Ettore Santacroce El palacio real y la mano del rey #4
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El palacio real y la mano del rey #4

—Lo ha hecho, ¿verdad? La princesa todavía no ha entendido las condiciones, pero voy a explicárselas mejor.

Vais a olvidar que Amélie vivió algún día en este palacio o que siquiera existe.

Vais a detener todas las investigaciones y dejar que viva en paz.

Porque, seamos sinceros, ¿quién iba a enfrentarse a la Cosa Nostra por usted, majestad?

El hombre no me responde. Se limita a pasarse la lengua por los labios secos.

—Bueno, básicamente es eso. Quiero que dejéis en paz a mi esposa, olvidéis que existe y canceléis la búsqueda de la corona para que Amélie pueda usarla cuando quiera.

—¿Solo... solo eso?

Me acerco a la cama y le apoyo el arma bajo la barbilla para obligarlo a mirarme.

—Si lo hace todo bien, puede que no vuelva a verme nunca más. ¿Está de acuerdo, suegro?

Asiente, sin valor para abrir la boca con el arma tan cerca.

—Maravilloso. Entonces ahora podemos irnos —digo, solo para darle una esperanza vacía—. Es decir, casi. Antes necesitamos sellar este pacto.

—¿Sellar? ¿Qué quiere decir? —Es la princesa quien pregunta.

—Le prometí a mi reina que no exterminaría a todos los Roquefort de la Tierra y me gusta cumplir mis promesas, así que habéis tenido mucha suerte. Pero ¿qué clase de Don sería si dejara impune a un padre que humillaba y apaleaba a mi esposa y que intentó matar a mi hija?

—Sería un don nadie —me apoya Edoardo, con los brazos cruzados.

—Lo sería. Entonces, como hoy estoy bastante generoso, dejaré que la princesa elija qué puedo llevarme como recuerdo. ¿Su lengua o la mano de su marido?

La mujer empieza a llorar desesperadamente, y eso que, como he dicho, estoy intentando ser generoso.

—Usted no puede... —intenta decir el príncipe.

—Suegro, le aconsejo que se quede callado y acepte su destino. Como Amélie me dijo que es diestro, me llevaré solo la mano derecha. Le estoy haciendo un gran descuento y voy a dejar que conserve la izquierda para hacerse una paja.

Edoardo se acerca más y saca del chaleco el machete que llevaba escondido.

—Es una pena que aquí no haya música... —dice con pesar, y me entrega el arma.

Me detengo junto al príncipe y lo miro fijamente a los ojos.

—Ojo por ojo, diente por diente. ¿Conoce el dicho? La mano que apaleó a mi principessa no puede seguir unida a ese brazo. Ahora su esposa tendrá que recordar bien mis palabras. Si se atreve a hablar de ella otra vez en ese tono y con esas palabras, volveré a por su lengua.

Cojo la mano del hombre, que empieza a temblar de pies a cabeza, mientras su esposa solloza con tanta fuerza que hace vibrar la cama.

—¿Quiere despedirse?

—No... por favor... Juro que haré cualquier cosa. Le pediré perdón...

Suelto una risa ronca.

—¿Ahora? Es demasiado tarde.

Edoardo se coloca al otro lado de la cama y, con una cuerda fina, ata los brazos de la mujer para que no nos estorbe.

Después camina hasta quedar a mi lado y se agacha para sujetar al príncipe, que se debate contra él.

El machete desciende en un corte limpio y afilado, pero encuentra resistencia en el hueso.

El príncipe grita y ruge mientras las lágrimas le resbalan por el rostro, uniéndose a la saliva que cae por su barbilla.

—Creo que necesito un punto de apoyo —digo, señalando con la cabeza la mesa del rincón.

Edoardo levanta al cobarde del colchón y lo conduce hasta la silla, extendiendo sobre el tablero de madera el brazo del que ahora gotea sangre por todas partes. Los sigo hasta allí y miro el corte profundo con cierto pesar.

—Mira qué cosa tan horrible. El príncipe va a tener que decir mañana que sufrió un accidente de coche y perdió la mano.

Y ahora... —Bajo el machete con fuerza y precisión.

Esta vez, la hoja, extremadamente afilada, cae y lo desgarra todo: piel, tejidos y huesos.

Cercena la mano de un solo golpe—. Ahora sí ha ocurrido el accidente.

Él ruge, grita y llora hasta acabar desplomándose en el suelo. Stella olfatea la sangre y se acerca, intentando atrapar con la boca el regalo de Amélie.

—Edoardo, aparta a tu fiera de ahí. Va a estropear el regalo...

Él se ríe y tira de Stella hacia las puertas, que ahora están abiertas de par en par. Guardo la mano en una bolsa y después la sello. A continuación, miro a la princesa, todavía atada en la cama.

—¿Recuerda bien lo que he dicho? Un accidente cercenó la mano de su marido. De lo contrario, volveré y terminaré el trabajo. Dejaré que Stella devore su enorme nariz y su lengua mientras todavía estáis vivos.

Salgo al pasillo mientras la mujer intenta levantarse para comprobar si el príncipe aún respira. Edoardo está fuera, esperándome.

Seguimos por el pasillo hasta el otro extremo, donde encontramos a Niklaus y Francesco vigilando. Bajamos las escaleras del mismo modo que entramos, pero ahora sin preocuparnos por el ruido.

Cuando llegamos al exterior de los muros del palacio, le devuelvo a Edoardo la máscara que me prestó.

—¿Y qué? ¿Cómo te has sentido siendo el Diablo 2 durante unos minutos? —pregunta, provocándome.

—¿Sabes una cosa? Hasta entiendo qué gracia tiene esto.

Edoardo se ríe, sacude la cabeza y asiente.

—¿Ves? Siempre hay un demonio dentro de todo hombre esperando a ser liberado.