El milagro
Ettore Santacroce
La ducha de la fortaleza privada de Edoardo escupe agua caliente sobre mí.
El vapor sube, el espejo se empaña, pero el olor no desaparece: la sangre tiene una forma propia de aferrarse a la piel y a la memoria.
Me froto todo el cuerpo y me limpio lo más rápido que puedo, porque no podría llegar al hospital con las manos manchadas de rojo.
Filippo ya se ha encargado de la parte técnica: ha hecho llamadas, ha sobornado a gente importante, ha movilizado al equipo médico y lo ha preparado todo para que el hospital estuviera listo para recibir a Alessia y realizar el trasplante sin preguntar de dónde había salido el riñón que llevaba el médico.
El nombre de mi pequeña se queda grabado en mis pensamientos.
Pienso en su manita sujetando la mía, en la forma en que me mira como si yo fuera un superhéroe.
Pero un superhéroe no podría salvarle la vida, no cuando hay tanta burocracia y tanta espera, no cuando su tiempo se está agotando.
Los príncipes hieren, hacen daño a sus propias hijas hasta dejarlas al borde de la muerte.
Un villano, en cambio, hace lo que hay que hacer, pero protege a las personas que ama a toda costa.
Si sus riñones no funcionan, paciencia: el del maldito progenitor estaba en perfecto estado y va a servir.
Pienso en Amélie, al borde de derrumbarse por miedo a perder a su hija y, aun así, obligada a mantenerse firme porque no tiene elección.
Le prometí protección, le prometí el mundo y dije que salvaría a Alessia, y no suelo hacer promesas vacías.
Sin embargo, también prometí no implicarme demasiado y juré que todo sería solo un trozo de papel, un contrato, y ahora aquí estoy, lavándome de las manos la sangre del tipo que se atrevió a tocarla y a hacerle daño.
Pienso en mi esposa, que llegó vestida con un hábito horrible y que, de una forma retorcida, consiguió encontrar la manera de convivir conmigo en aquella casa, y que poco a poco fue abriendo la grieta que siempre había estado en mi pecho, ensanchándola e infiltrándose allí dentro.
Cierro la ducha cuando el agua por fin sale limpia, me seco deprisa y me pongo ropa de Edoardo.
No siento remordimiento ni arrepentimiento, pero, por un instante, el temor a lo que Amélie pensará al descubrirlo todo se apodera de mí. Y eso me aterra más que cualquier cosa, porque hasta entonces ninguna opinión había sido relevante para mí.
El hospital es frío y la luz blanca lo vuelve todo aún más gélido e incómodo.
Edoardo y yo entramos por el acceso privado y algunos de mis hombres se colocan en la puerta y en el pasillo, pero, aun así, aquí dentro siento una grieta en mi poder.
Hasta aquí todo ha estado en mis manos. A partir de ahora, solo me queda esperar que todo salga bien.
Edoardo se apoya en la pared, inquieto, con la mirada moviéndose de un lado a otro como si quisiera acelerar el reloj. Cuando ve que lo estoy mirando, levanta el mentón.
—¿Dónde están?
—Están de camino. Filippo las traerá.
Camino de un lado a otro sin poder detenerme y no sé si me gusta esta versión de mí mismo, el Don que pierde el autocontrol y se implica demasiado.
Oigo unos pasos apresurados antes de verlas.
Enseguida, Amélie aparece en el pasillo con Alessia en brazos.
La niña lleva un abrigo ligero y tiene el rostro algo pálido porque precisamente hoy ha tenido sesión de hemodiálisis, pero sus ojos azules siguen atentos y curiosos.
Rosimeire viene detrás, cargando una bolsa y caminando más despacio.
Amélie se detiene ante mí. Tiene los ojos rojos.
—Está tranquila —dice, acariciando el pelo rubio de la pequeña.
Me inclino para que Alessia me mire directamente.
—Piccola, ¿estás lista para la siesta?
Ella asiente, seria.
—Mamá dijo que cuando me despielte ya no voy a estal malita.
Mi pecho se oprime un poco, pero sonrío lo suficiente para no asustarla.
—Tu mamá es muy lista.
Alessia frunce el ceño, con esa curiosidad que solo los niños saben mostrar.
—¿El médico consiguió un liñón nuevecito pala mí?
Amélie responde en mi lugar, mirándome con gratitud.
—No fue el médico, mi amor. Fue Ettore.
La niña me mira y, una vez más, sé que está viendo al superhéroe.
—¿Lo complaste, tío?
Vacilo un momento. No, lo arranqué del cuerpo de tu padre biológico.
—Lo conseguí y ahora vas a ponerte buena —digo, intentando ser lo más sincero posible.
Los enfermeros llegan con una camilla pequeña y Amélie besa la frente de su hija, susurrando algo que no oigo.
Alessia deja que se la lleven con una confianza que me desarma, nos saluda con la mano y con una amplia sonrisa.
Cuando la puerta del quirófano se traga a nuestra niña, el pasillo parece más largo, más frío, más vacío.
Amélie se queda mirando hasta que desaparece y solo entonces se vuelve hacia mí.
—Esto... era mi único gran sueño —dice, con la voz temblorosa—. Gracias.
Asiento en silencio y recibo una mirada interrogativa de Rosimeire, que sin duda entiende lo que realmente ha pasado.
Sabe que David también vino a Italia. Ella fue quien se lo contó todo a Filippo y a Edoardo mientras nosotros estábamos fuera, todo lo que hizo el desgraciado y todo lo que ella creía que había hecho.
Y sabía a quién se lo contaba, pero quiere a Amélie como a una hija e, incluso a una edad ya avanzada, encontró consuelo al saber que su princesa estaría bien protegida y sería vengada.
Es una mujer fuerte y dura, pero extremadamente amable.
—Va a salir bien.
Amélie me pone la mano en el brazo y esboza una sonrisa.
—¡Claro que sí! Hemos sido bendecidos con un riñón —dice, mirando hacia arriba, como si fuera una oración.
Edoardo parece atragantarse al presenciar la escena, pero reconozco el esfuerzo que hace por no reaccionar.
Amélie me mira y me dedica una sonrisa algo cínica, como si supiera más de lo que está diciendo.
No sé si es una sonrisa que acusa o que salva, pero no siento arrepentimiento.
No cuando David era un desgraciado, un hijo de puta que tuvo la osadía de abusar de ella y, sobre todo, no cuando ese mismo desgraciado pudo por fin hacer algo útil.
—Tengo que contarte una cosa —digo en voz baja, decidido a decir la verdad, o parte de ella, especialmente porque Rosimeire lo sabe—. El riñón... es del padre de Alessia.
Espero sorpresa y no recibo ninguna. Amélie sonríe de lado, como si la información le hiciera gracia.
—¿De David? —pregunta, con la voz demasiado dulce—. Siempre supe que era un hombre bueno y generoso.
Continúo con la mentira, aprovechando la escapatoria que ella me ofrece y sin estar del todo seguro de que Amélie esté siendo sincera. No creo que alguien que pasó por todo lo que ella sufrió a manos de aquel imbécil pudiera considerarlo generoso.
—Mmm... generoso, sí. Lo ofreció de buen grado cuando supo que ella lo necesitaba y se alegró de ayudar a Alessia.
—Bugiardo... —Oigo la palabra como un susurro divertido justo detrás de mí, pero ignoro que Edoardo me llame mentiroso delante de ella.
—Claro que se alegró. Puedo imaginar cuánto —responde Amélie, y la ironía llega sin esfuerzo.
Inclina la cabeza y por fin comprendo que nos está provocando, fingiendo inocencia.
—¿Y él está bien? —Esta vez la voz le falla un poco, como si tuviera miedo de volver a verlo por ahí.
Sostengo su mirada.
—No.
Edoardo se separa de la pared e interviene en la conversación, incapaz de quedarse callado, con la naturalidad de quien cuenta una tragedia como si ocurriera todos los días.
—Lamentablemente, después de donar el riñón, el chico tropezó en la escalera, se golpeó contra la barandilla, que le arrancó la polla, y entonces cayó rodando escaleras abajo y... dejó de respirar. Se fue —dice, con falso pesar.
Sacudo la cabeza porque, aunque se lo hubiera creído hasta entonces, después de esto ya sería imposible.
Por un segundo, espero conmoción o una expresión de tristeza, pero lo que veo es alivio.
El rostro de Amélie se relaja como si le hubieran quitado una piedra del pecho.
Y eso me dice más sobre David que cualquier dosier.
—Lo siento —digo, siguiéndole el juego, como si creyera en un duelo inexistente—. Debe de ser difícil, pero lo superarás.
—Me esforzaré —dice, con un suspiro forzado—, pero, si fue tan triste como ha contado Edoardo, creo que necesitamos hacer una plegaria —decide, muy seria, y se pone de pie.
Filippo elige ese momento para aparecer.
Viene acompañado de su madre, que se ha preocupado al saber lo de Alessia.
Pienso en nuestra última conversación y en la forma en que nos despedimos y, aun así, pese a saber que aparté a mi tío Giuseppe del cargo y se lo transferí a Edoardo, que todavía no lo sabe, ella está aquí, por mí, por nosotros.
Filippo arquea las cejas al encontrarse con Amélie de pie, con los ojos cerrados y tendiéndome la mano.
—Quiere hacer una oración por el tipo que donó el riñón —le explica Edoardo a nuestro primo.
Filippo baja la cabeza, como si no pudiera mirar a Amélie y mantener la mentira.
—¿Por qué una oración?
—Para que encuentre descanso en los brazos de quien también nos... bendijo con el riñón —explica, aún con los ojos cerrados y la voz calmada.
Extiende la mano, abriendo y cerrando los dedos para que yo la sostenga, y abre la otra en dirección a Edoardo. Sin saber cómo lidiar con aquello, él acaba aceptando y, enseguida, Filippo, mi tía y Rosimeire se unen al círculo. Yo lo cierro.
Si Dios es vengativo, estamos jodidos.
Va a caer un rayo en este puto hospital ahora mismo.
Entonces Amélie abre los ojos, se vuelve hacia mi hermano, plantado como una estatua a su lado, y sonríe con la dulzura más fingida que he visto nunca. Siento ganas de reír al confirmar que sí, está intentando gastarle una broma.
—¿Podrías dirigir esta plegaria, cuñado mío?
Edoardo abre los ojos de par en par como si le hubiera pedido que se confesara o que no volviera a beber whisky.
—¿Yo? Pero... ¿por qué yo?