Ettore Santacroce El otro Don
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El otro Don

Ettore Santacroce

De vuelta en Italia, Filippo nos recibe en el aeropuerto y nos lleva a casa.

Edoardo prefiere ir a sus dominios privados para ver a Capirotito, que se quedó al cuidado de uno de los guardias.

Llego a la mansión con Francesco y Filippo pegados a mí, como dos sombras que respiran al mismo ritmo que yo.

La puerta se abre antes de que llegue a tocar el pomo y el olor a café me golpea de lleno y me recuerda a los guardias que sucumbieron al somnífero de la bebida.

Cuando llegamos al salón, la veo. Amélie está en el centro de la estancia, impecable, con esa calma tan suya, y preciosa.

Lleva el pelo rubio suelto sobre los hombros y un vestido que me recuerda lo perfecta que está sin nada encima.

Sostiene una bandeja y sirve café a un hombre sentado en mi sofá.

La taza de porcelana blanca parece demasiado pequeña en su mano.

No anuncio mi llegada, pero él parece percibir nuestra presencia y, cuando gira el rostro, me quedo paralizado.

Salvatore Sforza.

El Don de la Camorra ocupa mi espacio como si yo lo hubiera invitado.

Lleva un traje oscuro, sin una arruga fuera de lugar.

Tiene casi el doble de mi edad, algo que queda claro por el tono grisáceo de su cabello, pero aún conserva el porte y la elegancia clásica.

Me detengo durante un segundo, el tiempo suficiente para que la sangre recuerde que existe.

Francesco tensa la mandíbula y Filippo da un paso al frente antes de pensarlo, dándose cuenta antes que yo de lo peor de toda la escena: Alessia.

Como si fuera un amigo, Alessia está sentada a su lado, ofreciéndole una de sus muñecas al maldito, sin tener la menor idea de lo que él puede hacer con un solo movimiento o una orden.

—¿Qué has venido a hacer aquí, Salvatore? —La voz de Filippo resuena, demasiado alta para considerarse educada.

Salvatore no se apresura. Se limita a alzar una comisura de los labios en una sonrisa que no le llega a los ojos. Al levantarse, da las gracias a Amélie con una cortesía ensayada y le devuelve la taza.

—Estaba conociendo a la hermosa familia del Don mientras tomaba café en compañía de esta dama adorable.

Amélie sonríe, ajena al peligro que corría.

—¿Qué quieres? —pregunto, dando un paso al frente, con el tono amenazador de quien en realidad está aterrado.

No por mí, sino por ellas, por lo que él podría haber hecho y no hizo.

Salvatore da una palmadita en el hombro a Filippo, como si fuera un chico bien educado que acaba de recitar correctamente la lección.

—He venido a darle información importante a tu Don —dice, demasiado dulce para ser sincero—. Te encantará cuando te enteres.

Veo chispear la mirada de Filippo de humillación y rabia, pero se contiene porque yo estoy aquí.

Amélie contiene la respiración durante un instante al darse cuenta de que algo va mal, pero finge que no ocurre nada.

Recoge la bandeja y pide permiso para retirarse, cogiendo a Alessia de la mano para sacarla de allí, como si fuera algo cotidiano, como si la Camorra no estuviera sentada en mi salón.

No las miro. Miro a Salvatore.

—Francesco. Filippo —digo en voz baja, y es una orden—. Quedaos aquí.

No espero respuesta. Me limito a mirar a Salvatore e inclino el mentón en dirección a las escaleras.

—A mi despacho.

Salvatore me observa con una tranquilidad que me irrita. Se ajusta la americana como quien tiene todo el tiempo del mundo y me sigue. La forma en que examina la casa y cada uno de sus detalles con ojo clínico me da ganas de darle un puñetazo en la cara para borrarle esa mirada astuta del rostro.

Subimos uno al lado del otro hasta llegar al pasillo. Entro primero y espero a que Salvatore cruce la puerta antes de cerrarla.

Observa la estancia sin prisa y deja que su mirada pasee por los libros, la mesa y el bar, como si estuviera estudiando cada detalle.

—Bonita casa —dice.

No respondo. Permanezco de pie frente a él, sin ofrecerle una silla.

—No has venido aquí para elogiar mis muebles.

Suelta una risa breve.

—¿Ni siquiera vas a servirme un whisky? —pregunta Salvatore, con esa intimidad insolente de quien entra en mi casa y, encima, exige cortesía.

—Ya te han servido. ¿No estabas tomando café cuando llegué? —respondo, seco, sin darle el placer de una sonrisa.

Aun así, voy hasta el bar y escojo la botella adecuada. Cojo un vaso bajo, dejo que el líquido ámbar caiga despacio y se lo tiendo, lo bastante cerca para que entienda que no retrocedo y lo bastante lejos para que no confunda el gesto con hospitalidad.

—¿Y bien? —pregunto, mirándolo directamente a los ojos—. Dime por qué has venido.

Da un trago al whisky antes de hablar.

—He venido porque me gusta saber quién manda de verdad. —Sus ojos me evalúan—. Me he enterado de que has sustituido a Giuseppe.

Asiento porque no es ningún secreto.

—Hago lo que hay que hacer.

—Y has hecho bien —dice Salvatore, y durante un segundo parece una muestra de aprobación, pero después se endurece—. Has hecho bien. El problema es que parece que crees que eres intocable.

No me muevo. Dejo que hable.

—Has incumplido el acuerdo —continúa, ahora con la voz más fría—. Y te has casado con otra persona. Teníamos una cena concertada, pero sellaste una... alianza con quien no debías.

Siento que el estómago se me contrae, no por culpa, sino por cálculo. Ya imaginaba que se sentiría despreciado por mi decisión, pero no sé qué pretende conseguir con todo esto.

—Puedo entender por qué piensas así, pero yo nunca llegué a ningún acuerdo contigo ni con tu hija —digo, volviendo hasta la botella para servirme esta vez—.

No quiero una guerra, Salvatore —añado, con la voz baja y calibrada—.

No me gusta la idea de arrastrar ciudades enteras al fondo solo para alimentar mi orgullo.

Inclina la cabeza, como si yo fuera demasiado ingenuo para entender el precio de una palabra.

—¿No quieres una guerra? —repite, con un desprecio limpio, casi educado—. Ya empezaste una cuando menospreciaste nuestro acuerdo y mi nombre.

Siento que la rabia me sube, caliente, y amenaza con reflejarse en mi rostro, pero me la trago y mantengo el control.

—No menosprecié a nadie —digo, firme, sin dar pie a que confunda el control con debilidad.

Salvatore da un paso y apoya las yemas de los dedos en mi mesa.

—Me menospreciaste cuando elegiste a otra, ignorando lo que estaba acordado entre tu padre y yo, entre tu tío y yo.

Me menospreciaste cuando dedujiste que podías firmar otro acuerdo y dejar mi palabra encerrada en tu cajón.

—Levanta los ojos—. Empezaste todo esto cuando decidiste que yo aceptaría esta afrenta.

Guardo silencio y dejo que escuche su propio veneno. Salvatore respira hondo y la pausa se convierte en un pero capaz de cambiar destinos.

—Pero existe otra forma, si insistes en que no quieres una guerra.

Asiento, recordando la facilidad con la que consiguió entrar en mi casa y acercarse a mi familia, y cómo, en una guerra, todo se vuelve imprevisible y los daños colaterales son cuerpos esparcidos por el suelo.

—No es lo que quiero.

Me quedo inmóvil. Por dentro, ya sé que esa otra forma no va a salir barata.

—Esto puede evitarse si me das algo a cambio, algo que demuestre que me respetas —dice, dejando la frase en el aire como una hoja afilada—. No vas a humillarte ni a pedir disculpas. Los dos sabemos que eso nunca ocurriría. Pero podemos sellar la paz si me entregas a tu subjefe en tu lugar.

La frase está formulada con precisión y entiendo lo que significa: una alternativa a la guerra, pero también un nudo que nos ata el uno al otro del mismo modo.

—Quieres un sustituto —digo.

—Quiero a alguien de tu confianza —corrige Salvatore—. Pero no a cualquiera. Quiero un nombre que duela si necesito apretar.

Mi pulso amenaza con delatar lo que pienso. Veo el rostro de Edoardo en mi mente, su lealtad torcida, su sonrisa peligrosa, el tipo de hombre que no se doblega fácilmente y que, precisamente por eso, se convierte en una moneda de cambio valiosa.

—¿Y si no acepto?

Salvatore no levanta la voz. Se limita a entregarme la verdad como quien ofrece un café.

—Entonces has elegido la guerra —dice—. Y cuando la guerra empieza, Ettore, no elige lo que se lleva. Se lo lleva todo. Los dos lo sabemos.

Pienso en rutas, armas, hombres y en la sangre sobre el suelo que aún ni siquiera veo. Pienso en Amélie cruzando la casa con una bandeja en la mano, como si nuestro mundo fuera normal, y en Alessia llamándome.

Papaíto.

Pienso en cómo la normalidad de ambas se ha convertido en mi punto débil.

Odio esto. Odio no encontrar una salida limpia.

—Ni siquiera voy a preguntarte si tenemos un acuerdo —dice Salvatore, con la calma de quien ya ha escrito la respuesta por mí—. Veo en tu mirada que estás de acuerdo. Solo espero que, esta vez, cumplas. Antonella se alegrará de saber que tiene un prometido.

No extiendo la mano ni sonrío. Dejo que el silencio haga las veces de apretón y me limito a asentir una vez. El gesto pesa como una firma en un papel que no he leído.

Poco después de que Salvatore salga de mi despacho, sigo dentro, sentado ante mi mesa, como si levantarme significara admitir que se llevó algo de aquí además del aire.

Abro el cajón con dos dedos, saco la caja que traje del palacio y la sostengo durante un instante, sintiendo un peso demasiado ligero para el destrozo que ahora contiene.

La abro y la coloco sobre la mesa. Dentro está la mano que traje para Amélie, como si un amuleto pudiera reparar lo que su padre hizo.

Anoche invadimos un palacio y le arranqué la mano a un puto príncipe, pero ahora me encuentro sin salida por culpa de un hijo de puta que quiere una alianza a toda costa.

Pienso en Edoardo, en cómo necesito convencerlo de que se trague el acuerdo que acabo de cerrar.