Ettore Santacroce El palacio real y la mano del rey
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El palacio real y la mano del rey

Ettore Santacroce

El frío de aquí es distinto del de Palermo, no solo por la temperatura, sino porque el lugar exacto en el que estamos parece traer consigo una especie de silencio helado que se mete en los huesos y se instala en ellos.

La carretera es estrecha y oscura, flanqueada por árboles altos que parecen vigilar, y las montañas se recortan en el horizonte.

Es de madrugada. Son las dos y media de la mañana en Linchtensteyn.

Espero a Niklaus dentro de la furgoneta negra alquilada en Suiza, sentado al volante, con los faros apagados.

Edoardo está en el asiento del copiloto y Francesco, detrás de nosotros, callado y atento, observando los alrededores como si aguardara una trampa y vigilando el paquete que Edoardo se empeñó en traer.

Hoy tengo toda mi atención puesta aquí y estoy tranquilo con respecto a la seguridad de Amélie y Alessia, porque dejé a Filippo y a los soldados al cuidado de ellas, aunque no le he dicho a mi esposa exactamente adónde iba.

Sonrío al imaginar la sorpresa que se llevará: un regalo de cumpleaños inolvidable. Tal vez no la haga sonreír ni gritar de emoción, pero por fin le traerá la paz que tanto desea.

Llegamos al país de Amélie como quien pisa un terreno que no conoce.

Precisamente por eso pedí que Niklaus se uniera a nosotros y trabajara conmigo esta vez, no para mí: conoce el país entero como la palma de la mano y no hay cerradura ni sistema de alarma que no consiga sortear ni nada que no pueda robar.

Hemos venido a poner fin a esta historia, porque la corona que puse en su cabeza no es solo un símbolo: Amélie es ahora mi reina y cualquiera que intente asustarla tendrá que saberlo.

—Edoardo, no hemos tenido tiempo de hablar... —empiezo, abordando un asunto importante como si hablara del tiempo.

Me mira de reojo, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa? ¿Alguna novedad sobre nuestra rata?

Sacudo la cabeza.

—Aún no. El tío Giuseppe me plantó cara el día de la boda...

—digo mientras observo la reacción de Francesco en el asiento trasero; se remueve, un poco inquieto—.

Dijo un montón de mierda y buscó pelea porque dice que voy a provocar una guerra con la Camorra por no haberme casado con la hija de Salvatore Sforza.

—Esa puta mierda otra vez... —dice, mirando por la ventanilla de la furgoneta.

—Pero esta vez superó todos los límites: me trató como a un crío caprichoso, sin una pizca de respeto, y decidí que era hora de jubilar a nuestro tío.

Eso capta la atención de Edoardo, que se vuelve hacia mí con los ojos abiertos de par en par.

—¿Le quitaste el cargo de subjefe? ¿Y cómo es que ocurrió hace más de una semana y yo no me he enterado?

Me encojo de hombros.

—Me casé, viajé y llegó lo de la cirugía. Decidí tomarme la semana libre, así que lo dejé para ocuparme de ello después. Y el tío Giuseppe tampoco se lo va a contar a nadie. Debe de tener la esperanza de que lo reconsidere.

—¿Y no vas a reconsiderarlo? —pregunta Francesco desde el asiento trasero.

—No. En realidad, voy a convocar una reunión con los capos cuando volvamos para anunciar quién será mi nuevo subjefe, pero ya se lo comuniqué al tío Giuseppe.

Los dos me miran, esperando que lo diga de una vez.

—¿Quién si no? Tú, joder... —digo, mirando al frente como si no fuera nada del otro mundo.

Edoardo se queda callado durante casi un minuto.

—¿Yo? ¿Estás diciendo que voy a ocupar el lugar del tío? Pero yo pensé que...

—Edoardo, tienes que entender que no serías precisamente un buen consigliere.

¿Te imaginas los consejos racionales que ibas a darme?

—pregunto, y veo asomar un atisbo de sonrisa en su rostro—.

Por otro lado, ya actúas como mi mano derecha.

Eres una... —digo, haciendo un gesto con la mano, intentando restarle importancia al resto de la frase y no sonar demasiado emotivo—.

Una parte, una extensión de mí o qué sé yo.

Él asiente, mirándome de una forma distinta, como si me viera desde otra perspectiva.

—Gracias por confiar en mí, hermano. Cuando volvamos, también quiero contarte algunas cosas. Creo que ya es hora.

Lo que dice me despierta una punzada de curiosidad, pero, antes de que pueda insistir en que me lo cuente, una furgoneta pasa despacio junto a nosotros y lanza dos destellos con los faros, la señal para indicarnos que es él.

Arranco la furgoneta y sigo a Niklaus hasta un claro más adelante, donde por fin baja para reunirse con nosotros.

Su postura es relajada, demasiado tranquila para alguien que está a punto de invadir el lugar más vigilado del pequeño país.

Niklaus debe de tener la misma edad que yo, pero es mucho más corpulento y dicen que es capaz de derribar a diez hombres a puñetazos sin dificultad.

Golpea la ventanilla de la furgoneta y la bajo.

Sus ojos azules me miran desde fuera y lo observo, vestido para soportar el frío que hace en esta mierda: lleva una sudadera negra y gruesa, con un chaleco antibalas encima.

El gorro le cubre la cabeza rapada y da una calada al cigarrillo que lleva entre los dedos antes de hablar.

—Es un placer volver a verte, Santacroce —dice, como si ese fuera mi título y no un apellido.

No pierdo el tiempo con formalidades.

—¿Cómo vamos a hacer esto?

Él esboza una media sonrisa.

—Así que tenemos prisa.

—¿Cómo entraste la última vez? —pregunta Edoardo a mi lado, inclinándose un poco para mirar a Niklaus.

El suizo mira a Edoardo como si ya esperara la pregunta y su sonrisa crece un milímetro.

—Entré solo, sin alboroto. Lógicamente, ya conocía los recorridos de los guardias, así que los esquivé y aproveché el cambio de turno. Todo fue muy estratégico y silencioso. —Da una calada y los ojos le brillan con sarcasmo por un instante—. No soy de los que disfrutan con el espectáculo.

Al contrario que el Diablo. La provocación queda implícita.

—Silencioso o no, robaste una corona de quince millones y te llevaste a dos personas —lo interrumpo—. Fue suficiente ruido.

Niklaus asiente con un gesto breve.

—Ya estoy al corriente de todo lo que hicieron para reforzar la seguridad —dice, como si no fuera un obstáculo—.

Después del robo cambiaron muchas cosas.

Sustituyeron a varios guardias, alteraron los horarios de los cambios de turno, aumentaron las rondas e instalaron un nuevo sistema de seguridad, con cámaras nuevas y alarmas de última generación.

El viento sopla de lado y mete humo en la furgoneta, pero a ninguno de nosotros le molesta esa mierda. Todos estamos demasiado enganchados al vicio.

—¿Y ya sabes cómo desactivarlo? —pregunta Francesco, y solo entonces Niklaus se fija en nuestro tercer hombre.

Él asiente.

—Desactivar las cámaras y el sistema de alarma será la parte fácil. Pero ahora, con más guardias, no me fío de utilizar la misma ruta. —Tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la bota—. Así que tuve que improvisar.

—¿Improvisar cómo? —pregunto, porque la palabra no me suena nada bien.

—Sois tres. Conmigo somos cuatro. ¿Cómo puede funcionar esto sin que ningún desgraciado nos vea?

—Matamos a todo el mundo —dice Edoardo, encogiéndose de hombros, como si fuera una solución muy simple.

Niklaus se ríe, sacudiendo la cabeza.

—El Diablo es realmente un lunático —dice, divirtiéndose—. Puede que seamos los mejores, pero ninguno tiene el pecho de acero, italiano. Si vamos los cuatro contra treinta guardias, la cosa puede ponerse fea y uno de nosotros puede no salir con vida.

—¿Y entonces? No quiero saber cuál de los dos está más jodido, quién tiene la polla más grande ni nada de esa mierda —los interrumpo, irritado por su nada sutil disputa de egos—. Después, si queréis, podéis echar un pulso. Ahora quiero saber qué vamos a hacer.

A Niklaus se le alza una comisura, pero no continúa la discusión con Edoardo.

—Metí a un hombre mío en la guardia —dice, sonriendo—. Ese era el peor momento para cambiar al personal, pero el príncipe es tonto como una piedra. Con tantos currículos mediocres, no fue difícil que un soldado entrenado destacara: era todo lo que necesitaban.

Edoardo silba, admirado, y la disputa de egos parece desinflarse.

—Ahora sí que eres la polla, Niklaus.

Mi hermano lo alaba y el suizo parece algo orgulloso de recibir la aprobación de la leyenda.

—¿Qué va a hacer? —pregunto.

Niklaus se encoge de hombros.

—Como he dicho, a veces no armar alboroto es lo mejor.

No necesitamos entrar disparando, solo necesitamos que los guardias se echen una buena siestecita.

—Mira hacia la oscuridad del bosque, como si estuviera viendo la escena—.

Stein preparó una bebida caliente y fuerte para una noche fría como esta.

Dicen que el café te mantiene despierto, pero el que preparó él mandó a todo el mundo a dormir.

Noto que Edoardo se mueve a mi lado, inquieto, listo para reír o para matar. A veces es difícil saberlo.

—¿Ya ha dado la señal?

Niklaus levanta los ojos hacia mí y asiente.

—Diez minutos antes de encontrarnos dio la señal. Dormirán otras siete u ocho horas, así que tenemos tiempo de sobra.

—Vamos ahora —respondo, girando ya la llave.

Niklaus entra en la furgoneta y nuestro pequeño convoy se mueve en silencio.

La estrecha carretera empieza a ascender suavemente y pronto el palacio se hace visible.

Cuanto más avanzamos, más destacan las torres y las altas murallas, recortadas contra el cielo e iluminadas por las escasas luces de la calle.

Su intención está muy clara: mantenerlo todo y a todos fuera.

Sonrío ante la ironía.

En unos minutos estaremos dentro.