Ettore Santacroce El milagro #2
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El milagro #2

—Sí —insiste ella—. Hoy pareces inspirado.

Él carraspea porque aquí fuera ya no es el Diablo, el demonio cínico en el que se transforma ante sus enemigos.

Aquí solo es Edoardo. Mi hermano me mira pidiendo ayuda y después mira a Filippo, que tiene los nudillos blancos de tanto apretar la mano de la pobre Rosimeire, intentando controlarse para no delatarnos.

Le hago un gesto discreto para animarlo, solo por el placer de verlo caer.

Y, por la forma en que Edoardo traga saliva, me doy cuenta de que realmente cree que Amélie habla en serio.

Ella también se da cuenta. Lo sé por la forma en que se muerde el labio.

—Yo... mmm... grazie a... quien nos dio el riñón... —empieza, mezclándolo todo y teniendo al menos la decencia de esquivar el nombre de Dios para no usarlo en vano. Esto se parece más a una crisis de tartamudeo que a una oración.

Ya no puedo contenerme más y suelto una risa baja y breve que rompe el ambiente y le arranca otra a Amélie.

—Para ya, idiota —digo, aún riendo—. Solo te está provocando.

Edoardo gruñe.

—Joder... Yo aquí intentando hacer esto sin usar su nombre en vano... ¿Y tú te estás burlando de mí, Amélie?

Mi esposa finalmente deja que aflore la sonrisa, como si la máscara cayera durante un segundo.

—Solo quería ver hasta dónde llegaba tu desfachatez. ¿Agradecer un riñón que arrancaste con tus propias manos? —pregunta, entornando los ojos—. Es demasiado, incluso para ti. Todos vosotros pensáis que soy idiota, ¿no?

Edoardo sonríe, con los ojos brillantes, y en ese momento sé que no va a perder la oportunidad.

—Pero yo no arranqué ningún riñón. Fue tu maridito quien se encargó de eso.

Amélie suelta una risa breve, esta vez sin humor, y me lanza una mirada desconfiada. Por un instante, me quedo paralizado, esperando el juicio, la reprimenda o que salga corriendo de aquí y se distancie de mí.

Pero me sorprende. Amélie siempre me sorprende.

—Bueno, hizo lo que había que hacer...

Le aprieto la mano con fuerza y ella me corresponde con un leve apretón.

Es su forma de decir: estamos juntos en esto, te acepto.

La cirugía no dura tanto como el proceso que la precede. Hay pruebas de compatibilidad que tienen que hacerse antes de un procedimiento como este, pero Edoardo y Filippo se encargaron de eso mientras David estaba en la nave, durante mi luna de miel.

Por eso, una vez que todo está listo en el bloque quirúrgico, el tiempo de espera es de unas cuatro horas, pero, sinceramente, es como si el tiempo se arrastrara y las horas duraran el doble mientras esperamos noticias de Alessia.

Cuando finalmente todo termina y el cirujano aparece para informarnos de que ha salido según lo previsto, respiro aliviado, como si hasta entonces una mano invisible me hubiera estado oprimiendo el pecho.

—Ettore, Alessia tendrá que quedarse ingresada unos días para que la monitoricen... —dice Amélie. La alegría por haber conseguido el trasplante queda eclipsada por su instinto maternal y el deseo de llevarse a la pequeña a casa.

—Nos quedamos con ella. Ya verás: la piccola es fuerte, pronto correrá por la casa, cargando gallinas por ahí y, lo mejor, estará curada.

—Gracias por lo que has hecho —susurra, con la cabeza baja—. Quiero decir, me siento una persona horrible por alegrarme de esto. Pensé que lo habían soltado cuando consiguieron el riñón.

Recuerdo las escenas grotescas en la nave y la forma en que el desgraciado suplicaba.

—No podíamos dejarlo marchar. Lo siento, pero era un gran hijo de puta. Solo con mirarle la cara me daban ganas de prender fuego a la nave y dejarlo ardiendo. —Me encojo de hombros, por falta de una justificación mejor—. ¿Te da pena? ¿Después de lo que te hizo, principessa?

Su mirada se clava en la mía y percibo el momento exacto en que lo entiende todo.

—Tú lo sabías.

—Me enteré allí, en Egipto. Supe todo lo que te hizo el desgraciado, sé que Rosimeire te encontró en un estado...

—Sacudo la cabeza, sin poder siquiera imaginarlo—.

Y sé que cualquier persona que vuelva a tocarte para hacerte daño no quedará con vida para contarlo.

Si no quieres saberlo, no te lo cuento, pero nadie que te haya hecho daño va a salir impune.

—David hizo... él hizo eso, sí. Pero Rosimeire se equivocó con respecto a las heridas. Mi estado lamentable no fue causado por él, pero huí enseguida, ella me ayudó y debe de haber pensado todo este tiempo que había sido él.

Asiento, comprendiendo lo que está diciendo, más de lo que ella cree.

—Lo que importa es que se ha ido y nadie volverá a tocarte.

Ha pasado una semana desde la cirugía y por fin Alessia ha recibido el alta para irse a casa.

Me obligó a tomarme un día entero libre para ver sus dibujos animados favoritos en el sofá del salón.

La mayoría eran de princesas, pero no tenía valor para negarle nada estando recién operada y mirándome con ese par de ojos azules suplicantes.

Es martes por la tarde y estamos viendo Moana en el salón. Amélie está a un lado, yo al otro y Alessia, apoyada en varios cojines y con una manta sobre las piernas, está sentada entre los dos.

—Moana es zobediente... —dice, con la voz aún flojita.

La miro y desvío los ojos hacia la pantalla, intentando entender su conclusión, ya que mi cabeza está muy lejos de los dibujos.

—¿Lo es?

Alessia asiente y veo a Amélie sonreír mientras acaricia el pelo rubio de su hija.

—Su papá le dició pa no il al agua, y ella fue.

—Es verdad, siempre es bueno obedecer a los padres —convengo, siguiendo su razonamiento.

—Pero yo no tengo uno.

Trago saliva y mi mirada se encuentra con la de Amélie. Podría sentirme culpable, al fin y al cabo, maté a su padre biológico, pero él nunca fue un padre. Ni siquiera llegó a ver a su hija y quería que Amélie se deshiciera de ella como si fuera algo desechable.

—Bueno, yo ya tampoco tengo uno. Pero tú tienes una mamá increíble —digo, sosteniendo su manita entre las mías.

Sus dedos son diminutos en contraste con los míos, pero aun así intenta entrelazarlos y lo consigue de una forma un poco extraña—.

Y aquí tienes al tío Ettore, que siempre va a hacerlo todo por ti.

Tienes a Filippo y a Edoardo, tienes a la niñera Rosimeire...

Alessia asiente, pero no sonríe.

—La niñera dijo que puedo llamala abuelita —cuenta, como si fuera un secreto.

—¿Ah, sí? La verdad es que parece una abuelita muy simpática...

—Sí, y también dijo que el tío Ettole ahola podía ser mi papá —dice, bajando la mirada hacia nuestras manos unidas.

Amélie abre los ojos de par en par, sorprendida por el comentario, quizá más sorprendida que yo.

—Hija...

—¿Qué? Fue la abuelita quien lo dició... —explica Alessia, pero puedo ver, por la forma en que ahora evita mirarme a los ojos, que ha puesto cierta esperanza en ese comentario y teme que la rechace.

Sonrío. Me casé con su madre, al fin y al cabo.

Arranqué un riñón para que ella estuviera bien y lo haría una y otra vez para verla sonriendo y jugando feliz, haciendo garabatos en mis documentos importantes y metiéndose en conversaciones de adultos.

La idea de ser su padre no me asusta. Todo lo contrario: despierta en mí un sentimiento igual de intenso y me hace admitir cuánto me gustaría llamar hija a Alessia.

—Papá Ettore —digo en voz alta, probando cómo suena—. Me gusta ese título, ¿sabes? Me gusta mucho.

—¡Ves, mamá! —Ella levanta el rostro y esboza una sonrisa que iluminaría cualquier habitación oscura—. ¡Le guta!

—Mmm... sí, lo he oído. —Amélie nos mira a los dos, intentando entender si solo estoy complaciendo a Alessia o si hablo en serio—. Ettore...

La ignoro por ahora.

—Si quieres, Alessia, me encantaría llamarte hijita y darte mi apellido, igual que se lo di a tu madre. Seremos un papá, una mamá y una hijita. ¿Qué te parece? —pregunto, ignorando el escrutinio de Amélie.

La niña asiente con una enorme sonrisa.

—Nosotlos tles, ¡yo quielo eso, tío Ettole! No, papaíto —se corrige, riéndose al oír la palabra que acaba de pronunciar.

La palabra también me sacude y toda la situación me conmueve, pero intento disimular lo contento que estoy por su aceptación.

—Repite conmigo, piccola: Alessia Santacroce.

Su expresión es de puro orgullo.

—¡Alessia Santacloce!

—Suena muy bien, ¿no crees, principessa? —pregunto, volviéndome hacia su madre.

Amélie intenta disimular, girando el rostro hacia el otro lado, pero veo una lágrima resbalar por su mejilla.

—Creo que a mamá le paleció feo... —comenta Alessia, preocupada.

—No... es precioso, sí —dice Amélie, con la voz embargada—. Solo me pareció tan precioso que acabé emocionándome —admite, porque jamás dejaría que Alessia se sintiera mal con el nombre solo para disimular sus sentimientos.

Le ofrezco mi otra mano y Amélie la sostiene con fuerza.

Me doy cuenta de que luché con todas mis fuerzas para escapar de un matrimonio concertado, pero concerté el mío y, de paso, construí una familia que no entraba en mis planes, pero que, de algún modo, consigue encajar perfectamente en mi vida sombría, aportando color y transformando lo que antes era una mansión enorme y solitaria en un hogar.