qué no iba a amarte? Me rescataste de las sombras que había dentro de mí, que estaban al acecho incluso cuando fingía no verlas.

Me diste el mundo, como me prometiste, pero, mucho más allá de eso, te amo porque consigo ver todas tus facetas, cómo se completan entre sí, y amar cada una de ellas.

Amo a Ettore Santacroce, mi marido y padre de mi hija, pero también amo al Don, que sabe imponerse y que resulta deliciosamente sexy con esos trajes.

Ettore mira hacia abajo, como si quisiera comprobar si de verdad lleva un traje.

Su mirada vuelve a la mía y llevo las manos hasta su nuca para atraerlo hacia mí.

Me besa con una suavidad que nunca había estado allí antes, como si quisiera demostrarme mediante el beso la verdad de la declaración que acaba de hacer.

Su boca se mueve contra la mía y el beso se profundiza un poco.

Le aparto la chaqueta de los hombros para ayudarlo a librarse de ella y Ettore me mira, arqueando las cejas.

—¿Aquí?

Miro hacia abajo, donde se extiende el jardín, y hacia lo alto, donde el cielo brilla, salpicado de estrellas.

—Aquí.

—Solo un minuto.

Se aparta sin dar explicaciones y lo veo teclear algo en el teléfono. Después vuelve junto a mí, esta vez con una caja de terciopelo entre las manos, que reconozco como la caja de mi corona.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, sin entenderlo bien.

—Voy a follarte con solo esto puesto —dice, esbozando una sonrisa seductora.

—¿Otro fetiche, Don?

—Todos con la misma mujer.

—Pero... ¿y el teléfono?

Abre la caja y saca la corona.

—He avisado a los hombres de que, si alguien se acerca a los jardines, morirá antes del amanecer.

—Eso es... Eres posesivo.