Ettore Santacroce El palacio real y la mano del rey #2
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El palacio real y la mano del rey #2

Paramos lo bastante lejos para no levantar sospechas y bajamos.

Niklaus pide que tengamos paciencia mientras mira la hora en el móvil y, a las tres en punto, las luces de la calle se apagan.

Abre un portátil sobre el capó de la furgoneta, aprovechando la oscuridad para que no nos vean desde la garita.

Veo aparecer en la pantalla un mapa detallado, con algunos puntos rojos parpadeando en rincones estratégicos, y entiendo que representa todo el sistema de seguridad del palacio.

—Podemos entrar. El sistema ya ha caído. Stein se ha ocupado del generador y las cámaras están inactivas —dice, señalando los puntos rojos.

Niklaus se baja el pasamontañas hasta cubrirse el rostro y este se convierte en una sombra oscura.

Solo quedan visibles los ojos. Edoardo sonríe mientras me entrega un pasamontañas exactamente igual al que usa en sus sesiones sádicas y, a continuación, se ajusta su propia máscara al rostro.

Nunca he sido de disfrazarme. Me gusta que mis enemigos me miren a los ojos y sepan que me estoy acercando, me gusta el contraste entre mis trajes y mi poder, pero, en una situación como esta, la máscara resulta útil.

A pesar de todo el trabajo de Niklaus, es posible que alguna cámara funcione de forma distinta y consiga registrar la invasión, así que cubrirse el rostro para caminar por los pasillos es una medida de discreción.

—Vamos —digo, viendo que Francesco también se ha cubierto el rostro y está preparado.

Edoardo abre la puerta trasera de la furgoneta y coge las armas.

Después me entrega una. En las operaciones de mayor envergadura, preferimos las armas largas, y la elección de hoy para el gran acontecimiento son dos AK-47 idénticos.

Francesco lleva una pistola con silenciador, discreto como siempre, y Niklaus lleva un fusil automático ligero.

Señala con el mentón hacia el final de la calle.

—Vamos a la puerta trasera. Stein nos está esperando —dice en voz baja.

Asiento y miro hacia atrás, buscando a Edoardo, pero él ya ha vuelto a meterse en la furgoneta.

—¿Qué está haciendo? —pregunta Niklaus, ahora tan impaciente como yo.

—Ha ido a buscar a Stella —digo, cansado de las ocurrencias de mi hermano.

Niklaus frunce el ceño.

—¿Hay una chica en la furgoneta?

La sorpresa de su tono me arranca una risa, pero ni siquiera llego a explicárselo, porque enseguida Edoardo vuelve junto a nosotros, llevando a la pantera negra con una correa, como si fuera un gatito.

El animal es imponente y su pelaje tiene un brillo que encaja con la noche, pero sus ojos tienen un fulgor maligno, como si estuviera siempre a un paso de devorar a cualquiera.

Niklaus da un salto hacia atrás, asustado por la llegada repentina de una fiera salvaje.

—¿Qué coño es eso?

—Stella, saluda al amigo de papá —le pide Edoardo, acariciando la cabeza del animal.

—¡Saludar los cojones! Mantén esa bestia lejos de mí, so... Joder, solo puede ser el Diablo en persona.

Edoardo se ríe, divertido por la reacción que suele provocar su mascota, y seguimos adelante. La hierba está húmeda y el frío hace que el sonido de los pasos sea más fuerte de lo que debería, pero nos movemos furtivamente.

—¿Para qué ha traído una pantera? —me pregunta Niklaus, susurrando.

Me encojo de hombros.

—No se va a comer a nadie, ¿verdad? Sería bastante horrible verlo.

Frunzo el ceño ante su comentario y sonrío. Aunque no sería una mala idea.

—Edoardo está loco. Le regalaron un pollito y mantiene a los dos separados por miedo a que Stella devore al bicho. Creo que ha sido mejor traerla con nosotros. Además, da miedo.

—En eso tiene razón.

El muro del fondo se alza imponente y debajo de él hay una pequeña puerta pintada de rojo, reservada únicamente para los repartidores y los empleados.

Niklaus no llama ni golpea. Silba con pausas deliberadas, a modo de señal. Menos de un minuto después, la puerta se desbloquea desde dentro y el rostro de un guardia aparece entre las sombras.

—Sed rápidos. El somnífero debería durar hasta la mañana, pero es mejor no confiarse —dice el tal Stein, dándonos paso mientras retrocede unos pasos.

Edoardo entra primero, con el arma en una mano y la correa de Stella sujeta con la otra. Yo lo sigo de cerca, observando el amplio jardín como quien busca problemas. Francesco entra y, por último, lo hace Niklaus, que intenta mantenerse lo más lejos posible de Stella.

Aquí fuera la luz de la luna todavía proporciona algo de claridad y podemos movernos sin ayuda de las linternas.

El lugar es bonito. Incluso en medio de la noche oscura alcanzo a ver algunas estatuas, arbustos podados y caminos de piedra.

Un palacio de cuento de hadas que, sin embargo, alberga dragones.

Hago un gesto y los míos se despliegan en una formación triangular y silenciosa.

Nadie habla. Nuestra comunicación se limita a las manos y las miradas.

Después de unos metros, alcanzamos una puerta lateral que Niklaus ya conoce.

Saca una horquilla del bolsillo del pantalón, la introduce en la cerradura y la abre con un clic a una velocidad impresionante.

Dentro, todo es diferente. Me reciben el olor a madera antigua y a perfume caro, además de una oscuridad total. El silencio del palacio es peligroso porque, si un alfiler cae al suelo, puede atraer una atención indeseada.

Enciendo la linterna y avanzamos con calma hasta las anchas escaleras.

Miro hacia arriba y casi puedo imaginar a Amélie bajando por la escalinata junto a la barandilla con un lujoso vestido de fiesta, pero la verdad es muy distinta.

Los bailes a los que asistía eran imposiciones y los vestidos, prendas concebidas para controlarla como camisas de fuerza.

Subimos la escalinata, atentos a cualquier ruido, y solo cuando estamos a punto de entrar en el pasillo de las suites reales oímos algo.

Nos detenemos, con el oído atento. Oigo pasos en el pasillo de arriba, el sonido de unas botas contra el suelo, y me doy cuenta, incluso antes de verlo, de que se trata de uno de los guardias, despierto.

Aparece en la curva de la escalinata con un trozo de pan en la mano y el haz de la linterna lo deslumbra momentáneamente. La calma desaparece del rostro del hombre al encontrarse frente a cuatro sujetos armados y una pantera. Durante un segundo entero lo miramos, esperando que tome una decisión.

El guardia lleva la mano al bolsillo, pero, antes de que alcance el arma, Edoardo se mueve con un impulso controlado y acerca a Stella al hombre. La pantera olfatea el pan y el pobre chico tiembla de pies a cabeza y se rinde.

Levanta las dos manos. Stella atrapa con la boca el pan que él deja caer.

—No disparéis —susurra, asustado. Da un paso hacia atrás, intentando escapar del alcance de Edoardo y su fiera.

Me acerco y lo cacheo. Busco el arma hasta encontrar el metal helado y me la guardo en el bolsillo del pantalón.

—Has tomado la decisión correcta —murmuro y hago una señal a Francesco.

Lo esposamos allí mismo con unas esposas que Francesco siempre lleva encima. Niklaus saca un pañuelo del bolsillo y se lo mete al hombre en la boca.

—Tus compañeros están durmiendo. Tú vas a quedarte callado, nos vas a dejar hacer nuestro trabajo y mañana contarás cómo cuatro hombres invadieron el palacio y te redujeron sin que llegaras a verlos.

Si decides intentar algo, bueno, mañana tu madre contará lo orgullosa que estaba de su hijo a todos los que vayan a tu funeral.

—¿Lo has entendido todo? —remata Edoardo, y el guardia asiente con un gesto rápido.

La planta de los aposentos reales está justo arriba y, cuando llegamos a ella, se nota la diferencia. Hay alfombras gruesas, cuadros caros colgados de las paredes y un lujo frío en cada detalle concebido para exhibirse.

Niklaus señala las puertas dobles que hay al final del pasillo y mis ojos se desvían hacia ellas, igual que el haz de la linterna.

Son altísimas y llegan casi hasta el techo.

Tienen picaportes dorados, seguramente bañados en oro.

Recuerdo el pijama raído de Amélie y la muñeca tuerta que Alessia trajo a mi casa y me hierve la sangre.

Intercambio una mirada con Edoardo y él entiende.

Señalo hacia la otra punta del pasillo, indicando dónde debe quedarse Francesco para vigilar la entrada. Niklaus retrocede unos pasos, manteniéndose cerca, pero dejándonos hacer lo que hemos venido a hacer.

Edoardo y yo avanzamos por el pasillo. Estamos casi allí cuando algo llama su atención y señala uno de los cuadros de la pared.

Dirijo la linterna hacia allí y veo al príncipe en el retrato, con su ropa anticuada y luciendo un enorme bigote con las puntas retorcidas, pero Edoardo pone el dedo en el centro del rostro del hombre para mostrarme que la nariz es el objeto de su interés.

Quiero darle una colleja. ¿De verdad es el momento de fijarse en la enorme nariz roja del viejo? Pero no me atrevo a acercarme tanto como para que Stella me considere una amenaza.

Me limito a hacerle un gesto para que continúe y nos detenemos frente a la entrada de la suite, colocándonos uno a cada lado. Respiro hondo y levantamos las armas casi al mismo tiempo. Cuento con los dedos para coordinarnos.

Uno.

Dos.

Levanto la pierna izquierda y Edoardo hace lo mismo.

Tres.

Doy una patada y, en el mismo instante, Edoardo patea desde el otro lado.

Las puertas revientan con un chasquido demasiado fuerte para el silencio que había reinado hasta entonces.

Entramos en la habitación y avanzamos rápidamente hasta la cama con dosel.

El príncipe se incorpora, despertándose sobresaltado, y su esposa se sienta junto a él, tirando de la manta como si la tela fuera a protegerla de algo.

Antoine intenta hablar, pero el pánico se apodera de él antes de que pueda razonar. Su mano busca algo en la mesilla de noche, probablemente un teléfono, un botón de alarma o cualquier ilusión de control.

—¡Guardias! —grita, con la voz estrangulada—. ¡Guardias!